49 ARYA
No sé qué estoy haciendo; solo sé que en alguien tiene que caber la cordura. Entrar de nuevo en su departamento a su lado se siente diferente. No es la armonía de los meses pasados, pero tampoco es el vacío de cuando me dejó sola.
—Arya...
—Liam...
Nos llamamos al mismo tiempo. Sus ojos me estudian, esperando algo que no sé si puedo darle. Me quedo callada.
—Yo... —empieza él—. ¿Necesitas algo?
Sí. Necesito que me hables. Que me digas qué va a pasar con nosotros.
Pero no lo digo. Niego con la cabeza.
—Voy a descansar en mi habitación. Hablaremos en la cena.
Liam da un paso atrás, dejándome el camino libre. Noto el conflicto en su cuerpo tenso mientras paso a su lado. Mi brazo casi roza el suyo y siento una urgencia casi insoportable de rodearlo con mis brazos, de enterrar mi cara en su cuello y de que me asegure que todo está bien.
No lo hago.
Él tampoco.
Pongo el pie en el primer escalón y su mano, fuerte y posesiva, rodea mi muñeca.
El escalofrío es instantáneo. Mi respiración se acelera y, al girarme, me encuentro con sus ojos azules dilatados.
Tiene la mandíbula apretada y la mano libre cerrada en un puño, ejerciendo una fuerza brutal.
Su pecho sube y baja con el mismo desespero que el mío.
La sangre me bombea en los oídos, anulando cualquier otro sonido, hasta que Liam me rodea la nuca y me atrae hacia él.
Apoya su frente contra la mía. Me lleno de su aroma —fuerte, masculino, embriagador—, ese que busqué desesperadamente en sus camisetas durante su ausencia.
—¿Qué haces? —susurro con los ojos cerrados, atraída hacia sus labios como un imán.
—No lo sé —responde igual de agitado—. ¿Quieres que me aleje?
Sus labios rozan los míos y pierdo el suelo, la razón y la cordura. Soy yo quien estrella mi boca contra la suya. Muerdo su labio inferior, introduzco mi lengua y lo rodeo con fuerza para pegarlo a mi cuerpo. Lo beso como si fuera mi última comida en la tierra.
Liam me levanta del suelo. Rodeo su cintura con las piernas mientras sube las escaleras de dos escalones a la vez.
La puerta de su habitación golpea la pared con violencia.
El coraje que ambos sentimos se transforma en una excitación líquida que me quema por dentro.
Me besa como nunca antes: con rabia, con frustración, marcándome.
—Esto no va a ser suave, Arya. —Advierte cuando me suelta un segundo para tomar aire. Casi tengo un orgasmo con la pura advertencia.
—Eso espero. —Lo desafío con una sonrisa burlona. —El gruñido que escapa de su garganta me humedece al instante.
—No estoy jugando. Voy a tomarte tan fuerte que no podrás moverte en semanas .
—Promesas, promesas... —Me burlo. Mañana tendré tiempo de pensar en las consecuencias; ahora solo quiero que cumpla su palabra.
Mi espalda golpea el colchón. Liam no pierde el tiempo: rasga mi blusa y mi falda con una violencia que me deja sin aliento, tirando la tela ahora inútil al suelo como si fuera basura. Me mira en ropa interior con un hambre animal.
—¡Espera! —grito, pero mi sostén y mi tanga también son arrancados de mi cuerpo. Quedo desnuda bajo su mirada.
Él sigue completamente vestido, disfrutando de mi vulnerabilidad. Se ríe, negando con la cabeza, y comienza a desvestirse con una lentitud tortuosa. Se quita los zapatos despacio, burlándose de mi desesperación.
Me quejo y decido tomar el control: me llevo una mano a los pechos, pellizcando un pezón, mientras la otra baja hasta mis pliegues. Si él no va a empezar, lo haré yo.
El sonido de los botones de su camisa cayendo al suelo me detiene. La rasga y se la quita de un tirón. Sus pantalones y el resto desaparecen en un parpadeo. La vista es impresionante; Liam me ha tenido envuelta desde el primer día y verlo así, erecto y furioso, me nubla el juicio.
—Date la vuelta —exige con esa voz de mando que me calienta la sangre. Obedezco sin dudar, exponiéndome para él.
—Te voy a castigar por ser una chica mala y no esperar —dice al llegar al borde de la cama. Mi trasero se mueve hacia él, rogando por el contacto—. Te voy a azotar con mi mano y vas a contar en voz alta. Cuando llegues a cinco, te daré tu recompensa.
No tengo tiempo de procesar sus palabras cuando el primer azote cae, haciéndome estremecer.
—¡Oh, mierda! —grito mientras siento las gotas de mi propia excitación resbalar por mi muslo .
—No te escucho contar. ¿Quieres que empiece de nuevo? —su voz está tan cargada de deseo que dudo de quién disfruta más de esto.
Un recuerdo de nuestra noche en el club, me llena la mente. El cómo dijo algo de no usar ninguna de las cosas que había en esa habitación para ese tipo de placer… En esa ocasión.
Oh maldita mierda caliente.
—¡UNO! —grito tras el segundo impacto.
—Buena chica. —Liam jadea. Mierda. Lo entiendo todo. Debería querer salir corriendo. Debería, pero no quiero.
Siento el ardor en mi piel, pero el placer es superior.
—¡DOS! —titubeo con el segundo golpe en mi piel. Al final muerdo mi labio inferior y no puedo evitar soltar un gemido.
—Te gusta —sentencia él con una risa vibrante—. Dime ¿cómo es que esto es un castigo cuando estás empapando la cama, dulzura? —Su voz llena de deseo me hace sentir mucho más.
Se agacha, respirando el aroma de mi sexo. El orgasmo empieza a formarse sin que me haya tocado todavía.
—Liam, por favor... necesito... —Necesito que haga cualquier cosa. Lo que sea. Puedo explotar si no lo hace.
—No tienes permiso de tocarte. —Me regaña con el tercer azote—. No escucho el número. —gruñe excitado.
—¡TRES! —mi cuerpo es puro nervio.
Cae el cuarto golpe y mi cuerpo se arquea hacia adelante.
—¡CUATRO! —grito antes de que lo repita. Y no es que no me guste, porque la verdad es que tener este vistazo de esa parte oculta de Liam… Mierda. De verdad me hará tener un orgasmo con el dolor que me está dando.
Me sujeta de la cadera, devolviéndome a la posición, y siento su miembro duro encajarse contra mi trasero. El roce me lleva al límite. Liam me empuja hacia abajo hasta que mis pechos se pegan al colchón y mi trasero queda totalmente expuesto.
—¿Lista? —asiento, mirándolo por encima del hombro mientras él acaricia su hombría. Lo quiero todo. Absolutamente todo. —Cuenta.
—¡CINCO! —grito con todas mis fuerzas.
El último azote no cae en mi trasero, sino directamente sobre mis pliegues, directo en mi entrada empapada. El sonido del impacto y mi grito se funden en uno solo mientras me penetra de un golpe brutal. Entonces por fin me dejo ir y mi orgasmo estalla como una avalancha.
—¡Oh, santa... maldita... mierda! —gime Liam al sentir cómo lo aprieto por dentro.
Es el orgasmo más violento que he tenido. Siento que mi corazón se detiene mientras él me destroza con embestidas salvajes.
—Qué bien te sientes, bebé... viniéndote sobre mi pene.
Cuando las estrellas desaparecen de mi visión, escucho sus gemidos de triunfo. Me jala del cabello hasta que mi espalda choca con su pecho. Con una mano busca mi clítoris pulsante; con la otra pellizca mis pezones mientras su lengua recorre mi cuello sudado.
—¿De quién es esto? —pregunta con furia, abarcando mi sexo con su mano—. ¡Dime!
—Es tuyo... toda yo soy tuya, Liam.
—Eso es. Eres mía —gruñe—. Puede que ya no me ames, pero no me importa. Me queda suficiente amor en mi corazón roto para los dos.
Me duele el pecho al escucharlo. ¡Liam cree que no lo amo!
Quiero gritarle la verdad, decirle que mi padre se entregará, que él es mi mundo... pero me muerde el pulso con tanta fuerza que me hace gritar de placer mientras llega mi segundo orgasmo .
Lo arrastro conmigo, sintiendo cómo se derrama dentro de mí hasta la última gota.
Me obliga a mirarlo, saca sus dedos de mi interior y me hace lamer mi propia esencia. Sabe a gloria. Sabe a nosotros.
—Mierda —gime antes de devorar mis labios con sabor a hierro y pasión.
Lo último que recuerdo antes de que el sueño me venza es que sus brazos me rodean la cintura, igual que antes. Por primera vez en muchos días, vuelvo a estar en casa.