44 LIAM
Arya está actuando demasiado extraño. Han pasado cuatro largas semanas desde el incidente en el hospital; dos más desde que sabemos del embarazo. Ya sumamos diez semanas de gestación.
Hace unos días que el doctor le autorizó retomar sus actividades cotidianas —caminar, bañarse sola, cocinar—, pero estoy siendo tan malditamente controlador que no le quito los ojos de encima.
Siento su mirada de reojo, esa mezcla de ternura y fatiga; creo que, legítimamente, se está hartando de mí.
Lo que más me duele es el silencio. Hace semanas que no me dice que me ama. Me quiero castigar por ser así, por asfixiarla con mi protección, pero es un instinto que no puedo silenciar; la idea de que algo le pase me paraliza el corazón.
—¿Estás enojada conmigo, dulzura? ¿Hice algo que te molestara? —le pregunto mientras le sirvo el desayuno, buscando cualquier grieta en su armadura.
Arya tiene la mirada perdida en algún punto de la cocina.
Ni siquiera creo que me haya escuchado. El pánico me oprime el pecho al imaginar que se arrepienta de haberme aceptado, que mi posesividad termine por apagar lo que siente por mí.
Sacudo la mano frente a su cara, pero no reacciona.
Sin poder aguantar más el vacío, rodeo la barra y hago girar su silla para enfrentarla.
—Arya, ¿qué pasa? No estás aquí —le digo, tomando su barbilla con firmeza para obligarla a clavar sus ojos en mí, donde los quiero siempre.
Ella parpadea, sacudiéndose la bruma de sus pensamientos.
—Lo siento, Liam. Me perdí en mi mente. —Sonríe y se inclina para besarme. Ese contacto breve me otorga un segundo de paz, pero la inquietud sigue vibrando bajo mi piel.
—¿Pasa algo? ¿Hay algo que quieras compartir conmigo? —insisto. Sus ojos se desvían rápidamente hacia la ventana. No soy tonto; entiendo perfectamente que me está ocultando algo.
—Estoy cansada de la inactividad, Liam. Necesito salir; es sofocante estar todo el día encerrada. —Su mano sube a mi mandíbula, acariciándome con una ternura que me dobla las rodillas—. Eres maravilloso conmigo y me atiendes como a una reina, pero este encierro voluntario me está matando.
—¿Qué quieres decir? —pregunto, necesitando descifrar su código.
—Necesito ocupar mi mente. Pensar demasiado, sin distracciones, no le hace bien a mi estado mental.
—Quieres volver a la oficina, ¿verdad? —Lo sé. Arya es una mujer trabajadora e independiente; me enamoré de esa fuerza y no esperaría que se conformara con menos.
—Sí. Quiero trabajar. No sé cómo están las cosas en BLAKE con... el problema. Ha pasado un mes, Liam. Estoy segura de que necesitas ayuda y quiero estar a tu lado, como antes.
No puedo evitar sonreír ante su lealtad. Es perfecta, malditamente perfecta, y me siento el hombre más afortunado de la tierra por poder llamarla mía.
La tomo de la barbilla y la beso con todo el deseo contenido que despierta en mí. Cuando me separo, su respiración es un jadeo acelerado y sus ojos brillan con la misma hambre que los míos.
Lo noté también anoche, cuando sus caricias empezaron a recorrer mi piel con una intención clara.
Esta mujer me va a matar de frustración, pero me he jurado no tocarla hasta que nuestro hijo esté a salvo en mis brazos .
«¿Esperarás poco más de seis meses, más dos de recuperación? Es demasiado, ¿no crees?» , se burla mi conciencia.
¿Tanto?
«Mierda, sí. ¿Cuánto pensabas que tardaba en formarse un bebé?»
Trago saliva con dificultad. Es probable que muera de abstinencia antes de llegar a la meta. Y realmente, mantener la cordura se vuelve un reto imposible con cada mirada cargada que ella me lanza.
—¿Liam? —jadea ella contra mis labios.
Necesito salir de su espacio personal antes de que mi autocontrol vuele por los aires. Rodeo la isla de nuevo y empiezo a desayunar con una rapidez absurda para intentar distraerme.
—Si vas a huir de mí cada vez que mi cercanía te afecte, al menos dime: ¿Cuándo podré volver a la oficina? —pregunta, cruzándose de brazos. Esa posición empuja sus pechos bajo la tela, haciéndolos ver más redondos y tentadores. Me fulmina con la mirada, exigiendo una respuesta.
—Dame una semana. Tengo que preparar un espacio en mi despacho que sea apto para que descanses, que puedas tomar siestas si lo deseas y, lo más importante, que me permita tenerte bajo mi vigilancia constante.
—Liam, eso es una exageración —me reclama con un suspiro.
—Nada es exagerado cuando se trata de tu bienestar, dulzura. Ahora desayuna.
Arya sacude la cabeza, pero el rubor que sube por su cuello y tiñe sus mejillas me confirma que, aunque proteste, le gusta saberse protegida.
Por la tarde, aprovechando que Su ha llegado para hacerle compañía, y salgo a hacer las compras, también me cito con Aron en su restaurante. Él ha cargado con el peso de mis negocios mientras yo me refugio en casa; es una deuda que algún día tendré que pagar .
—Esa cara de pocos amigos... ¿es por el caos en BLAKE o hay algo más? —le pregunto al sentarme frente a él.
—No, el trabajo es pan comido para mí. —Se burla con esa arrogancia suya—. De hecho, creo que ya sobras en la oficina.
—¿Eso quisieras? —Me paso la mano por el cabello, agotado—. Arya quiere volver. Ya no sé cómo retenerla. El doctor dice que está bien, y tiene razón: la estoy asfixiando.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Confesarle la verdad sobre el problema inventado?
—Lo haré, pero no ahora. Le daré lo que quiere, la dejaré trabajar, pero me aseguraré de estar muy, muy cerca.
—¿No crees que te estás pasando de la raya? Si el médico ya le dio el alta... —Aron se inclina sobre la mesa, dejando de lado las bromas. Su tono serio me obliga a escucharlo.
—No lo entenderías, Aron, porque tú no sentiste cómo el mundo se detenía cuando estuviste a punto de perder a la mujer que amas. —Me defiendo con la única verdad que me sostiene. Es puro instinto de supervivencia.
Aron pone los ojos en blanco, pero desvía la mirada. Es el momento perfecto para retomar nuestra charla pendiente. No necesito ser un genio para notar que algo lo atormenta, y estoy casi seguro de que tiene que ver con la mejor amiga de mi mujer.
—¿Por qué no me lo habías contado? —le pregunto, recargándome en el respaldo con un aire superior.
—¿Contarte qué? —Evita mi contacto visual.
—No te hagas el tonto. Que esté centrado en Arya no significa que no note lo que te pasa. Tienes una cara de mierda, Aron. —Me cruzo de brazos, dejando claro que no me moveré de aquí sin una respuesta.
—Es... complicado. —Se encoge de hombros.
—Es por Susan, la rubia escandalosa, ¿verdad ?
—Esa rubia escandalosa es la mejor amiga de tu mujer, bastardo, así que mide tus palabras. —Salta él. Esa reacción defensiva lo confirma todo.
—Vaya, sí que es por ella. ¿Qué pasa? ¿No sabe cómo...? —no puedo evitar empezar a molestarlo.
—No voy a hablar de eso porque ni siquiera hemos llegado a ese punto —gruñe él, visiblemente frustrado.
Escupo mi bebida por la pura sorpresa. Susan siempre me dio la impresión de ser una mujer que vive su sexualidad sin frenos. Me guardo el comentario.
—Lo siento, de verdad. —Me disculpo mientras me limpio con una servilleta—. Pero han pasado meses, ¿no?
—El tiempo no es el problema. —Se queja en un susurro.
—¿Entonces? Oh... ya entiendo. Tu amiguito ha decidido jubilarse antes de tiempo. —Me río.
—Deja de decir estupideces. Funciona tan bien que creo que voy a morir de la presión acumulada.
—Vaya. No creí que Susan fuera del tipo que dice no.
—No hables así de ella, imbécil. Tú tienes a la tuya. Además, ¿cómo van tus propias ganas? Porque tú tampoco estás tocando nada, ¿o me equivoco?
—Punto para ti. No hablemos de sexo. —Le doy un sorbo a mi vaso, sintiendo la punzada de la abstinencia—. Pero en serio, si necesitas soltarlo, aquí estoy.
Un mensaje ilumina mi celular un rato después y me levanto antes de terminar de leerlo.
—Me voy, mi mujer me reclama.
—¿Se siente mal? —pregunta Aron, alarmado.
—No. Tiene un antojo. —Es lo último que digo antes de salir disparado del restaurante .
Quince minutos después, entro al departamento cargado con una bolsa de palomitas acarameladas y un litro de helado de limón. Una combinación que me revuelve el estómago, pero solo sigo órdenes.
Camino hacia la habitación y, al cruzar la puerta, me quedo petrificado. Arya está en la cama, completamente desnuda, con las piernas separadas en una invitación silenciosa mientras se acaricia con una lentitud que me incendia la sangre.
—Mierda... —El aire abandona mis pulmones en un jadeo.
—Hola —dice ella con la voz cargada de deseo—. Sabía que no te resistirías a uno de mis antojos. Espero que este no sea la excepción.
—Arya, por el amor de Dios... no puedes hacer esfuerzos. Cúbrete ahora mismo y come tus palomitas. —Intento sonar autoritario, pero mi voz me traiciona.
Ella no se detiene; al contrario, separa más las piernas, exponiéndose por completo y arrastrándome al pecado que he intentado evitar con todas mis fuerzas.
No voy a caer. No voy a caer.
—Te necesito, Liam. No me hagas esperar un segundo más. —La súplica saliendo de sus labios hace que mi entrepierna presione contra mis pantalones con una fuerza dolorosa; siento que podría estallar con solo mirarla.
—Bebé, hubo una amenaza de aborto. No voy a ponerte en riesgo. No voy a tocarte. —Es la verdad más difícil que he pronunciado jamás, dictada por un miedo que me devora.
—Le escribí al doctor. Dijo que ya no hay riesgo, que podemos tener relaciones.
—No lo hiciste. —Entrecierro los ojos, buscando una mentira.
—Sí, lo hice. Revisa mi teléfono si no me crees .
Las palomitas y el helado terminan en el suelo en un segundo. Ya estoy sobre la cama, sobre ella, sintiendo su calor.
—Soy una mujer con necesidades, Liam. No te va a gustar si sugiero que puedo complacerme yo sola. Sin ti.
Eso es todo lo que mi voluntad es capaz de soportar. En el siguiente parpadeo, estoy instalado entre sus piernas, sintiendo el roce de su piel contra la mía. Rodeo su nuca con una mano, sintiendo su pulso martilleando con fuerza; ejerzo una presión firme, posesiva.
—Nunca vuelvas a decir que puedes hacer nada sin mí. —Arya arquea la espalda, rozando mis pechos con los suyos. Sus pezones están tan rígidos que parecen querer perforar mi camisa. Uso hasta el último gramo de mi autocontrol.
—No voy a tener sexo contigo, Arya —sentencio. Ella sonríe con una malicia que me desarma y me derrota con una sola frase:
—No quiero sexo, Liam. Quiero que me hagas el amor.
¡OH, MI MALDITO DIOS!