14 ARYA
El resto de la tarde es un borrón absoluto. Mi mente me ayuda con eso. Si no tuviera la capacidad de olvidar y dejar pasar cada cosa en mi entorno que me hace sentir vulnerable, no sería la mujer fuerte y capaz que soy ahora.
Afortunadamente, cuando salgo de la sala de juntas, la jornada laboral ya ha terminado. Llego a mi área de trabajo —si es que a una pecera de cristal se le puede llamar así—, tomo mi bolso y huyo hacia el ascensor.
Necesito mi comodidad y mi casa. Arrancarme esta ropa, tomar un chocolate caliente lleno de bombones y convencerme de que todo se acabó.El día, el mal momento con la bilis en mi garganta esta mañana, las malas miradas y los gritos.
Mañana será un nuevo día y mi jefe gruñón no tendrá influencia en mi ánimo, ni en mis pensamientos y mucho menos en mi desempeño.En solo una semana he demostrado de lo que soy capaz en BLAKE; no voy a dejar que él, Bonnie o nadie lo arruine.
Entro a mi departamento y lo primero que hago es deshacerme de los zapatos. A esta hora del día ya siento que me arden las plantas de los pies.
A medio camino hacia el armario, la falda y la blusa de hoy terminan en el suelo. Para cuando encuentro mi conjunto de dormir favorito, ya estoy solo en ropa interior, pero decido que un baño de tina es lo que realmente necesito para olvidar el día.
Después de prepararla con mi perfume y aceites favoritos, me sumerjo en el agua caliente, y dejo que el agua se lleve toda la tensión de mi cuerpo.
No espero mucho; el antojo de una taza de chocolate caliente sigue ahí haciendo ruidos vergonzosos en mi estómago.
Termino el baño, me pongo el conjunto de seda en color amarillo; Se siente fresco contra mi piel y disfruto de la libertad de no usar sujetador.
Con el cabello aún húmedo y sin cepillar, regreso a la cocina; pongo la leche en el fuego y me pierdo en cómo el chocolate empieza a disolverse.
Camino hacia mi habitación para cepillar mi cabello antes de que termine como un casco esponjado en mi cabeza, cuando, tres golpes secos en mi puerta me detienen el corazón.
Toc, toc, toc.
Me llevo una mano al pecho por puro instinto. No espero a nadie. Regreso a la barra y reviso mi móvil; solo hay un mensaje de texto de papá diciendo que me extraña y uno de Su para invitarme a salir el fin de semana.
¿Será mi padre?
—¡Ya voy! —grito mientras recojo con prisa la ropa que dejé antes tirada en el pasillo. Me paso una mano por el cabello. Necesitaré humedecerlo de nuevo más tarde.
Abro la puerta resoplando sobre un mechón esponjado que cae sobre mi frente, sin confirmar por la mirilla quién está detrás, y el arrepentimiento me golpea al instante.
Es él, Liam.
Abro tanto los ojos que me empiezan a picar.
Liam está parado ahí, llenando el marco de mi puerta principal con su presencia.
Sí que es grande, pero hay algo más en él, no es solo su altura, o lo ancho de su pecho, es algo que tiene que ver con la manera en la que me mira.
Eso es lo que lo hace tan, dominante… quizás peligroso.
—Arya. —Liam se aclara la garganta. Yo trago saliva, no puedo hacer otra cosa—. Perdona que no te avisara que venía, en realidad tenía miedo de que no quisieras recibirme.
Termina y agacha la mirada. Directo hasta el suelo entre nuestros pies.
Juro que estos son los momentos que me descolocan.
Hace unas horas era un monstruo gruñón que me hacía temblar de miedo y creer que en cualquier momento le haría algo a su abogado por mirarme más de dos segundos, y ahora, parece un hombre real y vulnerable como cualquiera. De esos que no matarían ni a una mosca.
—Hola... —susurro. Bajo la mirada y recuerdo de la peor manera que la seda de mi conjunto es ajustada y traicionera, especialmente si no estoy usando nada debajo—.
Lo siento —murmuro, cruzando los brazos sobre mi pecho para cubrirme—.
No esperaba visitas. ¿Cómo has encontrado mi número de departamento?
Mi tono pasa de uno apenado a curioso en cuestión de un segundo.
—¿Puedo pasar? —Ignora mi pregunta. Entonces algo se escucha en la cocina y sé que es la leche con chocolate avisándome que está lista.Tengo que empezar a correr ahora.
—Pasa. Tengo que atender la estufa. Ya vuelvo —digo por encima del hombro cuando ya estoy corriendo a la cocina. Llego justo a tiempo para apagar el fuego antes de que el chocolate se desborde. Apoyo las manos en la encimera, me inclino y soltando un suspiro, trato de organizar mis pensamientos.
Liam Blake está en mi sala. Mi jefe, está en mi maldito departamento. Y no me dijo cómo lo encontró.No solo eso, sino que yo estoy casi en ropa interior, despeinada, sin sujetador.
Mi mejor versión no es.
Mierda. Ya sobre pensé demasiado la situación. Tengo que regresar y ver qué es lo que quiere. Me doy la vuelta, pero antes de que pueda dar un paso, mi cuerpo se estrella contra una pared sólida y tibia. No es una pared real; es el cuerpo de Liam .
—¡Auch! —me quejo llevando una mano a mi frente. No sé si es el golpe u otra cosa, pero su aroma, una mezcla amaderada con algo fresco, nubla mis sentidos de inmediato.
—Lo siento, fue toda mi culpa. —Sus manos rodean mis hombros para estabilizarme—. Fue el aroma a dulce lo que me hizo seguirte. Me disculpo por eso.
Sonrío involuntariamente, me obligo a levantar la cabeza hasta sostenerle la mirada. Sus manos son firmes, cálidas, y sus ojos en los míos me hipnotizan con la misma fuerza que la primera vez que nos vimos en el bar.
Mi tonta imaginación empieza a traicionarme y no creo que sea el mejor momento para esto:
¿Cómo se sentiría su toque en otras partes de mi cuerpo? Me ruborizo violentamente ante mis propios pensamientos.
—Yo... —Me aclaro la garganta—, si me disculpas, iré a cambiarme de ropa, entonces podremos hablar de lo que sea que te haya traído aquí.
—Intento sonar profesional, creo que lo logro, hasta que Liam esboza una sonrisa de lo más encantadora que se instala directo en sus labios besables.
También llega a otra parte de mi cuerpo que no voy a mencionar.
—No tienes que hacerlo, Arya. Así como estás…
—Baja su mirada por el pequeño espacio que hay entre nuestros cuerpos.
Maldita mierda, no estoy lista para una interacción de este tipo fuera de mis sueños o de mi imaginación—.
Te ves increíble. Además, soy yo el que estoy interrumpiendo tu comodidad; no es justo que cambies nada por mi culpa.
Trago saliva. Doy un paso atrás, y otro, hasta que sus manos por fin me sueltan y mi cuerpo suave se clava contra la encimera. Solo así puedo volver a ordenar mis pensamientos.
Esto me está sobrepasando. Liam está aquí en mi departamento y acaba de hacer un comentario de lo más impropio mientras pasaba lentamente sus dedos por la piel desnuda de mis hombros.
Cosa que por supuesto no se permite hacer cuando alguien más está cerca o cuando estamos en la oficina. Es lógico porque…
Tengo que parar.
—De acuerdo —suelto, tratando de recuperar el aliento—. ¿Te gustaría una taza de chocolate?
—¿Es eso lo que huele tan bien? Hubiera jurado que el aroma dulce venía de tu piel.
«¡Santa madre de Dios!»
—Es mi gel de ducha —explico, sintiéndome una tonta.
Sacudo la cabeza y me doy la vuelta para servir dos tazas de chocolate con bombones ignorando lo bien que se mira recargado en la pared de mi cocina con las mangas dobladas hasta los codos, con sus brazos cruzados al nivel del pecho y con esa sonrisa de lado como si fuera el rey del mundo.
A veces creo que lo es. Le entrego una tasa. Liam la toma, se la acerca a los labios de inmediato, pero antes de beber, cierra los ojos e inhala el aroma.
—Sigue gustándome más tu aroma a dulce —susurra con los ojos cerrados, y por fin le da un sorbo.Aparto la mirada, y hago lo mismo con mi taza, necesito el líquido caliente llegando a mi estómago.
—¿Y bien? —No dejo pasar mucho tiempo—. ¿Qué puedo hacer por ti? —pregunto con tono profesional, sabiendo que no me va bien cuando empiezo a verlo como algo más que mi jefe; y el dueño de la financiera más grande de la ciudad.
—Arya... Lo siento. —Liam da dos pasos en mi dirección, esos son suficientes para volver a quedar a un suspiro de distancia.
Estira su brazo y deja la taza vacía en la encimera detrás de mí.
Cuando su mano regresa, roza ligeramente la seda de la parte inferior de mi conjunto.
Al nivel de mi cadera—. Hoy fue un día difícil y estresante en partes iguales.
No tenía ningún derecho a faltarte al respeto ni a gritarte de la manera en que lo hice.
Sus palabras suenan sinceras, lo siento en mi corazón, al igual que esa mirada tormentosa que me dice que está peleando con algo que tal vez no tiene nada que ver con el trabajo.
—No me dejes, Arya. Por favor. —Hay una súplica real en sus ojos. Él no sabe que no tengo pensado renunciar, que solo necesitaba una noche de paz para volver a empezar. Eso es lo que siempre funciona para mí.
—No voy a dejar BLAKE —le aseguro con una sonrisa amable—. Entiendo lo estresante que puede ser dirigir una empresa solo. Lo he visto toda mi vida con mi padre.
Liam se tensa de pronto, traga saliva y desvía la mirada. Noto una arruga en su frente y no sé si lo he hecho sentir débil o vulnerable con mis palabras.
—Gracias, Arya. Estoy feliz de haberte encontrado —dice con un tono diferente. Queriendo dar por terminada esta visita también hablo.
—Y yo de trabajar para ti. —Mi tono es serio, casi de despedida. Ya debería saber que este hombre tiene el control total de lo que hace.
—No me gustas solo por tu cerebro y tu capacidad. —Empieza de nuevo.
—Ah, ¿no? —La pregunta se me escapa de la boca antes de que pueda pensarlo mejor. Me maldigo porque suena mucho a una provocación.
—No. Hay mucho más en ti que me gusta… —Sonríe casi pegando su cuerpo al mío. Esto es toda mi culpa. Por tener esta boca tan suelta.
Voy a soltar otra imprudencia cuando la imagen de Bonnie saliendo de su oficina con el labial corrido aparece en mi mente como una bofetada. Como un recordatorio de que no conozco ni un poco a este hombre.
La imprudencia se convierte en un reclamo.
—No sé qué pasa entre Bonnie y tú —suelto de pronto, mi voz suena más firme de lo que pretendía—, pero yo no soy una mujer de ese tipo.
No espero crecer dentro de BLAKE haciendo favores sexuales ni tratos fuera de lo laboral.
Tal vez otras personas necesitan de eso por qué sus capacidades no son suficientes, pero yo sé lo que valgo y no voy a ir ahí si eso es lo que quieres.
Los ojos de Liam brillan con algo parecido a la diversión, pero no me retracto. Nunca lo haré. Una sola mala experiencia es suficiente para el resto de mi vida.
—Es bueno saberlo, Dulzura, porque no quiero eso de ti —dice con una sonrisa que me hace dudar de todo.
—¡Es bueno que lo dejemos claro! —Me aclaro la garganta. Necesito hacer que se vaya antes de que mi mente empiece a hacerse preguntas—. Ahora, si me disculpas, es tarde y necesito mis ocho horas para descansar. Mañana será un día largo en la oficina.
Liam asiente, da un paso hacia atrás, por fin siento que el aire entra a mis pulmones y me permito una bocanada grande.
—Me iré en un minuto, Arya, pero tengo una pregunta más… —Sonríe de lado y sea lo que sea que va a preguntar, no puede ser bueno para mí salud—. ¿No tienes curiosidad por saber qué es lo que quiero contigo?
Maldita sea, lo sabía. Enderezo mi espalda. Con mis manos de regreso a mi pecho para protegerme, le respondo lo mejor que puedo.
—¡No! Porque supongo que esa es la razón por la que inicié y sigo siendo tu asistente: mis aptitudes.—Liam niega con la cabeza.
No me gusta hacia dónde va esto. Huelo el deseo en el aire, mi deseo. Espero que él no lo note.
No puedo ponerme así cuando no confirmó ni negó lo que insinué que hacecon Bonnie.
—Déjame invitarte a cenar mañana, después del trabajo —dice, cerrando la distancia de nuevo. La última vez que cenamos juntos… no terminó de la mejor manera,
—Pero es viernes… —Intento.
—Lo sé. A menos que tengas otros planes. —Su voz baja una octava, volviéndose ronca, casi un gruñido. Su ceño fruncido y sus ojos oscurecidos, me dan una buena señal de las banderas rojas que vienen con conocer a este hombre.
—¿No tendrás problemas con... Bonnie? —Soy una inmadura, lo sé, pero no puedo evitarlo. Siento que esta es la única forma de convencerme a mí misma de que no es un buen hombre.
No me gustan sus prácticas, no me gustan sus reacciones y… también quiero decir que no me gusta él, pero estaría mintiendo.
Porque me gusta, y me gusta mucho.
—Bonnie no es nadie —sentencia con frialdad—. Dime que la despida y mañana estará empacando sus cosas.—No puedo creer que la pueda desechar, así como así. Solo por…
—¿Yo? ¿Por qué te pediría algo así? —pregunto sintiendo que de pronto me falta el aire. Yo… yo no…
—Por esto... —dice, y sin que pueda reaccionar a tiempo, sus labios bajan y se estrellan con los míos.
«Oh mi maldito Dios».