Dulce deseo Capítulo 04 #2
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Capítulo 04 #2

Vale, creo que eso sí es un poco incómodo. Por lo que me disculpo, no tiene ningún doble sentido o para pensar mal. Solo quiero ayudarla a que esté bien. Pero mi comentario sí podría malinterpretarse. Lo bueno es que ella no dijo nada al respecto.

—No, yo me las arreglo, no te preocupes. Gracias por todo lo que has hecho.

Un silencio se crea entre nosotros, por lo que es una señal para salir del lugar y dejarla sola; le digo que iré a ducharme también y que luego haré la cena para ambos.

—Estás en tu casa, Melissa.

Es lo último que digo antes de salir e irme a mi habitación.

No puedo evitar soltar un suspiro cuando estoy solo, ¿En qué momento dejé de respirar correctamente?

¿Por qué me siento un poco nervioso de que ella esté aquí?

Son preguntas que prefiero ni responderme a mí mismo.

Esto ya lo había sentido antes, y no quiero irme por esas ramas.

Hago lo que le dije a Melissa: me baño, me pongo algo cómodo y voy a la cocina para poder prepararle algo a la chica que tengo de huésped esta noche. Mientras busco lo que necesito, saco los ingredientes. Estoy ansioso de poder hacer algo rico de cena.

Mi teléfono comienza a sonar, es Conrad diciéndome que Melek me está llamando y que no le he contestado.

Le explico que estoy ocupado, pero qué ocurre como para que me llame tanto.

Él no me supo explicar, por lo que solo le pedí los medicamentos.

Al cabo de cinco minutos, mi chofer ya estaba en la puerta del apartamento entregándome lo que le pedí.

—¿Qué ocurre con Melek? —pregunto con ceño fruncido.

—No lo sé, señor.

—Taman.

Le agradezco el buen trabajo hecho hoy; le cuento que Melissa se encuentra bien y que ya puede irse a descansar, porque ella se quedará aquí conmigo. En su mirada hay asombro, pero no dice nada. Asiente y se va.

Por lo que quedamos solo Melissa y yo en este apartamento.

¿Por qué este absurdo nerviosismo? ¡Joder!

◆◆◆

Melissa sale de la habitación, saltando como había dicho que haría.

Pero igual en su rostro se ve que le duele hacerlo o que es incómodo para ella.

Meneo mi cabeza negando en su dirección, pero ni se inmuta ante mi negativa, ella me mira con suficiencia y se sienta como puede en uno de los taburetes que hay en la cocina junto con un gran mesón de mármol.

Veo la hora en el reloj de la pared y leo que son las ocho de la noche, ¿en qué momento se hizo tan tarde?

Le informo a Melissa sobre los analgésicos, ella agradece y se lo toma de una vez.

—No seguiré soportando este dolorcito.

Me rio ante su comentario, le señalo nuestra cena y sonríe.

—Sí que eres un buen anfitrión, no puedo creer que hayas hecho Gözleme. Tengo años sin comerme uno.

Eso me llama la atención.

—¿Tienes tiempo sin ir a Turquía?

Ella se queda callada, pero solo asiente.

—Veo que no estás casado o que vives con alguien aquí —comenta de pronto, dando una mirada en derredor.

—No lo estoy. Y sí, vivo solo, como te dije más temprano.

Me quedo de pie mirándola de frente, mientras comemos de nuestro gözleme tradicional, quedó rico. Algo sencillo y fácil de hacer.

La detallo y me doy cuenta cómo le ha quedado mi ropa, algo holgada y muy grande, pero al menos se la ha puesto.

—Gracias por toda la hospitalidad, Akın —dice con sinceridad, comiendo también.

—Ya deja de agradecer —digo riéndome—. Me alegra que estés bien, güzelim.

Ella no dice más nada, por lo que dejo que comamos en silencio, pero nuestras miradas de vez en cuando se conectan sin querer.

Al terminar, lavo los platos y al voltearme, veo que Melissa está tratando de nuevo en llegar al mueble de la sala, pero le falta un buen tramo, por lo que se ha detenido en el medio del camino. Eso me hace sonreír sin querer.

Es demasiado terca.

Me seco las manos con la toalla de la cocina, camino hasta ella y le paso el brazo izquierdo alrededor de sus hombros, cuestión de que ella me rodee también con el suyo y pueda apoyarse en mí, para que pueda dar los pasos y no forzar tanto el salto de conejo que hace.

Es impresionante la diferencia de estatura entre ambos.

—¿Eres una conejita? —intento bromear mientras llegamos al mueble.

Ella me da un pequeño empujón de lado, lo que me hace reír a carcajadas. No me esperaba eso.

Llegamos al mueble, se sienta con mi ayuda, al separarme un poco de ella le hablo de nuevo.

—Conejita... —siseo para tentarla. Me rio más cuando me da una mala mirada.

Otro guiño sale de mí, pero inconscientemente le comienzo a rozar la mejilla derecha. Inmediatamente se sonroja y me mira con asombro.

Esto está mal, no debería estar tocándola, pero no puedo ni siquiera alejarme. Ella tampoco dice nada, ahora soy yo quien se sorprende cuando noto que cierra sus ojos mientras siente mi caricia sobre su piel.

Pero cuando vuelve a abrirlos, ladea su cabeza para que deje de tocarla.

—Distancia, Akın, por favor —pide mirando los pocos centímetros que nos separan. Noto que traga saliva con dificultad cuando mira mis labios y luego a mis ojos—. Lütfen.

Cuando ha dicho por favor en turco, sé que me lo pide en serio. Por lo que respeto su petición y me alejo. No sé por qué quiero tenerla cerca como la tenía hace un minuto.

—Discúlpame... Sé que estuvo mal.

Me alejo de ella para poder calmar mi cuerpo. Creo que exageré la distancia que le estoy dando, porque estoy casi llegando a la cocina cuando escucho que me llama.

Volteo para mirarla.

Un trueno llena el silencio de la sala, ella se estremece e intenta mirar por la ventana que está cerrada, pero aun así las luces del edificio de en frente se ven desde aquí. Efectivamente sigue lloviendo.

—¿Te dan miedo las tormentas? —pregunto al acercarme, a cierta distancia de no incomodarla.

—Sí... Desde pequeña. No puedo evitar sentirme asustadiza cuando truena muy fuerte o llueve a cántaros. Es como si me sintiera pequeñita ante tanta inmensidad como un trueno.

Ladeo una pequeña sonrisa.

—Entiendo lo que dices... —Me siento al otro lado del mueble, mirando hacia la ventana, así como hace ella—.

A mí me da miedo son las alturas. Y se siente como tú dices; es sentirse pequeño ante tantos metros de alto.

Porque desde cierta distancia, solo eres algo pequeño que con cualquier paso caerá.

—¿Y cómo haces con los vuelos?

—Supongo que ya me he acostumbrado, pero mirar desde la azotea de un edificio... No puedo. —La miro, ella está mirándome con seriedad, escuchándome con atención—. ¿Lanzarme en paracaídas? Sería un suicidio —me rio—. Moriría en el acto.

Ella se ríe.

—No digas eso.

Y así estuvimos dos horas más, hablando y tratando de que el tobillo de Melissa no le doliera tanto.

La ayudé a ponerse las compresas cómo indicó el doctor; hablamos de todo un poco.

Es una mujer tan hermosa e inteligente que provoca saber más y más sobre ella.

Aunque hay veces que no comenta mucho sobre cosas personales, la cual entiendo, apenas nos acabamos de conocer o, bueno, esta es la segunda vez que nos estamos viendo.

Aunque es la primera vez que tenemos una conversación tan larga. Y me encantó que la hayamos tenido.

Me gustó pasar el tiempo con ella hablando de cualquier cosa.

Es hora de dormir, son casi las once y media de la noche, mi cuerpo se siente cansado y veo que Melissa está igual que yo.

—Buenas noches, Akın.

Ella está parada en la entrada de su habitación, mirándome con una sonrisa ladeada.

—Gracias de nuevo.

Niego con mi cabeza.

—Iyi geceler[12], güzelim.

Le doy una última sonrisa antes de irme a dormir. Ella no pronuncia otra palabra, por lo que cierro la puerta detrás de mí y caigo a la cama, pensando en que esa hermosa mujer se ha topado conmigo en esta gran ciudad.

El destino es un descarado.

Pero no dejaré que se me escape. La bonita conexión que sentí al hablar con ella no son solo suposiciones mías. Ella lucía muy cómoda conmigo. Por lo que me quedo dormido con una sonrisa, sabiendo que al despertar volveré a verla.

Pero no fue así cuando amaneció, la busqué en su habitación y ella ya no estaba.

Se había ido... Y lo peor es que lo hizo sin despedirse.