Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

OLIVIA

Mi móvil vibra en la mesilla de noche, arrancándome de un sueño que ya no recuerdo.

Parpadeo en la oscuridad de mi habitación, intentando enfocar los números rojos del despertador. He dormido exactamente cuatro horas después de un turno de doce en el hospital.

El móvil sigue vibrando. Insistente. Desesperado.

Sé quién es antes de mirarlo. Solo hay una persona que me llama a estas horas. Solo hay una persona que necesita que la rescate en mitad de la noche con tanta regularidad que se ha convertido en parte de mi rutina.

Cojo el teléfono de la mesilla y cierro los ojos durante un segundo. Solo uno. Dejándome sentir toda la frustración, el cansancio, la resignación que se acumula en mi pecho como plomo.

Podría no responder. Podría apagar el teléfono, darme la vuelta y volver a dormir. Podría dejarlo lidiar con las consecuencias de sus decisiones por una vez en su vida.

Pero no lo hago.

Nunca lo hago.

Porque a pesar de todo lo quiero.

Deslizo el dedo por la pantalla y me llevo el teléfono a la oreja.

—¿Papá? —mi voz sale ronca de sueño y de algo más oscuro.

—Olivia, cariño —su voz se quiebra al otro lado de la línea, y puedo escuchar el miedo genuino en cada sílaba—. Lo siento mucho. Me he metido en problemas. Necesito que vengas. Por favor.

Por favor.

Como si no hubiera escuchado esa palabra cientos de veces. Como si cada «por favor» no viniera seguido de promesas rotas y decepciones renovadas.

Me siento en el borde de la cama, frotándome los ojos con la mano libre. Mi cuerpo protesta contra el movimiento. Cada músculo está agarrotado por el turno de ayer. Tengo que volver al hospital en unas horas.

—¿Dónde estás? —pregunto, porque es lo que siempre pregunto. Porque ya he aceptado que voy a ir. Que siempre voy a ir a salvarlo.

—Estoy en el Casino Royale. Pregunta por el despacho privado del Don.

Se me hiela la sangre en las venas.

—¿El Don? ¿Estás hablando de la mafia? —pregunto, y ahora estoy completamente despierta. El cansancio ha desaparecido, reemplazado por algo frío y pesado que se asienta en mi estómago—. Papá, ¿qué has hecho?

Don. Se ha mezclado con la mafia. Este es el tipo de problemas de los que no se sale con una disculpa y un cheque.

—Solo ven, por favor —suplica, y su voz suena tan rota que por un momento vuelvo a ser la niña de doce años que acababa de perder a su madre y pensaba que su padre era lo único que le quedaba en el mundo—. Te lo explicaré todo cuando llegues.

—Voy para allá —digo, y cuelgo antes de que pueda seguir hablando.

Me quedo sentada en la cama durante tres segundos completos, mirando la pantalla del móvil mientras mi cerebro intenta procesar lo que acaba de pasar.

Mafia.

Mi padre se ha metido con la mafia.

El impulso de mandarlo a la mierda, de llamar otra vez y decirle que se busque a alguien más que lo rescate, es tan fuerte que tengo que apretar los dientes para contenerlo.

Pero entonces pienso en mi madre. En cómo me hizo prometerle en su lecho de muerte que cuidaría de él. En cómo me dijo que era un buen hombre bajo toda esa debilidad, que solo necesitaba tiempo para sanar.

Han pasado diez años. Todavía estoy esperando ese tiempo.

Me levanto de la cama, ignorando cómo protestan mis piernas. Me pongo los primeros vaqueros que encuentro y una sudadera vieja de la universidad. Zapatillas deportivas. Ni siquiera me molesto en mirarme al espejo.

El Casino Royale está a veinte minutos de mi apartamento. Los conduzco en piloto automático, con las manos agarradas al volante tan fuerte que los nudillos se me ponen blancos.

¿Cuánto deberá esta vez? ¿Mil dólares? ¿Cinco mil? ¿Diez?

¿Cuánto del poco dinero que me queda después de pagar el alquiler y las facturas va a desaparecer en el agujero negro de su adicción?

El aparcamiento del casino está medio lleno incluso a estas horas. Las Vegas nunca duerme. La ciudad vive de la desesperación de gente como mi padre, que cree que la próxima apuesta va a cambiar su vida.

De gente enferma.

Entro por las puertas principales, y el sonido de las máquinas tragaperras me golpea como una pared. Luces parpadeantes. Música artificial. El murmullo constante de gente ganando y perdiendo fortunas con cada segundo que pasa.

Me dirijo hacia el mostrador de información, intentando ignorar las miradas curiosas que me siguen. Probablemente parezco exactamente lo que soy: una chica agotada que acaba de salir de la cama para rescatar a su padre irresponsable.

—Necesito ir al despacho privado del Don. Soy Olivia Clark —le digo a la mujer detrás del mostrador, y las palabras me saben amargas en la boca.

Ella me mira de arriba abajo, evaluándome con una expresión que no consigo descifrar. Luego coge un teléfono y murmura algo que no alcanzo a escuchar.

—Es en el último piso —dice finalmente, señalando hacia los ascensores—. Alguien la estará esperando.

Subo en el ascensor con el corazón latiéndome más rápido de lo normal. No es por el miedo exactamente. Es por algo más complicado. Una mezcla de rabia, cansancio y esa terrible resignación de saber que mi vida nunca va a cambiar mientras siga permitiendo que mi padre me arrastre con él.

Las puertas se abren en el último piso, revelando un pasillo de moqueta gruesa y paredes forradas de madera oscura. Un hombre enorme vestido completamente de negro está esperando junto a una puerta de caoba.

—Por aquí —dice sin presentarse, abriendo la puerta.

Entro en lo que claramente es un despacho privado. Está lleno de muebles de aspecto carísimo. Tiene ventanales con vistas al Strip.

Y ahí, sentado frente a un escritorio de caoba, está mi padre.

Tiene un aspecto terrible. Peor de lo habitual. Tiene la cara pálida, sudorosa, los ojos rojos. Las manos le tiemblan mientras las mantiene sobre el regazo.

Pero está entero. Sin moratones. Sin sangre. Sin señales de haber sido golpeado.

Me quedo muy sorprendida.

Muevo la vista por la habitación para ver con quién estamos. Y lo que veo me deja sin palabras.

Porque, de pie junto a la ventana, observando la ciudad con una postura relajada que solo tienen las personas realmente peligrosas, está Leonardo Moretti.

El hombre de las cicatrices.

El hombre con el que he estado fantaseando durante tres años.

El hombre que me metió en un taxi hace solo unas semanas y me dijo que estábamos destinados.

Se me para el corazón durante un segundo completo antes de empezar a latir el doble de rápido.

¿Qué hace él aquí?

Nuestros ojos se encuentran a través del espacio que nos separa. Esos ojos verde esmeralda que me han perseguido en sueños, que me han hecho sentir cosas que no debería sentir por un desconocido.

Y por un momento —solo un momento antes de que mi cerebro procese completamente la situación— siento alivio.

Está aquí. Leonardo está aquí. Y mi padre está bien. Entero.

Tal vez ha intercedido de alguna forma. Tal vez ha ayudado a negociar. Tal vez él lo ha protegido.

—Olivia —dice mi padre, y su voz sale como un gemido—. Lo siento tanto.

Aparto la mirada de Leonardo para mirarlo a él, y algo en su expresión hace que se me encoja el estómago.

No es la culpa habitual. No es la vergüenza de siempre.

Es algo peor.

Es derrota absoluta.

El mundo se comienza a abrir bajo mis pies.

Porque lo presiento. Presiento que esta vez mi padre se ha metido en un problema del que no va a poder salir.