CAPÍTULO 11
La noche antes de la votación, después de repartir los tarros, Nagore no pudo evitar preguntarse qué pasaría si, a pesar de todo el esfuerzo, perdían de todos modos. Se lo confesó a Roque, ya tumbados en la cama, incapaz de dormir.
—¿Y si no es suficiente todo lo que hemos hecho? ¿Y si perdemos igualmente?
—Entonces habremos hecho todo lo que estaba en nuestra mano, y buscaremos otra azotea, y tú seguirás encuadernando libros en el sitio que sea, porque lo que te hace buena en tu oficio no depende de la dirección exacta del taller.
—Suena bien cuando lo dices tú.
—Suena bien porque es verdad. Este edificio importa, claro que importa, pero no es lo único que sostiene lo que tenemos. Eso lo sostenemos nosotros, estemos donde estemos.
Nagore se durmió, finalmente, con esa idea dándole vueltas en la cabeza, y a la mañana siguiente bajó a la reunión con una calma que no esperaba sentir, consciente de que, pasara lo que pasara con el voto, algo mucho más importante ya se había decidido meses atrás, en una azotea llena de cajas blancas.
La votación se celebró un sábado por la mañana, en el mismo trastero de siempre, con más vecinos presentes de los que Nagore había visto nunca en una reunión de comunidad.
Diana Rojo asistió también, con su carpeta de siempre y su sonrisa profesional, aunque esta vez algo más tensa que en la primera reunión.
Casals abrió la sesión con un discurso preparado sobre las ventajas económicas de la oferta, pero antes de que pudiera terminar, la vecina del tercero pidió la palabra y contó, con voz temblorosa, la historia del acuerdo entre Donato y Roque, y de lo que significaba esa azotea para dos negocios que llevaban toda la vida —o toda una generación, al menos— sosteniendo algo del barrio que ya casi no quedaba.
El vecino del quinto añadió su propia objeción sobre la cláusula de realojo, leyendo en voz alta el párrafo de letra pequeña que Nagore le había señalado.
Incluso el matrimonio joven del cuarto, que hasta ese momento no se había pronunciado, dijo que preferían un edificio con vecinos de toda la vida y un taller centenario a un puñado de turistas con maletas de ruedas.
El vecino del segundo, que apenas solía hablar en las reuniones, se levantó también, tarro de miel en mano como si fuera una prueba judicial.
—Yo no conocía a este edificio de nada hasta hace una semana, la verdad —dijo, un poco cohibido por tantas miradas—. Pero me han contado una historia bonita sobre este sitio, y a mí las cosas bonitas me duran más que el dinero. Voto en contra.
Fue entonces cuando Nagore pidió la palabra una última vez, con el mensaje de Fermín impreso en la mano.
—Antes de votar, hay algo que creo que todos deberían saber —dijo, procurando que la voz no le temblara—.
La denuncia anónima que estuvo a punto de hacernos perder las colmenas en septiembre no vino de ningún vecino.
Vino de una dirección vinculada a Grupo Alcanza, la misma empresa que hoy nos pide que votemos a favor de venderles el edificio.
Un murmullo recorrió la sala. Diana, que hasta entonces había mantenido una expresión serena, se removió visiblemente incómoda en su silla, aunque no dijo nada para desmentirlo.
—No lo digo para acusar a nadie sin pruebas suficientes para un juzgado —continuó Nagore—. Lo digo porque creo que todos merecemos saber qué tipo de empresa quiere comprar nuestras casas antes de decidir si se las vendemos.
Casals, visiblemente incómodo, intentó reconducir la reunión hacia las cifras de la oferta, pero para entonces el ambiente de la sala ya se había decantado con claridad, y ni siquiera su insistencia en los beneficios de la cláusula de realojo consiguió cambiar el rumbo de la conversación.
El recuento fue largo, ponderado por cuotas de participación, discutido dos veces por errores de suma.
Cuando Casals leyó el resultado final —sesenta y ocho por ciento en contra de la venta, por debajo del setenta y cinco necesario para aprobarla— Nagore tuvo que agarrarse al borde de la silla para no soltar un grito en mitad de la sala.
Diana recogió sus papeles con una calma forzada, se despidió con un gesto cortés hacia Roque —que él respondió sin rencor, apenas un asentimiento— y salió del edificio sin mirar atrás. Antes de irse, se detuvo un instante junto a Nagore.
—Ha jugado bien sus cartas —le dijo, sin ironía—. La memoria vende más que cualquier render que yo pueda hacer. Debería habérmelo pensado mejor antes de venir aquí con fotos de habitaciones minimalistas.
—No he jugado ninguna carta. Solo he contado la verdad.
—A veces es lo mismo —contestó Diana, y salió del edificio con el mismo aplomo con el que había entrado la primera vez.
El proyecto del hotel boutique quedaba, por el momento, descartado.
Casals, que había apostado buena parte de su prestigio de administrador en la operación fallida, se quedó en la sala revisando papeles con gesto derrotado mientras los vecinos se felicitaban unos a otros con abrazos improvisados.
La señora Amparo repartió, sin que nadie se lo hubiera pedido, unas pastas de té que había traído «por si acaso», y el matrimonio joven del cuarto brindó con un termo de café que llevaban preparado desde antes de la votación, convencidos, según confesaron después, de que iban a necesitarlo para consolarse.
—No sé cómo agradecerle esto a todo el edificio —le dijo Nagore a la vecina del tercero, todavía con la voz temblorosa por la emoción.
—Agradéceselo trayéndonos miel fresca cada mes, que buena falta nos va a hacer después de este disgusto.
Roque, que había escuchado el comentario, ya estaba anotando mentalmente cuántos tarros extra tendría que reservar para el edificio a partir de ese momento.
Perla llegó a media tarde, cargada con una tarta improvisada que había comprado en la pastelería de la esquina y una botella de cava que insistió en abrir en pleno taller, «porque esto hay que celebrarlo como Dios manda, no con dos copas de vermut a escondidas en la azotea».
Teo la acompañaba, algo cohibido por conocer a tanta gente nueva de golpe, pero encantado de brindar por una victoria que, según dijo, «hasta a mí me tenía en vilo, y eso que no soy ni de la comunidad».
—A este ritmo vais a acabar montando aquí una fiesta de barrio cada vez que ganéis algo —bromeó Nagore, cortando la tarta con el mismo cuchillo que usaba para el queso curado de las cenas improvisadas.
—Como debe ser —contestó Perla—. Las victorias pequeñas también hay que celebrarlas grandes, que si no, no sabemos disfrutar de las grandes cuando lleguen.
La tarde se alargó entre risas, tarta y el runrún constante de vecinos que iban pasando a felicitarlos, hasta que, ya con la calle a oscuras, Nagore y Roque se quedaron por fin solos en el taller.
Antes de eso, sin embargo, y para sorpresa de ambos, la madre de Nagore y el padre de Roque coincidieron en el taller a media tarde, ambos avisados por sus respectivos hijos de que «había pasado algo importante», sin más detalles.
Fue la primera vez que las dos familias se conocían en persona, y la conversación, torpe al principio, se fue soltando entre tarta y cava hasta que la madre de Nagore, dos copas después, le confesó al padre de Roque, con una sinceridad que a su hija le dio un poco de vergüenza, que llevaba meses «rezando en secreto» para que su hija encontrara a alguien que no le pidiera renunciar al taller.
—A mí me costó mucho aceptar que mi hijo se dedicara a esto de las abejas —admitió el padre de Roque, un hombre callado que hasta entonces apenas había hablado—.
Pensaba que era una excusa para no buscarse un trabajo de verdad.
Viéndolo hoy, rodeado de toda esta gente que lo aprecia, creo que me equivoqué bastante.
—Nunca es tarde para decírselo —apuntó la madre de Nagore, con una sonrisa cómplice.
El padre de Roque se acercó a su hijo un rato después, mientras este recogía copas vacías, y le dijo algo en voz baja que Nagore no llegó a escuchar del todo, pero que dejó a Roque con los ojos brillantes durante el resto de la tarde.
Cuando ella le preguntó, más tarde, qué le había dicho, él solo contestó, con la voz un poco tomada:
—Que está orgulloso de mí. Nunca me lo había dicho así, tan claro.
Nagore le apretó la mano, sin necesitar más palabras, y ambos se quedaron un rato mirando a sus respectivas familias reírse juntas al otro lado del taller, dos generaciones que apenas se conocían de nada uniéndose, por una tarde, alrededor de una victoria compartida.
Esa noche, Nagore y Roque celebraron a solas, en la azotea, entre las colmenas que ya se preparaban para el reposo del invierno.
Habían llevado una botella de vino y dos copas que no hacía falta usar del todo bien, porque terminaron bebiendo directamente del cuello mientras el frío de noviembre les enrojecía las mejillas.
—Ganamos —dijo Nagore, apoyando la cabeza en su hombro.
—Ganamos —repitió él, y la besó con una lentitud que contrastaba con la urgencia de la tormenta de julio, un beso que parecía querer quedarse a vivir allí, en ese instante exacto.
Bajaron al taller entre risas, sacudiéndose el frío de la ropa, y esta vez no hubo prisa ni desesperación, sino la certeza tranquila de dos personas que ya se conocían del todo, con miedos incluidos, y que habían decidido, aun así, quedarse.
Antes de que la ropa terminara de caer al suelo, se quedaron un momento abrazados en el centro del taller, meciéndose despacio sin ninguna música, saboreando la victoria del día y la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara a partir de entonces, tenían un futuro entero por delante para construir juntos.
Roque encendió la pequeña estufa que Nagore usaba en invierno para que la cola no se espesara con el frío, y la luz anaranjada llenó el taller de sombras suaves mientras la desnudaba despacio, besándole cada parte del cuerpo con una atención que parecía querer memorizarla entera.
Ella le devolvió cada caricia con la misma calma, recorriéndole el pecho, la cicatriz pequeña de una picadura antigua bajo la costilla, la línea de vello que bajaba hasta más abajo de donde se detenían sus dedos, arrancándole un gemido grave cuando por fin lo rodeó con la mano y empezó a moverla con un ritmo lento y deliberado.
—Te quiero aquí —susurró Nagore, guiándole la mano hacia donde más lo necesitaba—, y quiero que no tengas prisa ninguna.
Roque cumplió la petición con una dedicación paciente, explorándola con los dedos y con la boca hasta que ella se arqueó contra la manta, temblando, pronunciando su nombre entre jadeos que resonaban en el taller vacío.
La llevó hasta el borde del placer dos veces antes de detenerse, sonriendo contra su piel al notar cómo ella protestaba con un gemido de frustración, y solo entonces subió de nuevo hasta su boca, dejando que sus cuerpos se alinearan del todo, piel contra piel, sin nada ya entre los dos.
—Ahora sí —murmuró ella, tirando de él hacia abajo.
Cuando por fin la penetró, lo hizo mirándola a los ojos, entrelazando los dedos con los suyos contra el suelo, moviéndose despacio al principio, dejando que el placer se acumulara en oleadas largas y profundas antes de dejarse llevar por un ritmo más urgente.
Nagore le clavó los talones en la parte baja de la espalda, arqueándose contra él, y el taller se llenó del sonido de sus respiraciones entrecortadas, de la madera vieja del suelo crujiendo bajo el peso de los dos, del nombre del otro repetido como una plegaria improvisada, hasta que el placer los alcanzó casi al unísono, en oleadas que les dejaron sin aliento y con una sonrisa idéntica en el rostro.
Se quedaron abrazados largo rato, envueltos en la manta que olía a cola de encuadernar y a cera de abeja a partes iguales, dos aromas que a esas alturas ya no sabían distinguir del todo el uno del otro.
—Cuando tenga hijos algún día —dijo Roque, casi en broma, acariciándole la espalda—, quiero que sepan encuadernar un libro y distinguir una reina en un panal.
—Vas muy rápido.
—Solo digo lo que pienso.
Nagore sonrió contra su pecho, sin corregirle, sin apartarse, dejando que la idea se instalara en algún lugar cálido de su cabeza sin necesidad de responder todavía.
A la mañana siguiente, Nagore despertó envuelta en la manta, con la luz de noviembre entrando tímida por la ventana ya sin rendija, y Roque todavía dormido a su lado, con un brazo cruzado sobre su cintura.
Se quedó un rato así, quieta, mirando el techo del taller, la prensa de husillo recortada contra la penumbra, la fotografía de su abuelo colgada junto a la puerta, y pensó que aquella era, probablemente, la primera mañana en dos años en la que se despertaba sin ninguna prisa por llenar el silencio con trabajo.
—Estás pensando muy fuerte —murmuró Roque, sin abrir los ojos del todo—. Te lo noto en la respiración.
—Estaba pensando que deberíamos contárselo a todo el mundo. Lo de Miel y Tinta, quiero decir. No solo a los vecinos.
Él abrió un ojo, curioso.
—¿A qué te refieres?
—A montarlo de verdad. No como una idea que sueltas después de tres copas de cava, sino como un proyecto en condiciones. Etiquetas, catálogo, quizás hasta un puesto conjunto en el mercado.
Roque se incorporó un poco, apoyándose en un codo, mirándola con una atención que a ella se le antojó, de pronto, mucho más seria de lo que la conversación merecía a esas horas de la mañana.
—¿Lo dices en serio?
—Completamente en serio. Anoche ganamos algo mucho más grande que una votación de comunidad. Deberíamos empezar a construir algo con eso.
—Entonces bienvenida a la sociedad —dijo él, sellando el acuerdo con un beso que se alargó mucho más de lo que un simple apretón de manos habría requerido.