Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

LEONARDO

Unos meses antes…

La mansión que he convertido en mi fortaleza personal durante los últimos quince años nunca me había parecido tan acogedora como esta noche.

No es la casa familiar de los Moretti. Esta es MÍ casa, la que compré con mi propio dinero manchado de sangre cuando vine a Las Vegas con un solo objetivo: destronar al hijo de puta que asesinó a mi padre.

Cada ladrillo de esta propiedad, cada mármol italiano, cada obra de arte que decora las paredes, todo lo he pagado con años de planificación meticulosa, de alianzas cuidadosamente construidas, de violencia aplicada con precisión quirúrgica.

Todo para llegar a este momento.

Puedo saborear la venganza en mi boca.

Lorenzo camina a mi lado por los pasillos hacia las escaleras que bajan al sótano, y puedo sentir la satisfacción irradiando desde él como calor. Después de años siendo mi mano derecha, finalmente hemos conseguido lo que veníamos buscando desde el principio.

—Ha sido una actuación perfecta —dice, sonriendo con esa expresión de orgullo profesional que aparece cuando un plan sale exactamente como lo habíamos diseñado—. Viktor Morozov y Tessa se ha tragado que íbamos a dejar vivir a ese cabrón.

—Por supuesto que sí —respondo, comenzando a bajar las escaleras de mármol hacia mi reino subterráneo—. Los hombres enamorados son predeciblemente estúpidos. Especialmente cuando creen que están salvando a su damisela en apuros.

Lorenzo se ríe, un sonido genuino que resuena contra las paredes de hormigón.

Llegamos al nivel del sótano, donde el aire se vuelve más espeso, cargado de humedad y de algo más. De miedo acumulado, de violencia residual que se impregna en el hormigón cuando se usa para cierto tipo de educación .

Es mi parte favorita de toda la casa. El lugar donde puedo ser completamente honesto sobre lo que soy.

—¿Cuánto tiempo lleva inconsciente? —pregunto mientras caminamos por el pasillo iluminado por fluorescentes hacia la celda del fondo.

—Una hora —responde Lorenzo, consultando su reloj—. Creo que el shock de perder todo finalmente lo noqueó. Pero ya debería estar despertando.

Perfecto. Quiero que esté completamente consciente para lo que viene. Completamente presente para cada segundo de lo que he estado soñando desde hace quince años.

La celda donde mis hombres han dejado a Dante es funcional, diseñada para quebrar la voluntad de cualquiera. Paredes de hormigón desnudo, una bombilla que cuelga del techo, un catre de metal en un rincón. Nada más.

Cuando abro la puerta de acero, Dante está sentado en el borde del catre, con la cabeza entre las manos esposadas. Ya está despierto, lo cual significa que ha tenido tiempo para procesar completamente lo que ha perdido.

Su imperio. A su hija. Su vida tal y como la conocía.

Todo se lo he quitado en una noche.

—Buenos noches, tío —digo, entrando en la celda con pasos que resuenan como una sentencia contra el hormigón—. ¿Has tenido tiempo para reflexionar sobre tus decisiones de vida?

Dante levanta la cabeza, y veo terror genuino en sus ojos verdes. Los mismos ojos que heredó mi prima Tessa, pero sin la calidez, sin la inteligencia. Solo miedo animal y la certeza de lo que viene.

—Leonardo… por favor… —empieza, pero yo levanto una mano para silenciarlo.

—Antes de que empieces con las súplicas patéticas —digo, sacando las llaves de las esposas de mi bolsillo—, déjame aclarar algo que parece haberte confundido.

Las esposas caen al suelo con un ruido metálico que resuena en el silencio como una campana de funeral.

—¿Creías realmente que te iba a dejar escapar? —pregunto, y mi voz sale cargada de una diversión cruel—. ¿Después de matar a mi padre? ¿Después de convertir a un niño inocente en el monstruo que tienes frente a ti?

Dante me mira con una expresión de confusión creciente.

—Pero… he firmado los papeles… hemos hecho un trato...

—Ha sido todo un teatro —lo corrijo, acercándome hasta que puedo oler su miedo sudoroso—. Una representación muy convincente para tu hija y para Viktor Morozov. Porque necesitaba que pareciera una transición civilizada por una cuestión que no viene al caso.

La comprensión que cruza en su rostro es hermosa de ver. Es como ver el momento exacto en que un ratón se da cuenta de que ha estado corriendo directo hacia la trampa.

—No tengo ni tiempo ni energía para pasarme años luchando contra tus capitanes leales, desmantelando tu organización pedazo a pedazo —continúo, sacando mi cuchillo de combate del cinturón—. Era mucho más eficiente hacer que entregases todo voluntariamente antes de matarte.

Saco un segundo cuchillo de mi bota y lo tiro a sus pies. La hoja se desliza por el suelo hasta detenerse contra su zapato.

—Ahí tienes —digo, quitándome la chaqueta y tendiéndosela a Lorenzo antes de que se vaya de la celda—. Una oportunidad de salvar tu miserable vida. Más de la que le diste a mi padre cuando saboteaste sus frenos.

Dante mira el cuchillo como si fuera una serpiente venenosa, después me mira a mí. Sus manos tiemblan cuando finalmente se agacha para recogerlo.

—¿Sabes qué me dijeron tus hombres mientras trabajaban en mi cara? —pregunto, empezando a desabrochar mi camisa—. Que cada corte tenía que ser lento, deliberado, memorable. Para que pasase al más allá sabiendo lo que les pasa a los que desafían a un Don.

Me quito la camisa completamente, revelando el mapa de cicatrices que cubre mi torso. Cada marca cuenta una historia de supervivencia, de dolor convertido en fuerza, de un niño inocente transformado en la pesadilla que tiene frente a él.

—Tardaron seis horas en terminar conmigo —digo, trazando una de las líneas blancas que cruzan mi costado—. Seis horas enseñándome lo que es el dolor, lo que significa estar completamente indefenso.

Dante ha empezado a hiperventiliar. Puede ver exactamente adónde va esto, y su cuerpo está entrando en pánico antes de que yo haya siquiera empezado.

—Pero fueron unos maestros excelentes —continúo, sonriendo hasta que las cicatrices de mi rostro se contraen en esa mueca que aterroriza a la mayoría de la gente—. Y ahora voy a utilizar esas lecciones.

—Leonardo, por favor… soy tu familia… tengo una hija…

—¿Familia? —La risa que escapa de mi garganta es como cristal rompiéndose—. ¿La misma familia que me entregó a los torturadores? ¿La misma hija que abandonaste hace unas horas para salvar tu pellejo?

Me lanzo hacia él con la velocidad de una víbora, mi cuchillo encontrando carne antes de que pueda siquiera reaccionar. No es un corte letal. Es el primero de muchos.

—Esta —digo, trazando una línea roja desde su sien izquierda—, es por la cicatriz que tu hombre me hizo aquí.

Los gritos de Dante llenan la celda, rebotando contra las paredes de hormigón hasta convertirse en una sinfonía hermosa. Es el sonido que he estado soñando escuchar durante quince años.

—Y esta —continúo, trazando otra línea paralela por su mejilla—, es por todas las noches que me desperté con pesadillas, tocándome la cara desfigurada y recordando que tú fuiste quien ordenó que me hicieran esto.

Dante intenta defenderse con su cuchillo, pero sus movimientos son torpes, desesperados. Nunca ha tenido que luchar por su vida. Siempre ha tenido soldados que hicieran el trabajo sucio por él.

Ahora, está completamente solo.

Para cuando termino con él, han pasado dos horas. Su rostro es una réplica exacta del mío, marcado con las mismas líneas que sus hombres grabaron en mi piel cuando era demasiado joven para entender por qué me estaba pasando aquello.

Dante está muerto, pero no antes de haber experimentado exactamente cada segundo del dolor que me causó. No antes de haber experimentado la misma indefensión que yo sentí cuando solo era un niño.

Salgo de la celda con la sangre salpicando mi pecho desnudo y una satisfacción tan profunda que me llega hasta el alma. El corte en mi brazo izquierdo, donde el cuchillo de Dante me alcanzó en un momento de desesperación, sangra constantemente, pero no me importa.

Es un precio insignificante por una venganza que llevo gestando toda mi vida adulta.

—¿Está terminado? —pregunta Lorenzo cuando salgo al pasillo principal, y hay satisfacción genuina en su voz.

—Terminado —confirmo, pasándome una mano por el pecho para limpiarme parte de la sangre—. Haz que limpien ahí abajo. Y llama a nuestros contactos del desierto. Van a tener trabajo esta noche.

Lorenzo asiente y se aleja para hacer las llamadas necesarias, silbando bajito una melodía que reconozco. Está contento. Los dos estamos contentos.

La justicia finalmente está servida.

Por fin somos libres para reinar en la familia Moreti.

Subo las escaleras hacia mi habitación, sintiendo cómo la adrenalina de la violencia se va transformando gradualmente en algo más cálido, más anticipatorio.

Porque ahora que he cerrado este capítulo de mi pasado, finalmente puedo enfocarme completamente en mi futuro.

En ella.

Mi dormitorio es espartano, funcional, diseñado más para ser practico que para ser cómodo. Pero no es ahí donde me dirijo.

En el fondo de mi vestidor, detrás de los trajes hechos a medida que uso para las reuniones de negocios, hay una puerta oculta que solo yo conozco. La abro con el interruptor oculto y entro en mi santuario más privado.

La habitación de vigilancia.

Tres paredes cubiertas de monitores de alta definición que muestran diferentes ángulos de un piso pequeño y acogedor en un barrio de Brooklyn.

La cocina donde prepara su desayuno para una sola persona, siempre el mismo: tostadas con mermelada y café negro.

El salón donde lee por las tardes cuando llega cansada del hospital.

Y el dormitorio donde ella duerme.

Me siento en mi silla de cuero frente a las pantallas, ignorando cómo la sangre de mi brazo herido gotea sobre el suelo de mármol. Es un problema menor que puedo resolver más tarde. Ahora mismo solo me importa una cosa en el mundo.

Verla. Asegurarme de que está bien. Planificar exactamente cómo voy a hacer que sea mía.

En el monitor central, puedo ver la silueta pequeña y delicada de Olivia bajo las mantas de su cama. Duerme de lado, con las rodillas ligeramente recogidas, una de sus manos extendida sobre la almohada como si estuviera alcanzando algo en sueños.

Tal vez me está alcanzando a mí, aunque todavía no lo sepa.

Amplío la imagen hasta que puedo ver cómo sube y baja su pecho con cada respiración profunda y tranquila.

Hasta que puedo asegurarme de que está bien, de que está segura, de que nadie la ha molestado durante las horas que he estado ocupado reclamando mi herencia manchándome las manos de sangre familiar.

—Muy pronto, ángel —susurro hacia las pantallas, mi voz suena ronca por las horas de gritos y violencia—. Muy pronto vas a estar conmigo. Vas a estar donde perteneces.

Dante está muerto. Finalmente, definitivamente muerto. Y murió sabiendo exactamente por qué.

—Te descubrí demasiado pronto, mi dulce Olivia —continúo, observando cómo se mueve ligeramente en sueños, tal vez reaccionando a alguna pesadilla que no puedo ver pero que querría poder disipar con mis propias manos—.

Cuando todavía no podía garantizar tu seguridad.

Cuando todavía tenía asuntos familiares pendientes que resolver antes de poder reclamarte apropiadamente.

Una sonrisa se extiende lentamente por mi rostro, tirando de las cicatrices hasta crear esa mueca que aterroriza a la mayoría de la gente cuando la ven por primera vez. Pero ella nunca me verá como un monstruo. Me aseguraré de eso.

Cuando la tenga bajo mi cuidado, cuando pueda mostrarle que cada acto violento que he cometido durante los últimos tres años ha sido para construir un mundo lo suficientemente seguro para ella, entenderá que soy exactamente lo que necesita.

—Hoy acaba de comenzar el primer día en el que finalmente voy a poder tenerte —digo, reclinándome en mi silla sin apartar los ojos de las pantallas que muestran cada ángulo de su vida—.

Muy pronto vas a descubrir lo que significa ser amada por alguien dispuesto a quemar el mundo entero por tu felicidad.

En la pantalla, ella se gira inquieta en sueños, y por un momento su rostro queda completamente visible bajo la luz suave que entra por su ventana. Pómulos delicados, pestañas largas que proyectan sombras sobre sus mejillas, labios entreabiertos que revelan dientes blancos y perfectos.

Es hermosa de una forma natural y sin esfuerzo que solo tienen las mujeres que no saben lo devastadoras que son. Dulce, trabajadora, dedicada. Todo lo que yo no soy, todo lo que perdí cuando era un niño y mi mundo se convirtió en dolor y venganza.

Pero eso no va a detenerme. Nada va a detenerme.

—Tres años —murmuro, acercándome más a las pantallas hasta que puedo ver cada detalle de su respiración tranquila—. Tres años viéndote, protegiéndote desde las sombras, asegurándome de que estabas a salvo mientras construía el poder necesario para reclamarte.

Los monitores parpadean cuando el sistema de seguridad completa otra ronda automática, confirmando que todo está tranquilo en su pequeño mundo protegido. Que está segura hasta que yo decida que es hora de cambiar eso para siempre.

Que está viviendo sus últimos días de libertad sin saberlo.

—Todavía no lo sabes, mi preciosa Olivia —susurro, trazando su silueta en la pantalla con el dedo ensangrentado—, pero ahora que tengo mi propio imperio, ahora que he terminado con los fantasmas del pasado, muy pronto serás mi esposa.

Me reclino en la silla, sintiendo cómo el cansancio de la violencia se asienta en mis huesos, pero sin apartar ni un segundo los ojos de las pantallas. Mañana empezaré a mover las piezas del tablero.

Mañana comenzará oficialmente la caza.

Y Olivia va a descubrir exactamente lo que significa ser la obsesión de Leonardo Moretti.