CAPÍTULO 5
LEONARDO
Las puertas dobles del salón de ceremonias del Bellagio se abren ante mí, y el murmullo de doscientas conversaciones se apaga como si alguien hubiera cortado el sonido.
Se hace un silencio absoluto.
Entro con pasos medidos, dejando que cada pisada resuene contra el suelo de mármol como una sentencia.
Lorenzo camina a mi derecha, Romeo a mi izquierda.
Detrás de nosotros, Massimo y Salvatore completan la formación.
Mis hombres. Mi círculo íntimo. Los únicos que saben exactamente lo que nos ha costado llegar hasta aquí.
La multitud se aparta instintivamente cuando paso, creando un pasillo que lleva directamente al estrado donde el maestro de ceremonias espera con el anillo del Don sobre un cojín de terciopelo negro.
Pero no es el respeto lo que los hace retroceder.
Es el miedo.
Puedo verlo en sus ojos cuando finalmente se atreven a mirarme. Ese destello de horror que aparece en cuanto la luz me ilumina el rostro completamente. Las cicatrices son imposibles de ignorar bajo los candelabros de cristal. Líneas gruesas y blancas que convierten mi cara en un mapa de violencia.
Una mujer jadea audiblemente cuando paso junto a ella. Su acompañante le pone una mano en el brazo, murmurando algo que no consigo escuchar pero que probablemente es una advertencia para que no me mire directamente.
Demasiado tarde.
Giro la cabeza hacia ella con un movimiento lento, deliberado. Nuestros ojos se encuentran durante dos segundos completos. Suficiente para que vea exactamente lo que hay detrás de estas cicatrices. Suficiente para que entienda que lo peor que me han hecho no se compara con lo que yo puedo hacer.
Se pone pálida como un cadáver.
Sonrío. Las cicatrices se contraen, creando esa mueca que hace que parezca salido de una película de terror. Ella aparta la vista tan rápido que casi se tuerce el cuello.
Perfecto.
Los susurros comienzan en cuanto paso de largo. No intentan ocultarlos. Quieren que los escuche. Quieren que sepa lo que piensan.
—Dios mío, ¿has visto su cara?
—Dicen que Dante ordenó que lo torturaran durante horas.
—¿Cómo pueden dejar que alguien que parece… eso … se convierta en Don?
—Es un monstruo. Se le ve en los ojos.
Dejo que cada palabra se hunda en mi piel como cuchillos. No porque me duelan —hace años que dejaron de dolerme— sino porque confirman exactamente lo que necesito que sepan.
Que soy peligroso.
Que soy impredecible.
Que soy el tipo de hombre que puede arrancarles la vida con las manos desnudas y dormir como un bebé esa misma noche.
Porque es exactamente lo que soy.
Llego al estrado y subo los tres escalones con la misma calma letal con la que haría cualquier otra cosa. El maestro de ceremonias —un anciano que lleva cuarenta años sirviendo a los Moretti— me mira con una mezcla de respeto y terror mal disimulado.
Bien. Incluso él entiende cómo han cambiado las cosas.
Me detengo en el centro del estrado, de cara a la multitud. Desde aquí puedo verlos a todos. Cada rostro. Cada expresión. Cada señal de lealtad falsa o rebelión apenas contenida.
Mi mirada encuentra a Tessa en primera fila. Mi prima luce un vestido verde esmeralda que realza los ojos Moretti que compartimos. Viktor Morozov está sentado a su lado, enorme y protector, observándome con esos ojos azul hielo que no muestran ni una pizca de miedo.
Respeto eso. Respeto a un hombre que puede mirarme sin estremecerse.
Tessa me sostiene la mirada y asiente una vez. Lentamente. Es todo lo que necesito. Su aprobación pública como hija de Dante legitima mi ascenso ante cualquiera que pudiera cuestionarlo.
El anciano se aclara la garganta.
—Señoras y señores —su voz tiembla ligeramente—. Estamos aquí esta noche para presenciar un momento histórico en la familia Moretti. Leonardo Sean Moretti ha reclamado su derecho de sangre como heredero legítimo.
Un murmullo recorre la sala. Puedo sentir la tensión aumentando, espesándose en el aire como humo tóxico.
—Por la autoridad que me ha sido conferida —continúa el anciano, cogiendo el anillo del cojín con manos que tiemblan visiblemente—, y con el testimonio de todos los presentes, proclamo a Leonardo Sean Moretti como el nuevo Don de la familia Moretti.
Me tiende el anillo. Lo cojo, sintiendo el peso del oro blanco y el escudo familiar grabado en su superficie. Durante quince años he soñado con este momento. Quince años planeando, esperando, convirtiéndome en el monstruo necesario para reclamarlo.
Me lo pongo en el dedo lentamente, dejando que todos vean el símbolo de mi autoridad asentándose en su lugar.
—Don Moretti —dice el anciano, y hay algo definitivo en esas palabras—. La familia es suya.
Me giro hacia la multitud.
Doscientos pares de ojos están clavados en mí. Algunos con miedo. Otros con resentimiento apenas oculto. Ninguno con lealtad genuina.
Todavía.
—La familia Moretti ha estado dormida durante demasiado tiempo —digo, y mi voz sale con esa calma helada que hace que hasta los hombres más duros se estremezcan—. Débil. Predecible. Vulnerable.
Hago una pausa, dejando que las palabras se asienten. Dejando que todos comprendan que estoy hablando de Dante sin nombrarlo.
—Eso termina esta noche. Bajo mi liderazgo, seremos lo que siempre debimos ser. Implacables. Temidos. Intocables.
Otro murmullo. Este más nervioso.
—Mañana a las nueve en punto habrá una reunión en las oficinas centrales. Ahí conocerán los cambios en la estructura. Quién mantiene su posición. Quién la pierde. Quién desaparece.
Dejo que esa última palabra cuelgue en el aire como una guillotina.
—Hasta entonces —continúo, mi voz baja hasta convertirse en un susurro que de alguna forma llega a cada rincón del salón—, sugiero que reflexionen sobre dónde está su lealtad. Porque cuando salga el sol mañana, ya no habrá espacio para la duda.
Bajo del estrado, y esta vez la multitud se aparta aún más rápido. Como si tuviera una enfermedad contagiosa. Como si un solo roce pudiera contaminarlos con lo que sea que soy.
Me encanta.
Estoy a medio camino de la salida cuando una voz me detiene.
—Don Moretti.
Me giro lentamente. Marco —uno de los antiguos capitanes de Dante— se ha adelantado desde la multitud. Tiene los hombros tensos, la mandíbula apretada, y esa expresión estúpida de quien cree que tiene derecho a cuestionar.
El salón entero contiene la respiración.
Lorenzo se tensa a mi lado. Romeo mueve la mano discretamente hacia su arma. Salvatore da un paso adelante, preparado para neutralizar una amenaza.
Levanto una mano. Mis hombres se detienen inmediatamente.
—Marco —digo, y hay un deje peligroso en la forma en que pronuncio su nombre—. ¿Hay algo que quieras compartir con todos nosotros?
Él se aclara la garganta. Puedo ver el sudor formándose en su frente.
—Solo queríamos… algunos de nosotros queríamos saber cómo se va a organizar exactamente la familia bajo su liderazgo.
—¿Algunos de nosotros? —repito, arqueando una ceja—. ¿O solo tú, Marco?
Silencio absoluto. Nadie se mueve. Nadie respira.
—Porque me pregunto —continúo, dando un paso hacia él— si realmente estás pidiendo claridad, o si lo que estás haciendo es cuestionar mi autoridad delante de doscientos testigos.
—Yo no… no estaba cuestionando nada, Don Moretti. Solo…
—Déjame aclarar algo que parece que no has entendido todavía —mi voz baja hasta convertirse en un susurro letal.
Me inclino hacia él hasta que nuestras caras están a centímetros de distancia.
—Si alguna vez —cada palabra sale como hielo— vuelves a cuestionar mi autoridad, si alguna vez vuelves a hacer perder el tiempo a esta familia con tus dudas patéticas, te voy a enseñar exactamente cómo conseguí estas cicatrices.
Corte por corte. Durante horas. Hasta que supliques por la muerte que nunca va a llegar.
Marco se ha puesto blanco como el papel. Puedo oler su miedo. Es embriagador.
—¿He sido lo suficientemente claro? —pregunto.
—Sí… sí, Don Moretti.
—Perfecto —me enderezo, ajustándome la corbata como si no acabara de amenazar a uno de mis hombres con torturarlo hasta la muerte—. Alguien más tiene dudas que quiera expresar ahora.
Nadie dice nada. El silencio es tan absoluto que podría escucharse caer un alfiler.
—Excelente. Entonces que comience la celebración.
Me doy la vuelta y termino de caminar hacia la salida. Lorenzo me sigue, y puedo sentir la tensión radiando de él como calor. Me conoce lo suficiente como para saber que no era un farol. Que habría hecho exactamente lo que prometí si Marco hubiera abierto la boca una vez más.
Detrás de nosotros, la música comienza a sonar. Conversaciones forzadas llenan el silencio. La celebración obligatoria de mi ascenso continúa, pero todos saben lo que acaba de pasar.
Saben que las reglas han cambiado.
Que el monstruo ahora está al mando.
Una hora más tarde, después de recibir felicitaciones que suenan a condolencias y estrechar manos que tiemblan cuando tocan la mía, consigo escaparme a un rincón apartado del salón.
La inquietud que llevo sintiendo durante días se ha convertido en algo más oscuro. Más urgente. Como si tuviera arañas bajo la piel, caminando, recordándome que hay algo que necesito hacer. Alguien que necesito ver.
Todo lo que he hecho durante los últimos tres años —cada asesinato calculado, cada alianza construida, cada movimiento preciso para destronar a Dante y reclamar lo que es mío— ha sido por un solo objetivo.
Ella.
Hacer este mundo lo suficientemente seguro para traerla a él. Construir un imperio lo bastante sólido como para protegerla de todo. Convertirme en alguien con poder suficiente para que nadie se atreva a tocarla.
Pero cuanto más cerca estoy de poder reclamarla, más insoportable se vuelve la espera. Es como tener hambre durante años y finalmente ver comida al otro lado de un cristal. Tan cerca. Tan jodidamente cerca que puedo casi saborearla.
Y no aguanto más.
Saco el móvil del bolsillo interior de mi chaqueta con dedos que no están del todo firmes. Es la única parte de mí que traiciona lo desesperado que estoy por verla. Por confirmar que está bien. Que está a salvo.