Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

LEONARDO

El Casino Royale —ahora mi casino— huele diferente esta mañana.

No es el aroma habitual de alcohol derramado, perfume caro y dinero cambiando de manos. Es algo más acre. Más tenso.

Miedo.

Puedo olerlo en cada rincón del edificio mientras camino por el suelo de juego hacia las oficinas privadas del piso superior. Cada empleado que pasa se aparta instintivamente de mi camino. Cada capitán que me ve endurece la mandíbula pero baja la mirada.

Bien.

La semana pasada, tras la coronación, rebajé a casi todos los capitanes de Dante.

Los que eran leales a él —los que alardeaban de sus torturas, los que se creían intocables bajo su protección— ahora están vigilando puertas traseras o contando dinero en sótanos húmedos.

Trabajos de soldado raso que un capitán consideraría insultos.

Y en los cargos importantes —los que realmente importan— coloqué a mis hombres.

Los que me han seguido durante años. Los que han probado su lealtad con sangre y silencio. Los que saben exactamente lo que soy capaz de hacer y me siguen de todas formas.

O quizás precisamente por eso.

Subo las escaleras hacia las oficinas ejecutivas, sintiendo cómo cada mirada se clava en mi espalda como agujas. Puedo escuchar los susurros que empiezan en cuanto paso:

—¿Has visto cómo se deshizo de Marco? Sin ni siquiera dar explicaciones.

—Dicen que tiene a gente vigilando a todos los antiguos capitanes. Esperando un error.

—No me extraña. Con esa cara… es obvio que disfruta haciendo daño.

Sonrío sin girarme. Las cicatrices se contraen en mi rostro, y aunque no puedan verlo, probablemente pueden sentir mi diversión.

Que sigan hablando. Que sigan especulando. El miedo mezclado con incertidumbre es la mejor herramienta de control que existe.

Llego a las oficinas ejecutivas —un espacio de techos altos, ventanales con vistas al Strip de Las Vegas, muebles de cuero italiano— y encuentro exactamente lo que esperaba.

Mis cuatro hombres ya están aquí. Mi círculo íntimo. Los únicos en los que confío completamente.

Lorenzo está apoyado contra el escritorio de caoba, revisando algo en su tablet con esa concentración profesional que lo caracteriza.

Lleva un traje azul marino impecable y el pelo perfectamente peinado.

Es la imagen de un hombre de negocios legítimo.

Mi subjefe. Mi mano derecha. El hermano que elegí cuando la sangre me traicionó.

Romeo permanece de pie junto a la ventana, observando el Strip con esos ojos oscuros que no pierden detalle.

Todo él vestido de negro —traje, camisa, corbata— como si estuviera en un funeral permanente.

Mi ejecutor. El hombre que hace el trabajo que incluso los soldados más duros no pueden soportar. Silencioso, letal, absolutamente leal.

Massimo está sentado en uno de los sillones de cuero, rodeado de documentos legales y financieros que ha extendido sobre la mesa de centro.

Viste un traje gris carbón en el que lleva tres bolígrafos diferentes en el bolsillo superior.

Mi consigliere. El cerebro que convierte mis órdenes violentas en movimientos legales impecables.

Y Salvatore revisa el perímetro de la habitación con mirada militar, comprobando ángulos, salidas, posibles amenazas con la eficiencia de quien pasó años en zonas de guerra.

Usa un traje negro funcional, lleva un auricular discreto en la oreja y su mano nunca está lejos de la pistola en su funda.

Mi jefe de seguridad. El muro entre yo y cualquiera que pretenda llegar hasta mí.

Estos cuatro hombres son mi familia real. Los únicos que conocen todos mis secretos.

Bueno. Casi todos.

—Buenos días, Don Moretti —saluda Massimo sin levantar la vista de sus documentos—. He terminado de revisar las transferencias de activos. Todo está en orden. Legalmente, cada propiedad que perteneció a Dante ahora está a tu nombre.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que los federales empiecen a hacer preguntas? —pregunto, cerrando la puerta detrás de mí.

—Ya las están haciendo —responde Massimo con una sonrisa pequeña—. Pero tengo respuestas para todas. Herencia legítima de hijo reconocido. Documentos que Dante firmó voluntariamente. Todo es perfectamente legal en el papel. Lo preparamos minuciosamente.

—Perfecto.

Me acerco al ventanal donde Romeo permanece inmóvil como una estatua. Desde aquí puedo ver todo el Strip. Las luces de neón incluso durante el día. Los turistas paseando sin tener ni idea de que están caminando sobre un imperio construido con sangre.

—¿Cuál es la situación con los capitanes antiguos? —pregunto sin apartar la vista de la ciudad que ahora me pertenece.

—Están nerviosos —responde Lorenzo, dejando su tablet sobre el escritorio—. Tres han intentado contactar con familias rivales. Mis hombres interceptaron las llamadas.

—¿Nombres?

—Marco, obviamente. Teo Ricci. Y Giovanni Testa.

Marco. El idiota que me cuestionó en la coronación. Por supuesto que sería él.

—¿Qué quieres que hagamos con ellos? —pregunta Romeo, y su voz sale tan plana que podría estar preguntando sobre el clima.

Pero sé lo que realmente está preguntando. ¿Los mato?

—Todavía nada —respondo después de un momento—. Que sepan que los estamos vigilando. Que sientan la presión. Si cometen un movimiento en falso, entonces Romeo se encargará.

Romeo asiente una vez. Eficiente. Letal. Sin preguntas innecesarias.

—Los soldados rasos están más tranquilos —continúa Lorenzo—. La mayoría solo quería protección y un salario estable. No les importa quién sea el Don mientras cumplamos esas dos cosas.

—¿Y lo estamos haciendo?

—Aumenté sus salarios un quince por ciento la semana pasada —dice Massimo—. Y dejé claro que quien demuestre lealtad genuina será recompensado. Quien no… bueno.

No necesita terminar la frase. Todos sabemos lo que pasa con la deslealtad en mi organización.

Salvatore se aclara la garganta desde su posición junto a la puerta.

—Hay otro tema que deberíamos discutir, Leonardo.

—¿Cuál?

—Tu hermana.

Su mención cae en el silencio de la oficina como una bomba.

Arianna.

Mi hermana menor. Fruto de una aventura que mi padre tuvo años después de mi nacimiento. No nos conocimos hasta que ella tenía doce años y yo ya estaba roto. Reconstruido como otra cosa.

Pero desde el momento en que nos presentaron, ella me miró sin miedo. Sin asco. Como si las cicatrices fueran irrelevantes.

Como Olivia.

Y por eso la protegí. La envié lejos cuando Dante todavía estaba vivo, cuando ser familia mía era una sentencia de muerte. A un internado en Suiza primero, luego a la universidad en Londres. Lejos del alcance de mi tío. Lejos de este mundo de violencia.

—¿Qué pasa con Arianna? —pregunto, girándome hacia Salvatore.

—Ha estado llamando —responde—. Todos los días durante la última semana. Quiere volver a Las Vegas. Dice que ahora que Dante está muerto, ya no hay razón para que siga escondida.

—No estaba escondida. Estaba a salvo.

—Ella lo ve como una prisión —interviene Lorenzo, y hay algo en su voz que no consigo identificar.

—Y técnicamente tiene razón. Dante está muerto. La amenaza que representaba ya no existe —añade Salvatore.

Miro a Lorenzo más detenidamente. Tiene los hombros ligeramente tensos. La mandíbula apretada. Los nudillos blancos donde agarra el borde del escritorio.

Interesante.

—¿Cuándo quiere volver? —pregunto.

—Ya lo ha hecho —responde Salvatore—. Su vuelo aterrizó hace tres horas. Está en la mansión esperándote.

Por supuesto que sí. Arianna nunca fue de las que piden permiso. Simplemente hace lo que quiere y espera que el resto del mundo se adapte.

Me recuerda a alguien.

—Bien —digo finalmente—. Era hora de que volviera.

Lorenzo se tensa aún más. Definitivamente interesante.

—¿Hay algo que quieras compartir, Lorenzo? —le pregunto directamente.

—No —responde demasiado rápido—. Solo me preocupa la seguridad. Arianna es impulsiva. Y este no es el mejor momento para tener familiares vulnerables cerca.

—Arianna no es vulnerable —respondo—. Y si alguien intenta tocarla, descubrirá que dañar a mi familia tiene consecuencias permanentes.

El silencio que sigue es absoluto. Todos entienden lo que acabo de decir. Que Arianna está bajo mi protección total. Que cualquiera que la mire mal terminará como Dante.

O peor.

—Ahora —continúo, cambiando de tema—, necesito los registros de todas las deudas pendientes. Casinos, préstamos, apuestas no pagadas. Todo.

Massimo frunce el ceño.

—¿Buscas algo específico?

—No —respondo tajante. No quiero que conozcan la existencia de Olivia, todavía.

Si el padre de Olivia está en esos registros —y rezo a cualquier dios que escuche que lo esté—, entonces me facilitará mucho las cosas.

Para reclamarla.

Y si no está… bueno. Hay formas de asegurarme de que termine debiendo. Este es mi mundo ahora. Puedo hacer que las cosas sucedan.

—Los tendré preparados esta tarde —dice Massimo, haciendo una nota en su tablet—. ¿Algo más?

—Sí —respondo, girándome para mirar a mis cuatro hombres—. Quiero vigilancia constante en todos los capitanes antiguos. Si se reúnen, si hacen llamadas sospechosas, si respiran de forma extraña, quiero saberlo. No voy a permitir que una rebelión se forme bajo mi nariz.

—Entendido —dice Salvatore.

—Y Lorenzo —añado—, asegúrate de que los soldados rasos sepan que hay oportunidades de ascenso. Que la lealtad genuina se recompensa con poder real. Quiero que vean que trabajar para mí es mejor que lo que tenían bajo Dante.

—Ya lo estoy haciendo —responde—. Varios soldados han preguntado sobre posiciones de mayor responsabilidad. He estado evaluándolos.

—Bien.

Me dirijo hacia la puerta, pero la voz de Romeo me detiene.

—¿Don Moretti? —su voz sale tan baja que casi no lo escucho—. ¿Hay algo más en lo que podamos ayudarte?

Me giro hacia él. Romeo me observa con esos ojos oscuros que han visto demasiada muerte para ser engañados por apariencias. Me conoce mejor que la mayoría. Sabe cuando hay algo que no estoy diciendo.

—No —respondo después de un momento—. Eso es todo por ahora.

Salgo de la oficina antes de que puedan hacer más preguntas. Antes de que mi inquietud traicione exactamente lo que estoy buscando en esos registros de deudas.

Un nombre.

Michael Clark.

El padre de Olivia.

Mi excusa para acercarme a ella.

Mi justificación para reclamar lo que llevo tres años observando desde las sombras.

Bajo las escaleras hacia el salón de juego, sintiendo cómo la obsesión que llevo conteniendo durante años finalmente encuentra una salida.

Muy pronto, mi dulce Olivia va a descubrir que el destino no es coincidencia.

Es algo que se construye. Pieza por pieza. Movimiento por movimiento.

Y yo llevo tres años construyendo el nuestro.

LORENZO

Observo cómo Leonardo sale de la oficina con esa calma letal que lo caracteriza, y algo se retuerce en mi estómago.

Conozco a este hombre mejor que nadie. Hemos pasado años construyendo este imperio juntos. He visto todos sus movimientos, todos sus planes, todas sus obsesiones.

Y sé cuando está ocultando algo.

—¿Alguien más ha notado que Leonardo está actuando extraño? —pregunta Massimo en cuanto la puerta se cierra.

—Define extraño —responde Romeo sin emoción.

—No lo sé. Más inquieto. Como si estuviera esperando algo.

—Acaba de convertirse en el Don de una de las familias más poderosas de Las Vegas —dice Salvatore—. Tiene derecho a estar inquieto.

—No es eso —respondo, aunque no estoy seguro de poder explicarlo—. Es algo diferente. Como si tuviera otro objetivo además de consolidar el poder.

Los tres me miran con expresiones que van desde la curiosidad hasta la indiferencia profesional.

—¿Crees que está planeando algo contra otra familia? —pregunta Massimo.

—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.

Porque lo que he aprendido en los años que llevo al lado de Leonardo Moretti, es que cuando oculta algo, generalmente es grande.

Y generalmente es peligroso.

Especialmente para él mismo.

Mi móvil vibra en mi bolsillo. Lo saco, veo el mensaje que acaba de llegar, y todo mi cuerpo se tensa.

«Ya estoy en casa de Leo. ¿Cuándo vas a venir a verme? Te he echado de menos. - A»

Arianna.

Cierro los ojos, dejando que el teléfono se caliente en mi mano mientras lucho contra la necesidad de responder inmediatamente.

Ella no sabe lo que me está pidiendo.

No sabe que verla es lo mejor y lo peor de mi existencia.

No sabe que llevo años resistiéndome a algo que sé que está mal por todas las razones correctas.

Porque Arianna Moretti —veintitrés años, impulsiva, brillante, devastadoramente hermosa— es la hermana del hombre que me salvó la vida.

Del hombre al que le debo todo.

Y desearla es una traición que no puedo permitirme cometer.

Aunque me esté matando por dentro.