CAPÍTULO 9
LEONARDO
Mi despacho privado del Casino Royale huele a whisky caro y a desesperación barata.
Michael Clark está sentado frente a mí al otro lado del escritorio de caoba, con las manos temblando tanto que apenas puede sostener el vaso de bourbon que le he servido.
Lleva una camisa arrugada que probablemente no se ha cambiado en varios días, barba de tres semanas mal recortada.
Tiene ese brillo febril en los ojos que tienen todos los ludópatas cuando están a punto de perderlo todo.
Otra vez.
Llevo un mes observándolo. Un mes dejando que acumule deuda tras deuda en mis mesas de juego. Un mes viendo cómo apuesta dinero que no tiene, persiguiendo pérdidas que solo se hacen más grandes, cavando un agujero tan profundo que no hay forma humana de salir de él.
Medio millón de dólares.
Esa es la cantidad que debe ahora. Una cifra tan obscena que cualquier responsable de casino con medio cerebro lo habría cortado hace semanas. Nadie deja que un mecánico desempleado acumule ese tipo de deuda.
Nadie excepto yo.
Porque yo necesitaba que la deuda fuera lo suficientemente grande. Lo suficientemente imposible de pagar. Lo suficientemente devastadora como para que solo hubiera una forma de saldarla.
Con su hija.
Mi dulce Olivia.
Lorenzo está de pie junto a la ventana, observando el Strip de Las Vegas con una tensión en los hombros que me dice exactamente lo que está pensando. Ha estado haciendo preguntas durante todo el camino hasta aquí. Preguntas que he ignorado porque todavía no estoy listo para que sepa la verdad.
—No lo entiendo —dice finalmente, girándose hacia mí con esa expresión de hermano preocupado que aparece cuando cree que estoy haciendo algo peligrosamente estúpido—. ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué te estás encargando personalmente de cobrar una deuda? Tenemos gente para esto.
—Porque yo lo he decidido así —respondo sin apartar los ojos de Michael Clark, que se ha bebido el bourbon de un trago y está mirando el vaso vacío como si pudiera encontrar respuestas en el fondo.
—Leonardo —la voz de Lorenzo baja hasta ese registro que usa cuando está a punto de perder la paciencia—. El responsable del casino me ha dicho que tú le ordenaste dejar que este hombre siguiera apostando. Que tú autorizaste que la deuda subiera hasta este punto. ¿Qué coño está pasando?
Me giro hacia él lentamente. Las cicatrices en mi rostro se contraen cuando sonrío de esa forma que hace que incluso los hombres más duros retrocedan.
—¿Estás cuestionando mis decisiones?
Lorenzo me sostiene la mirada durante tres segundos completos. Tres segundos en los que puedo ver cómo evalúa si vale la pena presionar sobre este tema. Tres segundos en los que decide que sí, que nuestra amistad le da ese derecho.
—Estoy preocupado de que hayas perdido la cabeza —dice finalmente—. Esto no tiene sentido. Nada de esto tiene sentido.
—No necesita tener sentido para ti —respondo, mi voz sale con esa frialdad controlada que uso cuando necesito establecer límites—. Solo necesita que hagas lo que te digo.
Veo cómo aprieta la mandíbula, cómo sus manos se cierran en puños, cómo cada músculo de su cuerpo se tensa con la frustración de no entender qué está pasando.
Pero finalmente asiente. Porque por muy preocupado que esté, por muy confundido que se sienta, sigue siendo leal. Sigue confiando en que sé lo que estoy haciendo.
Aunque no estoy seguro de que eso sea verdad.
Me giro de vuelta hacia Michael Clark, que nos ha estado observando con la expresión de un ratón atrapado entre dos gatos.
Se ha dado cuenta de que es tan insignificante para nosotros que hasta debatimos nuestros asuntos personales delante de él.
—Señor Clark —digo, y mi voz sale suave, casi amable, lo cual es infinitamente más aterrador que si gritara—. Tenemos un problema.
Él traga saliva audiblemente.
—Yo… puedo conseguir el dinero. Solo necesito un poco más de tiempo. Una semana. Dos como mucho. Tengo un amigo que…
—No tienes amigos —lo interrumpo—. Tienes una hija que te rescata cada vez que te metes en problemas. Y esta vez te has metido en un problema demasiado grande incluso para ella.
La mención de Olivia hace que se ponga rígido. Puedo ver el momento exacto en que comprende que sé exactamente quién es ella. Que he estado prestando atención. Que esto no es solo una deuda aleatoria.
—Déjala fuera de esto —dice, y por primera vez en la conversación hay algo que podría ser dignidad en su voz—. Este es mi problema. No el de ella.
Interesante. Solo por el hecho de que se preocupe de verdad por Olivia hace que le tenga respeto. Aunque sea un padre de mierda.
—Pero ella siempre paga por tus problemas, ¿verdad? —pregunto, inclinándome hacia adelante sobre el escritorio—. Cada vez que apuestas dinero que no tienes. Cada vez que pierdes. Cada vez que prometes que va a ser la última vez. Ella aparece con su dinero ganado con tanto esfuerzo y te salva.
Él baja la mirada, incapaz de sostener la mía.
—Es una buena chica —murmura—. Demasiado buena para un padre como yo.
—En eso estamos de acuerdo —digo—. Pero esta vez, el dinero que debes es demasiado. Medio millón de dólares. Incluso trabajando turnos dobles durante el resto de su vida, nunca podría pagarlo.
El silencio que sigue es absoluto. Puedo escuchar el tic-tac del reloj en la pared. El zumbido distante de las máquinas tragaperras en el piso inferior. La respiración acelerada de Michael Clark mientras procesa la magnitud de lo que ha hecho.
—Voy a perder mi vida —dice finalmente, y suena como un hombre que ya está muerto—. Vas a matarme.
—Es lo que debo hacer —confirmo—. A menos que encontremos otra forma de saldar la deuda.
Levanta la vista bruscamente, y hay esperanza desesperada en sus ojos. Esa misma esperanza que todos los ludópatas tienen. La creencia de que siempre hay una salida, un último truco, una última apuesta que va a arreglarlo todo.
—¿Qué forma?
—Tu hija —digo simplemente—. Olivia.
Lorenzo inhala bruscamente detrás de mí. Puedo sentir su sorpresa, su confusión, su creciente alarma sin necesidad de mirarlo.
—¿Qué… qué quieres decir? —pregunta Michael, aunque creo que ya sabe exactamente lo que quiero decir.
—Tu deuda será completamente perdonada —explico con la misma calma con la que discutiría los términos de cualquier transacción comercial— si Olivia acepta casarse conmigo.
El silencio que sigue a mis palabras es ensordecedor.
Y luego todo estalla.
—¿QUÉ? —la voz de Lorenzo explota detrás de mí, cargada de incredulidad absoluta—. ¿Te quieres CASAR? ¿Qué está pasando, Leonardo? ¿Quién es esa chica? ¿Te has vuelto completamente loco?
Lo ignoro, manteniendo mi atención completamente enfocada en Michael Clark, que me está mirando como si me hubiera crecido una segunda cabeza.
—Estás… estás loco —dice—. Olivia nunca aceptaría algo así. Ella…
—Ella te ama —lo interrumpo—. A pesar de que no debería. A pesar de que has arruinado su vida constantemente con tu adicción. Todavía te ama. Y cuando descubra que vas a morir si no acepta, va a hacer exactamente lo que ha hecho siempre. Va a sacrificarse para salvarte.
Veo cómo la verdad de mis palabras se asienta en su expresión. Cómo comprende que lo conozco. Que lo he estado observando. Que sé exactamente cómo funciona la dinámica entre él y su hija.
—No puedo pedirle eso —dice, pero su voz carece de convicción.
—No tienes que pedírselo —respondo—. Solo tienes que llamarla y decirle que te has metido en problemas. Que necesitas que venga. Yo me encargaré del resto.
—Leonardo —la voz de Lorenzo sale como una advertencia—. Para. Ahora. No sé qué está pasando, pero esto ha ido demasiado lejos.
Me giro hacia él lentamente, dejando que vea la determinación absoluta en mis ojos. La obsesión que he estado ocultando durante tres años finalmente revelada.
—No voy a parar —digo con una calma letal—. Esto va a suceder. Con o sin tu aprobación.
—¿Quién es ella? —pregunta, y hay algo casi desesperado en su voz—. ¿Por qué estás haciendo esto?
—Porque es mía —respondo simplemente—. Siempre lo ha sido. Solo que ella todavía no lo sabe.
Lorenzo me mira como si nunca me hubiera visto antes. Como si el hombre que ha conocido durante años hubiera sido reemplazado por un extraño.
Tal vez lo he sido.
Me giro de vuelta hacia Michael.
—Llámala —ordeno—. Dile que la necesitas. Ahora.
Él saca su teléfono y lo mira como si fuera una serpiente venenosa.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces Romeo —hago un gesto hacia la puerta, donde mi ejecutor está esperando— te llevará al desierto y te enterrará tan profundo que nadie encontrará tu cuerpo jamás.
Y tu hija pasará el resto de su vida preguntándose qué le pasó a su padre.
Si simplemente te largaste porque no podías soportar ser una decepción más.
Si te suicidaste en algún lugar donde nadie pudiera encontrarte. Si…
—Vale —me interrumpe, apretando el teléfono con manos que tiemblan violentamente—. Vale. La llamaré.
Observo mientras marca el número. Puedo escuchar cuando ella responde al tercer tono, su voz suena somnolienta porque probablemente la hemos despertado.
—¿Papá? —dice, y solo con esa palabra puedo escuchar años de cansancio, de resignación, de amor complicado.
—Olivia, cariño —dice Michael, y su voz se quiebra—. Lo siento mucho. Me he metido en problemas. Necesito que vengas. Por favor.
Hay silencio al otro lado de la línea. Un silencio que probablemente está lleno de decepción, de frustración, de esa terrible inevitabilidad de saber que esto iba a pasar otra vez.
—¿Dónde estás? —pregunta finalmente, y puedo escuchar cómo se rinde. Cómo acepta que va a tener que rescatarlo una vez más.
—Estoy en el Casino Royale. Pregunta por el despacho privado del Don.
Otro silencio. Este más largo. Más pesado.
—¿El Don? ¿Estás hablando de la mafia? —pregunta, y hay algo nuevo en su voz. Miedo genuino—. Papá, ¿qué has hecho?
—Solo ven, por favor. Te lo explicaré todo cuando llegues.
—Voy para allá —dice, y cuelga.
Michael deja el teléfono sobre el escritorio como si quemara. Me mira con una expresión que mezcla culpa, miedo y algo que podría ser odio.
—Cuando descubra lo que quieres hacerle —dice—, va a odiarte. Para siempre.
—Lo sé —respondo, y no intento ocultar la aceptación en mi voz.
Porque esa es la verdad que he estado evitando durante tres años. Olivia va a odiarme cuando descubra lo que estoy a punto de hacerle. Va a odiarme por quitarle su libertad. Por forzarla a un matrimonio que nunca elegiría voluntariamente.
Por atarla a un monstruo.
Pero voy a hacerlo de todas formas.
Porque una mujer como ella —pura, compasiva, dedicada a salvar vidas— nunca elegiría voluntariamente a un hombre como yo. Un mafioso. Un asesino. Un tipo cubierto de cicatrices que ha matado con sus propias manos más veces de las que puede contar.
Un hombre que ella nunca podría amar. Que nunca podría siquiera desear.
Pero no me importa.
Voy a tenerla de todas formas.
Voy a hacerla mi esposa. Voy a ponerla en mi casa, en mi cama, en mi vida. Y aunque nunca me ame, aunque nunca pueda verme como algo más que el monstruo que la encadenó a él, al menos estará a mi lado.
Para siempre.
—Leonardo —dice Lorenzo, y su voz está cargada de una preocupación que bordea el pánico—. Todavía puedes parar esto…
—No voy a parar —lo interrumpo—. Llevo tres años esperando este momento. Tres años construyendo el poder necesario para poder reclamarla. Tres años observándola, protegiéndola, asegurándome de que estuviera a salvo mientras yo me convertía en alguien lo suficientemente fuerte como para mantenerla.
—¿Tres años? —repite, y hay horror creciente en su voz—. ¿Has estado planeando esto durante tres años?
—Desde el momento en que la vi —confirmo—. Desde el momento en que me miró sin miedo y no le importaron mis cicatrices. Desde ese momento, supe que iba a ser mía.
—Esto está mal —dice Lorenzo, y suena como un hombre que está viendo a su hermano caminar hacia un precipicio—. Esto está muy mal, Leonardo. No sabemos si ella es de fiar.
—Lo es —respondo—. Ella es la persona más fiable de este puto mundo.
Nos quedamos ahí en silencio, los tres. Un ludópata roto que acaba de vender a su hija. Mi mano derecha que está descubriendo que el hombre en el que confiaba es un monstruo mucho peor de lo que imaginaba. Y yo.
El monstruo que está a punto de reclamar a su ángel.
Sin importar el precio.