CAPÍTULO 10
Octubre había terminado con una sensación de victoria pequeña pero real: el permiso municipal en regla, la valla vegetal instalada, y una relación que, contra todo pronóstico inicial, se había asentado sobre una base mucho más sólida que la de cualquier otra que Nagore hubiera tenido antes.
Ninguno de los dos sospechaba, sin embargo, que la calma duraría tan poco.
La votación de la comunidad se fijó para la primera semana de noviembre.
Grupo Alcanza había mejorado su oferta económica, y Casals, que llevaba treinta años quejándose de las goteras y de la falta de ascensor, se había convertido en el defensor más entusiasta de la venta, repartiendo entre los vecinos folletos con las cifras exactas de la compensación por metro cuadrado.
Necesitaban tres cuartas partes de los votos, ponderados por cuota de participación, para que la operación saliera adelante.
El dueño del local del taller, un primo lejano de Nagore que había heredado su parte de las acciones familiares tras la muerte de Donato y que vivía en Valencia sin ningún vínculo emocional con el edificio, tenía intención de vender su porcentaje sin pensarlo demasiado.
—Si vende él, y vota Casals, y vota el tercero, estamos a un voto de perderlo todo —le explicó Nagore a Roque, una noche, extendiendo sobre la mesa el listado de propietarios y sus respectivas cuotas—. Necesito convencer al menos a dos vecinos más de que voten en contra.
—¿Y si no lo consigues?
—Entonces tendré seis meses para desmontar el taller y llevarme lo que pueda a otro sitio. Y tú, para mover las colmenas otra vez.
Roque no dijo nada durante un rato largo, y cuando habló, su voz sonaba distinta, más decidida.
—Hay una cosa que no te he contado. Cuando mi abuela murió y yo empecé con las colmenas, mi padre se negó a dejarme instalarlas en su terraza, decía que atraerían problemas con los vecinos.
Fue tu abuelo quien me ofreció esta azotea, hace cinco años, antes incluso de que tú volvieras a hacerte cargo del taller.
Yo no sabía quién eras cuando nos conocimos este verano.
No até cabos hasta que vi su foto en la pared, junto a la prensa de encuadernar, semanas después de que empezáramos a hablar.
Nagore se quedó mirándolo, sorprendida.
—¿Mi abuelo te dejó subir las colmenas?
—Me dijo que un edificio sin nada vivo en la azotea era un edificio a medio morir.
Que él llevaba toda la vida intentando que la gente cuidara las cosas antes de tirarlas, y que unas abejas encajaban perfectamente en esa idea.
Nunca me cobró alquiler por el espacio, solo me pidió que le llevara un tarro de miel cada septiembre, y que le contara cómo iban las colonias cuando coincidíamos en el portal.
Los últimos meses, antes de que se pusiera enfermo, hablábamos casi cada semana.
Me enseñó fotos tuyas de pequeña, jugando en esta misma azotea antes de que hubiera una sola colmena.
La revelación cambió algo en la manera en que Nagore entendía todo lo ocurrido ese verano: no había sido una casualidad que las abejas de Roque hubieran acabado justo sobre su taller, sino la última decisión de su abuelo antes de morir, un hilo invisible que los había unido sin que ninguno de los dos lo supiera hasta ahora.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, con la voz tomada por la emoción.
—Al principio no até cabos. Y después, cuando lo até, no sabía cómo sacarlo sin que sonara raro, como si te hubiera estado ocultando algo a propósito.
Pero ahora, con todo esto del hotel, me ha parecido que merecías saberlo.
Tu abuelo luchó para que este edificio siguiera teniendo algo vivo.
No pienso dejar que se lo lleve un grupo inversor sin al menos intentarlo.
Con esa historia, y con el listado de propietarios en la mano, Nagore pasó los tres días siguientes tocando puertas por todo el edificio.
No todas las visitas salieron tan bien como esperaba: el primer intento, con la vecina del ático, terminó con la puerta cerrándose en sus narices en cuanto mencionó la palabra «abejas», después de que la mujer, sin dejarla terminar la frase, le contara una historia larga y confusa sobre un sobrino que había tenido una reacción alérgica grave años atrás en un pueblo de Cuenca, sin relación alguna con Roque ni con el edificio, pero suficiente para cerrarle cualquier posibilidad de diálogo esa tarde.
—A esta la dejamos para el final —le dijo Roque, cuando Nagore bajó frustrada, con la miel todavía en la mano—. O mejor, la dejamos directamente fuera de la lista. Hay batallas que no merece la pena pelear a las puertas de una votación.
Con la vecina del tercero, en cambio, la conversación fue mucho más fácil de lo que esperaban: descubrió que en realidad temía perder la calma del barrio más que a las abejas en sí; le contó la historia del acuerdo con su abuelo, la ayudó a entender que un hotel boutique traería ruido, maletas con ruedas y check-ins a las tres de la madrugada, mucho más disruptivos que un zumbido ocasional.
Habló con un vecino del quinto que llevaba dos años sin bajar al portal por problemas de movilidad, y le explicó que la cláusula de realojo de Grupo Alcanza no garantizaba un piso accesible en la misma zona, un detalle que él mismo no había leído con atención en la letra pequeña del contrato.
Habló también con el matrimonio joven del cuarto, que dudaba entre el dinero fácil de la venta y el cariño que le habían cogido al barrio en los pocos años que llevaban viviendo allí.
Roque, por su parte, se encargó de hablar con Fermín para que este redactara un informe adicional, esta vez centrado específicamente en el valor añadido que la actividad apícola aportaba a la biodiversidad del distrito, con datos concretos sobre el aumento de la polinización en los parques cercanos desde que las colmenas se habían instalado.
Lo llevó personalmente a la sede del distrito, después de pedir cita con varias semanas de antelación, y esperó dos horas en una sala de espera abarrotada solo para poder entregarlo en mano a un funcionario que apenas le dedicó cinco minutos de atención.
—A veces esto de defender algo que te importa es más aburrido que romántico —le confesó a Nagore esa noche, agotado, tras la tarde entera perdida en trámites—. Nadie te cuenta en las películas la parte de las salas de espera con sillas de plástico.
—Bienvenido al mundo real de defender lo que amas. Yo llevo dos años pidiendo subvenciones para renovar la maquinaria del taller y todavía no me han contestado a la última solicitud.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando?
—Catorce meses. Y contando.
—Puede que la burocracia sea el verdadero villano de esta historia, más que Grupo Alcanza.
—No lo dudes ni un segundo.
La conversación más difícil fue con su propio primo de Valencia, al que llamó por teléfono una tarde entera de lunes, armada de paciencia y de argumentos que había preparado con Roque la noche anterior.
—Entiendo que para ti sea solo un porcentaje en un edificio que no conoces —le dijo, tratando de mantener la voz firme—. Pero para mí es el sitio donde el abuelo me enseñó todo lo que sé. Si vendes tu parte, no solo pierdo el taller. Pierdo el último sitio donde queda algo suyo.
Su primo, que llevaba años sin pisar Madrid y que conocía a Donato sobre todo por las historias familiares de las comidas de Navidad, guardó silencio un momento largo al otro lado de la línea.
—No lo había pensado así —admitió, al fin—. Para mí solo era un número en una herencia que ni siquiera sabía bien qué contenía. Dame un par de días para pensarlo.
Dos días después, llegó un correo escueto: «He decidido votar en contra de la venta.
Espero que salga bien. Avísame cuando tengas un hueco, me gustaría conocer el taller de verdad, no solo en fotos.
» Nagore leyó el mensaje tres veces, incapaz de creerse del todo que hubiera funcionado, y se lo enseñó a Roque esa misma noche con los ojos brillantes.
—Un voto menos que perder —dijo él, abrazándola por detrás mientras ella seguía mirando la pantalla del móvil—. Nos quedan Casals y el del segundo, que todavía no se ha pronunciado.
—El del segundo es difícil. Casi no lo he visto en dos años.
—Pues vamos a visitarlo mañana. Con miel, por supuesto.
Antes de esa visita, sin embargo, ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.
Fermín, el veterinario amigo de Roque, le escribió un mensaje una tarde con una información que había averiguado casi por casualidad, hablando con un compañero del colegio de veterinarios: la denuncia anónima de septiembre contra las colmenas no había sido, como todos habían asumido, cosa de un vecino descontento, sino que provenía de una dirección de correo asociada, según pudo rastrear su compañero por pura curiosidad profesional, a un despacho de gestión de patrimonio inmobiliario.
—Grupo Alcanza —dijo Roque, con la voz tensa, enseñándole el mensaje a Nagore esa misma noche—. La denuncia de septiembre no era de ningún vecino. Era de ellos. Llevan meses queriendo este edificio, mucho antes de presentarse en la reunión con Diana a la cabeza.
—Eso explica muchas cosas —dijo Nagore, sintiendo una mezcla de rabia y alivio: rabia por la manipulación, alivio por saber, al fin, que ningún vecino real les había dado la espalda—.
Si conseguían quitarte las colmenas antes de la votación, el edificio perdía parte de su atractivo para nosotros a la hora de defenderlo.
Un edificio sin nada especial es más fácil de comprar barato.
—¿Podemos demostrarlo?
—Legalmente, probablemente no sin más pruebas. Pero podemos contarlo en la próxima reunión, y dejar que cada vecino saque sus propias conclusiones sobre con qué tipo de empresa estamos tratando.
Guardaron la información para el momento oportuno, conscientes de que revelarla demasiado pronto podría parecer una acusación sin fundamento, pero decididos a utilizarla si la votación se ponía cuesta arriba.
Cuando finalmente la sacaron a relucir, semanas después, durante la propia asamblea de la votación, el efecto en la sala fue casi inmediato: varios vecinos que hasta entonces se habían mostrado indecisos cambiaron abiertamente de postura al enterarse de que la primera denuncia contra las colmenas no había sido vecinal, sino una maniobra calculada de la propia empresa compradora.
El vecino del segundo, un hombre reservado que trabajaba largas jornadas y del que apenas se sabía nada en el edificio, los recibió con cierta sorpresa al verlos aparecer juntos en su puerta un martes por la noche.
Escuchó la historia completa, desde las abejas muertas sobre el misal hasta el acuerdo con Donato, sin interrumpir, con un tarro de miel de brezo entre las manos que giraba distraídamente mientras ellos hablaban.
—No suelo meterme en las cosas de la comunidad —dijo al final, con una franqueza que los sorprendió a ambos—. Pero me gusta que este edificio tenga cosas así, algo que no sea solo pisos y facturas. Contad con mi voto en contra.
La noche antes de la votación, Roque bajó al taller con una caja llena de tarros de miel etiquetados a mano.
—Un tarro para cada propietario —dijo—. Con una nota explicando de dónde sale la miel, cuántos años lleva la colmena en esta azotea, y por qué tu abuelo decidió que mereciera la pena tenerla aquí. No es soborno. Es memoria.
Repartieron los tarros esa misma noche, puerta por puerta, entre risas nerviosas y el peso de saber que al día siguiente se decidía, de una vez, si su historia —la del taller, la de las colmenas, la de los dos juntos— tenía futuro en aquel edificio.
Cuando terminaron, ya pasada la medianoche, se sentaron un rato en el portal, agotados, con las manos todavía pegajosas de miel.
—Pase lo que pase mañana —dijo Roque—, esto ha merecido la pena.
—El qué, ¿repartir tarros hasta las tantas?
—Todo. Desde la primera abeja muerta.
Esa noche, ya en la cama, Nagore no consiguió dormir del todo.
Se quedó despierta escuchando la respiración tranquila de Roque a su lado, repasando mentalmente cada argumento, cada vecino, cada posible voto en contra, hasta que en algún momento de la madrugada él, medio dormido, la atrajo hacia sí sin abrir los ojos.
—Deja de darle vueltas —murmuró contra su pelo—. Hemos hecho todo lo que podíamos hacer. Ahora toca dormir.
—¿Y si no es suficiente?
—Entonces habremos perdido habiéndolo intentado de verdad, que es mejor que perder sin haberlo intentado. Duerme.
Ella cerró los ojos, dejándose llevar por el calor de su cuerpo y el ritmo lento de su respiración, y por primera vez en semanas consiguió dormir sin sobresaltos hasta que sonó el despertador.