Dulce como la miel (Romántica Urban Cozy 1) CAPÍTULO 12 #2
100%

CAPÍTULO 12 #2

—No sé escribir tan bonito como tú —empezó, arrancando risas cómplices entre los invitados que conocían la broma de las notas—.

Así que he escrito esto como mejor sé: pensando en abejas.

Prometo ser para ti como la colmena es para la reina: el espacio donde puedas crear todo lo que quieras crear, protegida, sin tener que preocuparte de nada más que de hacer lo que mejor sabes hacer.

Prometo traerte miel cuando las palabras no me alcancen, que va a ser bastante a menudo.

Y prometo, pase lo que pase con este edificio, con el barrio, con el mundo entero, seguir subiendo a buscarte a la azotea todas las veces que haga falta.

Firmaron los votos allí mismo, sobre una pequeña mesa auxiliar, con la misma pluma que Nagore usaba para las guardas más delicadas del taller, y guardaron el libro entre los dos, sellado con cera de abeja, como el primer objeto oficial de una vida entera por delante hecha, a partes iguales, de papel y de miel.

Un año después de la boda, la azotea del número 14 de la calle del Pez tenía dieciséis colmenas en lugar de ocho, una valla vegetal ya crecida que las vecinas del edificio cuidaban por turnos, y un pequeño cartel de madera junto a la escalera que decía «Miel y Tinta», el nombre que Nagore y Roque habían decidido darle al proyecto conjunto que habían montado esa primavera: tarros de miel etiquetados con papel hecho a mano en el taller, cuadernos encuadernados con cera de abeja como sello de cierre, un pequeño catálogo que vendían los sábados en el mercado de productores y que había empezado a recibir pedidos desde fuera de Madrid, incluso un par desde Francia, a través de una tienda online que Perla había montado casi sin pedirles permiso.

El taller de Nagore seguía funcionando exactamente igual que siempre, con la prensa de encuadernar que había sido de su abuelo Donato ocupando el centro de la sala, y una fotografía nueva en la pared, junto a la antigua: Roque y ella, sonriendo entre colmenas, tomada por Perla el día que ganaron la votación.

Casals, que en los meses siguientes a la votación fallida había pasado de opositor a defensor entusiasta del taller —«siempre lo he apoyado», decía ahora, sin ningún rubor, cada vez que algún periodista del barrio quería reportaje sobre pequeños negocios que habían resistido la gentrificación—, incluso había colgado un tarro de Miel y Tinta en su propio despacho, «para dar ejemplo», según explicaba.

Diana Rojo no había vuelto a aparecer por el barrio, aunque Nagore se había cruzado con ella una vez, meses después, en una cafetería de Chueca, y ambas se habían saludado con una cordialidad genuina que sorprendió a las dos.

Grupo Alcanza había encontrado otro edificio, dos calles más allá, donde nadie tenía un abuelo que hubiera dejado colmenas de herencia ni un taller con setenta años de historia que defender.

Un martes cualquiera de aquel segundo año, una revista de tendencias de Madrid envió a una periodista a hacerles un pequeño reportaje sobre «negocios con historia que han sabido reinventarse», y Nagore, mientras posaba algo incómoda para las fotos entre la prensa de husillo y una pila de tarros recién etiquetados, no pudo evitar pensar en lo que habría dicho su abuelo al ver su taller en las páginas de una revista, él que apenas confiaba en la publicidad y prefería que el trabajo bien hecho hablara por sí solo.

—Cuéntame cómo empezó todo esto —le pidió la periodista, grabadora en mano, señalando alternativamente el taller y la azotea de arriba.

—Con una abeja muerta encima de un misal —contestó Nagore, sin dudarlo, y la periodista se rió, convencida de que era una broma, hasta que Roque, que escuchaba la entrevista apoyado en el marco de la puerta, confirmó que era la pura verdad, con fecha exacta incluida, marcada todavía en el calendario de la azotea.

El reportaje salió publicado semanas después, con una fotografía a doble página de los dos entre las colmenas, y trajo consigo una pequeña avalancha de pedidos que Perla, encantada, gestionó con una eficiencia que sorprendió a los propios Nagore y Roque, ya acostumbrados al ritmo pausado de un negocio pequeño de barrio.

Ese mismo segundo verano, Nagore decidió por fin ponerse a organizar el archivo personal de su abuelo, una caja de cartón que llevaba dos años sin abrir, guardada en el altillo del taller por puro miedo a lo que pudiera encontrar dentro.

Roque la ayudó a bajarla un domingo por la tarde, y juntos fueron descubriendo, entre facturas antiguas y recortes de periódico, un pequeño cuaderno de tapas azules donde Donato había ido anotando, a lo largo de los años, pensamientos sueltos sobre el oficio, sobre el barrio, sobre la propia Nagore de niña.

«Hoy Nagore ha cosido su primer cuadernillo sola», leyó en voz alta, con la voz quebrada por la emoción, en una entrada fechada quince años atrás. «Le ha quedado torcido, pero no se lo he dicho. Algún día será mejor que yo.»

Roque le apretó la mano en silencio, dejándole el espacio que necesitaba para llorar sin sentirse observada, y cuando ella por fin pudo seguir leyendo, encontró, hacia el final del cuaderno, una entrada fechada apenas unos meses antes de la muerte de su abuelo: «Hoy ha subido un chico joven preguntando por la azotea, algo de unas abejas.

Me ha caído bien enseguida. Le he dicho que sí, sin pensarlo mucho.

Este edificio necesita algo vivo ahí arriba. »

—Aquí estás tú —dijo Nagore, mostrándole la entrada a Roque, con una sonrisa entre lágrimas—. Escrito de su puño y letra, meses antes de que nos conociéramos.

—Parece que tu abuelo tenía mejor instinto para el futuro que los dos juntos.

—Parece que sí.

Guardaron el cuaderno en un lugar de honor, junto a la fotografía de Donato en la pared del taller, y a partir de entonces se convirtió en costumbre, cada aniversario de su muerte, releer juntos alguna de sus entradas antes de subir a la azotea a brindar por su memoria.

Iker, el hermano de Roque, había bajado desde Bilbao para la fiesta de aniversario que organizaron a finales de agosto, y se había pasado la tarde entera fascinado por la colmena de observación, haciendo preguntas que hasta hacía dos años habría considerado absurdas.

—Al final me llevé dos colmenas a la terraza de Bilbao —le confesó a Nagore, mientras Roque explicaba a un grupo de vecinos cómo funcionaba la extracción de la miel—. Mi mujer dice que estoy insufrible desde entonces, que solo hablo de la floración del eucalipto.

—Bienvenido al club de los insufribles con abejas.

—Demasiado tarde para arrepentirse, por lo visto —dijo Roque, sin girarse, desde el otro lado de la azotea—. Ya lo he oído.

La propia pedida de mano de Perla había ocurrido apenas dos meses antes, en la tienda de vinilos donde Teo trabajaba, en una escena que Perla no se cansaba de contar con todo lujo de detalles: él había puesto en el tocadiscos de la tienda, después de cerrar, la misma canción de soul que sonaba la noche del primer concierto al que fueron juntos, y le había pedido matrimonio arrodillado entre las estanterías de vinilos usados, con un anillo que había comprado ahorrando durante meses de una parte de su sueldo.

—Lloré tanto que se me corrió el rímel por toda la cara, y aun así me hizo una foto para el álbum —le había contado a Nagore, entre risas, al día siguiente—. Dice que quiere recordarme siempre así, hecha un desastre de felicidad.

Perla, que ya llevaba el anillo de compromiso de Teo en la mano izquierda, se acercó con dos copas de vermut y se las tendió a Nagore y Roque con gesto solemne.

—Un brindis del negocio hermano —anunció, refiriéndose a la tienda de vinilos donde ahora trabajaba a media jornada, compaginándolo con la gestión de la tienda online de Miel y Tinta—.

Por que el año que viene sigamos aquí todos, discutiendo por abejas, por vinilos rayados o por lo que sea, pero juntos.

—Por eso —repitió Nagore, chocando su copa contra la de Roque.

Aquella tarde de finales de agosto, exactamente dos años después de la primera abeja muerta sobre el misal, Nagore subió a la azotea con dos copas de vermut y encontró a Roque revisando el estado de las colmenas antes de la próxima extracción de miel.

—¿Sabes qué día es hoy? —le preguntó ella, tendiéndole una copa.

—El aniversario de la primera abeja muerta que encontraste sobre un libro. Lo tengo marcado en el calendario, como todo un romántico.

—Y el día en que decidiste, según me contaste hace poco, que merecía la pena discutir conmigo en lugar de ignorarme.

—Fue la mejor decisión que he tomado en esta azotea, y eso que aquí he tomado unas cuantas buenas.

Perla y Teo se habían despedido ya, camino de su propia cena de aniversario, no sin antes prometer que subirían más tarde a brindar «como se merece la ocasión».

Iker había vuelto a Bilbao esa misma mañana, con dos colmenas nuevas en el maletero del coche y la promesa de volver por Navidad.

El taller y la azotea habían quedado, por fin, en calma, con solo el rumor lejano del tráfico de la calle del Pez subiendo entre los tejados.

Brindaron entre las cajas blancas, con el sol cayendo despacio sobre los tejados de Malasaña y el rumor constante de la ciudad subiendo desde la calle.

Nagore pensó, mientras el vermut le calentaba la garganta y la mano de Roque encontraba la suya sobre la barandilla, que su abuelo había tenido razón: un edificio sin nada vivo en la azotea estaba, en efecto, medio muerto.

Y que algunas de las cosas más valiosas de una vida —un oficio heredado, un amor inesperado, dieciséis colmenas y un taller que se negaba a desaparecer— empezaban, casi siempre, con algo tan pequeño como una abeja perdida buscando un poco de dulce donde no debía.