45 ARYA
—No quiero sexo, Liam —susurro contra sus labios, sosteniendo con firmeza su mirada azul, empañada por un deseo que ya no puede ocultar—. Quiero que me hagas el amor.
Liam había estado huyendo de nuestro contacto.
Cada vez que mis manos buscaban su piel en la oscuridad de la noche, él se tensaba, se daba la vuelta y terminaba perdiéndose en el baño por horas; no regresaba hasta que mi respiración era pesada y profunda.
Pero esta vez no iba a permitir que se escapara.
Con el rostro encendido de vergüenza, le pregunté al doctor si la intimidad era segura; su sí, pero con calma fue todo lo que necesité para trazar mi plan.
Sabía que Liam no cedería por las buenas, así que inventé ese antojo ridículo de palomitas con helado de limón para obligarlo a volver a casa a mitad del día.
Me encuentra desnuda, esperándolo con el cuerpo vibrando solo de imaginarlo sobre mí. Se resiste con cada gramo de su fuerza de voluntad, pero mi amenaza de buscar satisfacción sin él, es el golpe de gracia que lo hace perder el control.
Ya lo tengo sobre mí, con su mano rodeando mi cuello y presionando mi pulso con una urgencia que me excita hasta el delirio.
Solo faltaba derribar la última barrera de su mente, porque su cuerpo ya gritaba por responderme. En cuanto le pido que me haga el amor, su resistencia se desmorona por completo .
Se arranca la ropa con una necesidad salvaje y me devora con una adoración que me deja sin aliento.
Baja hasta la fuente de mi deseo, lamiendo mi excitación con una lentitud tortuosa mientras me penetra con un dedo.
Su otra mano se toma el tiempo de recorrer mis pechos; pellizca mis pezones, los retuerce con suavidad y vuelve a empezar hasta que siento que perderé el juicio.
Su dedo me lleva al paraíso, rozando mi punto G con una caricia perfecta, mientras sus dientes muerden mi clítoris con una precisión que me hace estallar. Veo estrellas detrás de mis párpados y, por un momento, el sentido de la gravedad simplemente desaparece.
Cuando levanta la mirada, con la boca húmeda por mi rastro, veo la duda y la pregunta en sus ojos. Asiento sin dudar. Necesito llegar hasta el final; quiero sentirme suya por completo.
—Por favor, Liam... te necesito. —Siento su hombría, palpitante y firme, presionando en mi entrada.
—Si sientes el más mínimo dolor o incomodidad, lo dices —advierte, negándose a moverse sin mi promesa.
—Lo prometo. Ahora, por favor... tómame.
—Me voy a arrepentir de esto —gruñe contra mi oído—, pero ya no puedo frenarme. —Con una mano en mi cuello y la otra posicionando su virilidad, se hunde en mí de un solo movimiento. El choque de sus bolas contra mi carne es el impacto más glorioso que he sentido jamás.
—¡Oh, Dios! —gimo, arqueando la espalda.
—Soy yo el que te está tomando, Arya, así que dirás mi nombre y solo mi nombre —susurra con una voz cargada de fuego que me quema la piel.
—¡Oh, sí... Liam! Así... por favor, más.
Casi alcanzo mi segundo orgasmo cuando se detiene de golpe.
Apoya los codos en la cama, envuelve su puño en mi cabello y levanta mi cabeza para devorar mi boca con un beso violento y profundo.
Sus embestidas se vuelven lentas, deliberadamente tortuosas, llevándome a un punto de delirio donde solo existe su ritmo.
Me está poseyendo la boca con su lengua mientras su cuerpo me reclama con una ternura salvaje.
No puedo más. El orgasmo me sacude de nuevo, estoy sumergida en una ola de placer tan pura que me deja sin aliento. Liam es todo lo que está bien en mi mundo, y me eligió a mí. Yo lo elijo a él por sobre todas las cosas.
***
Ha pasado una semana y Liam cumple su palabra de dejarme volver a la oficina.
Me preparo para el trabajo cuando descubro que mis pantalones favoritos ya no me cierran.
Es un cambio casi imperceptible, pero un pequeño bulto empieza a redondear mi abdomen.
Las mariposas inundan mi estómago al entender que nuestro hijo crece sano y fuerte.
Una lágrima solitaria rueda por mi mejilla.
—¿Qué pasa, bebé? ¿Por qué lloras? —Liam aparece a mi espalda, buscándome en el espejo con preocupación.
—Mis pantalones... ya no me quedan. —Me pongo de perfil, acariciándome el vientre de casi tres meses—. Nuestro hijo ya empieza a notarse, Liam.
—¿Y eso te pone triste? Te compraré todo el guardarropa que necesites, dulzura.
—No es tristeza —le sonrío, emocionada—. Es felicidad. Bueno, un poco de ambas, pero sobre todo la alegría de saber que está bien. —Liam besa mi frente y me envuelve en un abrazo tan tierno que siento que podría derretirme aquí mismo.
—Todo saldrá bien. Lo haremos bien, te lo prometo. —Le creo cada palabra.
De camino al trabajo, tomo su mano en silencio. Aunque parezco tranquila, mi mente está concentrada en mi plan .
Le he dicho que almorzaré con Susan; no es una mentira, pero el objetivo real es ver a mi padre. Tiene que escucharme. No descansaré hasta que acepte afrontar las consecuencias de sus actos, por su propio bien y por el futuro de todos nosotros.
—¿Segura de que tienes energía para trabajar y almorzar con tu amiga? —pregunta Liam con ese tono protector que ya es parte de él.
—Estoy segura, amor.
—No me digas amor solo para que me tranquilice. —Sonríe, besando los nudillos de mi mano—. Me encanta que lo digas, pero no dejes que el chantaje se te haga costumbre.
—No es chantaje. —Finjo inocencia—. Volveré pronto y estaré pendiente del teléfono, lo juro.
—Está bien. Sabes que me preocupo porque ya no concibo una vida sin ti. Si algo malo te pasara... —Lo interrumpo.
—Lo sé, Liam. Yo siento lo mismo por ti. —Me duele la casi mentira, pero espero que nunca se entere.
A las dos de la tarde, Susan ya me espera fuera de la oficina. Me despido de Liam con un beso largo, intentando ocultar mis nervios, y subo al auto de mi cómplice.
—Tengo un mal presentimiento —confiesa Su mientras maneja hacia mi antiguo barrio—.
Si tu padre ha estado recluido más de un mes y perdió su empresa, no creo que reciba bien tu oferta de ir a prisión.
—Tiene razón, pero también es verdad que no seré completamente libre de amar a Liam hasta que haga algo al respecto.
—Es la única manera de que pueda seguir en mi vida de forma honesta —suelto completamente decidida.
—¿Y si lo condenan de por vida?
—Tengo esperanza en que el perdón de Liam y su cooperación ayuden a reducir la pena. —Suspiro. Su condena es algo en lo que no me he detenido a pensar para ser honesta .
—Aron no está nada de acuerdo con ocultarle esto a Liam —añade mi amiga con un suspiro—. Si algo sale mal, seremos carne de cementerio. —Trago saliva. Esperando precisamente que nada salga mal esta vez.
Llegamos a mi antiguo vecindario y el corazón se me encoge.
El césped está seco y amarillento, y la basura se acumula en las esquinas.
El descuido de la propiedad me da un golpe doloroso.
Tocamos la puerta con insistencia, pero nadie responde.
Pasa un rato antes de que la señora Luisa, la vecina de toda la vida, se asome por su ventana.
—Niña Arya, hace mucho que no se te veía por aquí. —Ignoro el tono mordaz.
—Hola, señora Luisa. ¿Sabe si mi papá está en casa? —pregunto con miles de pensamientos llegando a mi mente. La mayoría de ellos, negativos. Destructivos. Tanto como el exterior de la casa en la que crecí.
—Lo dudo. A estas horas siempre se refugia en el bar de la esquina —responde con su habitual tono de sabelotodo. Trago saliva amargamente. Susan toma mi mano y me lleva de regreso al auto cuando nota que mis pies se quedan clavados en el suelo.
—Si está ebrio, no vas a poder razonar con él —me advierte.
—Necesito asegurarme de que esté bien. Vamos a ese bar, solo quiero verlo. —Susan no se mueve, hasta que la encuentro con la mirada. Le estoy suplicando.
Suelta un suspiro pesado y al final cede, aunque su expresión es de puro nerviosismo.
El bar está a pocas calles, peligrosamente cerca de la casa de los padres de Carter. Todo este plan empieza a oler a desastre, pero ya no puedo dar marcha atrás.