CAPÍTULO 4
LEONARDO
Hace tres años
Voy a matar a ese hijo de puta.
No esta noche. No aquí, delante de testigos que podrían complicar años de planificación meticulosa. Pero voy a matarlo. Lentamente. Con mis propias manos.
Un soldado de mi tío —un imbécil llamado Mateo que lleva toda la noche alardeando sobre cómo «educó» a un tipo que debía dinero— no tiene ni puta idea de quién soy realmente.
Para él, soy solo otro criminal más en la sala, otro tipo peligroso construyendo su imperio en las sombras de Las Vegas mientras Dante Moretti se cree intocable en su trono.
Llevo años esperando el momento perfecto para reclamar lo que es mío. Años construyendo poder, alianzas, recursos. Esta sala de apuestas clandestina es solo una de las muchas piezas que he ido colocando meticulosamente sobre el tablero.
Y este idiota casi me hace perderlo todo porque no consigo quitarme de la cabeza la forma en que describió cómo torturó a ese desgraciado.
Cada detalle. Cada segundo. Riéndose.
Como si fuera un jodido juego.
Como si no hubiera sido exactamente lo mismo que me hicieron a mí.
Las luces fluorescentes de la sala me están quemando los ojos. El olor a tabaco rancio, cerveza derramada y desesperación humana se me mete en la garganta. Puedo sentir cómo la violencia se acumula bajo mi piel, ardiente, exigiendo liberación.
Mis manos se cierran en puños hasta que las uñas se me clavan en las palmas.
No puedo explotar aquí.
No ahora.
Necesito salir a tomar el aire antes de hacer algo que arruine casi doce años de trabajo.
—Voy a fumar —murmuro, sin esperar respuesta.
Nadie me detiene. Me conocen lo suficiente como para saber que es mejor dejarme solo cuando estoy a punto de explotar.
La puerta trasera rechina cuando la abro, y el aire nocturno de Las Vegas me golpea como una bofetada.
Hace calor incluso a esta hora, ese tipo de calor seco del desierto que te succiona la humedad de la piel.
Pero es mejor que el aire viciado del interior, mejor que seguir escuchando a Mateo alardeando.
El callejón está casi completamente a oscuras. Una farola rota parpadea al final, creando charcos de luz enfermiza entre las sombras. Hay contenedores de basura alineados contra la pared de ladrillo. El sonido distante del tráfico. El olor a desperdicios y orina.
Es un reflejo exacto de lo que es Las Vegas: un lugar perfecto por la parte delantera, un lugar de vicio y desesperación por la trasera.
Es el lugar perfecto para lo que necesito hacer.
Me apoyo contra la pared, sacando el paquete de cigarrillos del bolsillo. Mis dedos tiemblan ligeramente por la rabia contenida, mientras saco uno y lo enciendo.
La primera calada me quema. La segunda también.
Para la tercera, empiezo a recuperar el control.
Cierro los ojos, obligándome a respirar con el ritmo calculado que he perfeccionado durante años. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Sintiendo cómo la furia hirviente se enfría gradualmente hasta convertirse en algo que puedo manejar, algo que puedo usar.
Cuando abra los ojos, volveré a ser el depredador frío que necesito ser. El hombre que espera. El hombre que planea. El hombre que va a destruir a Dante Moretti pedazo a pedazo hasta que no quede nada.
Pero escucho algo antes de tener tiempo de relajarme.
Una voz. Femenina. Joven.
—Venga. Tienes que levantarte. No puedo dejarte aquí.
Abro los ojos, entrecerrándolos hacia el otro extremo del callejón donde la farola rota crea esa luz intermitente.
Hay una chica arrodillada junto a un hombre tirado en el suelo.
Mi primer instinto es ignorarlo completamente. He visto esta escena mil veces. Borrachos golpeados. Ludópatas que han perdido más de lo que tenían. Gente destruyéndose a sí misma en este maldito desierto mientras el mundo sigue girando sin importarle una mierda.
La miseria humana no me conmueve. Dejó de hacerlo hace mucho tiempo.
Estoy a punto de dar media vuelta, de volver dentro y fingir que no he visto nada, cuando ella se mueve.
Se inclina para pasar un brazo bajo los hombros del hombre, y un destello de luz de la farola le da directamente en la cara.
Y me quedo paralizado a pesar de no entender el motivo.
Completamente.
Porque ella parece un jodido ángel.
No del tipo que ves en las pinturas renacentistas o en los vitrales de las iglesias. Nada tan abstracto. Es algo más visceral, más real, más imposible.
Su pelo rubio cae en una coleta desaliñada, con mechones sueltos enmarcando un rostro que tiene una suavidad que solo he visto en gente que todavía no ha sido completamente corrompida por este mundo.
Lleva vaqueros oscuros y una camiseta azul clara demasiado grande para su constitución pequeña.
No lleva maquillaje. Ni joyas. Ni nada provocativo.
Parece una estudiante universitaria que se ha perdido de camino a la biblioteca.
No la clase de chica que debería estar arrodillada en un callejón sucio detrás de una sala de apuestas clandestina, intentando levantar a un borracho del suelo.
Algo se enciende en mi pecho. Algo que no reconozco porque hace demasiado tiempo que no lo siento.
Curiosidad. Genuina, ardiente curiosidad.
Me encuentro caminando hacia ella sin haberlo decidido conscientemente. Mis pasos son silenciosos contra el asfalto —años de práctica moviéndome como un fantasma— mientras me acerco lo suficiente para verla mejor, pero sin salir completamente de las sombras para no asustarla con mis cicatrices.
Ella está luchando con el peso muerto del hombre, sus brazos delgados temblando por el esfuerzo. El tipo es grande, probablemente pesa el doble que ella, y está completamente inconsciente. Ella jadea, ajusta su agarre, lo intenta otra vez.
Y no se rinde.
Hay algo en esa determinación silenciosa que me resulta fascinante.
—¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este? —pregunto cuando estoy lo suficientemente cerca.
Mi voz sale más ronca de lo habitual. Más interesada de lo que debería.
Ella no levanta la vista inmediatamente. Está demasiado ocupada intentando pasar el brazo del borracho sobre sus hombros, peleando con un peso que claramente la supera.
—Espero que eso no sea un intento de ligar —responde finalmente, y su voz tiene un tono de agotamiento cínico que me sorprende viniendo de alguien con ese aspecto angelical—. Y, te lo creas o no, no es lo más patético que me han dicho nunca para intentar ligarme.
A pesar de todo —de la rabia que todavía hierve bajo mi piel, de los años de frialdad que he cultivado cuidadosamente, de la violencia que corre por mis venas como veneno— algo parecido a una sonrisa tira de las comisuras de mis labios.
Me hace gracia.
Ella me hace gracia.
Y eso es inusual. Peligrosamente inusual.
También me doy cuenta de otra cosa: está completamente relajada. Sin miedo. Sin esa tensión instintiva que la mayoría de las mujeres tienen cuando se encuentran con un hombre desconocido en un callejón oscuro.
Y entonces comprendo por qué.
Estoy parado justo donde la luz no llega. En las sombras. Donde mi rostro es solo una silueta borrosa, donde las cicatrices que me marcan como el monstruo que soy permanecen ocultas.
No puede ver lo que realmente soy.
No sabe que debería estar aterrorizada.
Debería irme. Desaparecer de vuelta en la oscuridad antes de que me vea claramente. Antes de que esa expresión tranquila se convierta en el horror que siempre, inevitablemente, aparece cuando la gente ve mi rostro.
Pero no lo hago.
Porque hay algo en ella que no puedo ignorar. Algo que brilla incluso en este callejón de mierda, incluso arrodillada junto a un borracho inconsciente.
Y llevo tanto tiempo en la oscuridad que no puedo evitar acercarme a esa luz.
—Parece que tienes práctica recogiendo a hombres del suelo —digo, dando otro paso hacia ella.
Esta vez sí levanta la vista.
Sus ojos encuentran los míos a través de la penumbra. Son azules. Azul profundo, como el océano que nunca he visto pero que imagino debe existir en algún lugar lejos de este desierto maldito.
Y hay algo en esa mirada —cansancio, resignación, pero también una chispa de algo más fuerte— que me golpea como un puño en el estómago.
—A este en particular —responde, y la forma en que lo dice está cargada de tanto cinismo amargo que me recuerda a mí mismo—. Te presento a mi borracho y ludópata padre.
Padre.
La palabra cae entre nosotros como una piedra en agua quieta, creando ondas que no puedo ignorar.
Esta chica —esta criatura angelical que brilla en la oscuridad— está aquí rescatando al hombre que debería estar cuidándola a ella. Está sacrificándose por alguien que claramente la ha decepcionado una y otra vez.
Y lo hace con una determinación cansada que me dice que esta no es la primera vez. Ni la décima. Probablemente ni la centésima.
Algo se retuerce en mi pecho. Algo incómodo y desconocido.
—¿Me vas a ayudar o qué? —añade cuando no respondo inmediatamente, y hay un desafío en su voz que me sorprende.
Debería decir que no. Debería dar media vuelta y volver dentro. Mantenerme alejado de esta chica que irradia una pureza que no tengo derecho a tocar con mis manos manchadas de sangre.
Pero entonces ella intenta levantar al hombre otra vez, y sus brazos tiemblan peligrosamente, y algo primitivo e instintivo se apodera de mí.
Voy a ayudarla.
Y cuando lo haga, cuando salga de las sombras, va a ver exactamente lo que soy.
Y todo este momento extraño y fascinante se va a romper en pedazos.
Porque siempre se rompe.
Doy un paso adelante. Hacia la luz.
Hacia ella.
Y por primera vez en años —desde que las cicatrices quedaron grabadas en mi rostro— siento algo que no sabía que todavía era capaz de sentir.
Aprensión.
No miedo. Nunca miedo. Pero algo cercano.
Porque durante estos pocos minutos, hablando con ella desde las sombras, no he sido el monstruo. He sido solo un hombre. Un hombre hablando con una chica que brilla en la oscuridad.
Y no quiero que termine.
Pero va a terminar.
Porque en cuanto me vea, en cuanto vea el mapa de violencia grabado en mi rostro, va a gritar. O va a jadear. O va a retroceder con los ojos muy abiertos, incapaz de ocultar el horror.
Como todos.