Dulce deseo Capítulo 01
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Dulce deseo

Dulce deseo

Por Karolayn Pineda

© inepub.com

Capítulo 01

Melissa

Ser apasionado sobre una profesión, un pasatiempo o un deporte es tan válido como no serlo, pero ¿dónde radica el hecho de trabajar en algo que te gusta tanto, que te apasiona, pero que con el tiempo se siente monótono y pierde toda su magia?

Eso me ocurre con mi actual trabajo. Estudié para esto, me gradué con esfuerzo en un país tan diferente al mío y aquí estoy, siendo directora de uno de los museos más importantes de Seattle.

Vale, puede que sea solo la encargada de la colección de Turquía asiática, pero es un cargo y es el mío desde hace cuatro meses.

Soy nueva y no le caigo muy bien a muchas personas desde que me ascendieron.

Intento llevarme lo mejor posible con todos, pero es difícil.

He escuchado los rumores de pasillo. Todos piensan que soy una ogra por solo querer que todo se vea perfecto.

Es que un director de museo tiene que ser apasionado, velar por las piezas, respetar cada colección y defender la institución.

Siempre quiero estar al pendiente de cada detalle, pero tal vez, algunas veces, me paso de la raya. Lo acepto.

Aun así, no me siento mal por ser así. Solo que mis amigos ya se quejan porque no paso tiempo con ellos, igual que mi exesposo, que se divorció de mí porque yo «no le estaba prestando la atención que merecía».

Me enfrasqué tanto en mi primera colección como directora que eso no le cayó bien a Ferit.

Obviamente, él no menciona el hecho de que se acostó con una mujer diez años menor mientras yo estaba hasta tarde en el museo.

¿Quién lo menciona? Bah, para qué. Siempre la mala del cuento es la mujer por querer surgir o, al menos, hacer el intento por el bien de ambos.

Cosas que suceden y seguirán sucediendo, tristemente.

La cuestión es que me engañó con una universitaria y luego se quejó de mis horarios.

Por eso decidimos divorciarnos, vender la casa e irnos por caminos diferentes; algo que no resultó del todo bien porque la casa aún no se vende.

Sigo esperando mi mitad del pago, y lo de irnos por caminos separados no se ha dado porque él vive en el apartamento de abajo, en el otro alquiler disponible del edificio.

Yo vivo con mi amiga Chiara, una italiana muy simpática que ha sido mi vecina desde que llegué. Ella se ofreció a alquilarme una habitación mientras conseguía algo mejor, pero he estado tan ocupada con la nueva colección del segundo semestre que ha sido imposible buscar un nuevo lugar.

—Melissa, te llaman del departamento de Conservación —me dice Michelle con una mueca; ella es una de las trabajadoras del museo—. Al parecer, la nueva obra que trajeron no es la original.

—¿Cómo es eso? Ayer, cuando llegó, la verificamos muy bien —contesto, levantándome de mi escritorio.

◆◆◆

El jueves terminó tan rápido que no pude ni espabilar para darme cuenta de que eran las ocho de la noche y yo aún seguía aquí.

A veces le doy la razón a Ferit: soy una obsesionada.

Mientras voy saliendo del museo, me provoca ir al pequeño pub que se encuentra a dos cuadras; quizás dos mojitos mejoren mi cansancio.

Entrar al pub turco que descubrí hace un mes me hace sentir un poco en casa.

Quizás sean los colores, el olor a especias o la música.

A pesar de que no suelo hablar de Turquía, no puedo obviar mis raíces ni mi acento.

Sigo siendo turca y eso no puedo quitarlo ni aunque quisiera.

Pero hablar de mi país no es mi mayor afición.

No quiero recordar a ciertas personas que desearían lo peor para mí si pisara Estambul una vez más. Así que prefiero omitirlo.

—Disculpe —digo cuando me tropiezo con una chica. Ella ni se inmuta, me mira de reojo y sigue caminando.

Al llegar a la barra me atiende Cemre, una joven de ojos verdes y piercings que está comenzando como bartender. Le pido el mojito de fresa que tanto me gusta.

—¿Por qué un mojito, Melissa? —me pregunta con una confianza repentina.

—Afedersin? —pregunto. A veces se me escapan palabras en mi idioma—. ¿Disculpa?

Ella se ríe.

—Cierto que eres turca. ¿No te puedo tutear?

—Puedes hacerlo, solo que me toma por sorpresa —le digo riendo—. Solo vengo por un mojito, Cemre.

—No, tú tienes cara de querer algo más fuerte, algo que diga «quiero una nueva vida».

—¿Una nueva vida? ¿Así me veo?

—Evet, canım —Ese «sí, cariño» sonó tan lamentoso que hasta a mí me dio lástima mi propia vida.

—Vale, tráeme algo más fuerte.

Ella sonríe con malicia, pero sé que solo quiere que yo la pase bien.

—A tus órdenes, hermosa.

La castaña se va a su lugar y comienza a batir algunos licores, no sé qué demonios está mezclando, pero cuando llega con un vaso lleno de un líquido azulado y una decoración muy bonita, me hace dudar en beberlo.

—No tengas miedo, disfruta un rato.

Niego con mi cabeza mientras sonrío.

—Vale, gracias. Anótalo a mi cuenta.

—Así lo haré —dice Cemre, caminando para atender a otro cliente que ha llegado.

Volteo en esa dirección y me sorprendo cuando veo al hombre que se encuentra al otro lado de la barra y le sonríe a la castaña.

«Es hermoso», pienso cuando le veo sonreír.

Impresionante cómo sus ojos se achican y un hoyuelo en cada mejilla aparece entre su barba bien cortada y arreglada.

Trago saliva cuando él nota que le estoy mirando.

Algo que me hace cambiar la mirada hacia mi bebida y darle un buen sorbo.

Me quejo ante el escozor de mi garganta, pero me rio al ver lo loca que estoy siendo al aceptar esto de Cemre.

Reviso mi teléfono por un momento y gruño por lo bajo cuando veo un mensaje de Ferit hablándome sobre la casa. Suelto un suspiro frustrante cuando leo que el posible comprador que había conseguido, se echó para atrás y ya no la comprará.

Ese es un problema que aún me persigue como una cruz a cuesta.

Quiero quitarme todo contacto con mi exesposo, no quiero saber más de él. Me duelen los años que estuvimos juntos, y todo lo que ocurrió por estar a su lado.

Pero ya está. El amor se acabó, todo se acabó.

Niego con mi cabeza, mientras guardo mi teléfono de nuevo en el bolso. No quiero saber nada de ese hombre esta noche.

Quiero una noche de relax.

◆◆◆

No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que llegué, pero el sonido de la música me hace bailar en el centro de la pista.

Muchas personas están a mi alrededor bailando también, creo que he comenzado la fiesta cuando empecé a dar mis pasos de baile turco.

Me siento en las nubes. No he dejado de sonreír, de sentirme un poco feliz de estar aquí.

Creo que me he bebido tres tragos azulados de Cemre, la mujer me mira sonriente desde la barra, alza sus dedos pulgares, lo que me hace imitarla.

Ya no siento que mis ojos me estén dando un buen ángulo de las cosas, me siento un poco mareada y ya mi estómago se está quejando por tantos movimientos. Respiro hondo al notar que voy a desmayarme en cualquier momento, pero unos brazos fuertes me sostienen.

No entiendo nada.

Alzo mi vista para visualizar al hombre que me está tocando, me sorprendo cuando veo al tipo de sonrisa despampanante y hoyuelos asesinos de hace un rato.

—¿Te sientes bien? —inquiere con un tono de voz ronco con un acento turco muy marcado—. No luces bien, canim.

Intento respirar correctamente, pero la colonia tan varonil que carga me marea más, pero también me hace suspirar.

—No...no me dejas respirar.

—¿Quieres salir a tomar aire? ¿Beber agua? —Sus preguntas me siguen mareando.

¿Qué si no tiene buenas intenciones y solo quiere sobrepasarse conmigo?

—¡Melissa! —Escucho a Cemre llamarme a lo lejos—. ¿Quién eres?

Ellos empiezan a charlar, pero no les presto atención. Me zafo del agarre del hombre alto y apuesto, él nota lo que hago y me vuelve a hablar.

—Kötü hissettiğini görmüyor musun? —«¿No ves que te sientes mal?» Me dice con un tono molesto. Como si estuviera haciendo lo peor del mundo.

¿Qué demonios?

—Hayir, ben çok iyiyim. Eve gitmek istiyorum. —No, estoy muy bien. Quiero irme a casa.

No puedo creer que esté hablando en turco con él. Yo nunca hablo en mi idioma natal, hasta con Ferit lo hacía poco cuando estábamos juntos.

—Te llevo a casa entonces —decide como si se lo hubiese pedido a él.

—No te conozco, no sé quién eres. No me llevarás a mi casa.

Sus gestos me dicen que está perdiendo la cabeza conmigo.

—Miran, canim, soy una buena persona. No te voy a hacer daño. Solo... te ves mal y quiero ayudarte, ¿eso es malo? ¿Es un delito? Porque si no quieres la ayuda, taman[1].

Alza sus manos en rendición y se me queda mirando.

Mi cabeza da vueltas y no me deja pensar correctamente.

—Cemre, ¿tú lo ves confiable? —le pregunto a la chica. Ella mira de nuevo al hombre de casi un metro noventa y ladea su cabeza.

—No parece mala persona.

—No lo soy —riñe el pelinegro.

—Vale, me puedes ayudar a llegar a casa.

Puede que esto sea una locura y me encuentren muerta mañana, pero confiaré en ti.

Además, Cemre —me dirijo a la castaña—, anota el número de identificación de este tipo, la placa del auto y mi número para que me llames y así poder decirte si ya llegué al apartamento.

Cemre disimula una sonrisa, pero acepta.

—Sí que está borracha —sisea el pelinegro.

Le doy una mala mirada.

Veo como ladea una sonrisa socarrona.

Me siento mal, estoy muy mareada, pero creo que esta no es una buena decisión. No conozco a este tipo, pero aun así, aceptaré su aventón a casa.

¿Qué estoy haciendo, Allah[2]?

¡Locuras! ¡Es una locura!

Salimos del pub para ir a por el auto, Cemre hizo todo lo que le pedí. Anotó la información del hombre y me dijo que me llamaría en un rato para saber si ya había llegado a casa. Le agradecí, pagué la cuenta y bebí agua; el mareo sigue, pero no tanto como hace un rato.

—Vamos, ya vienen a buscarnos.

Mi ceño se frunce.

—¿Quién nos viene a buscar? —pregunto con un poco de miedo.

Él se ríe.

—Mi chofer.

— Ne? —«¿Qué?» exclamo mirándole sin entender—. ¿Un chofer?

—Sí, tengo un chofer, ¿algo de malo?

—¿Qué eres? ¿Un mafioso que roba mujeres extranjeras?

—Detente, no soy nada de eso. Solo soy un empresario turco con un chofer.

—Un empresario turco con un chofer —repito sus palabras. Mi cabeza da vueltas en este momento—. La verdad no quiero entender mucho, porque mi cerebro no está funcionando bien, pero trataré de entenderte.

—Es que no tienes que entenderme, güzelim[3].

Nos quedamos mirando por unos segundos, sus ojos con color café brillan al mirarme, algo que hace que mi cuerpo sienta calor por un instante. Trago saliva y lamo mis labios, ¡qué mirada tan intensa!

—Déjame saber algo importante de ti como para aceptar de nuevo la oferta del aventón —sugiero mirándole.

Él alza una de sus cejas, pero sonríe. Me mira con suspicacia, como si estuviera analizándome.

—¿Lo recordarás mañana? —pregunta de vuelta.

—No lo creo.

—Taman.

¿Está bien? ¿Solo eso?

—Primero que nada, ¿cuál es tu nombre? —inquiero con curiosidad.

—Me llamo Akın.

Akın...

—¿Cuál es el tuyo? Aunque creo que la chica de adentro te llamó Melissa.

—Así me llamo —afirmo.

—Güzel. —Hermoso.

Me quedo mirándole, para que se acuerde que debe decirme algo más allá que solo su nombre. Tengo curiosidad por él, probablemente sea el alcohol que está haciendo mella en mí y ahora me atrevo a preguntar cosas que ni me interesan, pero no sé por qué quisiera saberlas.

—¿Qué quieres saber de mí, Melissa? —La forma en que hace su pregunta es tan sexy que me hace suspirar.

Vuelve a sonreír.

—Yo quiero saber si... —No pude ni siquiera terminar la frase antes de que vomitara todo lo que llevaba en mi estómago desde esta mañana. Los zapatos de Akın se llenan de vómito y solo lo escucho quejarse y maldecir en turco.

—¡¿En serio?! Kahretsin!!!! —Maldición.

Necesito que Allah me lleve con él o tal vez solo que la tierra me trague ya.

No puedo pasar más pena... ¿verdad?

—Muy hermosa, pero joder, ¿qué comiste hoy? —pregunta gruñendo con frustración.

Siento como mis mejillas están sonrojadas.

—Lo siento mucho —digo una y otra vez.

Él niega con su cabeza.

—Déjalo así, allí está el auto —dice señalando el auto aparcado al frente del pub.

Un hombre de mediana edad se baja, saluda al que está justo a mi lado y noto que le ha hecho una seña, por lo que el señor se regresa y abre la maletera, saca un envase de agua junto con un pañuelo y otro envase de desinfectante.

¿Por qué tiene todo eso allí? Lo primero que hace cuando nos acercamos a él, es ayudar a su jefe a quitar el vómito en sus zapatos y pantalón.

No miro en esa dirección porque siento mucha vergüenza.

—Creo que mejor pido un taxi —intento decir, tratando de darme la vuelta e irme de nuevo al local. Pero siento como Akın toma mi antebrazo, deteniéndome.

—No, es más peligroso, déjame llevarte. —Mira a sus zapatos—. No te avergüences, suele pasar. Has bebido mucho.

El chofer se va hasta el auto y abre la puerta de los asientos de atrás, dándonos privacidad.

Miro hacia abajo y luego a sus ojos, sé que tengo los míos humedecidos y las mejillas sonrojadas. Él ladea una mueca, hace señas al auto y me mira con preocupación.

—No voy a hacerte daño, solo que no quiero que te pase algo. Ya dimos los datos a Cemre, creo que se llama así, confía en mí.

¿Cómo puedo confiar en un hombre que acabo de conocer hace veinte minutos?

—Aún no me has dicho algo sobre ti —le recuerdo, viéndole fijamente.

Veo como suspira, asiente y sonríe.

—Cuando era pequeño, mi madre me hacía pastel de manzanas, luego que ella murió, dejé de ver la manzana como algo dulce y adorable.

¿En serio me hablará sobre manzanas? ¡Qué hombre tan raro! ¡Pensé que me diría algo más loco! Como, por ejemplo: que salió desnudo de su casa una vez en su vida o que engaña a su esposa, qué se yo. ¡No algo sobre un pastel de manzanas!

—¿Ahora cómo la ves? —pregunto en un hilo de voz. Saber que su madre murió, así como la mía, es triste.

—No lo había pensado —dice con sinceridad—. Uhmm...

—¿Tentación y deseo al estilo de Adán y Eva? —intento darle una idea.

La sonrisa que me da es pícara, llena de jugueteo y curiosidad.

—Tentación y deseo... Me gusta —responde con voz suave y seductora.

Nos quedamos mirando, tratando de descifrar al otro, llenos de curiosidad, alcohol y algo más que no sabría identificar.

—¿Y si tal vez... la manzana es un dulce deseo? —Mi boca se seca cuando hace esa pregunta con un tono de voz que hace que mi cuerpo se erice.

Trago saliva con dificultad.

—Así es como tú luces —susurro sin pensar.

Sí, lo he dicho en voz alta...