Dulce Obsesión (Sangre y Lealtad 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

OLIVIA

La cocina huele a limón y albahaca cuando bajo a media mañana buscando algo de comer.

Leonardo está apoyado contra la encimera con una taza de café en la mano y revisa algo en el móvil. Lleva vaqueros oscuros y una camisa negra con las mangas remangadas, que le dejan al descubierto los antebrazos marcados por cicatrices. Está descalzo, relajado de una forma que rara vez veo en él.

Arianna está sentada en uno de los taburetes, come uvas directamente del racimo y hojea una revista de moda.

Es… doméstico. Normal. Como si fuéramos una familia de verdad pasando un sábado tranquilo en casa.

—Ah, por fin te levantas —dice Arianna cuando me ve—. Pensaba que ibas a dormir hasta la noche.

—He tenido una noche larga —respondo, y evito mirar a Leonardo, aunque siento sus ojos clavados en mí.

—¿Quiere que le prepare algo? —pregunta una de las empleadas, que se acerca.

—No, gracias —digo, y me dirijo a la nevera—. Voy a pelar y picar un poco de fruta, pero gracias.

—Puedo hacerlo yo, señora Moretti —insiste la mujer—. No es necesario que…

—Quiero hacerlo yo —la interrumpo, más brusca de lo que pretendía—. Necesito hacer algo con las manos.

Se instala un silencio incómodo.

Abro la nevera y saco frutas frescas. Las dejo sobre la encimera y busco un cuchillo en el cajón. Encuentro uno de esos cuchillos de cocina que parecen sacados de un programa de televisión.

Siento a Leonardo observándome mientras empiezo a picar el mango. No dice nada, pero su presencia llena la cocina de una forma que me cuesta concentrarme.

Pelar, cortar.

El movimiento es casi meditativo. Me ayuda a no pensar en anoche. En cómo me tocó. En cómo me hizo sentir. En cómo todavía puedo sentir el fantasma de sus dedos entre mis piernas cada vez que me muevo de cierta forma.

Estoy pensando en nada y en todo al mismo tiempo cuando el cuchillo se me resbala.

Eso me pasa por no prestar atención. Por estar demasiado consciente del hombre que me observa desde el otro lado de la cocina.

El dolor es instantáneo y agudo.

—Mierda —siseo, soltando el cuchillo.

La sangre empieza a brotar del corte en mi dedo índice. No es profundo. He visto heridas mucho peores en urgencias. Es solo un corte superficial que ni siquiera va a necesitar puntos.

Pero sangra bastante.

Me llevo el dedo a la boca por instinto, para parar la sangre.

—¿Qué coño ha pasado?

Leonardo ya está cruzando la cocina antes de que pueda responder.

Me coge la mano con una suavidad que choca con la urgencia de sus movimientos y me aparta el dedo de la boca para inspeccionarlo con una intensidad que me acelera el pulso.

—Nada —respondo—. Solo me he hecho un corte pequeño. No es nada.

—¿No es nada? —repite, y hay algo en su voz que suena casi enfadado—. Estás sangrando.

—Es un corte pequeño, Leonardo. Soy enfermera. He visto cosas mucho peores…

No me deja terminar. Me coge en brazos como si no pesara nada e ignora mi protesta.

—¿Qué haces? —pregunto mientras me lleva fuera de la cocina.

—Curarte —responde con una voz que no admite discusión.

Me lleva escaleras arriba, por el pasillo, hasta nuestro dormitorio. Me deposita sobre la cama con cuidado y luego desaparece en el baño.

Vuelve con el botiquín de primeros auxilios —el profesional que tiene más equipo que algunos consultorios médicos— y se arrodilla frente a mí.

—Dame la mano —ordena.

Obedezco porque no sé qué más hacer, demasiado sorprendida por su reacción como para discutir.

Leonardo me coge la mano entre las suyas e inspecciona el corte otra vez. La sangre ha empezado a coagular pero todavía gotea un poco.

Abre el botiquín con movimientos precisos. Saca gasas, antiséptico, tiritas. Y entonces empieza a limpiar la herida con una delicadeza que me deja sin palabras.

Sus manos —esas mismas manos que anoche me tocaron de formas que todavía me hacen sonrojar. Esas manos que sé con certeza que han matado— se mueven sobre mi piel con una suavidad casi reverente. Como si tuviera entre las manos algo infinitamente frágil y le diera miedo romperlo.

—Leonardo —digo bajito—. De verdad, no es para tanto.

—Para mí sí —responde sin levantar la vista, concentrado en limpiar cada gota de sangre—. Cualquier daño que te hagas es para tanto.

Se me forma un nudo en la garganta.

—Es solo un corte.

—Es una marca —me corrige; la voz le sale más tensa—. Una cicatriz que no deberías tener.

Algo en la forma en que lo dice hace que se me encoja el pecho.

—Las cicatrices no son malas —digo, pensando en las suyas. En cómo marcan su piel pero no hacen que lo desee menos.

Leonardo levanta la vista hacia mí por fin, y hay algo en sus ojos que nunca había visto. Algo vulnerable y roto.

—Yo soy un monstruo al que nadie podría desear por cómo es —dice, y cada palabra le sale como si le costara pronunciarla—. Estoy cubierto de marcas que cuentan historias de violencia. Pero tú eres preciosa. Por fuera y por dentro. No quiero que estés marcada como yo.

Se me llenan los ojos de lágrimas.

—Leonardo…

—Cada vez que me miro en el espejo —continúa, devolviendo su atención a mi dedo— veo lo que soy. Lo que me hicieron. Pero cuando te miro a ti, veo todo lo que nunca podré ser. Pura. Inocente. No manchada por este mundo de mierda.

Le tiemblan un poco las manos mientras me aplica el antiséptico. Veo cómo lucha por mantener el control.

—No quiero que nada te dañe —susurra—. Ni siquiera algo tan pequeño como esto.

Y entonces lo entiendo.

Todo.

Leonardo no me toca porque cree que no puedo desearlo. Que nadie puede desear a alguien con la cara marcada por la violencia. Que tiene que esperar a que yo dé el primer paso para estar seguro de que no me está forzando. De que no me está obligando a algo que solo él quiere.

Ha estado esperando que yo lo elija porque no cree que alguien pueda elegirlo voluntariamente.

Se me parte el corazón.

—Mírame —digo, y le cojo la cara entre las manos para obligarlo a levantar la vista.

Sus ojos verdes se encuentran con los míos, y veo tanta incertidumbre en ellos que me duele físicamente.

—Tú no eres un monstruo —digo con toda la convicción que puedo reunir—. Y las cicatrices no te hacen menos deseable. Te hacen real. Humano. Hermoso de una forma que va mucho más allá de la apariencia física.

—Olivia.

—No —lo interrumpo—. Déjame terminar. Durante semanas he estado luchando contra lo que siento porque tenía miedo. Miedo de admitir que me importas. Miedo de reconocer que te deseo. Miedo de ser vulnerable con alguien que tiene tanto poder sobre mí.

Sus manos se tensan sobre mi muslo.

—Pero verte así —continúo—. Verte preocupado por un corte tan pequeño. Verte tratarme como si fuera algo precioso… me hace darme cuenta de algo.

—¿Qué? —pregunta con voz ronca.

—Que tú también tienes miedo —respondo—. Que debajo de todo ese control y esa autoridad, hay un hombre que está aterrado de no ser suficiente. De no ser deseable.

Leonardo no responde. Solo me mira con una intensidad que hace que se me olvide respirar.

Me coge las manos de nuevo y sigue curándome en silencio. Me pone una tirita sobre el corte con movimientos casi rituales. Como si estuviera sellando algo más que una herida superficial.

Cuando termina, besa el dedo vendado. Suave. Reverente.

—Ya está —dice—. No debería dejar marca.

Se pone de pie y guarda el material médico con esa eficiencia que aplica a todo.

Yo me quedo sentada en la cama, lo miro moverse por la habitación y proceso todo lo que acabo de entender.

Leonardo cree que no puede ser deseado. Que tiene que esperar a que yo dé el primer paso porque si no, estaría forzándome a algo que solo él quiere.

Y yo he estado resistiéndome a admitir lo que siento porque tenía miedo. Miedo de ser vulnerable. De entregarle el corazón a alguien que podría rompérmelo.

Pero verlo así —preocupado por un corte insignificante, tratándome como si fuera algo infinitamente valioso— me hace preguntarme si no he estado equivocada todo este tiempo.

Si tal vez ser vulnerable no es ser débil, sino valiente.

Si tal vez es la hora de dejar de luchar contra lo inevitable.

Leonardo sale del baño después de lavarse las manos y me mira con esa expresión que todavía mezcla preocupación con algo más oscuro.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí —respondo, y por primera vez en semanas es verdad del todo.

Él asiente, pero puedo ver cómo sus ojos se quedan en mi dedo vendado como si todavía le doliera verlo.

—Tengo una reunión enseguida —dice por fin—. Pero quiero que tengas cuidado. Sin más cuchillos. No hagas nada que pueda hacerte daño.

—Leonardo, no puedes protegerme de todo.

—Puedo intentarlo —responde con esa determinación que ya reconozco.

Y entonces se va, y me deja sola en la habitación con un dedo vendado y un corazón que late demasiado rápido.

Me recuesto en la cama y miro la tirita que cubre el corte más pequeño que he tenido en años.

Y me pregunto.

¿Tal vez ha llegado la hora de ser yo quien dé el primer paso?

¿De admitir que lo deseo no porque esté obligada sino porque lo he elegido?

¿De dejar de luchar contra algo que cada día se vuelve más inevitable?

No tengo respuesta todavía.

Pero por primera vez se me pasa por la cabeza que quizá rendirme no sea perder.

Quizá sea ganar algo que no sabía que necesitaba.