Dulce No Venganza 47 ARYA
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47 ARYA

Creí que la primera noche sin Liam en el departamento sería la peor de todas.

Qué equivocada estaba. Despertar y no sentir sus brazos rodeando mi cintura, ni ese calor constante que me daba la seguridad a la que ya me había acostumbrado, es un vacío que no sé cómo llenar.

La cama se siente inmensa, fría y extraña, como si el mueble mismo supiera que falta su dueño.

La segunda noche es aún más desgarradora. No saber a dónde ha ido, si está comiendo, si está bien o si, simplemente, se ha rendido con nosotros, me mantiene con los ojos clavados en el techo.

Y ni hablar de la tercera. Fui débil, el orgullo se me escapó entre los dedos y lo llamé, solo para encontrarme con la fría voz de una operadora diciendo que su celular está desconectado. El rechazo me duele de una manera que no puedo explicar.

Susan me acompaña a visitar a mi padre en el hospital.

Él no despertó en los dos primeros días; parece que su reciente alcoholismo lo llevó a otro límite físico y mental.

Mi corazón está dividido en una guerra sin tregua: por más que ame a Liam y quiera un futuro con él, no puedo olvidarme del hombre que me dio la vida.

Ahora él me necesita . Hoy lo intento de nuevo, caminando por los pasillos esterilizados con el alma adolorida y las ojeras más grandes de mi vida.

—Arya, ¿estás segura de esto? Tu papá... no está bien. —La mano de mi amiga nunca abandona mi espalda.

Es un buen apoyo, pero no es el tacto que yo quiero. No es la mano grande y posesiva de Liam.

—Tengo que hablar con él, Su. Ahora más que nunca sé que tiene que entregarse o... —Suspiro, sintiendo un dolor agudo en el pecho—, o terminará muerto en cualquier callejón.

Freno mi paso a unos metros de la puerta de la habitación donde descansa mi padre. Me detengo, buscando fuerzas que no tengo.

—¿Aron ha dicho algo? —pregunto con la vista fija en el suelo, esperando un milagro. El suspiro de Susan es pesado y me da la respuesta antes de que hable.

—Lo siento, ni una palabra. —Su mano hace círculos lentos en mi espalda—. Pero volverá pronto, estoy segura.

—¿Cómo puedes estarlo? —pregunto encogiéndome de hombros, sintiéndome pequeña.

—Porque vi en primera fila el amor que ese hombre te tiene, Arya.

Está herido, y siendo honesta, tiene algo de razón: la mujer que ama le mintió, puso en riesgo su salud y la de su hijo, y obligó a su mejor amigo a traicionarlo guardando un secreto —dice Susan, casi quedándose sin aire al recitar la lista de mis errores.

—Gracias, veo perfectamente dónde está tu lealtad ahora —hago un puchero, aunque por dentro sé que sus palabras son verdades que me queman.

—Mi lealtad está contigo y con tu felicidad. Y juro que nunca he visto a un hombre mirar a alguien como Liam te mira a ti. Créeme, ese hombre sabe amar de verdad. Volverá.

Yo también sé dónde está mi lealtad, y es precisamente por eso que tengo que enfrentar a mi padre de una vez por todas.

** *

Entro a la habitación y miro su pecho subir y bajar lentamente. El bip rítmico de la máquina me provoca ansiedad, mis manos se ponen inquietas y temblorosas, pero me recuerda que aún tengo un padre con vida; uno con muchos asuntos que saldar si es que quiere formar parte de mi futuro.

—Papá, soy yo. Ary —le digo en un susurro, tomando su mano, que se siente áspera y descuidada. Él hace un ligero movimiento, gimiendo un poco, y gira la cabeza hacia mí. Sus ojos tardan en enfocar.

—¡Hija... eres tú! —Su sonrisa de labios partidos se ensancha—. Temía que este día nunca llegara, que me hubieras abandonado.

Hasta cierto punto creo que lo hice, pero necesitaba ese tiempo para mí, para encontrarme a mí y para reconocer lo que mi alma quiere.

—¿Qué pasó, papá? ¿Por qué te encontré en ese bar de mala muerte? ¿Acaso ya no valoras tu vida? La última vez que te vi, estabas encerrado por miedo a que Liam te encontrara.

Mencionar ese nombre causa dos reacciones distintas en el aire: yo siento una necesidad física de él, que me hace vibrar, pero mi padre reacciona como si le hubieran clavado una espina.

—He pensado mucho en lo que me dijiste esa vez.

Al principio no podía creer que mi propia hija me quisiera tras las rejas —hipea, con la voz quebrada por el arrepentimiento—.

Pero esas noches de borrachera me gritaron lo lejos que estaba de ti.

Fue como estar encerrado de todas formas.

Quería acabar con mi vida, hija... sentía que ya no te tenía.

Se me rompe el corazón al verlo tan pequeño, tan derrotado.

—Papi... —Sollozo, apretando su mano. No puedo soportar mucho más de esto.

—Pero ahora estás aquí y entiendo que tengo una oportunidad para hacer bien las cosas. Tienes razón. —Sonríe dando unas palmadas débiles en mi mano—. Lo que le hice a esa familia no tiene perdón. Tengo que pagar por mis pecados si quiero volver a dormir en paz.

Esto es todo lo que necesitaba.

Me abalanzo sobre él, rodeando su cuello mientras las lágrimas mojan mi blusa. El alivio me inunda los sentidos.

—¡Oh, papá, lo siento tanto!

—Shhht, es lo correcto, pequeña. —Me separo de él un poco y lo beso en la mejilla, tratando de limpiar el rastro de su dolor.

—Ahora hay otro motivo para hacer bien las cosas. Quiero que estés sano, quiero que formes parte de la vida de tu nieto...

Mi padre se sienta de golpe en la cama, interrumpiéndome con una fuerza que no creía que tuviera hace un momento.

—¿Has dicho nieto? ¿Acaso tú...? —Me señala el vientre con los ojos desorbitados por la sorpresa.

Sé que no es el mejor momento para decirle que Liam es el padre, pero no quiero más secretos. Los secretos casi destruyen mi vida. Si vamos a reconstruir esto, lo haremos sobre la verdad.

—Lo amo, papá. Él me hace feliz —digo con una pequeña sonrisa en los labios, esperando que esa sea una respuesta suficiente.

—Apostaría mi vida a que la respuesta va a ser más de lo que puedo soportar —dice él, llevándose la mano al puente de la nariz con una expresión de preocupación de muerte—. ¿Quién es el padre de tu hijo, Arya?

***

Regresar al departamento nunca se había sentido tan mal. Las paredes parecen cerrarse sobre mí. Quizá Liam está esperando a que me vaya para poder volver; después de todo, este lugar es suyo y yo siempre fui solo una invitada .

Hoy me recordé, de la peor forma, que no se puede tener todo.

Mi padre necesitó asistencia médica y sedantes cuando supo que Liam es el padre de su nieto.

Quienquiera que esté escribiendo el libro de mi vida, le ruego un poco de paz. Solo un poco.

Me acaricio el vientre, sintiendo esa pequeña curva que empieza a formarse, y digo en voz alta:

—Tal vez estemos solos por un tiempo, pequeño.

.. nada en mi vida ha sido normal, así que esto no tiene por qué ser diferente.

Sé que tu papi te ama más que a nada, pero mami hizo algo que se malinterpretó y él decidió tomarse un descanso de nosotros.

Solo espero que el descanso termine antes de que llegues al mundo.

Ha pasado otra maldita semana. Siete días de silencio absoluto. No conozco bien las etapas del duelo, pero acabo de entrar de lleno en la de la furia.

Lo mataría si lo viera entrar por esa puerta ahora mismo.

Tuve sesión con la terapeuta, pero sin poder contar la historia completa —las mentiras, los asesinatos, la primera intención de Liam—, no sirvió de mucho.

Mi padre fue dado de alta y volvió a su encierro voluntario en su casa, bajo la promesa de entregarse pronto.

Estoy pensando seriamente en pedir un préstamo. No puedo seguir viviendo de la caridad de un hombre que me evita. Liam no volverá hasta que yo me vaya, estoy segura. Mierda, cómo duele aceptar eso.

Aron sigue sin darme razón de él.

«Ya le he fallado demasiado a mi mejor amigo» , me dijo la última vez con un tono cortante.

Quise ir a buscarlo a las oficinas de BLAKE, pero me detuve en el último segundo. ¿Qué le voy a decir? Mi humor ahora mismo es el de un perro rabioso y no quiero mendigar amor .

Ya ni siquiera quiero estar aquí. Susan aceptó recibirme en su casa; no quiero ser una inútil y sé que puedo trabajar para sacar adelante a mi hijo yo sola.

Hago una maleta pequeña con lo indispensable, doy un último vistazo melancólico al departamento y dejo la llave que me dio Aron sobre la encimera de la cocina.

—Se acabó.

Camino a la puerta y la abro con coraje, con toda la rabia y la frustración que llevo dentro. Voy a salir para no volver, pero mi cara se estampa de lleno contra un pecho duro y musculoso que bloquea el paso.

Ese aroma a colonia cara... ¡Dios!

Una mano me sostiene con firmeza por el codo para que no pierda el equilibrio. Miro hacia arriba, ignorando el escalofrío eléctrico que me recorre la columna.

Y ahí está él. Con la barba crecida de varios días, ojeras profundas debajo de sus ojos y el rostro marcado por el cansancio. Pero lo que me detiene el corazón es su mirada: en sus ojos azules solo veo dolor.