Dulce No Venganza 50 LIAM
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50 LIAM

«¿Sexo loco y caliente?»

Hecho.

«¿Aclarar las cosas con la madre de tu hija?»

Aún no.

«Claro, hay prioridades», se burla esa voz en mi cabeza.

Pongo los ojos en blanco ante la cínica conversación interna con mi conciencia. No necesito que nadie, ni siquiera mi propio subconsciente, me diga que estoy haciendo las cosas mal; soy plenamente consciente de que este silencio es una bomba de tiempo.

Arya se quedó dormida en mis brazos hace apenas unos minutos, agotada tras esa sesión que fluctuó entre el castigo y la entrega más absoluta.

La extrañé tanto que, incluso ahora, mientras la veo descansar, siento un dolor residual en el pecho que me impide respirar con normalidad. Sé que ella también me extrañó; su cuerpo me lo gritó en cada roce, en cada gemido.

Sin embargo, intento ignorar la punzada que persiste en mi corazón: la sombra de su mentira sigue ahí, recordándome que la confianza que tanto nos costó construir aún tiene grietas profundas.

Me separo de ella con una lentitud milimétrica. Necesito el agua fría para asearme y despejar la bruma de mi mente.

Al moverme, Arya deja escapar un gemido suave entre sueños y mi cuerpo, traidor y hambriento como siempre, responde de inmediato a su sonido. Aprieto la mandíbula, obligándome a ignorar la erección que vuelve a reclamar su presencia, y me fuerzo a entrar al vestidor.

El vibrar insistente de mi celular me detiene antes de cruzar la puerta. El sonido proviene de mis pantalones, que terminaron hechos un nudo en el suelo en medio de nuestra urgencia.

Es Aron. Rechazo la llamada de inmediato; no estoy dispuesto a romper la paz de Arya, ni me siento listo para enfrentarme a la realidad del mundo exterior. Pero el idiota insiste. Tres veces más.

Resoplo, entro al vestidor y cierro la puerta con cuidado antes de responder con un gruñido cargado de fastidio.

—Ahora no es un buen momento, Aron. Más te vale que se esté quemando la ciudad.

—Para esto nunca habrá un buen momento, Liam. —Su tono, despojado de su habitual sarcasmo, me hiela la sangre.

—¿Qué pasa? Habla ya. No tengo paciencia hoy.

—Hay un hombre intentando entrar a BLAKE. Ahora mismo no hay nadie en las oficinas, pero lo extraño es que parece tener códigos de acceso a las instalaciones. No está forzando nada, está entrando como si fuera el dueño.

Frunzo el ceño, sintiendo una punzada de irritación.

—¿Qué hombre? ¿No puedes resolverlo tú con seguridad? Para eso te pago una fortuna, Aron.

Mi amigo guarda un silencio sospechoso, uno de esos que preceden a las peores noticias. Me presiono el puente de la nariz, sintiendo cómo la calma que Arya me dio se me evapora por los poros.

—Dilo ya —exijo, con la voz volviéndose peligrosamente baja .

—Franco Foster. Ese es el hombre que aparece en las cámaras de seguridad

El mundo se detiene. El aire en el vestidor se vuelve denso, pesado, imposible de tragar. Solo he visto a ese hombre una vez en mi vida: en el juicio donde, con una sonrisa cínica, lo declararon inocente de haber destruido a mi familia.

Durante diez largos años, cada golpe que di, cada empresa que reduje a cenizas y cada vida que arruiné, lo hice visualizando su ruina. Lo quería bajo tierra, pero tenerlo aquí, ahora... intentando entrar en mi propio imperio, no estaba en mis planes.

Mis puños empiezan a temblar por la descarga de adrenalina. De repente, el aroma de Arya desaparece de mi nariz y es reemplazado por el olor a la muerte de mis padres. Las imágenes queman mi memoria con una claridad insoportable.

—Liam, ¿sigues ahí? ¿Liam? —La voz de Aron suena lejana.

—Aquí estoy —respondo. Mi voz ha cambiado; es fría, metálica, una que no reconozco pero que me pertenece desde que me dejaron sin ellos—. No lo detengas. Deja que entre. Que se sienta cómodo.

—¿Qué vas a hacer?

—Me encargaré de él personalmente. Asegúrate de que las cámaras estén apagadas. —Hago una pausa, y mis ojos se vuelven oscuros, fijos en la nada—. Después... pasa a recoger la basura.

ARYA

Despierto con ese dolor gratificante y sordo entre los muslos que solo Liam sabe provocar. Es una marca física de su posesividad y de la intensidad con la que nos entregamos hace apenas unas horas.

La habitación está sumergida en un silencio absoluto, solo interrumpido por el zumbido lejano de la ciudad. Estiro la mano con los ojos aún cerrados, buscando el calor de su cuerpo, pero mis dedos solo encuentran sábanas lisas. Su lado de la cama ya está frío.

Se ha ido. Otra vez.

«No pienses mal, Arya. No dejes que la paranoia te gane. Seguro salió por la cena o necesitaba aire» , me susurro a mí misma, tratando de calmar los latidos de mi corazón.

Me acaricio el vientre, un poco redondeado y transformado ante mis ojos, recordando su reacción en el consultorio. La forma en que sus ojos azules se llenaron de lágrimas al saber que tendremos una niña...

No tengo ninguna duda: Liam será el mejor padre del mundo. Esa certeza es lo único que me mantiene a flote.

Me ducho con calma, dejando que el agua caliente relaje mis músculos, y elijo un vestido de seda rojo que resbala por mi piel como una caricia. Al bajar a la planta principal, el departamento está a oscuras, solo iluminado por las luces de los rascacielos que se filtran por los ventanales.

La soledad se siente pesada. Me preparo un sándwich de atún y una taza de chocolate caliente, mi droga favorita después de Liam, pero el silencio empieza a oprimirme los oídos. Necesito escucharlo. Necesito confirmar que no huyó de nuevo porque el peso de mi pasado fue demasiado para él.

Marco su número con los dedos temblorosos. Uno, dos, tres tonos... cada uno se siente como una eternidad.

—¿Dulzura? ¿Despertaste? Lo siento, llegaré pronto. —Siento un alivio de poder escucharlo, pero su voz suena extraña a través del auricular. Está tensa, vibrando en una frecuencia que nunca le había escuchado.

Distinta.

Peligrosa .

—¿Dónde estás, Liam? ¿Está todo bien? —Empiezo a caminar en círculos por la cocina, apretando el teléfono contra mi oreja. El presentimiento de que algo se ha roto no me abandona.

—No te preocupes. Lo estará —responde él.

Esa frase me dispara todas las alarmas. Conozco a Liam; cuando intenta sonar calmado es cuando más tormentas lleva por dentro. Tengo que hacerlo volver. Ahora. No puedo dejar que cometa una locura.

—Liam... tu hija tiene antojo de helado de fresa y pistachos. ¿Puedes llegar pronto? —Uso nuestra nueva conexión, nuestra niña, como un ancla para traerlo de vuelta a casa.

Se hace un silencio sepulcral al otro lado de la línea.

—¿Liam? ¿Me escuchaste?

—Fuerte y claro, bebé. Llegaré en diez minutos. —Su voz se suaviza un poco, pero la oscuridad sigue ahí—. Dile a mi hija que su papá está en camino y que siempre, sin importar qué, cumplirá sus antojos.

—Gracias, Liam... estoy segura de que ella ya te ama.

—Y yo la amo más que a mi propia vida. Por eso renunciaré a todo si es necesario para protegerla. —Sus palabras me revuelven el estómago.

No suenan a una promesa romántica, sino a una despedida o a un sacrificio. Siento una oleada de náuseas real, un nudo de ansiedad que me corta la respiración.

—Liam, date prisa... de verdad no me siento bien. —No tengo que fingir; las arcadas son reales y el sudor frío empieza a perlar mi frente.

—¡Arya! ¡Responde! ¡Voy para allá ahora mismo! —Lo escucho gritar, pero de fondo, antes de que la llamada se corte, se filtra una voz que conozco demasiado bien .

Una voz que debería estar en un hospital o en su casa, no cerca de Liam.

—No te mereces a mi hija, bastardo —dice la voz de mi padre.

El pánico me golpea el pecho como un mazo físico. El aire se acaba, las paredes de la cocina empiezan a girar y el mundo se vuelve negro mientras me desvanezco, sintiendo el frío del suelo antes de perder por completo la conciencia.

LIAM

Cuando el Mercedes frena frente al edificio de BLAKE, la luz del último piso brilla en la oscuridad de la noche como un faro de advertencia, o quizás como una invitación al infierno.

Saber que Franco Foster está ahí arriba, pisando el legado de mis padres con sus pies manchados de traición, hace que la bilis me suba a la garganta. ¿Cómo es posible que un hombre tan despreciable sea el padre de mi dulce Arya?

Es una ironía que el destino me lanza a la cara, una broma pesada que no tiene maldita gracia.

Subo por el elevador con los puños tan apretados que los nudillos me arden bajo la piel blanca.

Siento la vibración del metal, el ascenso hacia el momento que he imaginado durante una década.

Las puertas se abren con un siseo y lo veo.

Pero no está solo, y la sorpresa me golpea como un latigazo que me castiga por otro de mis errores.

—Me preguntaba cómo habías entrado, pero ya veo que te has aliado con esta... —No termino la frase. Las palabras se me atascan ante la visión de Bonnie a su lado. La mierda siempre termina juntándose en el mismo desagüe.

—Hola, Liam. ¿Sorprendido? —pregunta ella con ese tono de arpía que usaba para seducirme y que ahora solo me provoca un profundo asco. Es tan estúpida que no tiene idea de la magnitud de lo que ha hecho al traer a este hombre aquí.

—La verdad es que no, Bonnie. Tu falta de inteligencia siempre ha sido tu rasgo más predecible.

Ella intenta abofetearme, un gesto desesperado por recuperar un control que nunca tuvo, pero le sujeto la muñeca con una fuerza que la hace palidecer. No le queda más remedio que soltar un grito de frustración.

Franco, que parece estar ahogado en vapores de alcohol y resentimiento, se aclara la garganta con un sonido igual.

—No sé qué demonios vio mi hija en ti, pero mandarla a convencerme de que me entregue a la policía no te servirá de nada —suelta él.

A pesar de que su voz me provoca náuseas físicas, no puedo permitirme perder ni una sola palabra de lo que está diciendo.

Me quedo helado, con el corazón martilleando contra mis costillas. ¿Eso era lo que hacía Arya? ¿Esos silencios, esas escapadas, eran para tratar de que él se entregara por mí? Para limpiar mi camino de sangre y darme la paz que ella creía que necesitaba.

«Por ti, Liam. Siempre fue por ti» , me grita mi conciencia, derrumbando los últimos muros de mi desconfianza.

—Mi hija no entiende que todo lo que hice fue por ella —balbucea Franco, tambaleándose—. No te amará tanto cuando sepa que eres igual o peor que yo. Que tu apellido está tan manchado como el mío.

En lugar de estallar en furia, me río. Es una risa seca, casi histérica, que retumba en las paredes de cristal de mi oficina. Me río porque soy el idiota más grande del mundo, el rey de los ciegos, pero también el hombre más feliz sobre la tierra.

Ella le dijo que me ama. Ella me eligió a pesar de todo. En este momento, el imperio que construí no vale nada; solo quiero irme a casa, cocinarle algo caliente, casarme con ella y no soltarla nunca más.

—¿De qué te ríes, idiota? —Franco escupe las palabras, su rostro se deforma por el odio—. Haré que se arrepienta de haberte abierto las piernas. Haré que te odie.

Eso es todo. El límite se rompe. Mi puño conecta con su mandíbula con una precisión maestra y Franco cae al suelo como un saco de papas, pesado y sin gracia.

Bonnie retrocede hacia los ventanales, aterrada, soltando un sollozo ahogado.

Lo levanto del suelo por la solapa de su chaqueta y lo estrello contra la pared con una fuerza que hace vibrar los marcos.

Aprieto su cuello, sintiendo el pulso acelerado de su miedo, hasta que su rostro empieza a teñirse de un morado oscuro.

Podría hacerlo... podría terminar con esto aquí mismo, cerrar el ciclo de diez años con un solo apretón.

Claro que podría. Pero mi teléfono suena en mi bolsillo y, de alguna manera mística, simplemente lo sé. Es ella.

Es mi salvación.

—¿Dulzura? ¿Despertaste? —le digo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para controlar mi respiración errática mientras Franco lucha por un poco de aire bajo mi mano.

Ella empieza a hablar de helados, de antojos de medianoche, de nuestra hija.

Escucho su voz suave, su tono ligeramente soñoliento, y el odio negro que siento por el hombre que tengo contra la pared empieza a disiparse, reemplazado por una urgencia desesperada y vital de estar con ella. Con mi mujer. Con el amor de mi vida.

Franco Foster ya no es mi enemigo; pero sí es un estorbo para mi felicidad.

—Llegaré en diez minutos, bebé. Espérame.

—Liam, date prisa... de verdad no me siento bien .

El sonido de sus arcadas al otro lado de la línea, me rompen el alma. El pánico por su bienestar borra cualquier rastro de venganza de mi sistema.

—¡Arya! ¡Responde! ¡Mierda, voy para allá!

Suelto a Franco como si fuera basura infectada y lo dejo caer al suelo de mi oficina. Él intenta recuperar el aliento de forma ruidosa y, con un último rastro de veneno, me lanza un dardo final:

—No te mereces a mi hija, bastardo.

Me detengo en la puerta, con la mano en el seguro que presionaré una vez que salga de aquí para que de ninguna manera puedan escapar.

Me giro para mirarlo por última vez, pero ya no veo al monstruo que arruinó mi vida, ni al culpable de mis pesadillas.

Solo veo a un hombre patético, solo y derrotado que no tiene la menor idea de lo que significa dejarlo todo por amor.

—Te perdono —le digo con una calma que me purifica, una sensación de ligereza que nunca antes había experimentado—. Te perdono porque ella me ama y yo la amo a ella más que a mi propio odio. Y tú... tú ya no tienes lugar en nuestro mundo. Quédate con tu miseria.

Salgo de allí a toda prisa, corriendo por el pasillo. Ya no huyo de nada; ahora corro hacia el único objetivo que importa: llegar a mi mujer y proteger lo único real que me queda en la vida.