CAPÍTULO 8
Las primeras semanas de octubre habían sido, en general, buenas para los dos: el permiso municipal resuelto a su favor, el negocio del taller creciendo poco a poco gracias a las recomendaciones de Roque, y una rutina compartida que empezaba a sentirse menos como un descubrimiento constante y más como un hogar.
Fue precisamente esa sensación de estabilidad recién estrenada la que hizo que la noticia del hotel cayera con más fuerza de la que habría tenido en cualquier otro momento.
La tranquilidad duró poco. A mediados de octubre, Casals convocó una nueva reunión de comunidad, esta vez con un motivo distinto: una empresa llamada Grupo Alcanza había presentado una oferta de compra por el edificio entero, con intención de reconvertirlo en un hotel boutique de doce habitaciones.
La oferta incluía una cláusula de realojo para los propietarios y una compensación económica considerable para quienes decidieran vender.
Antes incluso de la reunión, Nagore se pasó dos noches enteras investigando a la empresa: encontró que Grupo Alcanza llevaba cinco años comprando edificios similares en distritos como Chueca, Lavapiés y Malasaña, siempre con el mismo patrón, apartamentos y locales históricos reconvertidos en alojamientos turísticos de alto standing, y que en al menos dos casos anteriores los pequeños negocios que ocupaban los bajos habían tenido que cerrar por no poder asumir la subida de alquiler tras la reforma, a pesar de las promesas iniciales de «respetar el carácter del barrio».
Imprimió los artículos que encontró, subrayó los párrafos más relevantes, y se los enseñó a Roque una noche, extendidos sobre la mesa como si fueran pruebas de un juicio.
—Esto no es la primera vez que lo hacen —dijo, señalando una fotografía de antes y después de un antiguo taller de zapatería reconvertido en recepción de hotel—. Y siempre con el mismo discurso de «revitalizar» y «conservar el carácter».
—Entonces sabemos a qué nos enfrentamos.
—Sabemos a qué nos enfrentamos, sí. Pero también sabemos que en ninguno de esos casos anteriores hubo una comunidad de vecinos organizada desde el principio. Casi todos vendieron por separado, poco a poco, sin coordinarse entre ellos.
—Eso es una ventaja para nosotros.
—Es la única ventaja que tenemos, así que vamos a aprovecharla al máximo.
La representante de la empresa que expuso el proyecto se llamaba Diana Rojo, una mujer de aspecto impecable que repartió tarjetas de visita y habló de «revitalizar el patrimonio del barrio» con la soltura de quien lo había dicho cien veces antes en cien reuniones parecidas.
Llevaba un traje de chaqueta color crudo, un maletín de cuero con el logotipo de la empresa grabado, y una carpeta de renders donde el edificio aparecía transformado en una fachada de líneas limpias, con macetas de diseño en los balcones y un letrero minimalista en la entrada.
Nagore reconoció algo en su tono, en la manera de mirar el taller —al que había pedido visitar antes de la reunión, «solo por curiosidad profesional»— como quien mide metros cuadrados en lugar de mirar objetos con historia.
—Es un espacio precioso —le había dicho Diana, paseando entre las mesas de trabajo, deteniéndose un instante frente a la prensa de husillo como si evaluara su valor decorativo—.
Con el encanto justo. Encajaría de maravilla como recepción del hotel.
Conservaríamos la estructura, claro, el carácter del lugar es parte del valor.
—Este taller lleva funcionando desde mil novecientos setenta y ocho —contestó Nagore, sin disimular la tirantez—. No es un elemento decorativo.
—Nadie ha dicho que lo sea. Pero los negocios cambian, y a veces cambiar es la única manera de sobrevivir. Le puedo asegurar que la compensación que le corresponde a su local, con la cláusula de realojo, le permitiría abrir un taller el doble de grande en cualquier otro barrio de Madrid.
—No quiero un taller el doble de grande en cualquier otro barrio. Quiero este taller, en esta calle, donde mi abuelo lo abrió.
Diana sonrió con una cortesía profesional que no llegaba a los ojos, guardó su carpeta de renders y se despidió prometiendo volver para la reunión formal.
Perla, que había presenciado la visita desde el mostrador sin decir palabra, esperó a que la puerta se cerrara del todo para soltar todo lo que llevaba conteniendo.
—Esa mujer mide el taller con los ojos como si ya fuera suyo. Me ha entrado urticaria solo de verla tocar la prensa de tu abuelo sin preguntar.
—A mí me ha entrado algo peor que urticaria.
—¿Qué piensas hacer?
—De momento, nada. Escuchar la propuesta formal en la reunión, como todos los demás vecinos. No pienso ponérselo fácil, pero tampoco quiero montar un numerito antes de tiempo.
Esa noche, mientras cerraba el taller, Nagore repasó mentalmente cada frase de la conversación con Diana, cada gesto medido, cada sonrisa profesional que no llegaba a los ojos, y no pudo evitar compararla, sin quererlo, con la manera en que Roque hablaba de su trabajo: con las manos, con detalles concretos, con el mismo cariño torpe con el que hablaba de sus colmenas.
Diana hablaba de «revitalizar» y «valor añadido»; Roque hablaba de floraciones, de distancias de vuelo, de cuánto tardaba una colonia nueva en asentarse.
Eran, pensó, dos maneras completamente distintas de mirar el mismo edificio, y no supo por qué, pero la diferencia le pareció, de pronto, más importante de lo que debería.
Lo que más le dolió a Nagore no fue la propuesta en sí, sino descubrir, esa misma noche, que Roque conocía a Diana de antes: habían salido juntos, brevemente, dos años atrás, cuando ella trabajaba en otra inmobiliaria distinta.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le preguntó, incapaz de disimular el tono acusador.
—Porque no tenía nada que ver con esto. Salimos unos meses, hace mucho, y no terminó bien porque ella siempre antepuso el trabajo a cualquier otra cosa. No sabía que iba a presentarse aquí representando a esa empresa hasta que la vi entrar por la puerta del portal.
—¿Y esperabas que me lo creyera sin más?
—Esperaba que confiaras en mí, sí. Como yo confié en ti cuando defendiste mis colmenas delante de todo el edificio sin conocerme apenas.
—Esto es distinto, Roque. Esto es mi taller, mi herencia, todo lo que me queda de mi abuelo. Y de repente aparece una mujer con la que saliste, ofreciendo dinero para quitármelo, y tú me dices que no tiene nada que ver contigo.
Perla, que había asistido a toda la escena desde el mostrador sin atreverse a intervenir, esperó a que Roque se marchara esa noche para sentarse junto a Nagore, todavía alterada, en el sofá del taller.
—¿Puedo decir algo sin que me muerdas?
—Depende de lo que sea.
—Creo que le estás pidiendo a Roque que pague por algo que no ha hecho. Sé que da miedo, sé que Gonzalo te destrozó durante meses, pero Roque lleva toda la tarde intentando explicarte algo con la misma cara de quien no entiende por qué de repente es el malo de la película.
—No es tan sencillo, Perla.
—Nunca dije que lo fuera. Solo digo que el miedo no siempre tiene razón, aunque se sienta muy convincente a las tres de la mañana.
Nagore no respondió, pero las palabras de Perla se le quedaron rondando durante toda la noche, mezcladas con las de la propia discusión, hasta formar un nudo de dudas que no conseguiría deshacer del todo hasta pasadas varias semanas.
—No tiene nada que ver conmigo porque yo no controlo dónde trabaja mi ex. Lo que sí tiene que ver conmigo es que también podría perder las colmenas si el hotel sigue adelante, así que estamos en el mismo lado de esto, te guste o no.
—Cuéntamelo, entonces. Todo. Si quieres que confíe en ti, empieza por ahí.
Roque se pasó una mano por el pelo, buscando por dónde empezar.
—Salimos casi un año, hace tres. La conocí en una feria de productos ecológicos, ella trabajaba entonces para una promotora distinta, más pequeña.
Al principio todo iba bien: le gustaba que yo tuviera un proyecto propio, decía que le parecía «auténtico», con esa palabra que usan los que nunca han tenido que preocuparse por si llueve la semana antes de una cosecha.
Pero con el tiempo empezó a tratarlo como un hobby simpático, algo de lo que hablar en las cenas con sus compañeros de trabajo, no como algo serio.
Cuando le propuse que viniera a ver el proceso de extracción de la miel, tal cual, con el mono de trabajo puesto, me dijo que prefería esperarme en una terraza cercana.
Lo dejamos porque un día me di cuenta de que llevaba meses evitando presentarme como lo que soy delante de la gente que le importaba a ella.
—¿Y no te dio ninguna señal de que trabajaba ahora en algo así? Comprar edificios enteros para convertirlos en hoteles.
—Nos dejamos de hablar del todo cuando rompimos. No sabía en qué empresa estaba, ni me importaba saberlo, hasta que la vi entrar por la puerta del portal con esa carpeta de renders.
—¿Y sigues sintiendo algo por ella? —preguntó Nagore, incapaz de contener la pregunta, aunque se arrepintió casi al instante de haberla formulado en voz tan alta.
Roque negó con la cabeza, sin dudarlo.
—Lo que siento por Diana es, como mucho, una especie de tristeza antigua por lo que pudo haber sido y no fue. Nada parecido a lo que siento contigo. Contigo no tengo que fingir que mi trabajo importa menos de lo que importa. Con ella, durante meses, tuve que hacerlo.
Nagore se quedó en silencio un momento, procesando la historia, reconociendo en ella —a su pesar— un eco incómodo de su propia relación con Gonzalo: dos personas que habían amado a alguien sin llegar a valorar del todo lo que esa persona hacía con las manos.
La discusión se enredó, como suelen enredarse las discusiones que en realidad tratan de otra cosa: no de Diana, ni siquiera del hotel, sino del miedo de Nagore a que, tarde o temprano, algo —una mujer del pasado, una oferta de dinero, una crisis cualquiera— viniera a demostrarle que había vuelto a construir su vida sobre una base tan frágil como la anterior.
—Necesito tiempo para pensar en todo esto —dijo ella, al final, con la voz ya cansada—. No solo en lo de Diana. En todo. En el hotel, en si voy a tener que pelear otra vez por este sitio, en si voy a acabar perdiéndolo de todos modos.
Roque no discutió. Se limitó a asentir, con una expresión que a Nagore le costó descifrar entre la comprensión y la herida, y subió a su azotea sin decir nada más.
Nagore pasó esa noche despierta, dando vueltas en la cama, repasando la conversación una y otra vez sin llegar a ninguna conclusión que la tranquilizara.
Le escribió un mensaje a su amiga Sole, con la que había compartido piso durante la universidad y que ahora vivía en Barcelona, contándole por encima lo ocurrido, sin entrar en demasiados detalles sobre Roque ni sobre Diana.
«¿Y si vuelves a equivocarte?», le respondió Sole, siempre directa. «Perdona la pregunta, pero es la que tú misma te estás haciendo, ¿no?»
Nagore no contestó enseguida. Se quedó mirando el techo del taller, donde intuía, más que veía, el peso silencioso de las colmenas justo encima de su cabeza, y pensó que quizás Sole tenía razón: no era Diana lo que la asustaba, ni siquiera el hotel.
Era la posibilidad de volver a equivocarse del todo con alguien, de entregar de nuevo algo tan grande como aquello sin ninguna garantía de que fuera a merecer la pena.
«No lo sé», escribió finalmente. «Pero esta vez, al menos, no me lo he preguntado sola. Él me lo preguntó primero.»