21 LIAM
Ya dejé claro que un hombre bueno no es lo que soy. La comisura de mi boca se levanta en una sonrisa de lado, una que promete de todo menos piedad.
—Pensé que nunca lo preguntarías, dulzura —gruño bajo. Sintiendo que la sangre corre más rápido por mis venas. Probarla fue todo lo que esperaba y más. No pude parar una vez que mi legua la tocó por primera vez.
Arya se apoya sobre sus codos en la cama tamaño matrimonial, yo me levanto para desabrochar el cinturón de mis pantalones. No esta desnuda por completo, pero su mirada me dice que es lo más expuesta que ha estado antes. Me gusta. Maldita sea, me gusta lo inocente que puede ser.
Sus ojos están en lo que hago. Se le escapa un nuevo jadeo necesitado cuando mira que voy enserio.
—Dime, dulce Arya... ¿has hecho esto antes? —Mi pregunta también sale necesitada.
Niega con la cabeza lentamente, no deja de mirar mi cara cuando sale de la cama y empieza a caminar hacia mí.
Gravitando como un mosquito se acerca a la llama que será su muerte.
El rubor se extiende por su cuello y su rostro.
Si pudiera tomar una fotografía ahora mismo de su mirada, para masturbarme con ella más tarde, lo haría.
Le extiendo la mano, ella la toma, temblando, quiero tenerla de rodillas, pero con sentarla en el borde de la cama será suficiente por ahora. Su lengua sale para humedecer sus labios. Quiere esto tanto como yo.
—¡Liam!... ¿Qué tengo que hacer? —Maldita sea con esta mujer. Recorro el borde de su labio inferior con mi pulgar, separando sus labios. La imagen es otra que no podre sacarme de la cabeza.
El pequeño corte en su labio ya empieza a cambiar de color, una rabia posesiva me recorre por la columna; me molesta que se haya lastimado, que se haya privado a sí misma de gritar mi nombre.
—¿Quieres hacerlo? ¿Quieres hacerme sentir bien? — pregunto con una paciencia que no tengo. Mi pene exige libertad a gritos.
Arya traga saliva, asintiendo con la cabeza mientras sus ojos bajan al bulto que sobresale en mis pantalones. Termino de bajar la cremallera; no se pierde nada del proceso.
—Última advertencia, dulzura. ¿Estás segura? —pregunto porque yo no estoy seguro de que pueda detenerme a estas alturas del camino, y tampoco quiero tener que averiguarlo.
La respuesta llega cuando ella misma extiende su mano y en un momento de valentía, baja mi ropa lo suficiente para que mi pene salte libre. Sus ojos se agrandan. Yo sonrío.
—Ahora tendrás que chupar —le advierto. Sus ojos parpadean y regresan a los míos, con una mezcla de miedo y lujuria. Maldita mierda, la necesito ahora—. Tómalo en tus manos, Arya. Acaríciame.
No recuerdo la última vez que tuve que dar instrucciones, pero hacerlo con ella me provoca más que cualquier otra cosa. Sus manos envuelven mi grosor; su tacto es demasiado suave, casi tímido, pero basta para erizarme el vello de la nuca.
—Más fuerte, dulzura. Me gusta rudo —pido .
Sus ojos verdes, explosivos y ahora tan míos, se clavan en los míos.
Aprieta el agarre y empieza a subir y bajar con sus manos por todo lo largo de mi miembro.
Me estremezco, sé que no falta mucho para que pierda el control.
Cierro los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, y me sujeto del dosel de su cama.
Hasta que las caricias se detienen de golpe.
—No cierres los ojos —me exige—. Quiero que mires quien es la que te está dando placer.
—Mierda, mujer. —Un gruñido profundo sale de mi pecho. Enredo mi puño en el cabello grueso de su nuca y la guío hasta la punta.
Arya es impresionante. Inclina la cabeza y su boca se cierra alrededor de mi glande... Maldita sea. Es la boca más cálida que he sentido jamás.
Me recorre un escalofrió por la columna vertebral, es diferente a lo que suelo sentir. Mis músculos se tensan. Y solo con sus labios alrededor de mi punta, y sus manos presionando la base muy cerca de mis bolas. Me golpea el orgasmo más rápido de mi vida.
—Mierda, ¡Ahhh! Traga, Arya, traga mi semen. —Gruño con la mandíbula apretada. Mis ojos se cierran por un segundo, pero recuerdo su exigencia y los abro de nuevo. Me estremezco con cada sacudida, hasta que siento que se me pueden doblar las rodillas.
Arya me ve con suficiencia y hace lo que le digo; se traga mi semen mientras sostiene mi mirada. Me prometo que esto es solo el principio. Hay tantas cosas para hacer con su cuerpo.
Pero no hoy. Ahora lo que tengo que hacer es salir de aquí antes de que sus ojos suplicantes me dominen aún más.
Paso mi mano por sus labios. Arya dibuja una sonrisa con un rastro de mi semen cayendo por la comisura de su boca. La tomo con mi pulgar y me la llevo a los labios. El sabor de su orgasmo aun en mi boca, se mezcla con el mio. La combinación es una maldita explosión de éxtasis .
—Te vere en la mañana, dulzura. —Es todo lo que puedo articular antes de regresar mi ropa a su lugar y con un último toque en su mejilla, me doy la vuelta para salir corriendo de su espacio.
No sé lo que me pasa, y tampoco espero a que diga nada, solo sé que, de seguir un minuto más en su espacio, podría volverme loco.
No recuerdo nada después de eso.
***
La mañana siguiente, despierto con un sabor amargo en mi boca. Es una sensación de culpa que no me deja. Culpa de desear algo. No. A alguien que no tengo permitido desear más allá.
El día solo empeora cuando llego a mi piso y todas las luces siguen apagadas. Se supone que Bonnie ya debería estar aquí.
Cuando entro a mi oficina, me doy cuenta de que sí está aquí. Pero de la única manera en la que no esperaba. Bonnie está sobre mi escritorio, expuesta de par en par, intentando reclamar algo que no es suyo y que nunca lo fue.
Su cuerpo delgado no son las curvas de Arya, su lencería no es la de color rosa que me hizo venirme como un puto adolescente.
Doy un paso hacia ella, enojado por su maldita actitud de mierda, no le debo nada y estoy dispuesto a demostrárselo, pero entonces, alguien más sale del elevador. Ese alguien solo puede ser Arya.
—Maldito infierno. —Tengo que salir de aquí. Corro a cerrar la puerta de la oficina antes de que Arya pueda entrar.
—¡Liam, no me dejes, te necesito! —Mi puta secretaria tiene el descaro de suplicar. Su voz chillona me enfurece. La tomo del codo, la bajo de mi escritorio. Se estremece por la fuerza de mi agarre. No me importa una mierda.
—Nunca vuelvas a hacer algo como esto. Solo fuiste una boca para usar, entiéndelo.
—La arrastro hasta el otro extremo de la oficina.
Lejos de la puerta—. Fui claro contigo. Si no quieres que te arruine en el mundo empresarial, tomaras tus cosas y te largarás antes del medio día.
Hemos terminado. —Mi mandíbula está tensa. Tanto que podría partirse.
Bonnie empieza a llorar, no me provoca absolutamente nada. La arrojo contra el sofá del fondo y me doy la vuelta antes de que todo empeore. Salgo de la oficina, la sangre hierbe por mis venas, estoy tan enojado que podría matar a alguien con mis manos.
Encuentro a Arya en la barra de café, ajena a todo y con una sonrisa delicada en sus labios.
Sin pensarlo, me pego a su espalda; la rodeo con mis manos aun tensas, su trasero encaja perfecto con mi frente.
Respiro en su cuello, el abrazo hace que la tensión de mi cuerpo se relaje. Casi me siento bien.
—Liam —Arya chilla, la he sorprendido. El recuerdo de sus gemidos, hacen que mi cuerpo reaccione. Cada parte de mi cuerpo la quiere.
—Deja eso, dulzura, hoy tomaremos nuestro café, fuera de aquí —le digo, sin soltar mi agarre en su cuerpo y arrastrándola al elevador.
Una vez que las puertas se cierran, la atraigo para hacer lo único en lo que he pensado desde que me desperté esta mañana. La giro para quedar frente a frente con ella, mis manos no aflojan su agarre, y la beso. Un beso que sabe a posesión.
Pero no dura mucho, porque es ella la que lo termina. Me aparta, poniendo las manos en mi pecho.
—¡Liam! Por favor. Aquí no —susurra con miedo en sus ojos. Una rabia irracional e injustificada me nubla el entendimiento.
—¿Por qué mierdas no? ¿Tienes miedo de que alguien más te vea conmigo? —Las palabras salen cargadas de un veneno que no puedo controlar.
Celos. Malditos celos que no entiendo y que no tienen ninguna razón .
Arya me mira con miedo en los ojos, separa sus labios sorprendida, pero de inmediato se recupera. Endereza su espalda y levanta la cabeza orgullosa y lista para defenderse.
—En primer lugar, no soy tu pareja aun; nos estamos conociendo —dice con una valentía que me fascina—. En segundo lugar, estoy en mi lugar de trabajo, hay lugares y políticas que me gusta respetar, aunque por lo visto tu no estas acostumbrado a eso.
Arya me da la espalda. Camina hasta el otro extremo del elevador y se cruza de brazos. Siento una opresión extraña en el pecho. Una que no me gusta. Lo peor de todo es que no entiendo que es lo que está pasando conmigo.
—Lo siento —susurro después de bajar unos cuantos pisos. Me acerco a ella, ya no la rodeo, pero me acerco lo suficiente a su oído para hacerle algo—. Tienes razón. ¿Podemos empezar de nuevo?
Miro la piel de gallina detrás de su cuello, suelta un suspiro cansado, pero termina mirando por encima de su hombro y me da una sonrisa mientras asiente. Le doy la vuelta para que solo me mire a mí y terminamos de bajar en silencio.
Al salir en recepción, Camila es la primera que me mira, su mirada cambia en cuanto lo hace, casi sonrío, recordando que ella también se me ofreció hace tiempo. Estoy seguro de que le dije que no en ese entonces, pero la oferta sigue en su mirada y en la manera en la que se nos está acercando.
—Señor B, lo que necesite... —dice abanicando las pestañas.
Creo escuchar un típico por parte de Arya. Casi nunca me paso por acá, siempre subo directo del estacionamiento subterráneo.
—Gracias, Cam. Siempre tan complaciente. —Mi tono sale divertido y la hago reír. La que no se ríe y termina por alejarse de mi antes de que pueda detenerla, es Arya.
Maldición. Ignoro a Camila quien ya empezaba a levantar su mano para intentar tocarme y voy detrás de mí chica Justo a tiempo para ver como pisa mal el último escalón para salir de mi edificio y tropieza.
—Mierda. —Corro, pero no llego a tiempo para impedir que se lastime.
Alguien más sí lo hace.
Ese alguien es mi puto mejor amigo rodeándola de la cintura y pegándola a su pecho. Arya se da cuenta de que es Aron y suspira con alivio. No lo suelta. Se aferra a sus brazos y le sonríe. Malditamente le sonríe.
Cada músculo de mi cuerpo se contrae, mis puños se cierran cortando la circulación de mi sangre. Mis nudillos se ponen blancos y…
Veo rojo.