CAPÍTULO 8
LEONARDO
Hace dos años y medio
Hoy va a suceder.
Me he pasado los últimos cinco días intentando convencerme de no hacerlo. De que debo mantener la distancia. De que seguirla desde las sombras es suficiente.
Pero no lo es.
Verla desde lejos en el hospital —esperando en el aparcamiento hasta que termina su turno, observando cómo arrastra los pies hacia su coche con ese cansancio que se le mete hasta los huesos— ya no me basta.
Necesito estar cerca de ella. Necesito más. Cualquier cosa que me pruebe que ese momento en el callejón hace seis meses fue real, que no fue producto de mi imaginación desesperada.
El cuchillo está frío contra mi palma cuando lo aprieto sobre mi antebrazo izquierdo.
No vacilo. La hoja se desliza por mi piel en un corte limpio y profundo que empieza a sangrar inmediatamente. No es lo suficientemente grave como para necesitar cirugía, pero sí lo bastante serio como para requerir puntos.
Lo suficientemente serio como para que tenga que acudir al hospital.
Como para que ella tenga que atenderme.
El dolor es casi reconfortante. Familiar. Durante años, el dolor ha sido mi único compañero constante. Pero este dolor —el que me he causado a mí mismo— tiene un propósito diferente.
Este dolor me va a llevar hasta ella.
Me enrollo una toalla alrededor del brazo, lo suficientemente apretada como para no desangrarme en el coche, pero lo bastante floja como para que siga sangrando cuando llegue.
Cojo las llaves del Maserati y conduzco hacia el Valley Hospital Medical Center con el corazón latiéndome más rápido de lo que debería.
No por la pérdida de sangre.
Sino por la anticipación.
Son las once de la noche cuando llego. Su turno empezó a las siete. He memorizado su horario durante meses, sé exactamente cuándo está trabajando y cuándo está en casa durmiendo en ese apartamento pequeño donde la he visto leer hasta quedarse dormida con el libro abierto sobre el pecho.
El aparcamiento de urgencias está medio vacío. Bien. Menos testigos. Menos gente que pueda recordar al hombre de las cicatrices que entró sangrando.
Entro por las puertas automáticas sin pasar por admisión. Directo hacia los boxes de tratamiento donde sé que estará. Sé todo de ella. Puedo escuchar voces, el pitido constante de monitores, el olor a desinfectante que se mezcla con sangre y miedo.
Y entonces la veo.
Está en el box tres, escribiendo algo en un ordenador con una concentración que arruga ligeramente su frente. Lleva el pelo rubio recogido en una coleta alta y el uniforme azul claro impecable.
Es la cosa más hermosa que he visto en mi puta vida.
Debe sentir mi presencia porque levanta la vista del ordenador. Sus ojos azules me encuentran a través del espacio que nos separa, y por un segundo completo, todo el mundo desaparece.
Solo existimos ella y yo.
Como debería ser siempre.
Esta vez espero que grite al verme. Que el encuentro del callejón fue demasiado bueno para ser verdad.
Pero su reacción me descoloca completamente.
Una sonrisa se extiende por su rostro —genuina, iluminando sus facciones de una forma que hace que algo se parta en mi pecho— y dice:
—Hola, chico del callejón.
Joder.
Casi me mata. Esa sonrisa casi me mata literalmente.
Esta mujer es mi mayor tortura.
Pero la sonrisa muere en sus labios en el mismo momento en que su mirada baja hacia mi brazo, donde la toalla empapada de sangre está goteando sobre el suelo blanco del hospital.
—Oh, Dios mío —susurra, y entonces está corriendo hacia mí.
Corriendo.
Como si le importara. Como si el hecho de que esté sangrando fuera algo que realmente le afecta.
—¿Qué te ha pasado? —pregunta, cogiendo mi brazo con manos que son firmes, pero increíblemente suaves al mismo tiempo—. Ven, siéntate aquí.
Me guía hacia la camilla del box, y me dejo llevar porque estar cerca de ella —lo suficientemente cerca como para oler su champú floral mezclado con el antiséptico del hospital— es lo único que he querido durante meses.
—Déjame ver —dice, desenvolviendo cuidadosamente la toalla.
Cuando ve el corte, frunce el ceño.
—Es profundo. Vas a necesitar puntos. ¿Cómo te ha pasado esto?
—He tenido un pequeño accidente —respondo, porque es lo más cerca de la verdad que puedo estar sin admitir que me lo he hecho a propósito solo para poder verla.
Ella me mira con esos ojos azules que parecen ver demasiado, pero no insiste. En lugar de eso, se mueve con eficiencia profesional, reuniendo suministros de un carro médico cercano.
—Voy a tener que limpiarlo primero —explica, poniéndose guantes—. Te va a doler.
Nada me duele cuando viene de ti.
Pero no digo eso. Solo asiento.
El antiséptico quema cuando lo aplica sobre la herida abierta, pero me obligo a no reaccionar. He soportado cosas mucho peores que esto. Seis horas de tortura metódica hacen que un poco de alcohol sobre una herida autoinfligida sea prácticamente placentero.
—Eres duro —comenta ella, preparando la aguja e hilo—. La mayoría de la gente al menos hace una mueca.
—He tenido práctica —respondo, y es la verdad más honesta que le he dicho.
Ella levanta la vista hacia mí, y nuestros ojos se encuentran durante un momento que se alarga demasiado. Puedo ver la curiosidad en su mirada, las preguntas que quiere hacer pero que es demasiado profesional para plantear mientras me está tratando.
—Esto va a doler —advierte, acercando la aguja a mi piel—. ¿Quieres anestesia local?
—No.
Quiero sentir cada segundo de esto. Quiero recordar exactamente cómo se siente cuando sus manos me tocan, cuando me cuida, cuando se preocupa por mí, aunque no debería.
La primera puntada atraviesa mi piel, y es extrañamente íntimo. Sus dedos rozan mi brazo mientras trabaja, firmes pero gentiles, asegurándose de que cada punto esté perfectamente colocado.
No puedo apartar los ojos de ella.
De cómo se muerde ligeramente el labio inferior cuando se concentra. De cómo un mechón suelto de pelo rubio cae sobre su frente y ella lo aparta con el dorso de la mano enguantada. De cómo sus pestañas proyectan sombras sobre sus mejillas bajo las luces fluorescentes.
Es perfecta.
Completamente, devastadoramente perfecta.
Y está tocándome. Cuidándome. Reparando el daño que me he causado a mí mismo solo para poder estar cerca de ella.
Cada pinchazo de la aguja se siente como una caricia. Cada tirón del hilo cerrando la herida es una conexión entre nosotros que va a quedar grabada permanentemente en mi piel.
—Ya casi está —murmura ella, concentrada en su trabajo—. Solo un par más.
No quiero que termine. Quiero quedarme aquí para siempre, en este box de hospital mal iluminado, con sus manos sobre mi piel y su atención completamente enfocada en mí.
Pero todo tiene un final.
Ella ata el último nudo, corta el hilo con unas tijeras pequeñas, y se echa hacia atrás para inspeccionar su trabajo.
—Perfecto —dice con satisfacción—. Ahora voy a vendártelo. Tienes que mantenerlo limpio y seco durante al menos…
El sonido de sirenas la interrumpe. Puertas abriéndose de golpe. Voces gritando códigos que no entiendo pero que claramente significan algo urgente.
—¡Necesitamos dos enfermeras aquí! —grita alguien—. Accidente de moto. Múltiples traumas.
Olivia se gira hacia el sonido, y puedo ver el cambio instantáneo en su expresión. De preocupación personal a profesionalismo absoluto.
—Tengo que irme —me dice, ya quitándose los guantes—. Pero quédate aquí. Vuelvo en cuanto pueda para terminar de vendarte y darte las instrucciones de cuidado.
No va a poder volver pronto. Lo sé. Cuando hay emergencias reales, un tipo con un corte en el brazo no es prioridad.
Y está bien. He conseguido lo que vine a buscar.
La he visto. Me ha tocado. Ha dejado su marca en mi piel de una forma que va a durar para siempre.
—Ve —le digo—. Salva vidas.
Ella me mira durante un segundo más, como si quisiera decir algo, pero entonces alguien grita su nombre y sale corriendo del box.
Me quedo sentado ahí durante un momento, mirando el trabajo perfecto de sus puntadas en mi brazo. Ocho puntos limpios y uniformes que cierran la herida que me hice a propósito.
Ocho puntos que son la evidencia física de que ella me ha tocado.
De que me ha cuidado.
De que, por un momento, fui lo suficientemente importante en su mundo como para merecer su atención completa.
Me levanto de la camilla, cojo una venda del carro médico que ella dejó preparado, y me envuelvo el brazo yo mismo. No está tan bien como ella lo habría hecho, pero servirá.
Salgo del box, del hospital, del aparcamiento, sin que nadie me detenga. Sin que nadie me pida mi nombre o mi seguro o una explicación de cómo me he herido.
Fantasma. Eso es lo que soy.
Excepto para ella.
Para ella, soy real.
Dos horas más tarde, estoy en mi casa —la mansión que compré con dinero manchado de sangre— sentado en el borde de mi cama y mirando las puntadas en mi brazo.
La luz de la lámpara de noche las ilumina, haciendo que el hilo negro destaque contra mi piel bronceada.
Son diferentes a todas mis otras cicatrices.
Las otras fueron grabadas con odio. Con violencia. Con la intención de romperme, de matarme, de convertirme en algo menos que humano.
Pero estas…
Estas fueron hechas con cuidado. Con compasión. Con manos que sanan en lugar de destruir.
Trazo la línea de puntos con el dedo de mi otra mano, sintiendo cada pequeño nudo donde ella ató el hilo.
Es la única marca en mi cuerpo que me gusta.
La única que no me recuerda lo roto que estoy.
Esta cicatriz —cuando finalmente sane y se convierta en una línea blanca permanente— será diferente.
Será el arte de Olivia sobre mi piel.
Para siempre.
Una marca que elegí llevar. Una herida que me causé a mí mismo no por odio sino por amor. Por obsesión. Por esa necesidad desesperada de estar cerca de la única persona en este mundo que me mira sin miedo.
Me recuesto en la cama, sin molestarme en quitarme la ropa, manteniendo el brazo cuidadosamente elevado como ella me habría instruido hacer si hubiera tenido tiempo de terminar.
Cierro los ojos, y puedo verla perfectamente. La concentración en su rostro mientras trabajaba. La suavidad de sus manos. La forma en que su aliento rozaba mi piel cuando se inclinaba cerca.
Podría volver a hacerlo.
La semana que viene, el mes que viene. Podría encontrar otra excusa para terminar en su box de urgencias. Para que me toque otra vez. Para que me cure otra vez.
Pero no lo haré.
Porque eso sería egoísta. Eso sería usar su naturaleza compasiva en su contra, obligarla a cuidarme cuando debería estar cuidando de personas que realmente lo necesitan.
No.
Voy a esperar.
Voy a ser paciente.
Voy a seguir observándola desde las sombras, protegiéndola sin que lo sepa, construyendo el poder necesario para poder reclamarla apropiadamente cuando llegue el momento.
Pero esta noche —esta noche me permito el lujo de imaginar cómo sería si ella supiera.
Si supiera que cada vez que la veo no es coincidencia.
Si supiera que esos hombres que intentaron asaltarla hace dos meses desaparecieron porque yo los hice desaparecer.
Si supiera que llevo seis meses vigilando cada aspecto de su vida, memorizando sus rutinas, aprendiendo todo lo que puedo sobre la mujer que se ha convertido en mi única razón para seguir respirando.
¿Me tendría miedo?
Probablemente.
¿Huiría?
Sin duda.
Por eso todavía no lo puede saber.
Por eso tengo que ser paciente.
Por eso voy a seguir siendo el fantasma que la protege desde las sombras hasta que finalmente tenga el poder de salir a la luz sin destruirla en el proceso.
Abro los ojos, mirando el techo de mi dormitorio mientras siento el latido constante de mi pulso en la herida del brazo.
Dolor y placer mezclándose hasta que no puedo distinguir uno del otro.
Como todo lo que tiene que ver con ella.
Mi ángel.
Mi obsesión.
Mi dulce Olivia, que todavía no sabe que ya es mía.
Que siempre ha sido mía.
Desde el momento en que me miró sin miedo en ese callejón sucio y vio al hombre bajo el monstruo.
Trazo las puntadas una vez más, memorizando cada una.
Y sonrío.
Es la primera vez que sonrío genuinamente en años.
Porque ahora llevo una parte de ella conmigo. En mi piel. Permanente.
Y muy pronto, voy a asegurarme de que ella lleve una parte de mí también.
Aunque todavía no sepa que ya lo hace.