Dulce deseo Capítulo 02 #2
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Capítulo 02 #2

Una sonrisa se esboza en mis labios, pero ella se pone nerviosa y voltea su mirada hacia su bebida, comienza a bebérselo como si tuviera mucha sed. Eso me hace reír. Si sigue haciendo eso, pronto estará bien ebria.

Al cabo de unos minutos, mi pedido llega y comienzo a disfrutar de la estadía en este nuevo descubrimiento en Seattle.

Süper.

◆◆◆

Evet, no sé en qué me he metido.

Tengo alrededor de veinte minutos discutiendo con la chica de cabello castaño que vi desde que llegué, que ahora sé que se llama Melissa.

Ella está ebria, ha vomitado sobre mis zapatos y no quiere que la lleve a casa.

Sí, tiene razón, no puede estar aceptando a ningún desconocido, pero le he repetido muchas veces que no le haré daño.

Solo que... no sé por qué, pero me preocupo por ella.

Sí, tal vez sea porque se parece tanto a Hande, el amor de mi vida que perdí hace tanto tiempo. Sé que no es ella, pero algo más fuerte me atrae hacia su persona, que quiero que esté bien y ya.

La mujer está tan ebria que me ha vomitado encima, menos mal Conrad llegó a tiempo y pude limpiarlos, sin embargo, no soporto el olor. Aunque de igual forma, no dejé que Melissa se fuera sola a casa o retrocediera en su decisión.

Para que pudiera confiar en mí le tuve que contar una historia familiar sobre el pastel de manzana que hacía mi madre, solo que el rumbo de la conversación se fue yendo a otro sitio más... candente.

—¿Ahora cómo la ves? —pregunta mirándome con esos bellos ojos.

—No lo había pensado —respondo con sinceridad—. Uhmmm...

—¿Tentación y deseo al estilo de Adán y Eva?

No puedo evitar sonreírle de forma pícara. Eso me ha tomado desprevenido. ¿Qué hay detrás de esta dulce mujer? En sus ojos se nota que no solo es dulce... Hay algo más.

—Tentación y deseo... Me gusta —contesto con un poco de seducción, tentándola.

Nos quedamos mirando, no decimos nada. Dejamos que nuestras miradas hablen por nosotros.

Sí, ella definitivamente no es Hande, pero no puedo negar el hecho de que es muy hermosa. Sus ojos atrapan.

—¿Y si tal vez... la manzana es un dulce deseo? —Inquiero, viendo su reacción.

Me doy cuenta que se paraliza, traga saliva con dificultad y mueve sus pies, pero no deja de mirarme fijamente.

—Así es como tú luces —susurra.

Joder.

¿Quién es esta mujer?

Inconscientemente me acerco a ella, pero retrocedo cuando el olor a vómito llega a mí. Me rio por el momento tan loco que estoy teniendo con Melissa.

Qué bonito nombre.

Mi chofer me llama, preguntándome qué hacer.

—Llevaremos a Melissa hanim a su casa. —Señorita Melissa.

Él asiente y entra al auto. Le abro la puerta a la castaña y ella solo me mira de reojo. Creo que hay un poco de rubor en sus mejillas. Tal vez sea por el alcohol.

El interior del auto huele pésimo, tuve que pedirle a Conrad que abriera las ventanas. Melissa dio su dirección y vamos rumbo a su casa.

—Sí que te da asco el vómito —murmura Melissa, pero la he escuchado.

—Mucho. No lo soporto.

Ella se ríe.

—Qué tonto.

Miro la noche citadina por la ventana, respiro hondo y volteo a ver a la chica a mi lado.

—¿Quién eres, Melissa? —le pregunto de frente. Ella frunce su ceño.

—¿Se supone que debo darte información personal? ¿En dónde quedó en que eras un desconocido?

—Pues, estás dentro de mi auto, ya no somos tan desconocidos. —Ladeo mi cabeza de un lado a otro—. Podemos decir que ya somos conocidos.

Veo como resopla, pero ríe.

—No lo creo —dice sin más.

—Vale, ¿me presento yo?

—Mucho mejor.

—Sí que no confías en la gente, ¿cierto? No eres de esas personas que habla con todo mundo en algún sitio.

—Pues no, no lo soy. —Melissa se acomoda en su puesto, se ha bebido la botella de agua que Conrad le dio al entrar al auto—. Entonces, ¿Quién eres, Akın?

Sonrío al notar que ha hecho la misma pregunta que hice hace un minuto.

—Un hombre turco, de treinta dos años, soy empresario y trabajo aquí en Seattle por unos meses.

Ella enarca una ceja.

—¿Empresario? ¡Vaya! ¿Y qué hace un empresario en un simple pub?

—¿No se puede? —contrataco.

—Los ricos tienden a ir a sitios lujosos, todo caro y donde no haya tanta gente.

Lamo mis labios mientras le sonrío. La castaña traga saliva de pronto, y deja posicionada su mirada sobre mis labios. La miro con profundidad, hay algo en ella que atrae demasiado.

—¿Eres turca?

—¿Me veo como una?

—Pues hablaste en turco hace un rato.

Se ríe.

—Lo soy. Touché.

—¿No hay alguna presentación? —Indago más en ella. ¡Joder, quiero saber sobre su vida!

—Soy turca, trabajo en un museo, tengo veintiséis años y vivo aquí. —Su voz es suave, tiene un poco de acento turco, pero no se le nota mucho.

—Un placer conocerte, Melissa que trabaja en un museo, tiene veintiséis años y vive aquí —le digo bromeando, mientras extiendo mi mano hacia ella.

—¿En serio quieres tocarme luego de vomitar? —Sé que bromea también.

Eso me hace reír.

—Dame tu mano y ya.

Me da una sonrisa de labios cerrados, pero sus ojos brillan. Acepta mi mano y nos damos un apretón. Su mano es suave, fina y pequeña. Nos separamos y nos sonreímos.

—Esto es una locura. No sé qué hago aquí —dice en voz alta mientras mira por la ventana.

—Digamos que es cosa del destino. Puede que esta sea la única y última vez en la que nos veamos —digo, acomodándome en mi asiento, también mirando por la ventana. Las luces de los edificios iluminan todo el camino.

—No creo en esas cosas del destino.

—¿Por qué no?

—Es una mierda —contesta resoplando—. Esas cosas de que el destino, que Dios o Allah y todo eso, no lo creo.

—¿Atea?

—Tengo mis propias creencias.

Doy un asentimiento.

—Interesante... Eres interesante, Melissa.

Ella no dice nada, mira de nuevo por la ventana y se queda pensativa.

—Esta ciudad cada día me gusta más —comento, tratando de llenar el silencio que se ha formado.

—A mí también, Seattle es muy bonita.

«Así como tú», quisiera decirle, pero sé que estaría mal. Se vería muy mal de un desconocido que la está llevando a casa.

Pero, demonios, sí que lo es.

◆◆◆

El recorrido ha sido relativamente rápido, su edificio no estaba tan alejado al centro. Ella ya se ha bajado del auto, ni siquiera esperó a que Conrad o yo le abriéramos la puerta. Veo que no sigue ninguna tradición ni espera que alguien le haga algo.

Muy independiente... y tal vez, muy americana.

—Hasta aquí nos trajo el río —expresa asintiendo, señala al edificio detrás y dice—: Aquí vivo. Muchas gracias por el aventón. Supongo que... ¿aún quedan buenas personas en el mundo?

—Eso suena tan irónico —siseo negando con mi cabeza—. Pero ha sido bueno conocerte, aunque me hayas vomitado los zapatos. Lamentable, eran mis favoritos.

Melissa esboza una mueca.

—Lo siento de nuevo por eso.

Le quito importancia con mi mano. Ya está menos ebria.

—No importa. Ha sido una noche loca, pero divertida. Quería desestresarme un rato, y lo he conseguido.

Un pequeño silencio se forma entre nosotros, como si no quisiéramos despedirnos.

—¿Hasta otro momento, Melissa? —inquiero, extendiendo mi mano para estrecharla con la suya como lo hicimos en el auto.

Ella me mira, luego su mirada va hacia mi mano y suspira. Asiente estrechándola.

—Hasta otro momento, Akın.

No sé si esta sea la última vez que nos veamos, quizás Seattle sea tan pequeña en la que podamos coincidir de nuevo, pero algo en mí desea volver a verla. Veo como se despide con su mano, le da las gracias nuevamente a mi chofer y se gira para caminar hasta la entrada de su edificio.

Un impulso en mí decide decirle algo más que solo un adiós.

—¡Melissa! —la llamo, ella se detiene, voltea y me mira con curiosidad—. Nos volveremos a ver, tenlo por seguro.

Se ríe y niega.

—La próxima vez invítame a comer pastel de manzanas.

Ella es tentación... lo tengo muy en claro.

—¿Eso es un dulce deseo?

—Llámalo como tú quieras, Akın.

Y sin más que decir, ella sigue su camino hasta la entrada, la veo perderse en el elevador. No dejo de mirar por donde se ha ido. Quisiera ir tras ella, pero no puedo hacerlo.

Tal vez ella no crea en el destino, pero sé que nos volveremos a encontrar.

Y si no... yo haré que así sea.