CAPÍTULO 2 #2
La sorpresa en el rostro de Leonardo es genuina. Claramente no esperaba que yo apuntara mi arma al hombre que se suponía que tenía que proteger.
—Viktor —dice Tessa, y su voz suena pequeña, asustada.
—Nadie va a tocarte —le prometo sin apartar los ojos de Dante—. Nunca. Mientras yo respire, nadie te va a hacer daño.
Dante me mira con una expresión que mezcla traición, miedo y algo que podría ser respeto.
—¿Estás dispuesto a matarme por ella? —pregunta.
—Sin dudarlo ni un segundo —respondo, presionando el cañón de la pistola contra su sien—. Porque a diferencia de ti, yo no abandono a las personas que amo.
El silencio que sigue es absoluto. Puedo escuchar el latido de mi propio corazón, la respiración entrecortada de Tessa, el sonido distante de la vida nocturna del puerto.
Y entonces Leonardo empieza a aplaudir.
Es un aplauso lento, deliberado, lleno de una admiración genuina que me sorprende.
—Impresionante —dice, sin dejar de aplaudir—. Absolutamente impresionante. Lorenzo tenía razón sobre ti, Viktor Morozov.
Se gira hacia Lorenzo con una sonrisa que por primera vez parece genuina.
—Me gusta este hombre —dice—. Tiene exactamente lo que hace falta para sobrevivir en nuestro mundo.
Lorenzo asiente, pero hay tensión en sus hombros. Está preparado para actuar si Leonardo decide que la situación se ha salido demasiado de control.
—Dante —dice Leonardo, volviendo su atención hacia mi prisionero—. Parece que tu consultor de seguridad tiene las prioridades muy claras. ¿Vas a hacer lo que dice, o necesita volarte la cabeza para demostrarte lo en serio que va?
Dante me mira durante un largo momento, y veo cómo algo se rompe en su expresión.
—¿Qué necesitas que firme? —pregunta, derrotado.
La sonrisa que se extiende por el rostro cicatrizado de Leonardo es pura satisfacción.
—Ahora estamos llegando a algún sitio.
En el momento en que Leonardo asiente hacia Lorenzo, no espero ni un segundo más.
—Desátala. Ahora —ordeno, mi voz sale letal.
No es una petición. Es una orden absoluta, cargada de toda la violencia que he estado conteniendo durante horas de tortura.
Lorenzo se acerca a la silla donde está Tessa, y cada segundo que tarda en desatar las cuerdas es una eternidad que me está quemando por dentro. Puedo ver las marcas rojas en sus muñecas donde las ataduras la han rozado, y eso es suficiente para encender una furia homicida en mi pecho.
Cuando finalmente las cuerdas caen al suelo con un susurro suave, Tessa no vacila ni un instante.
Se levanta de la silla con piernas temblorosas y se lanza directamente hacia mí, cruzando los metros que nos separan como si yo fuera su única salvación en el mundo. No corre, pero cada paso es desesperado, decidido, como si necesitara estar en mis brazos más de lo que necesita respirar.
La recibo contra mi pecho con una fuerza que podría haberla lastimado si no hubiera estado preparado para absorber el impacto. Mis brazos se cierran alrededor de ella como cadenas de acero, envolviéndola completamente, creando una barrera entre su cuerpo y cualquier amenaza en este almacén maldito.
—Estoy aquí —susurro contra su pelo, aspirando su aroma como si fuera una droga—. Estoy aquí, kotyonok . Ya está. Ya ha terminado.
Tessa tiembla contra mí, sus manos se aferran a mi camisa con una desesperación que me llega directamente al alma. Puedo sentir cómo su cuerpo se relaja gradualmente mientras se da cuenta de que está a salvo, de que estoy aquí, de que nadie va a separarla de mí otra vez.
—No me sueltes —susurra contra mi cuello—. Por favor, no me sueltes.
—Nunca —prometo, apretándola más contra mí—. Nunca más.
Me quito la americana sin soltarla, usando un brazo para mantenerla pegada a mi pecho mientras con el otro deslizo la chaqueta fuera de mis hombros.
Luego la envuelvo con ella, cubriéndola completamente con mi ropa, marcándola con mi olor, protegiéndola del frío del almacén y de las miradas de cualquier otro hombre.
Leonardo saca una silla desde las sombras y la arrastra hasta donde estamos.
—Siéntate, Viktor —dice—. Esto va a llevar un rato.
Me siento sin soltar a Tessa, tirando de ella hasta que queda acomodada sobre mis piernas. Está acurrucada contra mi pecho, envuelta en mi chaqueta como un capullo protector, y puedo sentir cómo su respiración se tranquiliza gradualmente al saber que estoy aquí.
Lorenzo aparece con una carpeta de documentos y los extiende sobre una caja de madera que hace las veces de mesa improvisada. Dante se acerca como un hombre caminando hacia su propia ejecución.
—Los papeles de la transferencia —dice Leonardo, señalando las páginas con una satisfacción apenas contenida—. Reconocimiento oficial de mi derecho de herencia, transferencia de todos los activos familiares, y tu renuncia voluntaria al liderazgo.
Mientras Dante revisa los documentos con manos temblorosas, mis dedos trazan círculos reconfortantes en la espalda de Tessa. Puedo sentir cómo se relaja más contra mí, su cuerpo moldeándose al mío como si fuera donde ha pertenecido siempre.
—Firma en la línea de abajo, tío —dice Leonardo cuando Dante vacila sobre una cláusula—. A menos que prefieras que discutamos los términos de una forma menos civilizada.
La tinta se desliza por el papel como sangre, cada firma sellando el destino de un imperio construido sobre mentiras y asesinatos. Puedo sentir cómo Tessa observa todo desde la seguridad de mis brazos, procesando la magnitud de lo que está presenciando.
Su padre perdiéndolo todo. Su mundo cambiando para siempre.
—Ahí está —dice Leonardo cuando la última página queda firmada—. Oficialmente soy el Don de la familia Moretti.
Dobla los documentos con cuidado reverente y se los guarda en el bolsillo interior de su chaqueta, como si fueran lo más valioso que ha poseído jamás.
—Qué interesante —dice, girándose hacia nosotros con una sonrisa que por primera vez parece genuina. Como si hubiese descubierto algo de lo que puede sacar ventaja—. Es obvio que mi prima tiene preferencias muy claras sobre con quién quiere estar.
No me separo ni un milímetro de Tessa. Si Leonardo quiere hablar conmigo, va a tener que hacerlo mientras la mantengo protegida entre mis brazos.
—Ahora que soy el Don legítimo de esta familia —continúa Leonardo, paseando alrededor de nosotros con movimientos que me recuerdan a un tiburón—, necesito asegurarme de que todas las alianzas futuras sean sólidas.
Se detiene frente a nosotros, estudiando la forma en que Tessa se acurruca contra mí como si fuera donde pertenece.
—Dime, Viktor —dice—. ¿Cuáles son tus intenciones con mi prima?
La pregunta es directa, sin rodeos. Y mi respuesta es igual de clara.
—Voy a casarme con ella —digo sin vacilar ni un segundo—. Lo antes posible.
—¿Incluso sabiendo que eso significaría que Lorenzo tendría que romper su compromiso? —pregunta Leonardo, mirando hacia donde Lorenzo está observando toda la escena con expresión impasible.
—Tessa no se va a casar con Lorenzo —digo, mi voz cargada de una finalidad absoluta—. No va a casarse con nadie que no sea yo. Jamás.
La posesividad en mi voz es tan intensa que incluso yo mismo me sorprendo. Pero es la verdad. La idea de que otro hombre la toque, la bese, duerma a su lado… me vuelve literalmente loco.
—Interesante —dice Leonardo, girándose hacia Lorenzo—. ¿Y qué opinas de esto, amigo mío?
Lorenzo se encoge de hombros con una indiferencia que me sorprende.
—Como bien sabes, no tengo el menor interés romántico en Tessa —dice, como si fuera lo más obvio del mundo—.
Nunca lo he tenido. El compromiso era puramente estratégico.
Necesitábamos acceso a la familia Moretti —continúa Lorenzo, subiendo los hombros como si se estuviese excusando—.
Acceso a la casa, a las rutinas, a la información.
El compromiso con la hija del Don era la forma perfecta de conseguirlo sin levantar sospechas.
Tessa se tensa en mis brazos, y puedo sentir cómo la revelación le impacta. Durante dos años ha estado prometida con un hombre que nunca sintió nada por ella, que solo la usó como vía de acceso a su familia.
—Tranquila —murmuro contra su oído—. Ya no importa. Ya ha terminado.
—Perfecto entonces —dice Leonardo, aplaudiendo una vez—. Una boda entre las familias Morozov y Moretti. Será el evento social de la década.