Dulce No Venganza 17 LIAM
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17 LIAM

No me fue difícil encontrar a Arya. Su amiga, la rubia sexy, es adicta a las redes sociales y solo ha sido necesario revisar un par de historias en su cuenta para saber exactamente dónde están.

Es la una de la mañana en punto cuando atravieso las puertas de ese antro ruidoso en el centro de la ciudad.

No recuerdo la última vez que pisé un lugar tan vulgar; mis salidas suelen limitarse al Sensación, el club de Román, donde el placer es sofisticado.

Aquí, el aire apesta a sudor y desesperación.

«Ligar para tener sexo, qué desperdicio»

Pero entonces, mis ojos encuentran la piel lechosa de Arya.

Hay mucha de esa piel a la vista, más de la que mi cordura puede soportar.

Está meneando las caderas al ritmo de la música lenta, con una confianza que la hace parecer invencible.

Hay cientos de cuerpos en este lugar, pero solo uno mantiene mi vista atrapada.

Arya Foster es una visión de perdición. La comisura de mi boca se eleva sin que pueda evitarlo.

Le daré un momento más antes de hacer mi acto de presencia. Camino a la barra y pido un whisky doble. Cuando doy el primer sorbo, un instinto dentro de mi pecho me obliga a girarme hacia la pista. Es el momento exacto en el que las manos de un mocoso imbécil se detienen en el cuerpo de mi chica.

«No lo hizo».

Oh, sí, lo hizo. Le cortaré las putas manos.

Niño tonto, no tienes idea de en el camino de quien te acabas de meter.

Miro los ojos de Arya agrandarse por la sorpresa y el asco.

Ella busca a su amiga, pero la rubia está demasiado ocupada metiendo la lengua en la garganta de otro imbécil.

Mis puños se cierran. Ha dejado sola a su amiga en medio de esta bola de mierda.

Arya le sonríe al tipo, es una mueca forzada de supervivencia. Intenta alejarse, pero el idiota la atrae hacia él, obligándola a chocar sus cuerpos. Veo el coraje encenderse en los ojos de Arya cuando él le susurra algo al oído. Ese bastardo se ha atrevido a faltarle al respeto.

He tenido suficiente. Cuando el tipo suelta una carcajada y tira del cabello de su nuca, firma su sentencia de muerte. No siento mis pies cuando me llevan a ese lugar, mi cuerpo embiste a cualquiera que se pone en mi camino. Arya tiene los ojos cerrados cuando se lo quito de encima.

Mi puño conecta con la cara del bastardo. Una, dos, tres veces. El sonido del cartílago de su nariz rompiéndose es música para mis oídos. Lo tengo en el suelo, aferrando el cuello de su camisa barata mientras la sangre le brota de la nariz y la boca.

—¿Qué parte de que no está interesada no has escuchado, imbécil? —Mi voz sale ronca, animal—. No te atrevas a tocarla de nuevo o me encargaré de que estés a dos metros bajo tierra antes de que puedas parpadear.

Con un último golpe que lo deja inconsciente, me levanto. Me sacudo las arrugas de la camisa y limpio un par de gotas de sangre ajena de mis nudillos. La sangre me hierve en las venas cuando me giro hacia ella.

Arya me mira con ojos brillantes, aterrada y fascinada a la vez. Mi fuego consume su mirada; no podría escapar de mí, aunque quisiera. Doy un paso largo y ya estoy frente a ella, respirando su mismo aire contaminado por el sudor del antro.

—Ho... ¡Hola, Liam! —Le tiembla la voz—. Qué sorpresa en... encontrarte aquí. —Mis ojos se estrechan, recorriendo cada centímetro de su cuerpo bajo esa malla transparente. Mierda, estoy duro en un segundo. Y no es por la pelea, es por ella. Siempre es por ella.

—Tú... —gruño cerca de su oído—. Vendrás conmigo. Ahora.

Escucho su jadeo, pero no le doy oportunidad de protestar. La tomo de la mano y tiro de ella. Camina detrás de mí, obediente.

«Qué buena chica» . Es bueno si entiende que las cosas siempre irán mejor si me hace caso.

—Liam, espera... —Mis pasos son demasiado largos para ella.

Se detiene de golpe y yo me giro, harto de la distancia. Sin pensarlo, la sujeto de la cintura y la levanto. Sus piernas me rodean por instinto, aferrándose a mi cadera.

—¡LIAM! ¿Estás loco? ¡Bájame ahora mismo! —grita, pero sus manos ya están enterradas en mis hombros. Aferrándose a mí.

—Ahora vuelvo a ser Liam, ¿eh? —Me burlo, apretando su cuerpo contra el mío.

—Acabas de actuar como un cavernícola, no puedo mirarte con respeto ahora. ¡Bájame! —Insiste, aunque su cuerpo me dice otra cosa. Sus manos se aferran a mi cuello y su aroma dulce, ese que me vuelve loco, me llena por completo. Mis palmas arden sobre su trasero.

—Aún no —sentencio. Apresuro el paso hacia la salida.

—¡Espera! Mi amiga... —Arya se retuerce en mis brazos. Su Error . Un movimiento más y sentirá lo mucho que me afecta tenerla así.

—No te muevas. O podrías arrepentirte. —Le advierto con una sonrisa oscura. En ese momento lo siente. Su mirada se clava en la mía con los ojos muy abiertos. Se sonroja, hermosa. Bien podría ser yo el rey del mundo en este momento. Así me hace sentir.

—Tu amiga se va a meter con la mitad de los hombres en este lugar —le digo mientras salimos al aire de la noche—. Mándale un mensaje; te aseguro que no lo leerá hasta mañana .

Ella sabe que tengo razón. Desvía la mirada, avergonzada. Por fin salimos de ese agujero, y es mejor así, porque si mi mente vuelve a como otro tipo tocó lo que es mio… cometeré un delito grave.

—Ya puedes bajarme —susurra Arya. Su voz me dice que sigue un poco tomada. La ayudo a poner los pies en el suelo, pero no me alejo. Está agitada. Su pecho sube y baja con una velocidad que me hipnotiza. Solo puedo imaginar cómo será cuando por fin la haga mía.

Nos miramos en silencio. No seré yo quien rompa el contacto; hoy tengo un único objetivo.

—No... no tenías por qué hacer eso —ella rompe el silencio.

—Estaba siendo un imbécil contigo. ¿Siempre son así? —Niego con la cabeza, la furia vuelve a aflorar—. ¡Mierda! Quiero regresar y... —La mano de Arya sube a mi brazo. Su piel sobre la mía es como una descarga eléctrica. No descansa hasta que mis ojos encuentran los suyos.

—¡No! No siempre son así, pero... —Baja la vista a mis labios. Traga saliva—. Gracias por... eso. —Suspira señalando el club.

—Sé que no estás interesada... —empiezo, forzando un tono vulnerable que la desarmará—, pero no podía permitir que te trataran así. Solo me aseguraré de que llegues a salvo a casa y no volveré a molestarte.

Arya analiza mis palabras. Sus ojos no dejan los míos. Asiente, buscando de nuevo mis labios por un segundo, antes de mirar su bolso y maldecir.

—No tengo mi celular. —Cierra los ojos con frustración—. ¿Podría usar el tuyo para pedir un taxi?

—Yo te llevaré —digo con un gruñido que no admite réplica.

—Pero...

—¡Mierda, Arya! —Estallo, llevándome las manos a la cara—.

Ya te lo he dicho... Sé que no estás interesada en mí.

Por favor, solo deja de... —Me giro, dándole la espalda para controlar mi temperamento.

No quiero verla. Lo decía en serio en la oficina, cuando le dije que no creía que fuera de ese tipo de mujer.

Pasa un latido, luego otro.

—¿Liam? —Su voz dulce, me hace algo. Ese tono de preocupación real es uno que no he escuchado en… diez malditos años.

—Dime —respondo sin darle la cara.

—¿Puedes llevarme a casa? —pide. Casi es una súplica. Hace que algo en mi estómago se encienda. Asiento y caminamos en silencio las dos manzanas hasta mi deportivo.

Sigo dándole vueltas a lo que pasó allí dentro; al reclamo que hice por ella. Mi mente me traiciona mostrándome una y otra vez el beso que compartimos en su departamento y cómo desde ese día quiero hacer más, tocarla y devorar esa boca rosada que tiene.

Noto que le tiemblan los hombros. Me maldigo por no tener nada para cubrirla.

—Lo siento, dulzura. No tengo nada con qué cubrirte —digo y la rodeo con mi brazo esperando que mi calor sea suficiente.

—No te preocupes. Es una reacción involuntaria. En realidad... no tengo frío —explica. No se aparta de mi toque.

Por fin llegamos al auto. abro la puerta del pasajero y ella se desliza dentro. Me inclino por instinto para abrocharle el cinturón, pero ella ya lo ha hecho. Bufo, cierro la puerta y rodeo el capó.

El trayecto hasta su edificio es una tortura de silencio y tensión. Mis nudillos se blanquean sobre el volante. Es la necesidad loca que siento de tocarla, de poseerla, de por fin dejar de soñar con ella, porque ya sabré lo que se siente tenerla.

Llegamos a su edificio. Estaciono y bajo para abrirle la puerta. Extiendo la mano para ayudarla, pero ella no se mueve. Sigue sentada en su lugar, mirando la nada, perdida .

—Arya, ¿estás bien? —Bajo a su altura. Ni siquiera se ha quitado el cinturón. Tiene el ceño fruncido, como si estuviera librando una batalla interna.

—Liam —susurra. Apenas lo escucho, pero me basta para sonreír. Me encanta cómo suena mi nombre en sus labios.

—Estamos en tu edificio. —Le recuerdo.

Reacciona. Se quita el cinturón y por fin toma mi mano para ayudarla a salir. Su aroma a dulce me llena de nuevo y mi pecho se acelera con una necesidad primitiva.

«Ella no está lista para ti» , me recuerdo. Si no lo está, quizá deba retomar el plan original... Ir por su padre, desaparecerlo con mis propias manos y olvidarme de esto.

—¡Liam! —Su tono me devuelve al presente. Bajo la mirada a la suya. Hay una decisión nueva en sus ojos. Lo siento en cada fibra de mi cuerpo antes de que hable.

—Dime...

—Sí estoy interesada —suelta casi en silencio, pero provocando que todos los sonidos a nuestro alrededor desaparezcan.

Mis dedos, se cierran sobre su mano con una fuerza nueva.

La miro directo a los ojos, y el plan que he construido durante años parece desmoronarse ante la honestidad de sus ojos.

No hay mentira en ella, no hay juegos. Solo una invitación al abismo.

Me inclino hacia adelante, invadiendo su espacio hasta que el aroma de su piel me nubla el juicio.

—Mala elección, dulzura —le susurro contra los labios, sintiendo cómo su respiración se entrecorta—. Porque ahora que lo has dicho, no pienso dejarte ir.

—Es lo que quiero —me susurra.

Esas palabras no solo llegan a mis oídos; me penetran la piel, se filtran en mi sangre y se asientan en mis huesos. Me dejan estático .

Estaba a un segundo de cambiar el objeto de mi venganza, pensando seriamente en buscar a su maldito padre y terminar con su vida de una vez por todas. Estaba convencido de que Arya nunca estaría lista para mí, pero acaba de tomar su decisión. Y es una sorpresa malditamente agradable.

—¿Estás segura? —le pregunto, en un estado de incredulidad.

Ella asiente, pero detecto un, pero, oculto en la profundidad de su mirada. Lo confirmo cuando intenta desviar sus ojos de los míos. Uso mi mano para buscar su barbilla, obligándola a sostener el contacto. No respiro hasta que vuelvo a tener esos ojos verdes y explosivos fijos en mí.

—¿Qué pasa, dulzura? Puedes confiar en mí —le digo, bajando el tono de mi voz. Siento cómo su cuerpo se relaja bajo mi toque, cediendo poco a poco a lo que los dos sabemos que quiere.

—Tengo miedo —suelta finalmente.

Nunca había sentido una necesidad de proteger a alguien tan grande como en este momento. Es un instinto animal, primitivo, que trato de ignorar con todas mis fuerzas.

No puedo olvidar quién es ella. No puedo.

—¿Miedo a qué? Ya has hecho esto antes, ¿no? —le pregunto. He investigado su vida, estoy listo para su negativa. No contemplé en mi plan lo que significaría lidiar con una virgen.

—Se podría decir que sí... —responde, y mando mi investigación a la mierda. Se supone que tenía que decir no. Que yo sería su primero—. Pero no terminó bien —agrega encogiéndose de hombros.

Veo rojo. Un rojo intenso y violento tiñe mi visión del futuro. Aprieto el puño dentro del bolsillo de mi pantalón, imaginando al imbécil que la hizo llegar así de asustada conmigo. muchas de sus reacciones empiezan a tener sentido ahora .

—¿Podemos ir despacio? —me pide con brillo en los ojos, no el brillo del deseo que visto antes, sino uno de un miedo que aun la persigue. Mierda. Trago saliva—. Quiero conocerte. —Termina.

Dibujo una sonrisa que espero que parezca sincera. Aunque por dentro estoy iniciando una nueva investigación. Necesito saberlo todo. Lo bueno y lo malo. Lo turbio y lo santo. Todo.

—Paciencia e ir despacio son mi segundo nombre, dulzura. —Miento, y ambos reímos porque sabemos que no soy de los que van despacio—. Iremos tan lento como necesites, dulzura. —le aseguro.

El apodo la hace sonrojar, pero esta vez el rojo de sus mejillas es vibrante, más cercano al que ya conozco de ella.

—Gracias, Liam. Por traerme y por lo de antes... en el antro.

—Lo hare mil veces más, si es necesario, pero espero que ahora que me has aceptado no lo sea. No seré lo suficientemente paciente si alguien se mete con lo que es mío. —Le prometo.

Acorto la distancia, subo una mano a su nuca y pego mi frente a la suya, dándole cada segundo necesario para que se aparte.

No lo hace.