Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

VIKTOR MOROZOV

Unas horas antes…

El almacén del puerto este huele a óxido, sal marina y secretos enterrados durante décadas.

Dante Moretti camina delante de mí con las manos esposadas a la espalda, sus pasos resuenan contra el suelo de hormigón como el eco de una sentencia de muerte.

Lleva dos horas sin dirigirme la palabra desde que Dimitri y yo irrumpimos en su despacho y le dijimos exactamente lo que iba a pasar: que venía con nosotros voluntariamente o que lo arrastrábamos inconsciente.

Eligió venir por su propio pie, pero la mirada que me dedicó era puro veneno.

Como si yo fuera el traidor aquí. Como si no hubiera sido él quien abandonó a su propia hija para salvar su pellejo.

La nave industrial se alza ante nosotros como una catedral de acero, con ventanas rotas que dejan filtrar la luz anaranjada de las farolas del puerto. Es el tipo de lugar donde se hacen negocios que nunca pueden ver la luz del día, donde se resuelven problemas que requieren absoluta discreción.

Donde se puede hacer desaparecer gente sin dejar rastro.

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —pregunta Dante por primera vez en dos horas, girándose hacia mí con expresión que mezcla desesperación con odio—. Una vez que crucemos esa puerta, ya no hay vuelta atrás.

—La única cosa de la que estoy seguro es que voy a sacar a tu hija de aquí —respondo, empujándolo hacia la entrada lateral donde Lorenzo nos espera—. Cueste lo que cueste.

Mis sentidos están en alerta máxima mientras nos acercamos.

Puedo oler el miedo sudoroso de Dante, escuchar el susurro del viento entre las estructuras metálicas, sentir el peso familiar de la pistola en mi funda del hombro.

Pero por encima de todo, hay una urgencia desesperada corriendo por mis venas: encontrar a Tessa, asegurarme de que está bien, llevármela de aquí .

Lorenzo aparece desde las sombras cuando llegamos a la puerta, vestido completamente de negro y con una expresión que nunca le había visto. Fría, calculadora. Nada que ver con el prometido atento y cariñoso que ha interpretado durante semanas.

—Llegas puntual —dice, mirando a Dante con algo que podría ser desprecio.

—¿Dónde está mi hija? —pregunta Dante, y por primera vez escucho algo que podría ser arrepentimiento genuino en su voz.

—Dentro —responde Lorenzo, haciéndonos un gesto para que lo sigamos—. ¿Ahora vas a hacer como que te preocupas por ella?

Entramos en el almacén, y el ambiente me golpea como una bofetada.

Está iluminado por focos industriales que crean círculos de luz dura separados por sombras impenetrables.

Cajas de madera apiladas hasta el techo crean un laberinto de pasillos estrechos, y puedo oír el goteo constante de agua filtrándose por el techo deteriorado.

Y ahí, en el centro del espacio despejado, atada a una silla de metal, está Tessa.

Mi corazón se detiene y comienza a latir al mismo tiempo.

Está viva. Está consciente. Y cuando sus ojos verdes me encuentran a través del espacio que nos separa, veo alivio mezclado con terror en esas profundidades.

Lleva una sudadera mía, ahora manchada y arrugada, y puedo ver que ha estado llorando por las marcas secas en sus mejillas. Pero está entera, está respirando, y eso es lo único que me impide perder completamente la cabeza.

—¿Estás bien? —le grito, luchando contra el impulso de correr hacia ella.

Tessa asiente, aunque puedo ver que está temblando.

—Muy emotivo —dice una voz nueva desde las sombras, fría como el hielo ártico.

Un hombre sale de detrás de una de las pilas de cajas, y cuando la luz le da en la cara, tengo que hacer un esfuerzo para no jadear.

Es joven, tal vez de treinta años, pero es su rostro lo que me impacta.

Está cubierto de cicatrices que van desde la sien izquierda hasta la comisura de la boca, líneas gruesas y blancas que hablan de violencia extrema.

Pero no son cicatrices de pelea o de un accidente.

Son demasiado precisas, demasiado deliberadas.

Son cicatrices de tortura.

Sus ojos son del mismo verde que los de Tessa, pero fríos como los de un reptil. Cuando sonríe, la expresión no llega a esos ojos muertos, creando una mueca que me hiela la sangre.

—Viktor Morozov —saluda, tendiéndome la mano como si fuéramos viejos amigos—. Soy Leonardo Moretti. Es un placer conocerte.

Moretti . Otro Moretti.

No acepto su mano, demasiado ocupado procesando las implicaciones. Los ojos verdes, el apellido, la edad…

—¿Eres…?

—El hijo de Sean Moretti —dice Leonardo, bajando la mano con una sonrisa que se vuelve más cruel—. El sobrino que se suponía que había muerto como su padre.

Sorpresa.

Miro hacia Dante, que se ha puesto pálido como un fantasma. Sus labios se mueven como si quisiera decir algo, pero no sale sonido alguno.

—Veo que mi querido tío se acuerda de mí —dice Leonardo, acercándose a Dante con pasos que suenan como disparos contra el hormigón—. Aunque la última vez que nos vimos, yo era considerablemente más guapo.

Se gira hacia mí, señalando las cicatrices que desfiguran su rostro.

—¿Te gustan? Son cortesía de los hombres de mi tío. Fueron muy meticulosos en su trabajo. Se aseguraron de que cada corte fuera lento, deliberado, memorable.

El horror de lo que está describiendo me revuelve el estómago, pero es Tessa quien gime desde su silla, claramente horrorizada por lo que está escuchando.

—Oh, ¿no le habías hablado a tu hija sobre mí? —pregunta Leonardo, girándose hacia ella con esa sonrisa muerta—. ¿No le contaste cómo ordenaste matar al hijo de tu hermano después de asesinar al padre?

—Leonardo —empieza Dante, pero su voz sale como un gemido.

—¡Cállate! —ruge Leonardo, y por primera vez veo emoción real en sus ojos. Odio puro, ardiente, que ha estado cociéndose durante años—. ¡No tienes derecho a pronunciar mi nombre después de lo que me hiciste!

Se acerca a Dante con movimientos peligroso, y puedo ver cómo Lorenzo se tensa, listo para intervenir si la situación se sale de control.

—Déjame contarte una historia, Viktor —me dice Leonardo, sin apartar los ojos de Dante—. Sobre un hombre que mató a su propio hermano para robarle la herencia que le correspondía.

Las palabras caen en el silencio del almacén como gotas de veneno.

—Mi padre era seis meses mayor que este cerdo —continúa, señalando a Dante—. El verdadero heredero. Pero era hijo ilegítimo, criado lejos de la familia. Cuando finalmente descubrió quién era y vino a reclamar su lugar… bueno.

Leonardo sonríe, pero es la sonrisa más fría que he visto en mi vida.

—Tuvo un accidente de coche muy conveniente. Frenos saboteados. Mi padre se despeñó por un barranco a ciento veinte kilómetros por hora.

Miro a Tessa, que está escuchando todo esto con una expresión de horror absoluto. Su mundo, todo lo que creía sobre que su padre era un hombre al que le importaba su familia, se está desmoronando frente a sus ojos.

—Pero había un problema —dice Leonardo, acercándose aún más a Dante—. Yo. El niño que sabía la verdad sobre cómo había muerto su padre.

—Al principio fingiste querer cuidar de mí, ¿verdad, tío? —Su voz se vuelve burlona—. El pobre huérfano que necesitaba la protección de su familia a escondidas del mundo. Hasta que decidiste que era demasiado peligroso mantenerme vivo.

Las cicatrices en su rostro se contraen cuando habla, convirtiendo su expresión en algo monstruoso.

—Tus hombres se divirtieron conmigo durante horas —dice, trazando una de las líneas blancas con el dedo—. Querían asegurarse de que entendiera exactamente qué pasaba con las personas que sabían demasiado sobre el Don Moretti.

El silencio que sigue es ensordecedor. Puedo escuchar mi propio corazón latiendo, la respiración entrecortada de Tessa, el goteo constante del agua desde el techo.

—Pero cometiste un error, tío —continúa Leonardo, y su sonrisa se vuelve absolutamente letal—. No les dijiste que se asegurasen de que estuviera muerto antes de tirar mi cuerpo al desierto.

—Leonardo —lo llama Lorenzo, su voz cargada de advertencia.

Es la primera vez que habla desde que entramos, y hay algo en su tono que me dice que está tratando de controlar a Leonardo. Como si fuera el único que puede manejarlo cuando se desata.

—Me pasé los siguiente quince años planificando mi venganza —dice Leonardo, ignorando a Lorenzo y gesticulando hacia el espacio que nos rodea—. Consiguiendo aliados, reuniendo evidencias, esperando el momento perfecto para reclamar lo que es mío por derecho. Para destruirte.

Se gira hacia Dante, y la frialdad en sus ojos es absoluta.

—Así que aquí está mi oferta, tío. Puedes transferirme voluntariamente el control de la familia Moretti, reconociendo que soy el heredero legítimo. Una transición pacífica que salvará vidas y evitará una guerra innecesaria entre los soldados.

—¿O qué? —pregunta Dante, aunque su voz sale quebrada.

Leonardo sonríe, y es la sonrisa de un hombre que ha estado esperando este momento durante toda una vida.

—O mato a toda tu familia frente a ti. Empezando por tu hija.

Y después te mato a ti. Lentamente. Tienes que decidir entre darles a tus soldados una transición por las buenas o una por las malas.

Porque lo único que está claro es que, después de esta noche, yo seré el Don de la familia Moretti.

Ah, y si quieres tener el derecho de seguir respirando desterrado de aquí. Un lujo que no le diste a mi padre.

Es entonces cuando algo estalla en mi pecho.

La idea de que este psicópata toque a Tessa, de que le haga daño de cualquier forma, despierta una violencia tan pura e intensa que por un momento no puedo ver nada más que rojo.

Sin pensarlo, sin calcular las consecuencias, mi mano se mueve hacia la pistola que llevo en el tobillo.

En un movimiento fluido, saco el arma y la apunto directamente a la cabeza de Dante.

El sonido del seguro quitándose resuena en el almacén como un disparo.

—Tú vas a transferir la familia a Leonardo ahora mismo —le digo a Dante con voz letal—. O te vuelo los sesos aquí mismo y le ahorro el trabajo a él.