29 LIAM
Es extraño, casi antinatural, que Arya no respondiera a mis llamadas ni a mis correos.
Me juré que sería ella quien volvería a mí; intenté ser paciente, darle aire, darle espacio.
Pero la verdad es que fui un imbécil. Solo bastaron un par de días sin saber de ella para que el aire empezara a faltarme.
Hace más de una semana que la vi por última vez, y cada día ha sido peor que el anterior; me cuesta respirar y el humor se me ha podrido.
Entiendo que debo preocuparme de verdad, cuando Aron me pregunta por ella. Si a él tampoco le responde los mensajes, algo va mal. Mi lado celoso siente un chispazo de alivio, recordándome que sigo siendo un estúpido.
Si tan solo hubiera prestado atención a las señales...
El punto de quiebre llega esta mañana en forma de una rubia molesta.
Susan, la amiga libertina de Arya, irrumpe en mi oficina sin previo aviso.
No tengo idea de cómo logro pasar a los guardias, pero no tengo tiempo de averiguarlo, porque la preocupación en su rostro me golpea directo en el estómago, confirmando mis peores instintos.
—Tiene el teléfono apagado y no puedo entrar al departamento ni con mi llave de repuesto. —Dice en cuanto me encuentra detrás de mi escritorio.
—Mierda, sabía que algo estaba mal. Esto es mi maldita culpa. —Rodeo mi escritorio. Estoy listo para salir .
—No tengo a nadie más a quien pedirle ayuda y, si se lo digo a su padre, tal vez la meta en problemas. No sé qué hacer, estoy desesperada —grita en un chillido histérico.
No necesito más. Dejo todo en la oficina como está y sin mirar atrás tomo del brazo a Susan para ir a buscarla. Diez días de silencio absoluto no pueden significar nada bueno.
«¿Y si ese rubio la secuestró?»
El pensamiento me despierta instintos que no he tenido antes, claro que he pensado en venganza, en dominio, en castigo, incluso en desaparecer personas. Pero lo que siento ahora… es asesino. Si Carter tiene algo que ver, será lo último que haga en esta vida.
Llegamos al edificio de departamentos y golpeo la puerta con todas mis fuerzas. Silencio. No hay nada del otro lado.
—Te lo dije. Algo no está bien. —La desesperación de Susan me saca de quicio.
—Hazte a un lado, voy a tumbarla. —No espero. Tomo impulso y uso todo mi peso para arrancar la maldita puerta de sus bisagras. La silla que bloqueaba el paso desde el interior se hace pedazos. Entro de un salto.
«Esa silla es una señal de que está aquí dentro. Eso es bueno, ¿verdad?»
El olor a comida vieja y el caos de la cocina no me distraen de mi único objetivo: encontrarla.
Susan corre hacia el dormitorio, pero yo soy más rápido.
La puerta no estaba trabada, pero la adrenalina me impide ser delicado.
Algo me recorre el cuerpo, algo que se parece mucho a lo que sentí el día que los perdí a ellos.
Sacudo la cabeza, no voy a permitir que eso pase.
Otra puerta rota.
Un gemido ahogado suena detrás de mí. Susan corre hacia la cama donde el cuerpo de Arya yace tendido en posición fetal, en un estado que me revuelve el estómago.
La habitación es un desastre; objetos rotos por todas partes, pero no parece haber ninguna amenaza física presente. Solo ella. Me estremezco.
—¡Arya, por Dios! ¿qué pasó? —chilla su amiga, girando el cuerpo de Arya para ponerla boca arriba. Al verla de frente es mucho peor de lo que imaginé.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Por fin reacciono. Aparto a Susan de un empujón y tomo su lugar. Arya tiene el cabello enredado y sucio, la ropa manchada y... —¡Maldita sea, Arya, qué mierdas pasó! —grito demasiado frustrado, sintiendo el temblor en mis manos. No debí tratarla así. ¡Maldita sea!
No veo heridas externas, pero el cuadro es desolador.
—No reacciona, pero tiene pulso —jadea Susan a mi espalda.
—La llevaré al hospital ahora mismo. —Gruño y la levanto en brazos. Su peso me alarma de inmediato; se siente demasiado ligera.
—¡Ha perdido demasiado peso! ¿Qué demonios pasó aquí? —Bajo las escaleras a toda prisa, sin importarme si Susan me sigue o si la puerta queda abierta. —Vas a estar bien, dulce Arya. Te llevaré al hospital. Me dirás quién demonios te hizo esto y entonces podré destruirlo.
Llego al auto en tiempo récord. La acomodo en el asiento del pasajero, reclino el respaldo y le abrocho el cinturón con manos torpes.
—¡Maldita sea, es mi culpa! No debí tratarte así en el restaurante...
Escucho a Susan gritar algo sobre seguirme, pero no me importa. Lo único que llena mi mente es Arya. Enciendo el motor a distancia antes de subirme y salgo disparado.
Necesito el hospital más cercano . Me lo repito mentalmente, intentando convencerme de que llegaremos a tiempo.
Arya deja salir un gemido casi imperceptible, pero ese débil sonido es como una inyección de esperanza.
Acelero, ignorando semáforos, sintiendo la fuerza de mis manos en el volante.
La imagen mental de Arya en esa cama, me perseguirá cada día de mi vida.
No me detengo hasta frenar en seco en la entrada del primer hospital que encuentro. Salgo disparado para sacarla en mis brazos, mientras los camilleros se acercan. Sacudo la cabeza cuando no tiene fuerza ni para sostener la suya, me desespero y todo pasa tan rápido.
Pero por un segundo, creo que escucho su voz, un susurro tan frágil que se pierde en el aire. La dejo en la camilla y empiezo a soltar información.
—Su nombre es Arya Foster, desaparecida desde hace diez días. La encontré inconsciente en su habitación, con una pérdida de peso severa y signos de deshidratación —ladro a cualquiera que lleve una bata.
—La tenemos, nos haremos cargo —responde un enfermero mientras se la llevan por un largo pasillo. Intento seguirlos, pero me detienen antes de cruzar la primera puerta—. Lo mantendremos informado sobre la salud de su...
—¡Es mi mujer! —le grito. El hombre asiente y desaparece con ella. Con mi dulce Arya. Mi corazón empieza a latir de forma errática. Esto es toda mi culpa. Mi maldita culpa.
«Tranquilo, está viva. Todo se puede arreglar mientras respire».
—¿Dónde está? —La voz de Susan me devuelve a la realidad antes de que mis rodillas me fallen y termine en el suelo.
—Se la llevaron.
—¿Crees que estará bien? ¿habremos llegado a tiempo?
—Tiene que estarlo. O juro que desataré un infierno. —Camino de vuelta al auto con pasos largos y llamo a la única persona capaz de mover cielo y tierra conmigo.
—Liam, ¿qué hay? —Aron contesta al segundo tono .
—Encontré a Arya inconsciente. Necesito un investigador privado. Quiero que revisen todas las cámaras de la ciudad; quiero saber dónde estuvo y con quién habló desde que salió de tu restaurante la semana pasada.
—Espera, ¿qué? ¿Inconsciente? ¿Está bien? ¿En qué hospital estás? —pregunta y escucho el movimiento del otro lado. Le doy la ubicación y él promete llegar de inmediato. No esperaba menos.
—Quiero el contacto del investigador antes de que llegues —exijo antes de colgar. Me llevo las manos a la nuca, bloqueado. No entiendo nada. Mi dulce Arya...
Un mensaje llega a mi teléfono, es el número del investigador.
Llamo sin tomar otra respiración.
—El dinero no es problema...
Justo cuando voy a entrar de nuevo al hospital, el sonido de un auto familiar me detiene. Aron baja de su auto y corre hacia mí con la preocupación grabada en el rostro.
—¿Está bien? —pregunta. Me encojo de hombros, incapaz de articular palabra. Le hago una seña con la cabeza para que me siga. No pienso volver a dejarla sola ni un segundo.
Entramos en silencio. Aron sabe que no estoy para charlas. Al llegar a la sala de espera, Susan se pone de pie de un salto. Tiene los ojos empañados y las manos temblorosas, aferradas a su blusa. Mira a Aron por un segundo, antes de desviar la mirada.
—Hola —dice mi amigo, extendiendo la mano con calma—. Soy el mejor amigo de Liam.
—Hola... soy la mejor amiga de Arya —responde ella, estrechando su mano. —Yo pongo los ojos en blanco; no tengo paciencia para presentaciones.
—Puedo acompañarte por un café. —Se ofrece Aron sin soltarla—. Estás muy nerviosa y el aire fresco te vendrá bien. Liam nos avisará en cuanto el doctor traiga buenas noticias .
Susan me mira buscando permiso, sus mejillas están ruborizadas. Casi me dan náuseas. Hago un gesto despectivo con la mano para que se larguen de aquí.
Me siento en la silla más cercana a la puerta por la que desapareció Arya y apoyo los codos en las rodillas. Hundo la cabeza entre las manos, intentando silenciar a mis propios fantasmas.
El tiempo se vuelve elástico, eterno, hasta que unos pasos seguros me obligan a levantar la vista.
—¿Familiares de la señorita Arya Foster? —Me pongo de pie en cuanto la nombran.
—¿Qué tiene mi... novia, doctor? —pregunto con un nudo en la garganta. El nudo baja y se aprieta en mi estómago. El médico me estudia con curiosidad, como si dudara del título que acabo de decir.
Incluso yo me siento nervioso de llamarla así. Hace unas semanas era el objetivo de mi venganza, y ahora…
—La señorita Foster presenta un cuadro clínico de depresión, deshidratación y desnutrición. Parece que llevaba días sin probar nada.
—¿Qué lo causó? —exijo.
—Esperábamos que usted lo supiera. ¿Cuándo fue la última vez que la vio? —Siento un pinchazo de culpabilidad.
—Hace casi dos semanas. Tuve trabajo fuera y... —miento—. Al regresar hoy, la encontré así.
—¿No notó nada extraño en su comportamiento? —Los ojos del doctor me están acusando directamente.
Niego con la cabeza. No voy a confesar que la forcé a pasar tiempo conmigo, que la seduje para después ignorarla y verla marchar con el corazón roto.
Soy un bastardo. ¿Soy como Carter? O ¿es que soy peor?
El pensamiento me da ganas de pegarme un tiro .
—Entiendo. Tendremos que esperar a que despierte para evaluar el detonante, pero la derivaremos a psiquiatría. —¿Tan grave es? Maldita mierda.
—¿Puedo verla? Lo necesito —suplico con la voz quebrada. El médico parece ver que mi desesperación es real.
—La están aseando y está siendo alimentada vía intravenosa. —Asiento—. pero...
—Pero ¿qué? —Mi corazón se acelera.
—Hay algo más —dice, llevando sus manos a la espalda—. Es un cambio sutil, pero la hormona HCG está elevada. Confirmaremos en unos días, pero es muy probable que esté embarazada.
«¡Embarazada!»
Retrocedo un paso. Después otro.
«¡Embarazada!»
Pierdo el equilibrio mientras la palabra sigue resonando en mi cráneo como una explosión fulminante.
«¡Embarazada!»
La sangre de ese hombre y la mía ahora corren en una sola dirección. Dándole vida a algo que no tiene retorno.