Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 6
28%

CAPÍTULO 6

OLIVIA

—Venga, Olivia. Solo una copa —Jenny me había suplicado esta tarde—. Estás desperdiciando tu juventud encerrada en casa. Si sigues así, el hombre perfecto nunca te va a encontrar con esa vida de monja que llevas.

Lo que Jenny no sabía es que el hombre —no sabía si perfecto, pero dudaba muchísimo que lo fuese— ya me había encontrado. En repetidas ocasiones. En mi vida de monja.

Eso sí, en los peores lugares posibles.

Y por primera vez me había preguntado cómo sería verlo en un lugar normal.

No en un callejón mientras rescataba a mi padre borracho.

No mientras él sangraba en urgencias y yo le cosía una herida en el brazo.

No con gente alrededor interrumpiendo lo que fuera que pasaba entre nosotros cada vez que nuestros ojos se encontraban.

Sino en un bar. Tomando una copa. Quizás tonteando.

Solo esa posibilidad había sido suficiente para que aceptase la invitación de Jenny.

Y ahora me arrepiento profundamente.

La música del Raven Club retumba tan fuerte que puedo sentirla vibrando en mi pecho. Hay unas luces de neón azules y rojas que me están dando dolor de cabeza. El olor a alcohol derramado, perfume caro y sudor se mezclan en el aire hasta que se me cierra la garganta.

Odio estar con tanta gente. De verdad que lo odio.

Jenny y las otras dos chicas de enfermería con las que he venido están en la pista de baile, moviendo las caderas al ritmo de una canción que no reconozco. Me han intentado arrastrar con ellas tres veces, pero he fingido que me duelen los pies por el turno de ayer.

Mentira. Lo que necesito es espacio para respirar.

Estoy apoyada en la barra, con un mojito a medio terminar que probablemente lleva demasiado alcohol porque ya me está dando vueltas la cabeza, cuando lo siento.

Una mano en mi brazo.

—Eres demasiado guapa para estar aquí sola, preciosa.

Me giro y me encuentro con un tipo de unos treinta años. Lleva el pelo rubio engominado hacia atrás, una camisa abierta hasta el tercer botón mostrando una cadena de oro que probablemente es falsa. Y está esbozando una sonrisa que intenta ser seductora pero que solo consigue darme asco.

Retiro el brazo de golpe, apartándome de su contacto como si me hubiera quemado.

—No estoy sola —digo, intentando que mi voz salga firme—. Y no me interesa.

—Venga, solo quiero invitarte a una copa —insiste, acercándose más—. No seas tan borde.

Se me cierra el estómago. Detesto esto. Detesto tener que ser educada con tipos que no entienden que no significa no. Detesto sentirme acorralada cuando solo quería salir una noche y olvidarme de mi vida durante unas horas.

—He dicho que no me interesa —repito, esta vez dejando que se me note la irritación.

Él abre la boca para decir algo más —probablemente otra insistencia que va a ignorar completamente mi respuesta— cuando siento algo rozarme la espalda.

Perfecto. Lo que me faltaba. Que me toquen por otro lado.

Me giro molesta, lista para decirle a quien sea que me deje en paz, cuando las palabras se me mueren en la garganta.

Porque ahí, a menos de medio metro de mí, está él.

El hombre de las cicatrices.

El corazón se me dispara tan rápido que por un momento pienso que voy a desmayarme. Todas las funciones de mi cuerpo se detienen y luego se reinician al doble de velocidad.

Es más alto de lo que recordaba. O quizás es que nunca hemos estado tan cerca sin que estemos en una situación de riesgo. Debe medir sobre uno noventa y bajo su traje se adivinan unos músculos muy trabajados.

Pero es su rostro lo que me tiene paralizada.

Las cicatrices se ven diferentes bajo las luces de neón del bar. Más pronunciadas. Más blancas contra su piel bronceada. La línea gruesa desde la sien hasta la comisura de la boca. Las tres paralelas en la mejilla como garras. El zigzag de la oreja a la mandíbula.

Debería asustarme. Cualquier persona cuerda se asustaría.

Pero lo único que siento es cómo se me acelera la respiración y se me calienta la piel bajo su mirada.

Sus ojos verde esmeralda me recorren de arriba abajo con una intensidad que hace que se me olvide que hay otras personas en este bar. Como si fuéramos solo nosotros dos. Como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

—Hola —consigo decir, y mi voz sale más ronca de lo normal.

Él no responde inmediatamente. Solo me mira con una expresión que no consigo descifrar. Como si estuviera analizando cada detalle de mi rostro.

—Hola, ángel —dice finalmente, y su voz es exactamente como la recordaba. Profunda. Controlada. Con un toque de algo oscuro que debería hacerme salir corriendo pero que en cambio me hace querer acercarme más.

—¿Me estás siguiendo? —pregunto, intentando sonar acusadora, pero fallando miserablemente porque no puedo dejar de sonreír.

Una sonrisa pequeña —apenas una curva en sus labios que hace que las cicatrices se contraigan— aparece en su rostro.

—No —responde, y hay algo en la forma en que lo dice que me hace creer que es verdad incluso cuando probablemente no debería—. Parece que estamos destinados.

Se me llena el estómago de mariposas. Cientos de ellas, todas revoloteando al mismo tiempo hasta que me cuesta respirar.

Destinados.

Esa palabra no debería hacerme sentir así. No debería provocarme esta calidez que se extiende por mi pecho como miel tibia.

Pero lo hace.

El tipo rubio de la camisa abierta se aclara la garganta detrás de mí, recordándome que todavía está ahí. Que esto no es un momento privado, aunque se sienta como tal.

El hombre de las cicatrices —porque todavía no sé su nombre— desvía la mirada hacia él. Y lo que veo en sus ojos hace que se me erice el vello de la nuca.

No es solo dureza. Es algo más oscuro. Más peligroso. Como si estuviera pensando en hacerle daño y estuviera disfrutando de la idea.

—Creo que la señorita ha dejado claro que no está interesada —dice, y su voz sale tan fría que prácticamente congela el aire entre nosotros.

El tipo rubio retrocede un paso. Luego otro.

—Yo… perdona, tío. No sabía que estaba contigo.

Y se larga tan rápido que casi tropieza con sus propios pies.

Me giro hacia el hombre de las cicatrices, sintiendo una mezcla extraña de alivio y curiosidad.

—Gracias —digo—. Aunque probablemente podría haberme encargado yo sola.

Él arquea una ceja, y hay algo que podría ser diversión en su expresión.

—No lo dudo. Pero no me apetecía ver cómo un imbécil seguía molestándote cuando claramente no querías su atención.

Nos quedamos ahí, mirándonos, mientras la música sigue retumbando a nuestro alrededor y la gente baila y grita y vive sus vidas completamente ajenos a lo que está pasando en esta pequeña burbuja que hemos creado.

—¿Cómo te llamas? —pregunto finalmente, porque necesito saberlo. Necesito ponerle nombre a este hombre que lleva apareciendo en mi vida durante tres años como un fantasma.

—Leonardo —responde, y la forma en que pronuncia su propio nombre hace que suene como algo peligroso y hermoso al mismo tiempo—. Leonardo Moretti.

Moretti. Ese apellido me suena de algo, pero no consigo ubicarlo.

—Yo me llamo Olivia —digo—. Olivia Clark.

—Lo sé —dice, y luego, como si se diera cuenta de que eso suena extraño, añade—: lo he visto en tu uniforme.

Ah. Cierto.

—¿Quieres tomar algo? —pregunto, señalando mi mojito a medio terminar.

Él niega con la cabeza.

—No. Pero tú tampoco deberías tomar más. Ya has bebido suficiente.

Frunzo el ceño. No me gusta que me digan lo que debería o no debería hacer. Ya tengo bastante con mi padre y sus problemas como para que un desconocido —aunque sea un desconocido guapísimo con cicatrices fascinantes— intente controlarme.

—Puedo cuidarme sola —digo, y mi voz sale más defensiva de lo que pretendía.

—Lo sé —responde él, y hay algo suave en su tono que hace que me relaje un poco—. Pero me sentiría mejor si dejas que te lleve a casa. Es tarde y este no es el mejor vecindario para que una chica esté sola.

Debería decir que no. Debería recordar todas las advertencias sobre no irte con desconocidos. Sobre cómo los hombres más peligrosos son los que parecen encantadores al principio.

Pero hay algo en la forma en que me mira. Como si realmente le importara que llegue a casa a salvo. Como si la idea de que algo malo me pasara le resultara físicamente dolorosa.

—Vale —acepto, sorprendiéndome a mí misma—. Tengo que avisar a mis compañeras de que me marcho.

Él asiente, sacando el móvil del bolsillo de su chaqueta y tecleando algo rápidamente.

—Tu taxi estará aquí en tres minutos —dice—. Voy a pagarlo por adelantado para que no tengas que preocuparte de nada.

¿Taxi?

El estómago se me cae al suelo.

Había esperado… no sé qué había esperado. ¿Que se ofreciera a llevarme él? ¿Que insistiera en acompañarme?

Pero claro que no lo hace. Probablemente tiene cosas mejores que hacer que escoltar a una enfermera medio borracha a su apartamento.

—Gracias —consigo decir, intentando ocultar la decepción que sé que probablemente se nota en mi voz.

Tras despedirme de mis compañeras salimos del bar juntos —él con una mano en la parte baja de mi espalda que quema incluso a través de la tela de mi vestido— y esperamos en la acera hasta que llega un taxi negro.

Leonardo abre la puerta para mí, y cuando me subo, se inclina lo suficiente como para que pueda oler su colonia. Algo masculino y caro que hace que quiera enterrar la nariz en su cuello e inhalar profundamente.

—Conduce con cuidado —le dice al taxista con un tono que no admite discusión—. Y asegúrate de que llega a salvo a su puerta.

El taxista asiente fervientemente, como si acabara de recibir una orden de Dios mismo.

Leonardo se endereza, y nuestros ojos se encuentran una última vez.

—Hasta pronto, Olivia —dice, y suena como una promesa.

El taxi arranca antes de que pueda responder, llevándome lejos de él y hacia mi apartamento vacío y mi vida solitaria.

Me recuesto en el asiento, sintiendo cómo la adrenalina del encuentro empieza a disiparse y dejando solo confusión y una atracción tan intensa que me asusta.

¿Qué demonios me pasa?

¿Por qué me atrae un hombre que grita muy alto que es solo problemas?

Un hombre con cicatrices de violencia grabadas en el rostro. Un hombre que hace que otros retrocedan con solo una mirada.

Pero no puedo evitarlo.

No puedo evitar desear que hubiera subido al taxi conmigo. Que sus manos estuvieran en mi piel en lugar de solo en mi imaginación. Que esa promesa de «hasta pronto» se cumpliera mañana en lugar de quien sabe cuándo.

Cierro los ojos, dejando que el movimiento del taxi me meza, y me permito fantasear solo un momento más antes de tener que volver a la realidad de mi vida.

Una realidad donde hombres como Leonardo Moretti, que claramente tiene mucho dinero, no terminan con chicas como yo.

LEONARDO

Observo cómo el taxi desaparece en la noche llevándose a Olivia, y cada célula de mi cuerpo grita para que corra detrás de él. Para que la alcance. Para que la traiga de vuelta y la meta en mi coche y nunca la deje ir.

Pero no lo hago.

Porque si la hubiera tocado más de lo estrictamente necesario esta noche, si hubiera subido a ese taxi con ella, si la hubiera llevado yo mismo, si hubiera estado a solas con ella en un espacio cerrado…

No habría podido controlarme.

Y todavía no es el momento.

Todavía no he preparado todo lo necesario para reclamarla apropiadamente. Para hacerla mía de la forma en que se merece, no como un animal desesperado que se lanza sobre lo que quiere sin pensarlo.

Aunque Dios sabe que eso es exactamente lo que soy ahora mismo. Un animal desesperado.

Me obligo a dar media vuelta, alejándome de donde el taxi ha desaparecido y volviendo hacia donde ese imbécil del pelo rubio ha salido tambaleándose hace unos minutos.

Lo encuentro en el callejón lateral, encendiendo un cigarrillo con manos que todavía tiemblan ligeramente.

Patético.

Mis pasos son silenciosos contra el asfalto mientras me acerco. No me escucha hasta que estoy a un metro de distancia, y para entonces ya es demasiado tarde.

—Hola —digo, y mi voz sale con esa calma letal que hace que los hombres más duros se caguen en los pantalones.

Él se gira bruscamente, el cigarrillo se cae de sus labios.

—¿Qué…? —empieza, pero las palabras se le mueren en la garganta cuando me ve claramente bajo la luz de la farola.

—¿Sabes qué me molesta? —pregunto, acercándome con pasos medidos—. Cuando idiotas como tú creen que tienen derecho a tocar algo que no les pertenece.

—Yo… yo solo estaba intentando ligar con ella —dice, retrocediendo hasta que su espalda choca contra la pared de ladrillo—. No sabía que era tu novia, tío. Lo siento.

—No es mi novia —respondo, y cada palabra sale cargada de una posesividad que no intento ocultar—. Todavía. Pero eso no cambia el hecho de que la tocaste sin su permiso.

Lo agarro del brazo —el mismo brazo con el que tocó a Olivia— y aprieto. Fuerte. Sintiendo cómo los huesos ceden bajo mi agarre.

—Por atreverte a tocar algo tan inocente sin permiso —susurro, acercándome hasta que nuestras caras están a centímetros de distancia—, vas a perder la mano.

—¡Por favor! —grita, intentando liberarse—. ¡Lo siento! ¡No volveré a hacerlo!

—Tienes razón. No lo harás —confirmo.

Y entonces aprieto más. Giro. Escucho el crujido satisfactorio de huesos rompiéndose en múltiples puntos.

Sus gritos llenan el callejón, pero aquí nadie va a escucharlo. Nadie va a venir a rescatarlo.

Cuando finalmente lo suelto, cae al suelo sujetándose el brazo destrozado. Puedo ver cómo los fragmentos de hueso sobresalen en ángulos imposibles bajo la piel. Ninguna operación va a poder arreglar eso. Va a quedar lisiado de por vida.

Perfecto.

Me agacho hasta quedar a su nivel, ignorando cómo solloza de dolor.

—Y escúchame muy bien —digo, mi voz baja hasta ese registro que hace que los hombres deseen estar muertos—. Si alguna vez vuelvo a verte cerca de esa chica, si alguna vez cruzas tu camino con el de ella aunque sea por accidente, no será solo una mano lo que pierdas. Será tu vida. ¿Me has entendido?

Él asiente frenéticamente, lágrimas y mocos corren por su cara.

—Bien.

Me pongo de pie, sacando un pañuelo del bolsillo para limpiarme las manos de su sudor asqueroso.

Lo dejo ahí, retorciéndose de dolor en el suelo del callejón, y vuelvo hacia donde mi coche está aparcado.

La violencia debería haberme calmado. Normalmente lo hace. Normalmente, hacer daño a alguien que lo merece me da esa satisfacción fría que necesito para funcionar.

Pero esta noche no.

Esta noche solo ha alimentado a la bestia que ruge dentro de mí exigiendo más. Exigiendo que vaya tras ella. Que la reclame. Que la haga mía de una vez por todas.

Me subo al Maserati, arrancando el motor con furia.

Pronto, me prometo mientras conduzco hacia mi mansión.

Muy pronto mi dulce Olivia va a descubrir que el destino del que le hablé esta noche no es una coincidencia.

Es una inevitabilidad que llevo tres años construyendo con mis propias manos manchadas de sangre.

Y cuando finalmente la tenga donde pertenece —a mi lado, en mi cama, en mi vida— no va a haber nada ni nadie que pueda separarla de mí.

Ni siquiera ella misma.