CAPÍTULO 3
OLIVIA
Presente
La pantalla de mi móvil brilla en la penumbra del mostrador de enfermería, mostrándome vuelos a ciudades que nunca he visitado.
Deslizo el dedo por la lista, sintiendo cómo se aprieta mi pecho con cada destino que aparece.
Son lugares donde nadie me conoce. Donde nadie sabe que soy la hija de un borracho ludópata que se juega hasta el último centavo en los casinos del centro.
Donde podría ser simplemente Olivia Clark, enfermera, de veintidós años, sin equipaje emocional arrastrándose detrás de mí como una sombra.
—¿Estás planeando unas vacaciones?
Levanto la vista bruscamente. Jenny, mi compañera de turno, me mira con una sonrisa cansada mientras deja una bandeja de medicamentos en el mostrador. Lleva el pelo castaño recogido en una coleta que probablemente se hizo hace doce horas, y tiene manchas de café en el uniforme.
Bloqueo la pantalla del móvil con un movimiento rápido que me hace parecer más culpable de lo que me gustaría.
—No. Solo estaba mirando —respondo, y es la verdad. Siempre los miro, pero nunca reservo ninguno.
Es solo otra de mis muchas fantasías de ser una chica normal.
—Deberías hacerlo —dice Jenny, apoyándose en el mostrador con un gesto de cansancio de quien lleva demasiadas horas de pie—. Largarte de aquí una semana. Desconectar. Ya sabes, hacer todas esas cosas que la gente normal hace cuando no está salvando vidas por un sueldo de mierda.
Me río, pero el sonido sale hueco.
—Sí, claro. Como si pudiera permitírmelo.
Jenny me lanza una mirada que conozco demasiado bien. Esa mezcla de compasión y frustración que aparece cada vez que hablo de dinero, cada vez que rechazo salir porque tengo que hacer un turno extra, cada vez que mi padre vuelve a meterse en líos y yo tengo que rescatarlo.
No dice nada, porque ya lo hemos hablado mil veces. Ya sabe que mi padre se jugó los ahorros familiares hace años. Que perdió la casa. Que cada vez que creo que ha tocado fondo, encuentra una forma de cavar más profundo.
Y que yo siempre, siempre , voy detrás de él con una pala recogiendo sus restos.
Estoy tremendamente cansada.
—Portland parece bonito —dice finalmente, señalando mi móvil—. Llueve mucho, pero dicen que la ciudad es preciosa.
Miro la pantalla bloqueada, viendo mi propio reflejo en el cristal oscuro. Llevo el pelo rubio recogido en un moño que ya se está deshaciendo. Ojeras que el corrector no consigue disimular del todo. Ojos azules que últimamente parecen más grises que otra cosa.
—No hay nada que me ate aquí —digo en voz baja, más para mí misma que para Jenny—. No tengo ninguna razón real para quedarme.
Es la verdad. Una verdad que me pesa en el estómago como piedras.
No tengo más familia que un padre del que solo tengo noticias cuando está en problemas.
No tengo amigos de verdad, solo compañeras de trabajo con las que hablo durante los turnos pero con las que nunca quedo fuera del hospital.
No tengo pareja. Ni siquiera he tenido nunca una relación, porque ¿quién querría meterse en el desastre que es mi vida?
Y tampoco es como si yo tuviese tiempo o ganas.
Y sin embargo…
Sin quererlo, sin poder evitarlo, el recuerdo se cuela en mi mente como lo hace siempre que pienso en marcharme.
Ojos verde esmeralda en un rostro marcado por cicatrices blancas.
Se me cierra la garganta.
Es una locura. Ni siquiera sé cómo se llama ese hombre. Solo sé que lo he visto demasiadas veces en los últimos años como para que sea una coincidencia.
Siempre que nuestros caminos se cruzan me mira.
Siempre con esa intensidad que me hace sentir como si pudiera ver directamente a través de mí.
Como si supiera exactamente lo cansada que estoy, lo sola que me siento, lo mucho que desearía que alguien me cuidara para variar en lugar de ser siempre yo quien cuida de los demás.
Es ridículo. Probablemente peligroso. Un hombre con cicatrices como esas no es alguien que una debería querer conocer.
Y, sin embargo, últimamente es lo único que hace que me levante por las mañanas. La ridícula, patética esperanza de que tal vez hoy lo vuelva a ver.
—¿Olivia?
La voz de Jenny me devuelve al presente.
—Perdona, ¿qué decías?
—Te preguntaba si crees que tendremos una noche tranquila —dice, mirando el reloj de pared que marca las diez de la noche—. Llevamos tres horas sin ninguna emergencia real. Es casi sospechoso.
Abro la boca para responder, para decirle que es mejor no tentar a la suerte, cuando las puertas automáticas de urgencias se abren de golpe.
El sonido de sirenas llena el pasillo.
—¡Necesitamos tres camillas aquí! —grita uno de los paramédicos, entrando con una camilla donde hay un hombre con sangre cubriendo la mitad de su cara—. Choque múltiple en la I-15. Un autobús y cuatro coches. Vienen más ambulancias.
El cansancio desaparece al instante, reemplazado por esa adrenalina fría y precisa que me convierte en otra persona. En la profesional que sabe exactamente qué hacer, cómo moverse, dónde estar.
—Trauma dos está libre —digo, ya moviéndome hacia la camilla—. Jenny, avisa a radiología. Necesitaremos TC para todos.
Y así, sin más, la noche tranquila se convierte en caos.
No sé cuántas horas han pasado cuando finalmente puedo hacer una pausa.
El reloj marca las seis de la mañana. Llevo ocho horas de turno, pero Sarah, la enfermera que debería relevarme, ha llamado diciendo que está enferma. Lo que significa que me toca quedarme hasta que encuentren a alguien más.
Lo que significa que me va a tocar hacer turno doble. Otra vez.
Me dejo caer en la silla del vestuario de personal, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo protesta.
Tengo sangre seca en el uniforme. Ni siquiera sé de quién es.
Hemos tratado a diecisiete personas esta noche.
Tres jóvenes del autobús. Un bebé de dos años que, por algún milagro, solo tenía contusiones menores.
Todos van a sobrevivir. Es lo único que importa.
Pero Dios, estoy agotada.
Me froto los ojos, sintiendo cómo la humedad se me acumula en las comisuras. No voy a llorar. No lo hago. Ya aprendí hace mucho que las lágrimas no solucionan nada, que nadie viene a rescatarte cuando te derrumbas.
Mi móvil vibra en el bolsillo del uniforme.
Es un mensaje de mi padre.
«¿Puedes prestarme 200$? Te prometo que te los devuelvo la semana que viene.»
Cierro los ojos.
La semana que viene. Como la vez anterior. Y la anterior a esa. Y todas las veces que me ha prometido que va a cambiar, que va a dejar de apostar, que va a buscar ayuda.
Promesas que se evaporan en cuanto cruza las puertas de un casino.
Ni siquiera sé por qué todavía me sorprende. Por qué todavía me duele un poco cada vez.
Bloqueo el móvil sin responder. Ya lidiaré con eso más tarde. Cuando tenga la energía. Cuando pueda fingir que todavía creo en sus promesas.
Son las dos de la tarde cuando finalmente consigo salir del hospital.
El sol de Las Vegas me golpea como un puño en la cara. Hace calor, ese tipo de calor seco que te deshidrata antes de que te des cuenta. Me subo al coche —un Honda Civic del 2008 que suena como si fuera a desarmarse en cualquier momento— y conduzco a casa en piloto automático.
Mi apartamento está en un edificio de tres plantas en un barrio que técnicamente no es peligroso pero tampoco es exactamente seguro. Es pequeño, pero es mío. O al menos, lo será cuando termine de pagar el alquiler de este mes.
Aparco en mi plaza habitual, cojo el bolso del asiento del copiloto y subo las escaleras hasta el segundo piso.
Cada paso me cuesta más que el anterior.
Cuando finalmente abro la puerta de mi apartamento, solo tengo fuerzas para cerrar con llave detrás de mí, dejar el bolso en el suelo y quitarme las zapatillas antes de dejarme caer en la cama.
Ni siquiera me quito el uniforme.
El colchón se hunde bajo mi peso, acunándome. Cierro los ojos, sintiendo cómo la tensión de las últimas dieciséis horas empieza a disolverse lentamente.
Y ahí, en ese espacio entre la vigilia y el sueño, es cuando el pensamiento llega.
Si tuviera a alguien…
Alguien que me esperara cuando llegara a casa después de un turno de mierda. Alguien que me preguntara cómo estoy y realmente quisiera saber la respuesta. Alguien que me abrazara y me dijera que lo he hecho bien, que soy suficiente, que merezco descansar.
Alguien a quien amar y que me amara de vuelta.
Mi vida sería completamente diferente.
Pero no hay nadie. No ha habido nadie nunca. Y probablemente no lo habrá.
Porque ¿quién querría a alguien tan rota, tan cansada, tan completamente consumida por responsabilidades que ni siquiera son suyas?
Estoy a punto de quedarme dormida cuando su imagen atraviesa mis defensas de nuevo.
El desconocido de las cicatrices.
Ojos verde esmeralda que me miran con una intensidad que hace que se me olvide respirar. Cicatrices blancas que trazan líneas de violencia en un rostro que debería ser aterrador pero que, por alguna razón, no lo es. No para mí.
No sé qué es lo que me atrae de él. Solo sé que cuando lo veo, algo en mi interior se despierta. Algo que llevaba dormido tanto tiempo que casi había olvidado que existía.
Esperanza, tal vez. O locura.
Probablemente las dos cosas.
Sé que es peligroso. Todo en él grita peligro. Las cicatrices, la forma en que se mueve, la manera en que la gente se aparta cuando pasa. Sé que debería mantenerme alejada, que no debería fantasear con un hombre al que ni siquiera conozco.
Pero estoy demasiado cansada para seguir mintiéndome.
Demasiado cansada para fingir que no miro a mi alrededor cada vez que salgo del hospital, esperando verlo.
Demasiado cansada para negar que la posibilidad de cruzarme con él otra vez es lo único que hace que Las Vegas no me parezca una prisión completa.
Es una locura. Lo sé.
Ese hombre significa problemas. Cualquiera puede verlo.
Entonces, ¿por qué no puedo dejar de pensar en él?
¿Por qué no puedo olvidar la forma en que me miró la última vez, como si fuera algo precioso, algo que valiera la pena proteger?
Me hundo más profundamente en el colchón, dejando que el agotamiento finalmente me arrastre.
Y si mientras me quedo dormida imagino que esos ojos verde esmeralda me vigilan desde las sombras, velando mi sueño…
Bueno.
Nadie tiene por qué saberlo.