CAPÍTULO 4 #2
Salgo completamente de las sombras. La luz de la farola me ilumina el rostro sin piedad, revelando cada cicatriz blanca que me marca como lo que soy.
Un monstruo.
La línea gruesa que va desde mi sien izquierda hasta la comisura de mi boca. Las tres líneas paralelas en mi mejilla derecha que parecen garras. La que zigzaguea desde mi oreja hasta mi mandíbula. La pequeña pero profunda en mi frente.
Seis horas de tortura convertidas en arte permanente en mi piel.
Me preparo. Tenso los hombros. Cierro los puños. Esperando la reacción inevitable.
Ella levanta la vista cuando la luz me revela completamente.
Sus ojos encuentran mi rostro. Veo el momento exacto en que registra las cicatrices, en que su cerebro procesa la violencia que representan.
Y entonces…
Nada.
Me sostiene la mirada durante tres segundos completos —los cuento, porque cada segundo que pasa sin que grite es un milagro— y luego simplemente vuelve a mirar al hombre inconsciente en el suelo.
Como si tal cosa.
Como si no acabara de ver a un monstruo.
Como si las cicatrices fueran irrelevantes.
No puedo respirar.
Literalmente no puedo hacer que mis pulmones funcionen durante un momento completo mientras proceso lo que acaba de pasar.
O más bien, lo que NO acaba de pasar.
—¿No vas a gritar? —pregunto, y mi voz sale más áspera, más rota de lo que he permitido que salga en años—. ¿Por mi aspecto?
Es una pregunta estúpida. Patética. Es el tipo de vulnerabilidad que me juré que nunca volvería a mostrar.
Pero necesito saberlo.
Necesito entender por qué esta chica que parece un ángel está mirándome como si fuera normal.
Ella suelta un sonido que podría ser una risa o un suspiro exasperado, y hay tanta impaciencia genuina en ese sonido que algo se rompe en mi pecho.
—Solo voy a gritar si no vienes ya a ayudarme —dice, y no está siendo amable o compasiva o condescendiente.
Simplemente necesita ayuda y le da igual que yo parezca haber salido directamente del infierno.
Me quedo paralizado.
Completamente inmóvil mientras mi cerebro intenta procesar esta imposibilidad.
En todos estos años —desde que las cicatrices quedaron grabadas en mi rostro— todo el mundo ha reaccionado de la misma forma. Horror. Asco. Lástima. Miedo. A veces una mezcla de todo.
He usado esas reacciones como armas. He disfrutado del poder que me dan. Me he convertido en el monstruo que la gente ve cuando me mira.
Y esta chica —esta criatura angelical arrodillada en un callejón sucio— me está mirando como si las cicatrices fueran solo… pequeñas marcas sin importancia.
Como si yo fuera solo un hombre.
Me muevo antes de pensar demasiado en ello. Antes de que pueda analizar lo que significa o por qué me importa tanto.
Me agacho al otro lado del borracho, pasando su brazo sobre mis hombros. El hombre está completamente inconsciente y huele a whisky barato, vómito y fracaso.
—¿Dónde quieres que lo llevemos? —pregunto, y mi voz suena extraña incluso para mis propios oídos.
Más suave. Menos controlada.
—Hasta mi coche. Está al final del callejón —responde ella, ajustando su agarre—. A la de tres. Una, dos y tres.
Lo levantamos juntos.
Bueno, yo lo levanto. Ella más bien intenta no caerse mientras mantiene su lado estable, sus brazos temblando por el esfuerzo de sostener un peso que claramente la supera.
Caminamos lentamente hacia donde está aparcado su coche. Cada paso requiere coordinación. Ella jadea, ajusta su posición, sigue avanzando con esa determinación obstinada que estoy empezando a reconocer como parte fundamental de quien es.
No se queja. No pide que vayamos más despacio. Solo sigue moviéndose con la resignación de quien ha hecho esto demasiadas veces.
Su coche es un Honda Civic del 2008 que parece a punto de desarmarse en cualquier momento. Ella abre la puerta trasera con una mano mientras sostiene a su padre con la otra, aunque yo puedo con él perfectamente solo, y una vez que está abierta meto al hombre dentro.
Se desploma contra el asiento como un saco de cemento, inconsciente del mundo, inconsciente de la hija que acaba de rescatarlo otra vez.
Cuando me enderezo, me doy cuenta de que estoy muy cerca de ella. Demasiado cerca.
Puedo oler su champú —algo floral y limpio que no pega nada con este callejón— y ver las pequeñas pecas que tiene en el puente de la nariz. Hay una mancha en el hombro de su camiseta que podría ser sangre o vómito o ambas cosas.
Y sigue sin mirarme como si fuera un monstruo.
—Gracias —dice, y sus ojos encuentran los míos otra vez.
Directamente. Sin vacilación. Sin ese desvío instintivo hacia las cicatrices que todo el mundo hace.
Me mira a los ojos como si fuese natural hacerlo. Como si yo fuera digno de ese contacto visual directo.
—¿No te asustan? —pregunto otra vez, porque no puedo evitarlo, porque necesito entenderlo—. Las cicatrices.
Ella inclina la cabeza, estudiándome con una expresión que no consigo descifrar. Hay curiosidad ahí, pero no del tipo morbosa. Es algo más suave. Más humano.
—Soy enfermera —dice finalmente, y hay un toque de humor cansado en su voz—. Si me asustase por unas cuantas cicatrices, no tendría para comer.
Enfermera.
Por supuesto.
Eso explica la calma profesional. La forma en que evaluó el estado de su padre con eficiencia práctica. Por qué no retrocedió cuando salí de las sombras.
Ha visto cosas peores. Ha tocado heridas más profundas. Ha estado codo a codo con el dolor y el sufrimiento hasta que se convirtió en algo normal.
Las cicatrices son solo cicatrices para ella. Evidencia de trauma superado, no monstruosidad permanente.
Pero eso no explica por qué mi corazón está latiendo como si acabara de correr cien kilómetros. Por qué mis manos tiemblan ligeramente mientras las meto en los bolsillos para ocultarlo. Por qué siento como si algo fundamental acabara de cambiar en mi mundo.
—Debería irme —dice ella, aunque no se mueve inmediatamente—. Es tarde y tengo turno mañana por la mañana.
Asiento, porque no confío en que mi voz vaya a salir normal si intento hablar.
Ella rodea el coche hacia la puerta del conductor. La observo moverse —cada paso, cada gesto— como si estuviera memorizando algo importante.
Se sube al coche. Enciende el motor. Comprueba a su padre en el espejo retrovisor con una expresión de resignación cansada que me dice que esto es su vida. Rescatar. Cuidar. Sacrificarse.
Luego me mira durante un solo instante, y se va.
Las luces traseras de su coche desaparecen en la noche, dejándome solo en el callejón con algo ardiendo en mi pecho que no sé identificar.
Me quedo ahí parado. Inmóvil. Mirando el espacio vacío donde estaba su coche hace un momento.
Y por primera vez en doce años, no estoy pensando en venganza.
No estoy pensando en Dante Moretti o en dolor o en las cicatrices que me convirtieron en un monstruo.
Estoy pensando en ella.
En cómo me ha mirado sin miedo.
En cómo brillaba incluso en este callejón de mierda.
Algo se asienta en mi pecho. Algo caliente y peligroso y completamente nuevo.
Obsesión.
Reconozco la sensación porque he sido obsesivo toda mi vida adulta. Obsesionado con la venganza. Con la justicia. Con reclamar lo que me fue robado.
Pero esto es diferente.
Esto no es frío y calculado.
Esto quema.
No sé su nombre. No sé dónde vive. No sé dónde trabaja exactamente.
Pero voy a averiguarlo.
Voy a descubrir todo sobre esa chica que me miró a los ojos y no vio un monstruo. Que brilló en la oscuridad como algo puro en un mundo que está completamente podrido.
Voy a encontrarla de nuevo.
Y cuando lo haga…
No sé qué voy a hacer.
Pero sé que, a partir de esta noche, todo ha cambiado.
Porque he visto un ángel en el infierno.
Y no puedo dejar de pensar en cómo sería tocar esa luz.
Vuelvo dentro de la sala de apuestas. Mateo sigue alardeando. Los otros tipos siguen bebiendo. Todo es exactamente igual que hace veinte minutos.
Pero yo he cambiado.
Completamente.
Y mientras me siento en mi mesa habitual y finjo escuchar la conversación, mi mente está a kilómetros de distancia.
Planeando.
Calculando.
Obsesionándome.
Porque esa chica —esa enfermera angelical con ojos azules y determinación obstinada— acaba de convertirse en lo más importante de mi mundo.
Y todavía no lo sabe.
Todavía no sabe que acaba de capturar la atención del hombre más peligroso de Las Vegas.
Todavía no sabe que voy a hacerla mía.
Cueste lo que cueste.