Dulce deseo Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Él asiente, tocando mi mano y dándole una caricia.

Me suelto de él, no miro a las mujeres que son mi familia, de una vez comienzo mi camino hasta la habitación de mi padre.

No puedo dejar de sentir la opresión en mi pecho.

Tengo tantos recuerdos en esta casa, tanto buenos como malos, que es una mezcla de emociones y sentimientos que no puedo controlar.

Aquí crecí, jugué con mi madre, la vi morir, y vi nacer a mi hermano menor. Pero también, fue donde me lastimaron, me hicieron sentir lo más pequeño en el mundo; dónde supe que estaba embarazada y dónde tomé la decisión de irme a otro país.

Muchas cosas sucedieron aquí, pero hoy le doy un fin.

El fin de no volver más nunca. De intentar perdonar o simplemente olvidar lo que algún día me hizo tanto daño.

No toco la puerta de la habitación de mi padre, solo paso sin avisar.

No ha cambiado más allá de que cerca de su cama hay una máquina que toma su frecuencia cardíaca, oxígeno y le va midiendo el ritmo de su corazón.

Noto que también está una bolsa a un lado, es una sonda vesical.

Del resto, es la misma habitación desabrida de hace años.

Recuerdo lo que dijo mi tío Öger, tiene todo eso porque tiene una enfermedad renal, y cada día está más deteriorado.

—¿Namin?

Escuchar la voz de mi padre luego de seis años eriza mi piel, es un escalofrío que recorre todo mi cuerpo. Es la misma voz que escuchaba en mis pesadillas una y otra vez.

—No soy Namin, Baba.

Él voltea su rostro hacia la dirección de mi voz. Mira a muchos lados, ¿Está ciego?

—¿Quién habla? ¿Por qué suenas como Melissa?

—¿Ya no puedes ver? —Suelto sin querer, atónita a lo que estoy presenciando. Para nada es el hombre que era hace años. Luce muy enfermo.

—¿Melissa? —inquiere con asombro—. ¿Eres tú?

—Sí, soy yo.

—¿Estoy muerto?

Eso me hace reír sarcásticamente.

—¿Por qué lo preguntas? ¿Me enterraste en vida? ¿Para ti estoy muerta?

—¡¿Qué haces aquí, malagradecida?! —Me ha gritado. Se ha alterado. Ese sí es mi padre, no el hombre moribundo de hace un minuto.

—Solo vine a despedirme, querido padre. Me dijeron que estás contando los días para morir.

Él se comienza a mover, pero está imposibilitado por la sonda y los cables a su alrededor. La máquina suena descontrolada.

—¿Vienes a matarme? ¡Namin!

Me pongo al frente de él. Él me mira, sí puede ver un poco.

—No, padre, no vengo a eso. No soy como tú —le explico con calma, tratando de respirar varias veces y hacer que mis manos dejen de temblar—.

Solo vine a saludar, a decirte que mi vida está mucho mejor sin ti en ella.

Que me gradué, trabajé en un hermoso museo de arte muy famoso en Estados Unidos y que mi vida está llena de alegría y felicidad.

Puede que los últimos meses no sean del todo felices, pero junto a Akın he conocido la felicidad, soy feliz a su lado y eso es lo que importa. Pero no puedo contarle mis desgracias, no vine a eso.

—No me interesa tu estúpida vida, Melissa. Desde que te fuiste, dejaste de ser mi hija.

—¡Vaya! Ni en tu lecho de muerte cambias, Allah no te va a perdonar, Baba. Irás al infierno por todo lo que me hiciste —le digo señalándole—. Por matar a mi hijo...

—¡Cállate! ¡Cállate! —se exalta de nuevo, el sonido de la máquina vuelve a sonar, pero esta vez Namin entra a la habitación. El tío Öger también viene con ella, supongo que vio el mensaje que le envié antes de venir. Akın también entra.

—¡Yo no maté a nadie! ¡No soy un pecador! —Sigue gritando mi padre. Mis lágrimas amenazan con salir, pero las reprimo. La mano de Akın toma la mía.

—¿Estás bien? —Me pregunta, confirmo con una sacudida de cabeza.

—Las personas que lastiman, que golpean, que son violentas contigo física y mentalmente no van al cielo, padre —sigo hablándole, sin que me quede nada por dentro, sin importarme las personas a mi alrededor.

—¡Cállate, no le digas eso! ¡Lo alteras! —Namin intenta calmarlo, pero es imposible. En cambio, mi tío Öger solo sonríe. Él está disfrutando la escena.

—Van al infierno, Allah no los perdona, no le abren las puertas del cielo —continúo recitando muy cerca de él—. Todos los pecados que cometiste en vida, serán tu juicio cuando mueras. Tenlo en cuenta, padre.

Esto era lo que yo quería, vengarme de él. Quizás, yo también vaya al infierno por lo que estoy haciendo, pero no podía quedarme con la espina de verlo vivir felizmente luego de todo lo que me hizo. Sí, está pagando sus pecados en esa cama mientras se postra en vida, pero tenía que hacer algo.

Sin embargo, a pesar de decir todas esas palabras hirientes, termino de hablar con él, diciéndole:

—No soy como tú, nunca lo seré, Serkan —lo llamo por su nombre por primera vez en mi vida, él se retuerce en su cama—.

Alguien me dijo que debía perdonar para poder avanzar; aunque aún tenga vestigios del dolor que me causaste, le dejaré todo a Allah para que haga contigo lo que sea que mereces.

Tú crees en ello, así que retuércete todo lo que quieras, pero sé que su voluntad se hará y tú nunca más serás feliz.

—Maldita pecadora —pronuncia en voz baja, pero perfectamente se escuchó en la habitación—. Ojalá Allah te reprenda.

—No más que a ti, te lo aseguro. —Miro a todos, pero dirijo mi vista a mi padre por última vez—. Aquí terminan mis años de dolor, hasta nunca, Baba. Tus recuerdos serán borrados de mi memoria para siempre.

Y con eso último, salgo de la habitación agarrada de manos con Akın, quien no dice nada hasta bajar a la sala. Se escucha el repique de los tacones de Namin venir tras nosotros, pero no le hago caso a sus sermones. Abro la puerta de la casa y salgo, mis hermanas salen de inmediato.

—¡Nunca vuelvas a esta casa! ¡Estás muerta para nosotros, Melissa! ¡¿Escuchaste?! —Namin está hecha una furia. No le importa gritar y que los vecinos se enteren de lo que está ocurriendo.

—¡Y ustedes para mí! —Le grito de vuelta.

—¿Melissa? —Escucho la voz de dos personas diferentes diciendo mi nombre.

Volteo su dirección, Ömer y Yusuf, mis hermanos, uno mayor y otro menor, vienen con bolsas en sus manos y están incrédulos mirándome.

—Omer... Yusuf... —Mis ojos se llenan de lágrimas. Puede decirse que mi mejor relación de hermanos fue con ellos dos.

Ömer siempre estuvo conmigo y, Yusuf fue el hermanito menor que cuidé y protegí de todo lo malo mientras crecía. Mi corazón se emociona al verlos, Yusuf está grandísimo, es todo un hombre ya.

—Eras tú la del otro día —afirma Ömer—. La mujer que iba en el taxi.

Asiento.

—Melis —dice Yusuf con mirada llena de nostalgia. Corre hasta mí y me da un abrazo, me tenso, no sé cómo reaccionar—. ¡Cuánto te extrañé! ¡Oh, Abla!

Ömer también se acerca, me sonríe y espera a que mi hermano menor se despegue de mí para también darme un abrazo. Las lágrimas terminan deslizándose por mis mejillas cuando mi hermano mayor me abraza.

Los extrañaba.

Sí, los extrañaba mucho.

—Ay, chicos. Los extrañé tanto...

Sé que hace años, Yusuf no tenía voz ni voto en la familia, lo tomaban como un niño y cuando lloró al verme partir, no podía hacer nada para que no me fuera. Sin embargo, Ömer sí se calló por decisión. No dijo nada, solo me miraba con enojo e indiferencia. Aun así, está abrazándome en este momento.

—Perdón —dice mientras me abraza—. Perdóname por juzgarte y ser parte del complot que la familia hizo contigo. Perdón, Melis.