Capítulo 02
Akin
Estar viviendo en otro país se siente muy diferente a estar solo de paso.
Llevo un mes en Seattle y aún no me acostumbro.
Soy un hombre de viajes, de estar en constante movimiento, no varado en un solo lugar.
Pero en estos momentos todo es tan turbio que lo mejor es estar aquí por un tiempo.
En Turquía, las cosas no están bien y si vuelvo, quien sabe qué podría pasar.
Sí, fue una mala decisión no haber aceptado el acuerdo de esos tipejos que querían hacer un negocio clandestino, pero no podía aceptar, van en contra de mis valores y creencias. Pueden gustarme los negocios, pero no entraré en la mafia turca; no haré negocios con esa clase de personas.
Sin embargo, el no haberlo aceptado también trajo consecuencias, y una de ellas es no estar seguro de mi vida.
Cuando estaba en Estambul, ellos intentaron hacerme daño. Me amenazaron con quitarme todo si no aceptaba su acuerdo de lavado de dinero. Es por eso que decidí venir a Estados Unidos, tratar de calmar las aguas para poder regresar.
¿Por qué elegí Seattle? Porque la vez que vine a hacer negocios con una empresa de aquí llamada Sunshine, me gustó mucho la hospitalidad de esta ciudad. Tiene un buen clima, la gente es amable y está Leslie.
Pienso en aquella castaña que se convirtió en una buena amiga luego de intentar seducirla; pero ella ya tenía su corazón ocupado por otra persona. Aun así, nos convertimos es muy buenos amigos, y es grandioso tenerla en mi vida de esa manera.
Desde que llegué a su ciudad, me ha ayudado a adaptarme. Ya ha pasado un año y medio desde que nos conocimos, su esposo Raymond también me ha ayudado a encontrar nuevos patrocinios y clientes que pudieran hacer negocios conmigo.
Es jueves, estoy cansado de estar en la oficina improvisada que creamos para la empresa. No me gusta estar alejado de Yıldız, mi empresa en Turquía, pero se hace lo que se puede.
Melek, mi asistente desde hace cuatro años, me sirve un café turco y deja una carpeta con información del nuevo proyecto que tenemos pensado empezar a ejecutar en este país.
Poco a poco hemos ido estudiando las estrategias americanas, tratando de crear algo que funcione en un mediano y largo plazo, es por eso que hemos trabajado sin parar en un mes de estadía.
—Akın bey, ¿necesita algo más? —pregunta Melek, dándome una sonrisa con sus labios pintados de rojo. Ella me ha ayudado en muchas ocasiones a encontrarme cuando estoy perdido entre tantas cláusulas y acuerdos.
Es buena persona.
También puede que hayamos hecho cosas que los jefes y sus empleadas no deberían hacer. Pero ella sabe que solo es mi asistente, una buena amiga y nada más.
—Solo eso, Melek. Teşekkür ederim[4].
—Taman, Akın bey[5].
Le agradezco, pidiéndole que por favor saliera a su descanso mientras yo termino de ver este papeleo y podamos irnos a casa.
Ella y mi chófer tienen su propio pequeño apartamento alquilado en un buen edificio que contraté al llegar. En cambio, mi apartamento es un penthouse y está muchos pisos más arriba que los apartamentos de ellos.
Al menos vivimos cerca. Cuando los necesito, ellos están al momento.
Fue lo único que pude traerme con seguridad de Estambul, además, son mi equipo de trabajo y les tengo mucha confianza. Han sido años trabajando juntos.
Las horas pasan como si estuviera apurado el día por terminar; cuando alzo la vista para ver la hora en el pequeño reloj digital que tengo en la mesa, veo que son las ocho de la noche, no he cenado y me siento cansado.
Tomo el teléfono y llamo a Conrad, mi chófer, él de una vez contesta.
—Akın bey —dice en el momento.
—Conrad, investiga dónde hay por aquí cerca un bar donde pueda ir a relajarme o comer algo, lütfen.
Por favor.
—Sí, señor. Deme cinco minutos y le llamo.
—Está bien —le digo de vuelta, finalizando la llamada.
Un suspiro muy audible se escucha en la habitación, con los codos apoyados sobre la mesa, me llevo las manos hacia mi cabeza y masajeo.
Me siento estresado.
Mi vida cambió tan repentinamente que me frustra todo lo que está ocurriendo.
En ese momento escucho la puerta abrirse, alzo la vista y veo que Melek entra con una tableta de algún medicamento en sus manos y un vaso de agua.
—¿Un analgésico? —inquiere acercándose.
Le doy una sonrisa.
—Siempre pendiente de mí.
—Así es. No puedo ser una asistente que no se da cuenta que su jefe está mal.
Ella me entrega el analgésico y el vaso de agua, vuelvo a darle una sonrisa, pero dejo todo sobre la mesa.
—Ya puedes irte a casa, ya terminé.
Ella niega.
—¿Tú te irás a casa?
Hay veces en la que nos tuteamos, como hay otras en la que somos meramente profesionales. Pero no hay términos medios.
—Saldré a distraerme un rato. Estoy esperando que Conrad me llame.
La rubia se queda pensativa, noto como frunce ligeramente su ceño, pero no dice nada.
No puede ni siquiera decir algo. Ella lo tiene muy en claro.
Mi teléfono comienza a sonar interrumpiendo el silencio incómodo que se estaba volviendo en la habitación.
—Dime, Conrad.
—Señor, hay un pub turco a cuatro cuadras de aquí. ¿Quiere ir?
—¿Un pub turco? —pregunto sorprendido—. Eso es nuevo.
—¿Preparo el auto?
—Sí, ya bajo. Luego puedes llevar a Melek a casa, por favor.
—Evet[6], Akın bey.
La llamada se termina y me quedo mirando a mi asistente.
—Como que hay un pub turco por aquí cerca. Iré a ver qué tal, capaz me termina gustando —bromeo—. Hay que sentirse en casa, ¿no?
Veo como suspira, intenta decir algo, pero se calla. Solo asiente.
—Sí, nuestras raíces siempre nos llaman.
Le doy la razón con un asentimiento.
Melek ordena la oficina, me pasa algunas carpetas y arreglamos todo para poder irnos. Mañana puede que venga de nuevo, si es que Leslie no me invita a otra clase de yoga, ahora que está embarazada, va mucho a un sitio de entrenamiento para madres primerizas.
Es muy divertido y hermoso verla en esa faceta.
A veces recuerdo cuando la ayudé para darle celos a su ahora esposo. El muy idiota no se decidía en estar con ella, hasta que vio que tenía competencia y ahí fue cuando se dio cuenta que podía perderla.
Fue un placer haberla ayudado, a pesar de que me gustaba mucho y quería intentarlo con ella. Pero supongo que así son las cuestiones del destino, quizás no era para ser mi esposa, pero sí una gran amiga.
Al bajar hasta donde Conrad nos espera, Melek dice que caminará e irá a otro sitio, por lo que nos despedimos de ella y nos vamos directo al pub que tengo muchas ansias de conocer.
—¿Qué harás después? —le pregunto a mi chófer, mientras maneja hasta el local al que vamos—. Estaré allí un rato, no quiero embriagarme, solo relajarme.
—Se merece un descanso, señor. Ha trabajo muy duro desde que llegamos.
Es bueno que Conrad esté mejorando su inglés, les he dicho que en este país debemos hablarlo siempre, por cuestiones culturales y racismo. No es nada oculto el hecho de que los estadounidenses no vean de manera despectiva por ser de Europa oriental.
Me acomodo en el asiento, tratando de reposar mi cabeza en el respaldo. No miento cuando digo que me siento muy cansado y estresado.
Además de llevar las riendas de la empresa Yıldız, también velo por nuestra seguridad.
Hasta la de mi familia. Mi hermana Demet está al tanto de mi situación, lamentó lo que ocurría y afianzó su equipo de seguridad.
Le dije que iba a ser por poco tiempo, sin embargo, ella está tomando precaución a cada movimiento a su alrededor.
—Llegamos —anuncia el castaño, estacionándose al frente de un pequeño local con un gran cartel que dice «Turko». Que nombre tan raro, pero supongo que le da estilo.
Le doy las gracias, algunas indicaciones y salgo del auto. Camino hasta el local. Miro a todos lados y a lo lejos veo a mi equipo de seguridad encubierto, porque sí, tengo guardaespaldas, pero no los tengo siempre encima para evitar incomodidades con la gente.
En este país hay muchas creencias en que, si ves a alguien musulmán o del oriente del mundo, piensan que eres un terrorista. Por lo que evito que mi gente esté muy cerca. Claro, ellos siempre están al pendiente de todo a mi alrededor, pero me dan la libertad de poder caminar sin ellos a un lado.
Entro al local, de una vez el olor a incienso turco llega a mis fosas nasales, respiro y cierro los ojos, recordando que muchos sitios de Turquía tienen este olor característico.
Vuelvo a abrirlos para detallar el lugar, se ve agradable, la calefacción está encendida para poder compensar el frío que está haciendo afuera por ser finales de octubre.
Visualizo cada espacio del lugar, me acerco a la barra y veo que una chica de ojos verdes atendiendo a los clientes. Ella va y viene, entrega bebidas, saluda a la gente y se ríe con todos.
En estos momentos se encuentra hablando con una castaña de hermosos ojos cafés claros que luce dudosa en si beber lo que la bartender le ha puesto al frente de ella.
Observo a la señorita y veo que tiene su cabello castaño con ondas, su nariz es perfilada y tiene una muy bonita sonrisa, su piel es muy blanca. ¿Será turca o americana? No puedo dejar de mirarla, ha captado mi atención y si no me controlo, voy a llegar a ella en cualquier momento.
Se parece tanto a...
Quizás sea por eso que me llama tanto la atención.
La chica que atiende se acerca a mí, me da la bienvenida y me pregunta qué quiero beber.
—Merhaba[7] —saludo con una sonrisa, ella me la devuelve—. Un whisky suave, por favor.
—¿Suave? —pregunta ella sin creerlo.
—No me voy a embriagar, solo quiero relajarme. —No sé ni para qué me explico—. ¿Tienen aperitivos?
Ella asiente.
—Sí, claro —responde, me ve por un segundo y lame sus labios con seducción, solo ladeo una sonrisa y espero a que se vaya—. Vale, guapo, ya te traigo todo.
No puedo evitar que mi mirada se vaya directo a la castaña del otro lado de la barra, pero esta vez es diferente.
Ella también me está mirando.