Dulce No Venganza 15 LIAM
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15 LIAM

Mi plan no era besar a Arya, al menos no esta noche.

¡Mierda! Incluso yo estoy sorprendido por la velocidad de mis propios impulsos.

Lo único que sé es que ver su cuerpo curvo, ceñido en ese conjunto corto de seda, dejando muy poco a la imaginación, me hizo algo.

Sus pechos son generosos, redondos y firmes bajo la tela brillante que, estirada como está, me deja ver el contorno de sus pezones.

Es un milagro que no los ahueque con mis palmas ahora mismo. Mis manos no serían suficientes para abarcar ese tamaño, y la idea de saber si son tan suaves como me lo imagino, me quema las palmas de las manos.

Sus pezones están duros, sobresaliendo de la tela, marcándose con una insolencia que me roba el aliento.

Solo ha sido necesario mencionar su aroma dulce para que reaccionaran, rogando por el toque de mis dedos, de mi boca y de mis dientes.

No recuerdo haber sentido un deseo tan primitivo en toda mi vida.

El chocolate caliente ha sido un regalo para mi paladar, pero no es nada comparado con probarlo directamente de sus labios.

Al principio del beso, la sorpresa brilla en sus ojos, hasta que un gemido se escapa de su garganta, vibrando contra mi boca. Me trago ese sonido, saboreándolo, y es suficiente para que Arya ceda.

Sujeto su nuca con una mano, ejerciendo la presión justa para que separe sus labios y me dé acceso total a su boca. Mi lengua entra de forma desesperada, hambrienta y codiciosa, encontrándose con la suya, que sabe malditamente dulce.

El apodo Dulzura nunca ha tenido tanto sentido como ahora.

Pero el momento dura muy poco, porque de un segundo a otro, Arya se tensa entre mis brazos.

Quita con un movimiento brusco la mano que empezaba a descender por su cuerpo hacia su trasero y se separa de mis labios como si mi contacto la quemara; o peor, como si sintiera repulsión por mí. Y eso es sencillamente imposible.

—¡No! ¡No! ¡Dios, no! —exclama, retrocediendo hasta chocar con la encimera de la cocina—. Te lo dije. Yo no soy así. Yo no puedo… —Balbucea al mismo tiempo que se lleva los dedos de sus manos a los labios. Siente lo que le hice.

Su rostro se pinta de un rojo intenso, pero no es por la timidez de antes, ni por las palabras inteligentes que sabe decir. Es rabia pura, y maldita sea, me encanta cómo se ve cuando se enoja.

—Arya, si me dejas explicarte... —Intento dar un paso hacia ella, pero levanta ambas palmas para detenerme.

—Esto no ha pasado, ¿de acuerdo? No pasó.

Por favor, vete ahora mismo y limitémonos a un trato estrictamente laboral —exige con la voz ronca, aunque un ligero temblor se le escapa.

Hay algo en su mirada, un rastro de pánico antiguo, que me dice que, si la presiono un milímetro más, la perderé para siempre.

Y mi plan de venganza no puede permitirse ese lujo.

—Tienes razón —concedo, fingiendo una calma que no siento—.

Lo siento mucho, fue un impulso y me disculpo.

Esto no es lo que te mereces. —Levanto mis manos con la señal universal de «me rindo» y doy un paso hacia atrás—.

Me iré ahora mismo de tu departamento, y espero que esto no te haga tener una idea equivocada de mí.

La recorro con la mirada una última vez, desde sus ojos empañados hasta sus pies descalzos sobre el suelo de madera clara.

Me obligo a caminar hacia atrás, dejándola sola en su santuario.

Justo antes de salir por el pasillo, miro por encima del hombro.

Está apretando los párpados con fuerza y sus manos tiemblan sobre su pecho acelerado.

Niego con la cabeza, confundido por una reacción que parece ir más allá de un simple arrepentimiento. Salgo del departamento, pero no del edificio; no sin antes enviarle un mensaje de texto a su celular que le deje claro que esto no ha terminado.

No he terminado con ella. De hecho, apenas estoy empezando.

Yo: Puedes intentar olvidar ese beso, pero yo no lo hare. Nunca lo hare.

La mañana siguiente, llamo a Aron para un desayuno tardío. El café no es suficiente para despejar la neblina de mi mente; eso significa que llegaré tarde a la oficina por primera vez desde que la fundé.

—¿Lograste algo? —me pregunta Aron, mirándome con una chispa de malicia en sus ojos por encima de su taza de café.

—¿De qué estás hablando? —pregunto, enarcando una ceja.

—Con tu asistente —responde, clavando su mirada en la mía—. No soy ciego, amigo. Estás interesado en ella hasta las bolas.

Me río, solo tengo dos opciones ahora. decirle la verdadera razón de tenerla cerca, o decirle que sí estoy interesado en ella. Pero si lo hago, nunca terminaré de escucharlo.

—Estás loco. Por si no lo notaste, ella no es mi tipo. —Me digo a mí mismo que miento descaradamente, la verdad es que ya no sé nada. Le doy un sorbo a mi segundo café, me quemo la maldita lengua; el dolor físico es lo que necesito para dejar de pensar en lo que empieza a afectarme.

Arya no es lo que me gusta tocar, estoy seguro. Lo que solo hace que cada vez entienda menos la reacción de mi cuerpo al suyo.

—¡Excelente! —Aron golpea la mesa con ambas manos, sobresaltando a los clientes de las mesas vecinas—. Me has dado la mejor noticia del año. La pido para mí.

Y una mierda que la pide.

—No puedes pedirla —le gruño, y mi voz suena peligrosa.

Él no lo nota, por supuesto que no, porque de entender la realidad de las cosas, optaría por quedarse callado, cosa que no sabe hacer.

—¿Y por qué no? —cuestiona con una sonrisa desafiante—. Has dicho que no te interesa. A menos que reconozcas que la quieres para ti, no voy a parar hasta que acepte salir conmigo.

Maldito Aron Brown. Sabe exactamente qué botones presionar para conseguir lo que quiere. Y lo que quiere es a mí aceptando en voz alta que Arya está prohibida para él.

—Bien —suelto finalmente y después de poner los ojos en blanco. Vine aquí para no pensar en ella y voy a terminar reclamándola delante de este imbécil.

—¿Bien qué? Necesito una declaración completa. Mira que pensaba invitarla a salir esta misma tarde. Y estoy seguro de que, después de probar ese trasero de ensueño y de comerme cada centímetro de su piel lechosa... —Se muerde el labio y se ajusta algo bajo la mesa.

Pedazo de mierda.

El fuego dentro de mi pecho estalla. Antes de ser consciente de mis actos, tengo mi mano cerrada en un puño, aferrando el cuello de su camisa.

—Nunca sabrás a lo que sabe su cuerpo, hijo de puta —siseo, acercando mi rostro al suyo—. Arya no es para ti .

—Pero para ti sí, ¿verdad? —Me presiona, sin un solo rastro de miedo en sus ojos. Me está obligando a decirlo en voz alta.

—Arya es mía, Maldita sea —gruño con los dientes apretados antes de soltarlo bruscamente. Es todo lo que obtendrá. No sabrá que es mía para romperla. Mía para tomarla. Mía para jugar con ella.

—¡Ja! Lo sabía. Lo vi en tu cara ayer, cuando la apartaste de mi lado cuando solo me estaba presentando con ella. —Se burla, acomodando su camisa como si no supiera que puedo partirle la cara en un segundo. Sabe que puedo, pero no le importa . No me tiene miedo —. El gran Liam Blake ha caído.

—Ya lo sabes. Ahora cállate —respondo, levantándome de la mesa sin ganas de seguir perdiendo el tiempo. —Y pagas la maldita cuenta, bastardo.

—¡Voy a disfrutar el ver en primera fila cómo esa chica inteligente y sexi te agarra de las pelotas! —me grita mientras salgo del restaurante.

Agarrado de las pelotas. Ja. Ya verás quién agarra a quién.

Durante los minutos de camino a BLAKE, experimento un tipo de ansiedad nueva. Mis dedos tamborilean en el volante y mi estómago está revuelto. Mi subconsciente no deja de recordarme que hoy por la mañana he vuelto a despertar con el mismo problema en la entrepierna.

He soñado con ella. He revivido el beso que le robé una y otra vez, y la sensación, lejos de agotarme, ha aumentado hasta el punto de hacerme perder el control de mi mente solo con el recuerdo.

Lo peor es que la idea de recurrir a mi secretaria, o a cualquier puta del club de Román para apagar lo que ella ha encendido, me causa un rechazo visceral.

La idea pasa a un hecho, cuando rechazo a Bonnie antes de que intente ponerse de rodillas después de entrar a mi oficina con la agenda del día, mi entrepierna no reacciona, no la desea. Es más, me da una sensación nueva de asco que no estaba ahí días atrás .

Espero todo lo que puedo dentro de mi oficina, me concentro en unos contratos, en llamadas, antes de llamarla a ella. Necesito resolver esto de una vez por todas, para poder regresar al enfoque, a mi propósito.

Arya toca a mi puerta poco después. Un suspiro pesado sale de mi garganta antes de que pueda hablar.

—Adelante —ordeno.

Entra, me doy cuenta de que le es la primera vez que le pongo atención en el día. Va vestida con esos pantalones rectos que ocultan sus curvas, de nuevo. ¿Dónde está la falda de ayer? ¿Dónde está el fuego en su forma de caminar?

—Señor, ¿En qué puedo ayudarle? —pregunta regresando a esa frialdad profesional que insiste en usar conmigo. Me doy cuenta de que empieza a irritarme.

—Ahora vuelves a hablarme de usted —suelto, apretando la pluma entre mis dedos hasta que mis nudillos se blanquean.

—Honestamente... creo que es lo correcto —dice ella, aclarándose una garganta que tiembla ligeramente.

—Bueno, si eso es lo que quieres —digo, fingiendo resignación—. Toma asiento. No me has dicho qué te parece tu nueva área de trabajo. —Ignora mi invitación y permanece de pie, con la mirada clavada en el suelo, mantiene la espalda erguida.

—No me puedo quejar, señor —responde.

—¡Arya! —Suelto un suspiro exasperado. Esta mujer es verdaderamente frustrante.

—¿Sí? —Su voz suena temerosa, una faceta suya que tiende a sacar cerca de mí y que me hace sentir como un puto animal. No le estoy haciendo nada ¡por dios!

«No aun»

—¿De verdad ha sido tan malo ese beso para ti?

¿Tan extraño te parece que me interese en ti?

—Me levanto de la silla, rodeando el escritorio, Arya no mueve un solo músculo y creo que eso me irrita mucho más—.

Honestamente, no te creía del tipo imposible.

No me diste esa impresión el día que te conocí en el bar, pero veo que sabes fingir demasiado bien.

—Mis palabras salen duras y frías. Le afectan y eso es justo lo que pretendo lograr.

Arya se contiene, no dice nada y tampoco levanta su mirada, pero sé que mis palabras le hacen algo, lo veo en cómo su respiración cambia, en como su cuerpo intenta protegerse del dolor físico que mis palabras le han causado.

—No te necesito por el resto de la tarde, puedes irte —sentencio, regresando a mi sitio detrás de mi escritorio—. Y olvida que alguna vez te invité a salir. Ya entendí el tipo de mujer que eres.

Me quema decir las palabras. Quiero molestarla, pero honestamente no creí que fuera tan difícil llegar a ella. Es la primera vez que una mujer me rechaza y el orgullo mezclado con la necesidad de venganza, me está gritando que la destruya ahora mismo.

Arya levanta la mirada y por un momento sus ojos se clavan en los míos.

Es puro oro, cargado de una emoción que no logro descifrar.

Abre la boca, duda, y la cierra de nuevo.

Parece querer defenderse, gritarme algo, pero al final se rinde, se da la vuelta y sale de mi oficina sin decir una sola palabra.

Me quedo solo, rodeado del lujo que he acumulado y el silencio, pero este silencio no es el que suelo disfrutar; este silencio me tiene completamente frustrado.