42 LIAM
Por mucho, esta ha sido la mejor noche de mi vida.
Siento una sonrisa grabada en el rostro que me tensa los músculos; me duele la cara de tanta felicidad, un dolor que acepto con gusto. El cuerpo de Arya, cálido y flexible, se amolda al mío con una perfección que me hace cuestionar si alguna vez conocí el placer antes de ella.
Todo en mí, vibra en sintonía: mi resistencia fue puesta a prueba orgasmo tras orgasmo, manteniéndome firme hasta que me vacié por completo en la última ronda. Creí, sinceramente, que no quedaría ni una gota de vida dentro de mí.
La piel de Arya brillaba bajo el sudor de la pasión, y me lo bebí con la sed de un hombre en el desierto; nunca había probado nada tan dulce. Estoy obsesionado, perdido en ella; incluso el rastro de su cansancio me incita a querer más.
No la dejé volver a su cuarto. Si fuera por mí, la encadenaría a mi cama para que nunca pudiera escapar de mi lado. Jamás. Por suerte, no hizo falta; sus ojos me gritaron que anhelaba este refugio tanto como yo.
Ojalá dejara de contenerse. Hay una sombra que todavía la frena, una barrera que le impide dejarse caer por completo en este sentimiento, y conozco bien la razón.
Le rodeé la cintura, pegando su espalda a mi pecho, reclamando su cercanía.
En cuanto su mente aceptó la rendición de pasar la noche conmigo, su cuerpo se relajó en un sueño profundo; yo la seguí poco después, con mi mano anclada entre sus piernas en un gesto posesivo.
Podría despertar así cada día de mi existencia.
Mierda, lo deseo con una urgencia que me asusta.
Pero la noche es corta, y el despertar es el terror del infierno encarnado. Empiezo a creer que la vida me guarda un rencor antiguo, que no me ama lo suficiente como para permitirme conservar algo bueno.
Una humedad espesa bañando mi mano y el olor metálico del cobre me arrancan del sueño. Retiro la mano de la entrepierna de Arya y el mundo se tiñe de un solo color: rojo. Un rojo violento y sangriento.
Mi cuerpo se estremece, golpeado por un miedo primitivo. Me incorporo de golpe, jadeando, tratando de arrancar esa imagen de mis pupilas.
Esto no puede ser verdad. No. No. No.
—¡Oh, no... maldita sea, no! —Mi voz suena rota, despojada de cualquier rastro de racionalidad.
Arya se agita y despierta; le toma unos segundos reconocer el entorno. En cualquier otra circunstancia, me perdería en lo hermosa que se ve al despertar, pero ahora el aire se me escapa de los pulmones.
Dios, no te he pedido nada desde que mis padres se fueron, pero si de verdad estás ahí, te ruego que ella no pierda a nuestro bebé.
Un nudo pesado como una roca, se me instala en la garganta.
—Mierda, mierda... ¡MIERDA! —El último grito desgarra el silencio de la habitación.
Arya enfoca sus ojos en mí y luego baja la vista hacia las sábanas empapadas.
El pánico que se desata en su mirada me rompe con una crueldad que no sentía desde hace diez años.
Abre la boca, pero el sonido se queda atrapado en su garganta; se lleva una mano al pecho, luchando por un oxígeno que parece haber escapado .
Dios, soy yo otra vez... solo una cosa. Concédeme solo esto y puedes borrar mi nombre de tu lista para siempre.
—Te llevaré al hospital —suelto con un dolor agudo, aunque dudo que me escuche. Su mirada está perdida en ese rastro de vida que se escapa por el colchón.
Salto de la cama y me visto con lo primero que veo: un chándal negro y una camiseta blanca. Lavo mis manos con desesperación, viendo cómo el agua se tiñe de rosa antes de desaparecer por el desagüe. Tomo una bata, envuelvo el cuerpo tembloroso de Arya y la levanto.
No puedo perder esto. No puedo perderla a ella también. Maldita sea, no otra vez.
Llego al auto y siento cómo sus manos aflojan el agarre alrededor de mi cuello. La estoy perdiendo. La maldición me pisa los talones. La acomodo en el asiento trasero del Mercedes, asegurándola con el cinturón con manos torpes y desesperadas.
—¡No me la quites! —le grito al vacío, a cualquier fuerza que tenga el poder de escucharme.
Manejo en piloto automático, devorando kilómetros hasta el primer hospital. No es el mismo de la última vez; doy gracias al cielo, porque no creo que hubiéramos salido vivos de allí de nuevo.
El déjà vu me golpea cuando llego a urgencias; hago sonar el claxon como si el ruido pudiera mantenerla despierta. Los paramédicos aparecen con una camilla en segundos.
—Mi novia está embarazada, ayúdenla. Por favor... —Mi voz es un hilo irreconocible. Mis manos tiemblan contra mi rostro y descubro que está empapado. Son lágrimas. Por ella, por Arya y por la vida que late apenas dentro de ella.
Las voces de los enfermeros se vuelven un ruido blanco bajo el bombeo frenético de mi sangre. Arya desaparece tras las puertas. Otra vez. Intento seguirla y me detienen. Otra vez. La impotencia es un ácido que me carcome .
Caigo de rodillas en el suelo del pasillo y empiezo a negociar con el destino:
Si estás ahí, sálvala... sálvala y renunciaré a mi venganza. Me olvidaré de su padre, me olvidaré del odio. Sálvala y seré su esclavo, su sombra, su protector... solo, por favor, sálvala.
No sé cuánto tiempo transcurre. Los minutos se estiran como horas. Mis rodillas han dejado de doler; solo queda el entumecimiento. Pagaría cualquier penitencia por una oportunidad más.
Escucho susurros a mis espaldas:
—¿Cómo se llama la paciente?
—No lo sabemos, doctor, el señor no se ha movido del suelo desde que entró.
Levanto la cabeza y veo al médico con las manos en su bata blanca. Me arrastro hacia él, literal y figuradamente.
—Arya. Se llama Arya. —Mi garganta es un desierto en llamas—. ¿Cómo están? ¿Ella? ¿El bebé?
El doctor tensa la boca y mi mundo empieza a desmoronarse en cámara lenta. Cada latido es una espina; cada aliento, una fractura en mi alma. Estoy a punto de caer al abismo cuando sus palabras me rescatan de la oscuridad.
—La madre está fuera de peligro...
Mi corazón, quebrado y exhausto, encuentra un motivo para latir de nuevo. Pero necesito la certeza absoluta.
—¿Mi mujer está bien, doctor? ¿De verdad?
—Está estable, pero se enfrenta a una amenaza de aborto. Necesitará reposo absoluto por semanas, tal vez meses.
—Espere... ¿me está diciendo que mi hijo sigue vivo? ¿No lo hemos perdido? —No reconozco el tono de mi voz. Es una mezcla de miedo y esperanza que no he tenido nunca .
—Esta vez tuvo suerte. Pero deben detener toda actividad... nada de esfuerzos. —Asiento como un loco, con la cabeza dándome vueltas.
—Quiero verla. Por favor —suplico con todo lo que me queda.
—Primero los datos en recepción. Luego podrá pasar.
Diez minutos después, tengo la mano frágil de Arya entre las mías. ¡Dios! Casi los pierdo.
« ¿En qué pensabas cuando la tomaste con esa furia anoche?» me recrimina mi conciencia.
No pensaba. Ese es el problema. Pero juro que no volverá a ocurrir. Antes me corto el pene que volver a ponerla en riesgo.
«No hagas promesas que no puedas cumplir» , insiste la voz en mi mente.
No son promesas vacías. Voy a cumplirlas todas. Especialmente la de olvidar la venganza.
Ahora es una Dulce NO venganza.
Se acabó. El odio no vale nada si el precio es la mujer que amo y mi hijo. Junto mis manos en una plegaria silenciosa, apoyando mi frente contra la cama donde descansa la dueña de mi corazón. Me parece un milagro estar aquí, y juro que no desperdiciaré esta segunda oportunidad.
Su mano delicada se enreda en mi cabello. Levanto la vista y me topo con esos ojos verdes que, no sé cómo, son más hermosos cada día a pesar del cansancio. Beso su palma con adoración.
—¡Hola, bebé! ¿Cómo te sientes? —susurro, cansado y aliviado al mismo tiempo.
—Como si un camión me hubiera pasado por encima —murmura con voz arenosa.
—Lo siento tanto —sollozo, dejando que la culpa fluya—. Todo es mi culpa .
—Shh... no lo es, Liam. No es culpa de nadie. —Traga saliva con dificultad—. ¿Cómo está...? ¿Aún hay un bebé?
Se esfuerza por mantener la compostura, pero una lágrima la traiciona. La recojo con mi pulgar antes de que caiga.
—Sí, dulzura. Nuestro hijo sigue aquí. Tendremos un cuidado extremo, no saldrás de esa cama, pero sí... sigue con nosotros.
—Gracias...
Ella no lo entiende, pero el agradecido soy yo. Esta mujer puso mi universo en orden desde que me miró por primera vez. Me dio una razón para existir que no tiene nada que ver con el pasado.
Dos días después, llegamos al departamento. Arya intenta caminar, pero que me condenen si permito que sus pies toquen el suelo. La subo en brazos por las escaleras y, al llegar al rellano, giro en la dirección opuesta a su cuarto.
—Liam, ¿qué haces? Mi habitación está al otro lado.
—Tu lugar está conmigo ahora, en mi habitación. No voy a dejarte sola ni un segundo —sentencio.
—Liam, no exageres, por favor. Me siento mejor, no he vuelto a sangrar y tienes problemas en BLAKE de los que ocuparte. Puedo llamar a Susan...
—Dulzura. —Mi voz suena firme, cargada de una determinación que no admite réplica—. Déjame hacer esto. Déjame cuidarte a ti y a nuestro hijo. Déjame alimentarte, bañarte, protegerte y que duermas sobre mi pecho. Por favor, Arya... solo déjame amarte.