Dulce No Venganza 02 ARYA
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02 ARYA

Siempre me pregunto qué es lo que hago en este lugar. Con mi licenciatura en Economía debería estar trabajando en una firma especializada en finanzas, pero no... Estoy en un bar para niños ricos, sirviendo tragos detrás de una barra kilométrica.

La razón tiene nombre: Su, mi amiga de toda la vida.

Sus padres le compraron este lugar porque eso quería ella.

A Su le encanta pasar sus noches conociendo chicos y viviendo la vida loca.

Así que aquí estoy, haciendo de niñera para cuidarla mientras gano algo de dinero extra. La renta no se paga sola.

Suspiro, preguntándome si debí aceptar la oferta de mi padre para trabajar en su inmobiliaria. Sé que podría hacer un buen trabajo ahí y, en el futuro, hacerme cargo, pero estudié esta carrera precisamente para no depender de él. Quiero forjar mi propio destino en el área que siempre he soñado.

Envié mi currículum a pequeños negocios para ganar experiencia antes de apuntar a gigantes como BLAKE, y creí que todo iría bien... hasta que cada una de las entrevistas a las que asistí, se volvieron incómodas.

¿Quién, en pleno siglo XXI, sigue discriminando los cuerpos diferentes?

Al parecer, demasiada gente. Sí, tengo las caderas anchas y unos cuantos centímetros de más en el abdomen, ¿pero eso qué?

Lo que debería importarles es mi cerebro, el cual funciona perfectamente bien y es más que capaz de solucionar crisis económicas .

Estoy secando unas copas de cristal cuando Su se me acerca, sacándome de mis pensamientos cotidianos.

—No voltees... —susurra en un chillido de excitación. La conozco; eso significa que acaba de ver a alguien digno de ser su objetivo de la noche.

—Bien, si dices eso, es obvio que querré voltear. —Le pongo los ojos en blanco. Puede que no sea tan atrevida como ella, pero también me gusta mirar.

—Lo sé, lo sé. Solo espera, ¿sí? —chilla más fuerte con los dientes apretados; incluso veo perlas de sudor en su frente—. Hay un hombre, uno de verdad, y acaba de entrar por la puerta del bar.

Mi amiga se abanica la cara. No es la primera vez que lo hace, pero parece que el hombre del que habla está realmente en otro nivel.

—Sabía que invertir en un lugar como este tendría sus recompensas. —Sigue. Ahora siento mucha curiosidad, pero trato de restarle importancia. Aquí las que consiguen citas y noches de sexo casual son... bueno, todas menos yo.

Me niego a cambiar mi cuerpo para gustarle a alguien. Si yo me amo tal como soy, el hombre indicado para amar mis curvas aparecerá algún día. A menos que ese hombre esté ahora mismo en otro continente o en otro planeta; en ese caso, sí que la tengo difícil.

—No creo que sea para tanto —le respondo.

—Oh, créeme, lo es... Solo mira. —Me hace una seña con la cabeza hacia la entrada del club y, llena de curiosidad, volteo. No debí hacerlo.

«Santa mierda caliente».

Es un maldito dios griego. ¿Cuánto mide? ¿Dos metros? Y ese cabello tan delicadamente alborotado en la parte de arriba, como si hubiera moldeado cada mechón con precisión… ¡Dios! Es tan sexy que hasta yo lo sé sin haber bajado la vista de su cuello.

Lo hago ahora mismo. Se me seca la garganta. Lleva un chaleco que forma parte de un traje hecho a medida, estoy segura. La camisa se ajusta perfectamente a sus brazos marcados y llenos de músculos. De pronto siento mucho calor, y eso que siempre tengo frio en este lugar.

De lo que estoy segura es de que no necesitaré un solo trago esta noche para entrar en calor.

Tiene las mangas dobladas hasta los codos, exponiendo una fuerza que parece extenderse por cada parte de su cuerpo, hasta la punta de sus dedos. No sé en qué momento empecé a contener la respiración, pero ahora mismo siento que no entra el aire a mis pulmones.

Mis piernas se cruzan por puro instinto y ya sé qué imagen tendré en mente esta noche cuando esté a solas en mi cama con mi vibrador.

—Arya, baby, ¿Estás bien? Parece que te vas a desmayar en cualquier momento. —Su me pone una mano en la frente y es cuando me doy cuenta de que estoy sudando.

Yo solo puedo tragar saliva y asentir. Dejo de ver al hombre digno de mis sueños y me concentro en mi respiración. Cuando recupero el control de mí misma, hablo.

—Sí, tonta, estoy bien. Es solo que... —Mis ojos regresan involuntariamente a la entrada del bar, pero el hombre ha desaparecido—. Olvídalo. —Sueno completamente decepcionada.

¿Habrá sido un espejismo? ¿De verdad existen hombres así?

«Vaya suerte la que tendrá alguna chica esta noche».

—Bueno, trata de relajarte. Yo iré en busca de ese bombón tamaño jumbo. —Su me sonríe con esa expresión que solo significa una cosa: cacería. Se acomoda los pechos y expone un poco más su escote—. Deséame suerte, baby.

Antes de que pueda decirle que no la necesita, mi mejor amiga me deja sola en mi lado de la barra. Claro yo estoy aquí para vender tragos y ella para seducir a tipos como él .

Sacudo la cabeza para espantar la tristeza de mi pensamiento y dibujo una nueva sonrisa en mis labios. Es mi mejor amiga y la amo; y aunque no soy una mujer insegura, a veces odio lo imbécil que puede ser el mundo por no poder ver más allá de la capa exterior.

«Y los que miran más allá, solo quieren jugar»

No vamos a ir ahí. No ahora.

—Creo que me equivoqué de lugar. —Una voz perfectamente masculina, grave y vibrante, me saca de mi pensamiento y me sobresalto.

Me doy media vuelta para atender a mi siguiente cliente de la noche, pero me congelo porque no estoy lista para lo que tengo en frente.

El hombre de los músculos está ahí, recargado en la barra, frente a mí: el bombón tamaño jumbo como lo llamó Su, es jodidamente real y está parado con los ojos fijos en los míos.

Juro que no suelo ser tímida, pero en este momento esa mirada llena de intensidad masculina, me hace sentir pequeña. Una mirada de este hombre y estoy lista para confesar todos y cada uno de mis pecados. Lo haría incluso de rodillas.

El hombre me mira, esperando una respuesta.

¿Qué dijo? ¿Pidió un trago? No puedo recordar sus palabras, así como tampoco puedo dejar de mirarlo.

Tengo la boca seca y tragar saliva me cuesta una eternidad.

Hasta que, por fin, me armo de valor para formular una frase coherente y que no tenga nada que ver con lo que mi mente está imaginando.

Llevo seis meses tomando pedidos de niños ricos y arrogantes que se creen más que cualquiera por tener un apellido elegante; esto debería ser fácil para mí.

—¿Disculpa? ¿Dijiste algo? —Es lo más sensato que puedo decir justo ahora. Los ojos del hombre bajan a mis labios en cuanto lo hago. Me arrepiento de sostenerle la mirada porque el calor a mi alrededor de pronto se hace insoportable y se acumula peligrosamente entre mis piernas .

Entonces sonríe y el momento se vuelve mil veces peor. Su pecho se infla antes de poner los codos en la barra e inclinarse hacia mí, invadiendo mi espacio seguro para respirar.

—Dije que tal vez me equivoqué de lugar. Esto no parece un bar para un hombre como yo.

La forma grave y profunda en que pronuncia esa palabra, hombre , me hace temblar las rodillas. Si no fuera porque tengo las manos apoyadas en la barra, ya sería un charco de agua en el suelo.

Mi capacidad de análisis acaba de entrar en recesión porque el tipo me está mirando descaradamente al nivel del pecho. Siento un impulso de subir una mano para cubrirme, pero al mismo tiempo me pregunto si mis curvas le gustan o piensa que son demasiado , como para el resto del mundo.

—¿Tienes nombre, dulzura? —pregunta de pronto.

Ahí entiendo que estaba buscando mi placa de identificación y no simplemente devorando mi escote.

¿Estoy mal por sentirme decepcionada una vez más?

«Es la misma decepción de siempre. No seas patética, Arya. Como si realmente fueras a dejar que alguien te tocara... tu única relación estable es con tu vibrador XL color morado».

Ignoro eso y le sonrío al hombre, con más control de mí misma, completamente recuperada del golpe inicial y de la reacción física de mi cuerpo.

—Soy Arya. —Me inclino un poco para no tener que gritar—. ¿Te gustaría tomar algo? —pregunto y me siento orgullosa de mi nuevo control.

Él asiente.

—¿Qué me recomiendas? —Su aliento a menta me llega hasta la cara. Mierda. Una imagen mental de ese mismo aliento soplando en otras partes de mi piel, me corta por completo la respiración. Niego internamente e intento con todas mis fuerzas ser profesional .

—Hay mucho para elegir. ¿Cómo te sientes el día de hoy? —hablo, aunque soy consciente del temblor en mis palabras.

—¿Tienes algo con sabor a.… te he estado buscando y al fin te encontré?

«Oh mi maldito Dios»

Ojalá no me lo hubiera dicho con esos ojos oscuros clavados en los míos. Solo hace que mi ropa interior termine de arruinarse. Y ni hablar del escalofrío que me recorre la espalda. Justo ahora no estoy segura de si es una advertencia o un placer que no he sentido antes.

En mi mente sé exactamente lo que le serviría. Algo con ginebra y un toque de veneno dulce. Porque este hombre parece exactamente eso: una tentación de la que nadie puede salir ileso.