CAPÍTULO 9
Las dos semanas siguientes transcurrieron en un silencio incómodo entre ambos.
Roque seguía bajando alguna vez a dejar tarros de miel sin decir palabra, y Nagore los aceptaba con un gracias seco que a ninguno de los dos le sabía bien.
El calor de agosto había dado paso a un octubre gris, y el taller, sin la presencia constante de Roque entrando y saliendo, le pareció de pronto más silencioso de lo que recordaba.
Nagore se refugió en el trabajo, aceptando más encargos de los que podía asumir con comodidad: un misal, dos álbumes de fotos, una colección de cartas de amor de los años cincuenta que una anciana de Chamberí quería encuadernar antes de morir, «para que mis nietos las lean cuando yo ya no esté para darles vergüenza».
Cosía hasta tarde, con la radio puesta más alto de lo normal, como si el ruido pudiera llenar el hueco que Roque había dejado al no bajar cada tarde.
Las cartas de amor resultaron ser, sin que Nagore lo esperase, el encargo que más la afectó de todos los que había hecho ese año: correspondencia entre la anciana y su difunto marido durante un año entero de servicio militar obligatorio en el extranjero, cartas llenas de una ternura antigua y sin adornos, promesas de un futuro juntos que, según le contó la propia clienta durante la entrega, se habían cumplido durante cuarenta y tres años de matrimonio.
Encuadernarlas, leyendo sin querer fragmentos sueltos mientras las manipulaba con guantes de algodón, le recordó de manera incómoda lo que ella misma estaba a punto de dejar escapar por puro miedo.
—A veces el amor es solo decidir seguir escribiendo cartas aunque no sepas si vas a volver a verlo —le dijo la anciana, al recoger el encargo terminado, sin saber nada de la situación personal de Nagore pero acertando, sin pretenderlo, en el centro exacto de lo que ella llevaba semanas evitando pensar.
Perla, que llevaba semanas observando el ir y venir de la pareja sin meterse en nada, decidió finalmente romper su silencio un viernes, mientras cerraban el taller.
Roque, por su parte, había pasado esas dos semanas ocupado en algo que no le contó a nadie del todo: visitar, una por una, otras azoteas de Madrid donde poder trasladar las colmenas si el hotel salía adelante.
Fue a ver una en Vallecas, propiedad de un centro social que ya tenía otras dos colonias instaladas; otra en Carabanchel, sobre un edificio de oficinas cuyo dueño se mostró encantado con la idea; y una tercera, la que menos le convencía, en un polígono industrial de las afueras, demasiado lejos del barrio para que le compensara el viaje diario.
Ninguna le parecía tan buena como la que ya tenía, pero prefería tener un plan B antes de que la necesidad lo obligara a improvisar uno en el último momento.
Se lo contó a su hermano Iker por teléfono, una noche, incapaz de guardarse para sí mismo la angustia de tener que empezar de cero en otro sitio.
—¿Y por qué no le cuentas todo esto a Nagore? —le preguntó Iker, con la practicidad de quien lleva años resolviendo problemas de ingeniería sin andarse por las ramas—. Por lo que me cuentas, la chica está tan preocupada como tú.
—Porque no quiero que sienta que la estoy presionando para que decida rápido lo nuestro solo porque yo tengo miedo de perder las colmenas.
—A veces contar tus propios miedos no es presionar a nadie. Es solo ser sincero.
Roque no contestó nada a eso, pero se quedó dándole vueltas durante el resto de la semana.
—Vas a dejar que un miedo de hace tres años te arruine algo bueno de este año —le dijo, sin rodeos—. Gonzalo no es Roque. Y esa mujer de la inmobiliaria puede presentarse aquí veinte veces más y no va a cambiar lo que él siente por ti, a no ser que tú misma le des motivos para alejarse.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es. Pero llevas dos semanas mirando esas cajas blancas desde la ventana cada vez que crees que no te veo. Y el otro día contestaste al teléfono pensando que era él, y se te cambió la cara cuando viste que era el proveedor de piel.
Perla se sentó en el taburete alto que solía ocupar Roque, con una expresión que a Nagore le costó reconocer, más seria de lo habitual.
—Yo también he tenido mis dudas con Teo esta semana, si te sirve de algo saberlo.
Nos hemos peleado por una tontería, por un plan que cancelé a última hora por quedarme aquí ayudándote con el pedido grande, y él se lo tomó como si no me importara.
Yo estuve a punto de mandarlo todo a paseo, convencida de que era la señal de que esto iba a acabar mal, como todo lo demás.
Y entonces até cabos: no era él el problema.
Era yo, esperando la señal de que algo iba a salir mal para poder decir «ya lo sabía» antes de que me hicieran daño de verdad.
—¿Y qué hiciste?
—Le mandé un audio de cinco minutos explicándole exactamente eso. Y ahora cenamos el domingo. A veces solo hace falta decir en voz alta de qué tienes miedo para darte cuenta de que el miedo no tiene tanto sentido como parecía a las tres de la mañana.
Aquella misma tarde, antes de subir a buscar a Roque, Nagore se sentó un momento en el taller, sola, frente a la fotografía de su abuelo, y le habló en voz baja, como llevaba haciendo de vez en cuando desde su muerte, sin sentirse nunca del todo ridícula por ello.
—No sé si estoy haciendo lo correcto —le dijo, en el silencio del taller vacío—.
Tengo miedo de perder el sitio que tú me dejaste, y tengo miedo de perder a alguien que me hace sentir que no pasa nada por tener miedo.
No sé cómo se hacen las dos cosas a la vez, cuidar lo de antes y dejar entrar algo nuevo.
No hubo respuesta, claro, solo el silencio de siempre y el zumbido lejano de las colmenas sobre su cabeza, pero algo en el gesto de decirlo en voz alta, de nombrar el miedo sin adornarlo, le dio la fuerza suficiente para levantarse y subir a la azotea.
Nagore no lo negó. Esa misma noche, incapaz de seguir dándole vueltas al breviario que tenía sobre la mesa sin avanzar una sola puntada, subió a la azotea.
Encontró a Roque sentado junto a las colmenas, con un jersey grueso y una manta sobre las piernas, mirando las luces de los edificios de enfrente.
El cambio de estación se notaba ya en el aire, más fresco, con un olor distinto, sin el peso húmedo del verano.
—No he venido a hablar del hotel —dijo ella, sentándose a su lado sin que él dijera nada—. He venido porque te echo de menos, y me he dado cuenta de que llevo dos semanas castigándote por algo que no has hecho.
Roque la miró de reojo, con cautela.
—¿Y qué has decidido, entonces?
—Que tengo miedo. Mucho. De que este sitio se me escape de las manos otra vez, de que alguien vuelva a decirme que lo que hago no vale lo suficiente, de enamorarme de alguien y descubrir después que su vida y la mía no encajan.
Pero también me he dado cuenta de que castigarte por los fantasmas de Gonzalo no es justo, y que Diana no es más que una mujer que hace su trabajo, igual que tú haces el tuyo con las abejas y yo el mío con el papel.
—No voy a mentirte —dijo Roque, después de un silencio—.
No sé cómo va a acabar lo del hotel. No sé si dentro de un año seguiré teniendo colmenas en esta azotea o si me tocará buscar otra en la otra punta de la ciudad.
Lo único que sé con certeza es que no quiero pasar por nada de eso sin ti al lado.
—¿Aunque el taller no sea negociable? ¿Aunque nunca vaya a dejarlo, pase lo que pase con el edificio?
—Sobre todo por eso —dijo él, tomándole la mano bajo la manta—. Me enamoré de ti defendiendo unas colmenas que no eran tuyas delante de todo un edificio. No esperaba menos cabezonería para defender tu propio taller.
Nagore apoyó la cabeza en su hombro, dejando que el frío de octubre se disolviera entre el calor de su cuerpo y el peso, por fin aliviado, de dos semanas de silencio innecesario.
—Te quiero —dijo, casi en un susurro, la primera vez que lo decía en voz alta—. Y me da mucho miedo.
—A mí también me da miedo —contestó Roque—. Pero prefiero tenerlo contigo que sin ti.
El domingo siguiente, Roque insistió en llevarla a un sitio que llevaba tiempo queriendo enseñarle: el Real Jardín Botánico, cerca del Retiro, donde un amigo suyo trabajaba como jardinero y les consiguió acceso antes de la hora de apertura al público.
Pasearon entre los parterres todavía cubiertos de rocío, Roque señalando qué plantas atraían más a las abejas y cuáles apenas les interesaban, hasta que llegaron a un rincón con un pequeño huerto de plantas medicinales que a Nagore le recordó, sin saber muy bien por qué, al papel de estraza que usaba en el taller.
—Aquí cultivan lavanda para hacer tinta natural, creo —comentó ella, acercándose a oler una de las plantas—. La usaban antiguamente para ciertos tipos de encuadernación, para dar color a las guardas.
—¿Ves? Hasta el jardín botánico conspira para que hablemos de nuestros oficios.
—O es que los dos vemos el mundo a través de lo que hacemos con las manos. No tiene nada de raro.
Se sentaron un rato en un banco apartado, compartiendo un cruasán que habían comprado de camino, viendo cómo el jardín se iba llenando poco a poco de los primeros visitantes del día.
—Gracias por lo de anoche —dijo Roque, de pronto, sin venir a cuento de nada—. Por subir. Por decir en voz alta lo que te daba miedo, en lugar de dejar que se pudriera en silencio otras dos semanas más.
—Gracias a ti por no rendirte conmigo. Con Gonzalo, en cuanto yo me cerraba en banda, él dejaba de insistir, como si mi silencio fuera la señal de que tenía razón en todo.
—Yo no pienso rendirme contigo por un par de semanas de silencio. Vamos a tener muchas peleas peores que esta, seguramente, y pienso seguir subiendo a buscarte todas las veces que haga falta.
—Qué manera más romántica de anunciar futuras peleas.
—Prefiero ser realista a prometerte una vida sin discusiones. Eso sería mentirte desde el principio.
Nagore se rió, apoyando la cabeza en su hombro, y por primera vez en semanas sintió que el futuro, con todas sus incertidumbres —el hotel, las colmenas, el taller—, no le daba tanto miedo como antes.
Se quedaron así un rato largo, hasta que el frío los obligó a bajar. Antes de entrar, Roque se detuvo un momento junto a la puerta de la escalera.
—Vamos a luchar por el edificio —dijo—. Por las dos cosas: por tu taller y por mis colmenas. No como cosas separadas, sino como una sola pelea.
—¿Y si perdemos?
—Entonces perderemos juntos, que ya es distinto a perder solo.
Bajaron al taller, y esa noche, casi sin proponérselo, terminaron cocinando juntos por primera vez en semanas, con la misma torpe complicidad de las primeras cenas improvisadas de agosto.
Roque le contó, por fin, lo de las azotejas alternativas que había visitado, y Nagore, en lugar de sentirse presionada como él había temido, se lo agradeció con una sinceridad que a él le pareció, de pronto, el mejor regalo posible.
—Me alegra que tengas un plan B —dijo ella, sirviendo dos platos de pasta con lo poco que quedaba en la nevera—. Significa que esto te importa lo suficiente como para no dejarlo a la suerte.
—Me importa muchísimo. Pero prefiero mil veces el plan A.
—El plan A somos nosotros aquí, ¿no? Peleando por las dos cosas a la vez.
—El plan A eres tú, sobre todo. Las colmenas son solo el motivo por el que te conocí.
Ninguno de los dos sabía todavía que la verdadera batalla por el edificio, y por la azotea, apenas había empezado.