Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Que sigue siendo mía, aunque todavía no lo sepa.

Deslizo el dedo por la pantalla hasta encontrar la aplicación de vigilancia. Las cámaras que instalé hace tres años en cada rincón de su apartamento. Su cocina, su salón, su dormitorio. Cada espacio que ocupa capturado en alta definición para que pueda verla siempre que la necesito.

Que últimamente es todo el puto tiempo.

Hoy es su día libre. Lo sé porque llevo tres años memorizando cada detalle de su vida. Su horario de trabajo. Sus rutinas. Los sitios que visita. La gente con la que habla.

Todo.

A esta hora estará en casa. Probablemente en el sofá con ese pijama de franela rosa que me hace desear quitárselo. O en la cama leyendo uno de esos libros románticos que le gustan, mordiéndose el labio inferior cuando llega a una parte que la afecta.

Me encanta verla así. Relajada. Natural. Completamente ella misma cuando piensa que está sola.

Sin saber que nunca ha estado sola. No en tres años.

Abro la aplicación, esperando ver esa imagen familiar que se ha convertido en mi único momento de paz en días llenos de violencia.

Pero lo que veo es un apartamento vacío.

Luces apagadas. Sofá desocupado. Cama perfectamente hecha.

Ella no está.

El móvil casi se me cae de las manos.

El corazón se me detiene durante un segundo completo —uno, dos— antes de empezar a latir tan rápido que puedo escucharlo en mis oídos como tambores.

¿Dónde coño está?

Cambio entre cámaras frenéticamente. Cocina. Vacía. Baño. Vacío. Cada espacio que debería ocupar está completamente desierto.

No está en casa.

¿Por qué no está en casa?

¿Dónde está?

¿Quién está con ella?

¿Está a salvo?

Las preguntas se amontonan en mi cabeza como una avalancha, cada una alimentando una rabia que empieza a arder bajo mi piel como ácido.

Se me escapa una maldición y Lorenzo me mira desde el otro lado del salón con el ceño fruncido, con esa expresión de preocupación fraternal que aparece cuando sabe que algo va mal.

Lo ignoro.

Marco el número del imbécil encargado del turno de vigilancia de Olivia con dedos que tiemblan de furia apenas contenida. Cada tono que pasa sin que responda aumenta la violencia que amenaza con explotar.

Responde al tercer tono.

—Don Moretti.

—¿Dónde está? —gruño, y mi voz sale tan baja y letal que puedo escuchar cómo traga saliva al otro lado de la línea.

—Señor…

—Si no me dices dónde coño está Olivia en los próximos cinco segundos —susurro, y cada palabra gotea veneno—, voy a arrancarte la lengua y hacer que te la tragues.

—Ha salido —las palabras salen en tropel, aterradas—. Está en un bar cerca del centro. Con unas amigas. The Raven Club. Lleva ahí desde las nueve. Lo juro, Don Moretti, mis hombres están vigilando. No le va a pasar nada.

Un bar.

Está en un puto bar.

Con amigas.

¿Y hay hombres ahí? ¿Hay tipos intentando hablar con ella? ¿Intentando tocarla? ¿Ofrecerle bebidas? ¿Mirarla como si tuvieran algún puto derecho?

Veo rojo.

—Mándame la ubicación exacta. Ahora —ordeno—. Y escúchame muy bien, porque solo voy a decir esto una vez. Si mi Olivia hace cualquier movimiento que no sea parte de su rutina normal, si cambia de planes, si va a algún sitio nuevo, quiero saberlo en el mismo puto segundo. ¿Me has entendido?

—Sí, Don Moretti. Por supuesto. No volverá a…

Cuelgo antes de que termine. No me interesa sus excusas. Solo me interesa una cosa ahora mismo.

Llegar a ella.

Empiezo a caminar hacia la salida con pasos tan rápidos que la gente tiene que apartarse de mi camino. Puedo sentir la violencia irradiando de mí como calor, esa energía oscura que hace que incluso los soldados más curtidos se mantengan alejados.

—¿Leonardo?

Lorenzo aparece a mi lado, intentando igualar mi paso. Su voz tiene ese tono de preocupación controlada que usa cuando cree que estoy a punto de hacer algo que voy a lamentar.

—¿Adónde vas? ¿Ha pasado algo? Si hay un problema…

—No —lo corto sin mirarlo siquiera, sin detenerme—. No tengo paciencia para nada en este momento. No me esperes levantado.

—Leonardo…

Me detengo tan abruptamente que casi choca conmigo. Me giro hacia él, y algo en mi expresión hace que retroceda medio paso. Bien. Incluso él necesita recordar quién soy. Qué soy.

—Lorenzo —cada palabra sale medida, controlada, letal—. Puede que para mí seas mi hermano. Puede que seas la única persona en este mundo en la que confío completamente. Pero si crees por un segundo que voy a tolerar que ignores una orden directa, estás muy equivocado.

Sus ojos se ensanchan ligeramente.

—No me sigas —continúo—. No intentes protegerme. No envíes a nadie detrás de mí. Soy un puto asesino, Lorenzo. He matado a más hombres de los que puedes contar. Puedo cuidarme solo.

Veo cómo procesa mis palabras. Cómo evalúa si vale la pena discutir. Cómo finalmente comprende que esta no es una sugerencia.

Es una orden.

—Entendido —dice finalmente, aunque la preocupación no desaparece de su rostro.

No espero más.

Salgo del salón, cruzo el lobby del Bellagio ignorando las miradas curiosas, y llego a donde mi Maserati espera en el aparcamiento VIP. Negro como la noche. Rápido como el demonio.

Perfecto para lo que necesito hacer.

Arranco el motor y el rugido llena el silencio nocturno. Mi móvil vibra con la ubicación que acaba de enviarme ese idiota.

The Raven Club. 2847 Las Vegas Boulevard.

Veinte minutos en condiciones normales.

Diez si conduzco como el maniaco que soy ahora mismo.

Piso el acelerador y el coche sale disparado hacia la noche.

Las luces de Las Vegas pasan a mi lado en un borrón de neón y promesas rotas. Acelero más. Ignoro semáforos. Tomo curvas tan rápido que los neumáticos chirrían contra el asfalto.

No sé qué voy a hacer cuando llegue.

No sé si voy a entrar al bar.

No sé si voy a limitarme a vigilarla desde fuera.

Solo sé una cosa con absoluta, aterradora certeza:

La paciencia que he cultivado durante tres años acaba de romperse.

No puedo mantenerme alejado de ella.