48 LIAM
¿Soy un imbécil? Sí, mierda, lo soy.
Pero, ¿qué querían que hiciera? No supe cómo reaccionar a su mentira. El golpe me dejó sin aire. Se puso en riesgo para ver a su padre cuando yo ya lo había perdonado; cuando ya había aceptado, a regañadientes, que ese hombre respirara el mismo aire que nosotros.
Todo ese sacrificio, toda esa renuncia a mi propia naturaleza, lo hice por ella. Para tenerla, para quedármela, para amarla sin sombras. Y saber que me ocultó algo así... me rompió.
No he dormido en tres noches. El silencio en la casa de mis padres es ensordecedor. Apenas como; mi dieta se basa en el ardor del alcohol que quema mi garganta, pero no logra anestesiar mi mente. Estoy ahogado en botellas vacías y no sé cómo encontrar el camino de vuelta.
La amo, tanto que el sentimiento se ha vuelto físico, un dolor punzante en el centro de mi pecho. Y lo peor es que no sé qué palabras usar para que entienda que lo único que puede destruirme de verdad es que no confíe en mí.
Sé por Aron que está bien. Sé que sigue en mi departamento, y ese pensamiento es lo único que me permite respirar.
Ahí es donde pertenece, rodeada de mis cosas, impregnando mis sábanas con su aroma.
Ahí es donde yo debería estar, protegiéndola, pero, maldita sea, el orgullo es una cadena muy pesada y no sé cómo cruzar esa puerta sin derrumbarme.
Aron también me soltó, entre insultos por mi actitud, que ella visitó a su padre, que no ha faltado a su terapia... Saber eso me llena de un orgullo amargo.
Mi dulce Arya es una guerrera. Sé que no lo ha tenido fácil, y menos desde que este monstruo que soy, llegó a su vida, pero sabe seguir adelante solo con su propia fuerza. Y eso es lo que más me aterra: darme cuenta de que no me necesita.
No quiero que me necesite, no quiero que me ame por obligación... quiero que me elija porque eso es lo que quiere.
Me tomó un día entero intentar desintoxicarme.
Duchas de agua helada y café negro. Debo estar cuerdo, limpio y con la guardia lo suficientemente baja para escuchar sus verdades sin romperme en el intento.
Espero al día de la cita con el obstetra; ha pasado apenas una semana, pero para mí han sido siglos.
En mis planes originales, llegaría a este día feliz, tomándola de la mano y besando su vientre frente al doctor. En cambio, estoy usando la cita como una excusa patética para acercarme, porque el miedo a perderla definitivamente ya es mucho más grande que mi estúpido orgullo.
Me paro frente a la puerta del departamento con las manos hundidas en los bolsillos, tratando de controlar el temblor de mis dedos.
Sé que no debí dejarla sola ni un segundo.
Ahora que voy a verla, el impulso de caer de rodillas y suplicar perdón me golpea con la fuerza de un camión.
¿En qué momento me convertí en este hombre tan frágil?
«En el momento en que entregaste tu corazón sabiendo que corrías el riesgo de romperlo» , me susurra esa voz interna que odio porque tiene razón.
Estoy a punto de marcar el código de seguridad cuando la puerta se abre de golpe desde adentro. El aire se me escapa de los pulmones. Ahí está ella. Perfecta, hermosa, pero con una maleta en una mano y un bolso de viaje en la otra.
El mundo se detiene .
¿Qué está haciendo? ¿Piensa dejarme? La daga que tengo clavada en el pecho gira con una crueldad, haciéndome sangrar de nuevo.
Arya no me mira. Su cara se estampa directamente contra mi pecho por la inercia de su salida y, en un instante, su aroma dulce me invade. Mis pulmones se llenan de ese oxígeno verdadero del que me privé desde la última vez que la vi.
La sostengo por el codo con firmeza, impidiendo que pierda el equilibrio, pero también porque necesito tocarla.
Ella levanta la mirada lentamente. Siento que mi corazón se salta varios latidos cuando sus ojos verdes se clavan en los míos. Ahí lo veo todo: la decepción, el agotamiento y la decisión final . Me está dejando . Me odia. Y a la mierda si voy a permitir que cruce ese puente.
—¿A dónde vas? —pregunto. Mi voz suena más dura y ronca de lo que pretendía, pero el pánico me está dictando las palabras.
Arya se suelta de mi agarre con un movimiento brusco y da un paso atrás, creando una distancia que se siente como un abismo.
—¿No es obvio, Liam? Me voy —gruñe. Aunque con esa voz tan dulce, el tono de rabia le sale forzado, y eso me duele más.
—Este es tu hogar —sentencio, tratando de recuperar mi autoridad. Arya suelta una sonrisa irónica que me golpea con más fuerza que cualquier insulto.
—No, Liam. Este no es mi hogar. Es solo un departamento lujoso, frío y vacío. Esto no puede llamarse hogar si ni siquiera lo comparto con la persona que decía amarme y a la cual yo también amaba.
Doy un paso atrás, casi como si me hubiera dado una bofetada física. Acaba de decir amaba. En pasado. Como si el sentimiento fuera una reliquia. El aire se vuelve denso y las rodillas amenazan con fallarme .
—¿Así son las cosas ahora? —Camino hacia ella con una intensidad peligrosa, apretando la mandíbula hasta que me duelen los dientes—. Hablaste en pasado. ¿Ya no lo sientes? ¿Tan rápido me borraste?
Arya retrocede instintivamente hasta que su espalda choca contra la madera de la puerta. Yo no me detengo. Apoyo ambas manos a cada lado de su cabeza, acorralándola, invadiendo su espacio personal hasta que no puede ignorar mi presencia ni mi perfume.
—Mírame a los ojos y dime que ya no me amas, Arya. Dime que nunca fui digno de tu confianza, que todo lo que hice por cuidarte, que renunciar a mi venganza fue en vano porque tú nunca me quisiste de verdad.
Sus ojos se llenan de lágrimas que se niegan a caer; los míos deben estar inyectados en sangre por la falta de sueño. No la voy a soltar hasta que me destruya con la verdad.
Mis manos no resisten más; recorro su mejilla con el dorso de mis dedos, bajando por la línea de su cuello hasta la clavícula. Siento el escalofrío que recorre su piel ante mi contacto, esa chispa que aún nos une. Ella inspira profundo, dejando escapar un gemido ahogado.
—Dime que no me amas. Dime que fui un juego y te dejaré ir ahora mismo.
—Mi voz se quiebra, perdiendo toda la dureza—.
Nunca volverás a saber de mí. Me haré cargo de mi hijo, pero no tendrás que volver a verme la cara jamás.
Por favor... termina de romperme el corazón. Dime que no provoco nada dentro de ti.
Pego mi frente a la suya, respirando su mismo aliento.
—Te fuiste. Nos dejaste solos. —Jadea, temblando entre la furia y el deseo.
—Me rompiste el alma y te pusiste en riesgo —le susurro, con mis labios rozando los suyos. La extraño tanto que el dolor es una náusea constante.
—No es lo que parece... —murmura, casi sin fuerzas .
—¿Y qué fue entonces? —le exijo, buscando la verdad en el fondo de sus pupilas.
En ese momento de máxima tensión, mi teléfono empieza a sonar en el bolsillo. Un ruido molesto que rompe la burbuja. Respondo sin apartar la vista de ella, sin darle espacio para huir.
—Diga. Sí... entiendo. Ahí estaremos. —Corto la llamada. La duda brilla en su cara—. Nos esperan para la cita con el obstetra. Ahora.
Arya abre los ojos de par en par; en medio de su dolor, lo había olvidado por completo. Mira sus maletas en el suelo y luego a mí.
—Dámelas. Las meteré al departamento y hablaremos cuando volvamos. No te vas a ir así. —Tomo su equipaje, aprovechando para rozar sus manos. Ella se resiste un segundo, pero finalmente cede. Sé que esto no es una victoria, es solo una tregua, pero la voy a aprovechar.
El viaje en el Mercedes transcurre en un silencio absoluto y cargado. Mentiría si dijera que incluso su silencio no me da paz; porque solo ella tiene ese poder sobre mi sistema.
***
—¿Están listos para conocer el sexo de su bebé? —pregunta el médico con una sonrisa profesional mientras prepara el equipo.
Ninguno de los dos responde de inmediato. La tensión entre nosotros es tan densa que se podría cortar.
—Bien... ¿quieren que sea una sorpresa? —insiste el doctor ante el silencio incómodo.
—Yo sí quiero saberlo —intervengo, rompiendo el hielo. Arya me lanza una mirada indescifrable, una mezcla de reproche y anhelo.
—Sí, yo también quiero saber —dice ella, girando la cabeza hacia la pantalla .
Se recuesta en la camilla y el doctor aplica el gel azul.
Podrán decir que el embarazo es temprano, pero yo lo noto; veo cómo su cuerpo ha cambiado, cómo se ha vuelto más suave, más maternal.
Esas imágenes de ella con el vientre crecido, sonriéndome en mis sueños, me confirman que no puedo dejarla ir.
La quiero. Quiero ese futuro, aunque tenga que arrastrarme para conseguirlo.
«¿Y qué hay de tu corazón roto?» , pregunta mi orgullo. Que haga con él lo que quiera; siempre ha sido suyo. No voy a perderme la vida de mi hijo por un error que podemos arreglar.
El transductor recorre su piel y, de repente, el mundo exterior desaparece. Un latido fuerte, rápido y poderoso llena la habitación, retumbando en las paredes. Es el sonido más hermoso que he escuchado.
—Eso que escuchan es el corazón de... sí, aquí está. Es una niña.
¿Una niña? ¡Dios! Me pierdo en la pantalla, tratando de descifrar las formas grises. Va a ser tan hermosa como su madre. Suspiro y cierro los ojos cuando la humedad me impide ver con claridad. Las lágrimas ruedan por mis mejillas sin que pueda detenerlas.
No hice nada en mi perra vida para merecer esto, pero juro que la cuidaré con mi sangre.
Siento una mano pequeña y cálida buscar la mía. Es Arya. Sus dedos se entrelazan con los míos con una fuerza que me devuelve la vida.
—¿Sabes? Tenía un presentimiento —dice ella con la voz quebrada—. Algo me decía que era una niña y...
—Es perfecto. —Termino por ella, apretando su mano contra mi pecho. Ella asiente, sin soltarme, con los ojos fijos en la pantalla donde nuestra hija late con fuerza .
De regreso en el auto, el silencio vuelve, pero esta vez es distinto. Menos agresivo. Noto que Arya se remueve inquieta en el asiento. Estiro mi mano y la apoyo en su pierna; se paraliza por un instante, pero no me rechaza. Se deja tocar.
—Oye, ¿estás bien? —le pregunto en un susurro.
—¿Liam?
—¿Dime?
—Yo... —Titubea, parece dudar de sus propias palabras, pero luego endereza la postura y me mira de frente.
Tiene esa chispa de determinación que tanto me gusta—.
No voy a regresar a ese departamento para estar sola de nuevo.
O lo hacemos juntos, o no lo hacemos en lo absoluto.
Tú decides si entras conmigo o si me dejas marchar para siempre.