Dulce deseo Capítulo 25
90%

Capítulo 25

Melissa

Reconciliarse con un pasado tormentoso es difícil; es como si llevaras una mochila llena de piedras que pesan cada vez más. Tanto que ya no soportas el peso y solo quieres quitártela y sacar lo que lleva dentro, para así hacer más liviano el camino que recorres.

Hoy haré eso, quitaré ese peso que he llevado desde hace años y que no me ha dejado avanzar completamente.

Akın me da su apoyo con una sonrisa genuina y un pequeño apretón de mano. Él va manejando rumbo a la urbanización dónde está mi antigua casa. La que visité hace unos días y que no le conté a Akın. Cuando se lo dije, frunció su ceño, pero no dijo nada.

Quizás él solo me esté dando el beneficio de la duda, dejando que yo misma sea quien dé el paso y que me deje expresar.

Le devuelvo la sonrisa.

—¿Te sientes preparada para esto? Podemos volver mañana si no...

—Voy a hacerlo —le interrumpo—. Hoy es el día, no más postergaciones.

Lo digo porque ya ha pasado semana y media desde que Akın fue puesto en libertad; ya estamos en febrero, tenemos un mes en Estambul. Quién iba a creer que estaría por tanto tiempo aquí.

Él terminó el papeleo con la policía y el tribunal, volvió a trabajar y a estar pendiente de los juicios hacia Yıldırım y Melek. Dos días después consiguieron arrestar a su anterior gerente de negocios. También tenía sus manos puestas en los traspasos de dinero.

Finalmente, ya podemos sentirnos libres y aliviados de que todo haya terminado. Los hermanos Erdem fueron enjuiciados también, ya Akın no tiene nada que ver con ellos. Algo que agradecemos, porque pasamos muchos meses preocupados de que nos hicieran más daño.

Ahora es mi turno de cerrar ciclos, de poder dejar el pasado atrás y mirar hacia adelante, en el futuro que me espera con este hombre a mi lado.

Porque sé que mi futuro es con él, con más nadie.

Solo quiero a Akın Bozkurt conmigo.

El pelinegro da un asentimiento, mientras gira en la siguiente esquina para poder llegar a la calle donde vive mi padre.

Esta vez no hay autos obstaculizando la vía como la vez pasada, ni alguno de mis hermanos está afuera.

Akın se estaciona en un lado de la calle, un poco más adelante de la casa.

Apaga el motor, se quita su cinturón y voltea para mirarme.

Yo hago lo mismo que él, pero con un poco de torpeza porque mis manos tiemblan.

—Todo estará bien, cualquier cosa que suceda, nos iremos y ya.

Suelto un suspiro, resignada en que debo hacer esto. Es el momento del fin.

Asiento hacia él, Akın se acerca y me sostiene el rostro con sus manos. Me da un beso suave, cálido y sereno, como si quisiera transmitir su apoyo mediante el beso.

—Te amo, tú puedes, cariño.

Sonrío.

—Gracias, también te amo, Akın.

Me da un beso más, nos separamos y bajamos del auto.

Lo rodea para llegar a mí y entrelazar nuestras manos.

Caminamos hasta la entrada de la casa, subimos las pequeñas escaleras que hay y él toca el timbre por mí.

Los nervios no me dejan ni siquiera hablar o mover un dedo.

Se me dificulta un poco respirar, pero las palabras dulces de apoyo de Akın sobre mi oído y sus besos en mi cabeza, me calman un poco.

Respiro hondo, tratando de llenar por completo mis pulmones. Tardan en abrir, pero cuando escucho que van abriendo la puerta, vuelvo a respirar entrecortado. Akın me da un apretón, dándome la valentía para saludar.

Quien ha abierto la puerta es mi hermana Suna, la que vimos hace unas semanas cuando llegamos. Ella se sorprende al verme, mira a Akın y veo que también se tarda en hablar.

—İyi akşamlar —Buenas tardes, dice Akın intentando que alguno de los tres diga algo—. Nos hemos visto antes, soy Akın Bozkurt.

Él extiende su mano libre para saludar a Suna, la castaña de pelo largo y liso me mira, como si no pudiera creer lo que está viendo.

—No soy un fantasma, hermana —digo para que reaccione.

—Es como si lo fueras con tantos años afuera, Melissa —responde ella con sarcasmo. Mira a Akın y estrecha su mano con la de él—. Suna Deniz.

Akın quita su mano cuando mi hermana dijo su comentario. Ni siquiera pudieron estrecharla como tal. De una vez frunce su ceño y su gentileza cambia.

—¿A qué vienes? —pregunta Suna.

—A ver a mi padre —contesto directo al grano—. Será una visita rápida, no tomará mucho tiempo.

Pasos se escuchan detrás.

—¿Quién ha llegado? —La voz de mi hermana Başak me hace sentir escalofríos. Si no hubiese sido por su aviso hacia mi padre de que la gente estaba viéndonos en la boda, él no me hubiese empujado.

Ella llega hasta la puerta y tiene la misma reacción que Suna. Sus ojos se abren un poco más de lo normal y está boquiabierta.

—Melissa —exclama en un susurro, llena de sorpresa—. ¿Akın Bozkurt? ¡Por Allah!

¿Lo conoce? Miro a Akın, quien no cambia su semblante, sigue mirándolas con seriedad. Veo que Başak le dice algo en el oído a Suna, ella se sorprende y cambia su rostro a uno ¿Feliz?

—Señor Bozkurt, no lo había reconocido, pasen, pasen.

¿Qué demonios?

Le doy una mirada rápida a Akın, quien me mira sin entender. Supongo que lo han reconocido, saben quién es. De un momento a otro, todo cambia. Nos ofrecen té, sentarnos y hasta comida.

Internamente voy sintiendo la molestia por lo que está sucediendo. Si hubiese venido sola, nada de esto estuviera pasando. Lo tengo muy claro.

Mis hermanas prácticamente me están ignorando y solo se fijan en Akın. Por lo que tomo la valentía de ponerlas en su lugar y dejen el espectáculo.

—Como veo que ya lo conocen, Akın es mi novio.

En sus rostros veo la inquietud, la curiosidad y el chismorreo que probablemente hagan más tarde cuando me vaya.

—¿Novio? ¿Y tu esposo Ferit?

Sabía que preguntarían por él.

—Nos divorciamos —respondo sin darles detalles.

En la sala se siente un silencio incómodo. Mucho más se hace cuando escucho pasos provenientes de las escaleras internas de la casa. Es un taconeo. Ese taconeo que muchas veces me hizo sentir pequeña, débil y sin poder expresarme.

Namin está bajando las escaleras, la esposa de mi padre.

Mis hermanas están en sus treintas, no sé cómo es que ambas están en casa un miércoles por la mañana.

Se supone que deberían estar trabajando, al menos que sus esposos sean los únicos que lo hagan.

¿Dónde están mis sobrinos? Porque sé que han tenido varios hijos, pero no he visto asomarse ni al primero.

Los pasos se van acercando, tomo más fuerte la mano de Akın. Él me mira, me hace señas, pero lo único que hago es sacudir mi cabeza un poco.

La presencia de Namin se siente al instante cuando llega a la sala de estar, sigue vistiéndose como siempre.

Lleva su hiyab sobre su cabeza, el de hoy es de color beige.

Ella es musulmana hasta los huesos, lo lamentable es que llevó la religión al extremo, dónde creer que todo es pecado y que la vida debería de ser como los parámetros ancestrales fueron establecidos, así como lo dicho por los profetas.

Namin fue quien creó el monstruo en el que se convirtió mi padre; cuando estaba con mamá, él no era así tan extremista, autoritario y grosero.

Le doy una mirada fija, detallo su rostro envejecido.

Tiene más arrugas, más amargura en sus ojos y las líneas marcadas alrededor de su boca por tanto fruncirla durante años, la hacen lucir acabada, vieja y sin un ápice de alegría en ella.

Quiso tanto adueñarse de la casa, ser la señora y ama de este lugar, que veo que ni la llegada de niños la hizo ablandar su corazón.

—Melissa —sisea con un tono acusador—. Tantos años sin verte. ¿Ahora vienes por la herencia?

Enarco una de mis cejas, no puedo creer que esté diciendo eso.

—Solo vengo a ver a mi padre. No vengo a hacer las paces ni a ponerme al día con ustedes. No lo necesito.

Ella emite una risa sardónica.

—Hasta el acento se te cambió, ya veo que te americanizaste. —Mira a Akın quien está a mi lado, posiciona su vista a nuestras manos entrelazadas—. ¡Vaya! Cambiaste al tonto de Ferit por otro.

Tenso mi mandíbula, quisiera decirle tantas cosas, pero me limito. No quiero pasar mucho tiempo aquí, por lo que voy directo a lo que vine.

—¿Dónde está mi padre? ¿En su habitación? —pregunto, levantándome del asiento—. Vengo a hablar con él.

—¡No lo vas a ver! ¿Pero qué te hace pensar que tienes el derecho de ver a Serkan? —Da un resoplido—. No eres nadie en esta casa, tus derechos como hija se terminaron cuando saliste por esa puerta hace seis años.

—No, más bien, ¿Quién te crees tú para dar opiniones en esta casa? ¡No eres nuestra madre! —Vocifero mis últimas palabras—. Estoy segura que Suna y Başak piensan lo mismo, te tratan como madre, pero no lo eres. Nunca lo serás, Namin.

La mujer se pone colorada, empuña sus manos y da un paso. Akın se levanta y se para enfrente de mí.

—Vamos a calmarnos un poco, Melissa solo quiere ver a su padre —dice mirando a mis hermanas y luego a Namin—. Denle veinte minutos para que lo haga. Luego nos iremos.

—¿Quién eres tú? —inquiere con tono despectivo la esposa de mi padre.

—Soy Akın Bozkurt, dueño y presidente de Yıldız.

—¿El hotel?

—Así es, madre —responde Başak—. Y unas cuantas tiendas por todo Estambul.

Ella se queda atónita. Sabe que Yıldız es una de las empresas y hoteles más famosos de Estambul y Turquía. De una vez cae en cuenta lo importante que es Akın para el turismo y economía de nuestro país.

Su rostro cambia como lo hicieron mis hermanas. Pero solo se muerde la lengua y no dice nada. Le está dando en la llaga nuestra presencia aquí.

—Veinte minutos y se van —anuncia con indiferencia.

La miro, pongo los ojos en blanco y volteo hacia Akın.

—Haré esto rápido.

—¿Voy contigo? —cuestiona en voz baja. Niego con mi cabeza.

—Puedo hacerlo sola, cualquier cosa, puedo gritar.