CAPÍTULO 12
Las semanas inmediatamente posteriores a la votación trajeron consigo una sensación extraña de anticlímax que a Nagore le costó nombrar al principio: después de meses de tensión constante, de reuniones, alegaciones y visitas puerta a puerta, la vida cotidiana del taller y de la azotea volvió a un ritmo tan tranquilo que casi parecía sospechoso.
—Es raro no tener nada de lo que preocuparnos —le confesó a Roque, una noche de finales de noviembre, mientras cenaban sin ninguna prisa por primera vez en meses—. Me he acostumbrado tanto a pelear por algo que no sé bien qué hacer con la calma.
—Dale tiempo. La calma también se aprende a disfrutar, aunque al principio dé un poco de vértigo.
Y con el tiempo, en efecto, la calma se fue asentando, sustituida poco a poco por la ilusión tranquila de construir algo nuevo juntos, sin la urgencia de tener que defenderlo de nadie.
El invierno que siguió a la votación fue, según diría después Nagore, el más ocupado y el más feliz de su vida adulta.
Diciembre trajo el primer pedido serio de Miel y Tinta: una tienda de regalos de Chueca que quería tarros de miel de castaño con etiquetas de papel hecho a mano para vender como detalle de Navidad, cien unidades que Nagore y Roque prepararon en el taller durante tres noches seguidas, ella cortando y estampando etiquetas con un sello de latón que había encargado especialmente, él llenando tarros con una precisión que solo se explicaba por años de práctica.
—A este ritmo vamos a acabar durmiendo entre tarros de miel —se quejó Roque, sin dejar de sonreír, la tercera noche, con las manos pegajosas y música de villancicos sonando bajito en la radio del taller.
—Podría ser peor. Podríamos estar durmiendo entre libros mohosos, que también lo he hecho.
Pasaron la Nochebuena con la familia de Nagore, en un piso de Chamberí donde su madre, tras una cena entera observando a Roque con disimulo, le confesó en la cocina, mientras fregaban juntas, que le parecía «un hombre de los que ya no quedan, de los que saben arreglar una silla coja sin que nadie se lo pida».
Pasaron la Nochevieja con Iker, que bajó desde Bilbao con su pareja, y con Perla y Teo, todos apretujados en el pequeño ático encima del taller, brindando a medianoche con un cava mucho mejor que el que habían bebido en la azotea el día de la votación.
Diciembre, además de los pedidos de la tienda de Chueca, trajo consigo la primera Navidad que Nagore pasaba sin sentir el vacío insoportable de los primeros años tras la muerte de su abuelo.
Decoraron el taller con guirnaldas hechas de recortes de papel sobrante y ramas de romero que Roque trajo de una de sus rutas de reparto, y una noche, sin ningún motivo especial, se sentaron los dos a ver una película navideña cursi en la pequeña televisión del ático, envueltos en la misma manta que había presidido la noche de la tormenta de julio.
—Esta manta ha visto ya de todo —comentó Roque, acurrucándose contra ella—. Tormentas, votaciones, películas malas de Navidad.
—Le vamos a tener que hacer un altar cuando se rompa del todo.
—O la vamos a tener que enmarcar, como una reliquia familiar.
Enero trajo la primera crisis seria del proyecto conjunto: un lote entero de etiquetas se estropeó por un fallo en la tinta que Nagore había probado sin suficiente cuidado, manchando de morado cincuenta tarros que ya estaban listos para enviar.
Se pasó una tarde entera disculpándose por teléfono con la tienda de Chueca, convencida de que había arruinado el primer encargo grande, hasta que Roque, sin decir nada, se sentó a su lado con un cuaderno en blanco y empezó a diseñar, con calma, una alternativa.
—Podemos convertirlo en algo bueno —dijo, mostrándole un boceto sencillo—. Etiquetas «edición manchada», numeradas, como si fuera algo intencionado. La gente paga más por lo que cree que es único.
Funcionó mejor de lo que ninguno de los dos esperaba: las cincuenta unidades manchadas se vendieron en dos días, y varios clientes preguntaron, decepcionados, si habría más «edición manchada» en el futuro.
—Vamos a tener que estropear tinta a propósito a partir de ahora —bromeó Nagore, todavía incrédula ante el resultado.
—O vamos a tener que aceptar que a veces los errores son la mejor parte del trabajo.
Febrero trajo consigo el primer aniversario del acuerdo verbal entre Nagore y Roque de intentarlo «yendo despacio», y ambos coincidieron, entre risas, en que habían cumplido esa promesa de la manera más torpe posible: entre tormentas, votaciones de comunidad y una inmobiliaria empeñada en comprarles el edificio, apenas habían tenido un solo mes tranquilo desde que se conocieron.
Lo celebraron con una cena sencilla en el mismo restaurante de La Latina de su primera cita formal, donde el camarero, que los recordaba, les preguntó con una sonrisa cómplice si volvían a pedir la tortilla con cebolla.
—Siempre con cebolla —contestaron los dos a la vez, y se rieron durante el resto de la cena por la coincidencia.
La primavera trajo consigo un ritmo más tranquilo, y con él, la costumbre de dedicar los domingos por la mañana a subir juntos a la azotea, revisar las colmenas sin prisa, y desayunar allí arriba, entre el zumbido constante y las vistas de los tejados de Malasaña despertándose poco a poco.
Fue en uno de esos domingos, a finales de abril, cuando Roque le pidió a Nagore que bajara con él hasta el mercado de Olavide antes de la hora habitual de apertura, con la excusa de «comprobar unas cosas del puesto».
Cuando llegaron, el mercado estaba prácticamente vacío, solo algunos tenderos montando sus puestos en la penumbra dorada de la mañana.
Roque la llevó hasta el lugar exacto donde había montado su puesto por primera vez, tres años atrás, y se detuvo allí, de pronto extrañamente nervioso para alguien que solía moverse con tanta calma.
—Quería que estuviéramos aquí —dijo, sacando del bolsillo una cajita pequeña de madera, que Nagore reconoció de inmediato: era una de las que él usaba para guardar reinas jóvenes cuando trasladaba colonias—.
Porque este fue el primer sitio de Madrid que sentí mío del todo, antes de que apareciera nada más.
Y ahora no puedo pensar en él sin pensar también en ti.
Abrió la cajita. Dentro, en lugar de una reina, había un anillo sencillo, de plata, con un pequeño hexágono grabado que a Nagore le costó un segundo entero reconocer como una celda de panal.
—No sé hacer discursos largos —siguió Roque, con la voz un poco tomada—.
Sé hacer miel, y sé cuidar cosas que dependen de mí para sobrevivir.
Y llevo un año entero cuidando esto, lo nuestro, con la misma atención que le pongo a cada colmena, y cada día me convenzo más de que no quiero dejar de hacerlo nunca. ¿Te quieres casar conmigo?
Nagore tardó un segundo en poder hablar, la garganta cerrada por una emoción que no esperaba tan de golpe a esas horas de la mañana, rodeada de puestos vacíos y del olor a fruta recién puesta a la venta en el tenderete de al lado.
—Sí —dijo, al fin, con la voz temblorosa—. Sí, quiero.
La abrazó con una fuerza que la levantó ligeramente del suelo, y cuando los primeros tenderos empezaron a llegar al mercado, se encontraron con la escena de una pareja abrazada junto a un puesto de miel vacío, ninguno de los dos capaz de dejar de sonreír.
La boda se celebró en septiembre, un año y un mes después de la primera abeja muerta sobre el misal, en un patio ajardinado de las afueras de Madrid que Perla —convertida ya en algo parecido a directora de comunicación no oficial de Miel y Tinta— había ayudado a decorar con guirnaldas de flores secas y tarros de miel colgados como centros de mesa.
Iker hizo de padrino, con un discurso que arrancó carcajadas al recordar la primera vez que Roque le había llamado, entusiasmado, para contarle que «la vecina de abajo, la que casi me denuncia por las abejas, resulta que es la mujer más increíble que he conocido».
Perla, ya prometida con Teo tras año y medio de relación, lloró más que la propia madre de la novia durante los votos, y no dudó en recordárselo a Nagore durante el resto de la noche.
Casals, invitado por pura cortesía de vecindad, se presentó con un tarro de Miel y Tinta bajo el brazo como regalo, y pasó buena parte de la noche contando a quien quisiera escucharle que él «siempre había apoyado a la pareja», con una desfachatez que ya nadie se molestaba en corregir.
Para la ceremonia, Nagore había encuadernado a mano un pequeño libro de votos, con tapas de piel color miel y un cierre de cera de abeja en lugar del broche metálico habitual —la fórmula que llevaban meses perfeccionando, resistente a la humedad tras una decena de intentos fallidos— donde había escrito, con su propia letra, las promesas que pensaba leerle a Roque delante de todos los invitados.
Cuando llegó el momento, con la voz temblándole ligeramente, leyó las palabras que llevaba semanas puliendo:
—Prometo cuidarte como cuido cada libro que pasa por mis manos: con paciencia, sin prisa, dejando siempre una puerta abierta para que ambos podamos corregir lo que haga falta corregir.
Prometo aprender de ti a no tener miedo de las cosas vivas, aunque a veces piquen.
Y prometo, sobre todo, seguir defendiéndote delante de comunidades de vecinos enteras, las veces que haga falta, durante el resto de nuestra vida.
Roque, con los ojos brillantes, sacó del bolsillo interior de la chaqueta un trozo de papel de estraza doblado varias veces, el mismo tipo de papel en el que llevaba meses dejándole notas en la nevera.