30 LIAM
«¿Qué eres? ¿Un adolescente? ¿Cómo olvidaste que la regla número uno es siempre, siempre, pero SIEMPRE usar condón? Esto es un desastre. ¿Qué vamos a hacer?»
—Ya cállate, ¡maldita sea! —Tengo que callar a mi mente.
Arya está embarazada. Trago con dificultad, sintiendo cómo el mundo se desmorona y se construye de nuevo frente a mis ojos.
Bueno, es una posibilidad médica, pero la idea está ahí: Arya tendrá a mi hijo. Mierda . No soy capaz de describir lo que estoy sintiendo en este jodido momento. Es un torbellino de pánico, asombro y una extraña posesividad que me quema las entrañas.
Llevo veinte minutos parado en medio del pasillo, con cada músculo de mi cuerpo entumecido, petrificado. El doctor se fue diciendo que volverá cuando podamos pasar a verla.
—Hermano, ¿Qué pasó? —La mano de Aron me toca la espalda y me sobresalto, regresando a la realidad de golpe. —Oye, ¿qué pasa, estás bien? Parece que has visto a un fantasma.
Por fin levanto la mirada del suelo y lo miro a los ojos. Niego con la cabeza, intentando procesar el puto caos en mi mente. Los malditos acontecimientos desde que decidí acercarme a esta mujer.
—No... yo... —Mis propias palabras me suenan lejanas, mis sentidos están nublados. Ni siquiera siento que sea mi propia voz la que habla; suena rota, ajena.
—¿Qué quieres decir con ese no? —Susan, camina hasta quedar en medio de Aron y yo, escudriñándome con esos ojos que parecen juzgarme siempre.
—No me digas que... Ay, Dios mío, ¡no puede ser!
No. No. No. —Empieza a gritar como loca, llevándose las manos a la cara, empieza a doblarse cuando Aron se acerca a ella.
Yo apenas puedo escuchar una palabra clara entre sus chillidos.
—Shhh, tranquila. Cálmate. —Las manos de Aron la rodean con mucha confianza cuando ella empieza a hacer un espectáculo en medio del hospital. Mi amigo me mira y me exige con la mirada una respuesta coherente. —Habla de una maldita vez, ¿qué dijo el doctor?
—Arya está bien. Despertará pronto. —Encuentro mi voz.
—¡Maldito imbécil, mira lo que hiciste, creímos que le había pasado algo más grave! —Aron me reclama al mismo tiempo que termina de calmar a la loca de Susan.
—¡Ay, gracias a Dios! —Ella suspira aliviada, llevándose una mano al pecho—. Quiero verla. —Exige la muy…
—Sí, yo también —respondo seco—. Nos avisarán cuando podamos entrar.
—¿Saben lo que le pasó? —preguntan los dos al mismo tiempo. —Dios, ¿qué hice para merecer esto?
«¿Te lo digo?», se burla mi conciencia. Ah, sí, ya me acordé.
—Fue un cuadro de depresión, no comió ni bebió líquidos por días. —Les explico muy a mi pesar, sintiendo cómo la culpa me aprieta la garganta. El frio regresa a mi cuerpo.
—¿Depresión? ¿Pero por qué? —empieza Susan, pero hace una pausa dramática y entrecierra los ojos en mi dirección, como si pudiera ver mis pecados—. ¿No tendrás algo que ver en eso, o sí?
Es todo lo que soporto. Si las miradas mataran, ella ya estaría enterrada a tres metros del suelo. Estoy harto de sus suposiciones, aunque por dentro me estoy muriendo de miedo de que sea verdad.
—¿Por qué no nos calmamos todos? No podemos saber la causa hasta que Arya despierte, además no puede vernos peleando entre nosotros. No será bueno para ella —interviene mi mejor amigo .
Lo agradezco infinitamente porque la loca parece aprobar cada palabra que sale de su boca. Y yo, justo en este momento, podría...
¡Maldita mierda de día!
—Tienes razón —dice ella, mirándome con el mismo odio que la miro yo a ella—. Arya me lo dirá, soy su mejor amiga. Entonces podré tomar cartas en el asunto. —Lo dice segura de que yo soy el único culpable.
Ya me cansé de esta mierda. Doy un paso para alejarme de ellos, pero las puertas dobles se abren de nuevo. El mismo doctor se acerca a nosotros con la misma expresión fría de antes.
—Los amigos, supongo —dice en cuanto se detiene delante de nosotros. Espero con todo lo que tengo que no se le ocurra mencionar que antes dije que soy su novio, o esta perra hará un escándalo por eso—. Ya pueden pasar a verla. Los dejaré entrar a todos a la vez, pero solo por unos minutos.
Susan asiente con rapidez, pero de nuevo soy más rápido que ella; mis piernas se mueven solas y ya estoy cruzando el pasillo para poder verla. Lo necesito como necesito el aire para respirar.
Un cristal enorme en la pared me ayuda a encontrar su habitación. Se mira tan vulnerable, tan frágil y pequeña en esa cama inmensa. Mi instinto solo quiere abrazarla y no soltarla jamás, protegerla del mundo y, sobre todo, de mí mismo.
Mi corazón late desesperadamente cuando atravieso la puerta.
Todo mi cuerpo tiembla. No dura mucho, porque nuestros amigos ya están detrás de mí.
Quiero tocar la piel suave de sus manos, necesito sentir su pulso bajo mis dedos y saber que su corazón sigue latiendo.
Camino hasta su costado, pero Susan se me adelanta y corre para llegar a ella primero, desplazándome.
—¡Amiga! Baby, por favor, despierta —le suplica con voz quebrada. Yo miro cómo el pecho de Arya sube y baja lentamente, rítmico. Ese es motivo suficiente para que el mío también encuentre el ritmo para respirar .
—Oye, amigo, ¿estás bien? —Aron me susurra por la espalda. Niego con la cabeza. —¿Pasa algo? ¿Dijeron algo más?
Me quedo callado. No estoy listo para decirlo. Además, el doctor dijo que era pronto para estar seguros. Harán más pruebas, más análisis. Aron se queda detrás de mí y lo escucho suspirar con pesadez.
—No quiero molestarte con trivialidades, pero... ¿Recuerdas lo que hablamos hace una semana? —Hablamos de muchas cosas, y ahora no tengo ni tiempo ni ganas para pensar en negocios o venganzas. Así que solo asiento con la cabeza, esperando que se detenga ahí.
—Hoy darán el primer golpe —me dice en voz baja. Entonces caigo en cuenta: hoy entrarán a robar la oficina del bastardo de Franco Foster.
¿Cambiaré de opinión? Jodidamente nunca.
¿Le quiero exprimir la vida? Mierda, sí.
¿Lo disfrutaré? Esa... esa es otra historia.
El médico dio permiso solo unos minutos, pero a la mierda si dejo que me saquen de su lado antes de que despierte. Necesito respuestas, necesito saber si yo soy el culpable de que haya dejado de comer.
«¿Qué harás, si lo eres?». No tengo la menor idea.
Gracias a Aron y a su labia, logro tener un momento a solas con mi dulce Arya. Se llevó a Susan con el pretexto de ir a comprar flores para cuando ella despertara, para darle ánimos.
No me quejo de las flores, yo haré lo mismo más tarde, llenaré este cuarto si es necesario. Tomo la mano de Arya y la llevo a mis labios; está fría por los medicamentos y el letargo. Sigo besando y acariciando su piel cuando, de pronto, se pone inquieta.
Frunzo el ceño y me preparo para llamar a la enfermera, pero un susurro que escapa de sus labios me detiene antes de que pueda .
—¡Perdón! —La palabra sale torpe, casi inaudible.
«Perdón ¿Eso fue lo que dijo?».
Gira su cabeza de un lado a otro en la almohada, atrapada en una pesadilla. Me acerco tanto hasta que beso su frente.
—Tranquila, dulzura, estás bien —susurro en su oído—. Estoy contigo. Nunca te dejaré.
—Perdón, yo no lo sabía. —vuelve a decir, y cada segundo entiendo menos. Mi pecho se contrae y me lleno de un miedo nuevo.
—¿A quién le pides perdón, mi dulce Arya? —pregunto acariciando su cabello aún enredado por los días de abandono.
—Perdóname, Liam, por favor no me hagas daño... —Entonces lo entiendo todo.
Yo lo hice.
Sus palabras caen sobre mí como un balde de agua helada. No. Son como un puñal que se clava en mi pecho y gira perforando mi alma y mi espíritu. Fui yo. Yo le hice esto. Ella me tiene miedo.
La suelto, creyendo que mi toque le causará una herida física. Doy un paso hacia atrás, y luego otro, alejándome de la cama.
«La vas a dejar». Nunca fue realmente mía.
«¿No te olvidas de algo?». Esperaré. Cuando esté lista, ella me dirá lo que quiere hacer con el resultado de nuestra noche juntos.
«¿Estás seguro?». No. Pero no sé qué otra cosa puedo hacer. Tiene razón, la busqué porque quería hacerle daño. Le hice daño. Y ahora ya es tarde para decir lo siento.
«La quieres». Y por esa misma razón, me voy a alejar de ella.
No puedo ser su refugio si soy su pesadilla. Camino otra vez hasta ella; necesito respirar su aroma una vez más antes de romperme. Me inclino, inhalo su esencia y miro sus labios .
No puedo resistirme. La beso, tal vez por última vez, y la idea me mata lentamente. La beso y espero que ese roce sea suficiente para despedirme.
«Sabes que no lo será». Sí, lo sé. Nunca será suficiente de ella.
ARYA
Todo es confuso. El bip monótono de una máquina me ha estado molestando por lo que parecen ser horas.
Tengo mucho frío y estoy segura de que la iluminación de mi habitación ha cambiado; ya no es la penumbra de mi encierro.
Lo más extraño de todo es que el aroma de Liam ha estado entrando y saliendo de mis pulmones, fundiéndose con mis sueños de una manera dolorosamente real.
Después de analizarlo aun con la mente nublada, entiendo que ya no estoy en mi habitación y mucho menos en mi departamento. Estoy en un hospital. Alguien debió haberme encontrado.
Reprendo a mi corazón por seguir pensando en Liam; él no tendría razones para estar cerca de mí ahora.
Pero parece que mi corazón no entiende de razones, ni de odio, ni de pasados oscuros.
Nunca lo hizo, así que solo espero que aprenda ahora.
Empiezo a abrir los ojos con lentitud; todo es de un blanco cegador.
El bip que me molesta viene de la máquina a mi espalda, midiendo mi pulso errático. Un aroma fuerte y masculino persiste en el aire y me permito, por un segundo, tener una ilusión estúpida.
Entonces giro la cabeza y la mano que sostiene la mía no es la de él.
Es la de mi mejor amiga. Sonrío con tristeza.
Susan podrá no saber qué hacer con su propia vida, pero es una buena amiga, la mejor.
Y de nuevo, los hechos que me trajeron aquí me golpean como ese día, destruyendo la poca paz que sentía.
Mi mente y mi corazón se estremecen ante el recuerdo de la verdad .
—Arya, baby, ¿estás bien? —Susan jadea al verme despertar—. Oh, gracias al cielo. Estaba tan preocupada. —Su mano se dispara a mi frente—. Estás helada. Llamaré al doctor...
Intenta soltarme para ir al pasillo, pero mi mano sujeta la suya con la fuerza que no sabía que me quedaba.
—Espera —pido y me sorprendo de que me quede voz—. ¿Qué... qué fue lo que pasó? ¿Cómo llegué aquí? —Mi voz sale como un susurro ronco, áspero. Después de no usarla por días, incluso el hablar me provoca dolor en la garganta.
—Arya, estaba tan asustada. No tuve otra opción. No quería buscar a tu papá. —La sola mención de mi papá me hiere en lo más profundo de mi alma. Lo que hizo no tiene perdón y no tengo idea de cómo saldremos vivos de este abismo.
—Fui a BLAKE —continúa ella, pero yo dejo de escuchar el resto en el momento en que menciona ese nombre—.
Liam rompió la puerta de tu departamento, te encontramos inconsciente.
—Suspira. Veo la pelea en sus ojos. La preocupación contra la molestia de haber recurrido a Liam—.
Él te trajo hasta aquí. No quiso separarse de tu lado hasta que despertaras.
Lo dejé aquí contigo por un momento y, cuando regresé, había desaparecido.
—Su aroma era real —susurro para mí misma.
—Perdona, ¿qué dijiste?
—Nada, olvídalo.
No es necesario que Susan salga a buscar al doctor; él mismo entra antes de otra cosa. Viene acompañado de enfermeras y de otra mujer de bata larga y anteojos que me estudia con detenimiento. De pronto, una punzada de claustrofobia empieza a pintar un sudor frío en mi frente.
—Señorita Foster, nos alegra mucho que haya despertado.
Soy el doctor que la recibió, el doctor Hayes.
—Se presenta mientras la enfermera manipula la intravenosa que me mantiene viva—.
Esta es la doctora Taylor, es la directora del departamento de Psiquiatría.
Dadas las condiciones de depresión y desnutrición en las que llegó, me veo obligado a llamarla para una evaluación.
Trago saliva con dificultad. Depresión .
—No lo entiendo, doctor, yo no padezco de depresión. —Trato de incorporarme en la cama, pero la fuerza en mis brazos me falla y vuelvo a caer contra las almohadas.
—No te esfuerces, Ary, por favor —me suplica Susan, apretando mi mano.
—¿Vivió algo traumático en los últimos días? —me pregunta la doctora Taylor.
«Veamos. Tuvimos el sexo más alucinante de la historia y después fuimos olvidadas.
Aunque él fue el que nos trajo al hospital —un punto a su favor—, ahora que lo pienso mejor, no esperó a que despertara y me dejó de nuevo.
¿Quién lo culparía? Me odia por ser la hija del hombre que asesinó a sus padres».
—No, doctora. —Miento con la mirada fija en el techo.
Susan abre la boca y sé que lo que dirá me pondrá en evidencia:
—Pero viste a Carter, tu primer novio y el primer chico que te rompió el corazón... — Gracias por aclarar ese punto, Susan, era lo único que me faltaba poner en la lista de traumas —. Tal vez eso fue lo que te hizo recaer.
Cierro los ojos y suspiro. Esto está lejos, muy lejos de terminar.