CAPÍTULO 7
Septiembre trajo el primer aviso serio: el ayuntamiento había recibido una denuncia anónima contra la actividad apícola de la azotea, alegando incumplimiento de la distancia mínima respecto a viviendas colindantes. Roque tenía quince días para presentar alegaciones o desmontar las colmenas.
—¿Quién iba a denunciar algo así? —preguntó Nagore, leyendo la notificación por encima de su hombro, en la cocina reducida del taller donde habían empezado a cenar casi todas las noches.
—No lo sé. Podría ser cualquiera del barrio, o de otro edificio con vistas a la azotea. No tiene por qué ser nadie que conozcamos.
Nagore pasó la primera noche tras el aviso repasando cada palabra de la notificación municipal, subrayando plazos y artículos de la ordenanza con el mismo rigor que aplicaba a cualquier informe de restauración.
Le sorprendió descubrir lo mucho que se parecía aquel ejercicio a su propio trabajo: identificar qué partes del «documento» —en este caso, la vida entera de Roque en esa azotea— merecían protegerse a toda costa, y cuáles podían ceder un poco sin perder lo esencial.
—Vamos a necesitar un plano detallado de toda la azotea, con las distancias exactas a cada ventana —le dijo a Roque esa misma noche, con una libreta ya llena de anotaciones—.
Y fechas concretas de cuándo se instaló cada colmena, para poder demostrar que llevas años operando sin ningún incidente registrado.
—¿Desde cuándo sabes tanto de trámites administrativos?
—Desde que heredé un taller con una maquinaria de los años setenta y tuve que pelear con Hacienda para que reconociera que una prensa de husillo no es «material obsoleto sin valor», sino una herramienta de trabajo. Aprendes rápido cuando lo que está en juego te importa de verdad.
Roque llamó esa misma tarde a un veterinario colegiado especializado en apicultura, un antiguo compañero de un curso que había hecho años atrás, para que hiciera una visita de urgencia y certificara el estado sanitario de las colmenas.
El hombre, que se llamaba Fermín —nada que ver con el dueño del antiguo bar del barrio, aclaró Roque entre risas, «aunque lo parezca por el nombre»—, subió una tarde entera con su propio equipo de protección y revisó colonia por colonia, tomando notas, fotografiando los cuadros de cría, midiendo con una cinta métrica la distancia exacta hasta cada ventana colindante.
—Esto está perfecto —dictaminó al final, quitándose los guantes—. Mejor gestionado que la mitad de las azoteas que reviso en este distrito. Si el ayuntamiento pone pegas por esto, es que alguien tiene interés en ponerlas, no que haya un problema real.
—¿Puedes escribir eso en el informe? —preguntó Nagore, ya con el ordenador abierto para transcribir sus palabras.
—Palabra por palabra, si hace falta.
Pasaron esa semana entera reuniendo documentación: certificados veterinarios de las colmenas, fotografías de la distancia real a las ventanas más cercanas, un informe favorable de un apicultor urbano de otro distrito que ya había pasado por lo mismo dos años antes y que se ofreció, generosamente, a servir de testigo si hacía falta.
Nagore, que conocía de primera mano la burocracia de subvenciones para talleres artesanos —había pedido dos ayudas municipales para renovar la maquinaria del taller, y las dos veces había tenido que presentar alegaciones contra resoluciones absurdas—, se convirtió sin proponérselo en la persona que redactaba los escritos, mientras Roque aportaba los datos técnicos: cuadros de producción, planos de distancia, calendarios de floración de la zona.
—Tienes mano para esto —le dijo él una noche, viéndola terminar el tercer borrador de la alegación—. Deberías cobrar por redactar recursos administrativos.
—Prefiero cobrar por encuadernar libros, gracias. Esto lo hago porque quiero que ganes.
—¿Solo por eso?
—Y porque si te quitan las colmenas vas a estar insufrible una temporada, y prefiero ahorrarme el numerito.
Roque se rió y la atrajo hacia sí por encima de la mesa llena de papeles, sin importarle arrugar ninguno.
—Y hablando de deberte cosas —dijo él—: tengo algo para ti. Un cliente mío, el que compra miel para su restaurante en La Latina, tiene un libro de recetas de su bisabuela que se le está deshaciendo entre las manos. Le he hablado de ti. Va a venir la semana que viene.
Fue el primer encargo que le llegó por recomendación de Roque, y no el último.
En las semanas siguientes, dos personas más aparecieron por el taller mencionando su nombre: alguien del mercado de productores donde vendía la miel los sábados, que quería restaurar un atlas familiar, y una vecina de otra azotea que quería recuperar un álbum de fotos dañado por una gotera.
Nagore empezó a notar que Roque hablaba de ella —de su trabajo, de su cuidado con cada pieza— con un orgullo que no se molestaba en disimular, contando a cualquiera que quisiera escucharle cómo cosía los cuadernillos a mano, cómo elegía el papel según el gramaje y la acidez, detalles que él mismo apenas entendía pero que repetía con la fidelidad de quien ha escuchado la misma historia muchas veces y ha decidido que merece la pena que otros también la conozcan.
Esa sinceridad la desarmaba más que cualquier gesto romántico convencional.
El encargo del atlas familiar resultó ser, con diferencia, el más complicado que Nagore había afrontado desde la muerte de su abuelo: un volumen de mapas del siglo diecinueve, con las páginas atacadas por hongos tras décadas guardado en un sótano húmedo, que exigía un proceso de desinfección y secado por etapas antes de poder tocar siquiera el lomo.
Pasó semanas enteras investigando protocolos, consultando foros especializados en italiano y en inglés, y llamando a una restauradora de la Biblioteca Nacional que había conocido años atrás en un curso, pidiéndole consejo sobre un hongo concreto que no conseguía identificar del todo.
—¿Y si no consigo salvarlo? —le confesó a Roque una noche, agotada, con las manos todavía manchadas de un producto antifúngico que olía a lejía suave—. Es la primera vez que tengo tanto miedo de estropear algo.
—¿Y si en vez de pensar en no estropearlo piensas en todo lo que ya has conseguido salvar hasta ahora? Llevas tres semanas conteniendo un hongo que llevaba treinta años comiéndose ese atlas. Eso ya es una victoria, aunque el resultado final no sea perfecto.
Roque tenía razón, como solía tenerla en los momentos en los que ella más lo necesitaba, y el atlas, semanas después, quedó restaurado lo suficiente como para que el cliente pudiera exponerlo enmarcado en su despacho, con una placa que decía, a petición suya, «Restaurado por Nagore Ibarra, taller de la calle del Pez», la primera vez que veía su nombre completo asociado a un trabajo terminado desde que había heredado el negocio.
Antes de aquel primer sábado en el mercado, Nagore pasó por el taller una mañana entera preparando, sin que Roque se lo hubiera pedido, un pequeño lote de etiquetas de prueba para los tarros de miel: papel reciclado hecho a mano, con un pequeño dibujo de una colmena estampado en una esquina, algo mucho más cuidado que las etiquetas impresas que Roque solía usar.
Se las llevó envueltas en papel de estraza, nerviosa como quien presenta un examen, y las dejó sobre el mostrador del puesto sin decir gran cosa.
—¿Qué es esto? —preguntó él, desenvolviendo el paquete con curiosidad.
—Una idea tonta. Pensé que si alguna vez querías darle un aspecto distinto a los tarros, podrías probar con esto. No tienes que usarlas si no te convencen, las hice más que nada por divertirme un rato con el papel reciclado.
Roque examinó las etiquetas una a una, pasando los dedos por el relieve del dibujo, con una expresión que Nagore no supo interpretar del todo hasta que él, sin decir nada más, empezó a despegar las etiquetas antiguas de los tarros que tenía preparados para ese día y a pegar las nuevas en su lugar.
—No es una idea tonta —dijo, al fin—. Es la mejor idea que me han dado en meses.
Los tarros con las nuevas etiquetas se vendieron esa misma mañana antes que ningún otro, y varios clientes preguntaron específicamente por «la miel del papel bonito», sin saber que estaban, sin proponérselo, sembrando la semilla de lo que meses después se convertiría en Miel y Tinta.
El primer sábado de octubre, Nagore lo acompañó al mercado de productores de la plaza de Olavide, donde Roque tenía un puesto pequeño con tarros de distintas mieles etiquetados a mano —brezo, castaño, mil flores, tomillo— y un cartel con un dibujo torpe de una colmena que, según le confesó, había hecho su sobrina.
Pasó la mañana entera viéndolo hablar con los clientes, explicando la diferencia entre una miel cristalizada y una miel adulterada, dejando probar cucharaditas a los niños que se paraban fascinados por el zumbido de la pequeña colmena de observación que llevaba de muestra.
—Tienes paciencia infinita con la gente —le dijo ella, durante un momento de calma entre clientes.
—Con la gente sí. Con la burocracia, no tanto, como habrás notado.
—Eso lo llevo yo.
—Por eso funcionamos.
A media mañana se acercó al puesto una mujer mayor, con un carrito de la compra a cuadros y gesto decidido, que resultó ser clienta habitual de Roque desde que este empezó a vender en el mercado.
—¿Y esta jovencita? —preguntó, señalando a Nagore con la barbilla, sin ningún disimulo—. ¿Es nueva ayudante o algo más serio?
—Algo más serio, Encarna —contestó Roque, sin dudarlo, y a Nagore se le calentaron las mejillas de un modo que no tenía nada que ver con el sol de octubre.
—Ya era hora. Llevo dos años viéndote aquí solo cada sábado, con esa cara de quien espera que pase algo y nunca pasa.
—Gracias por el resumen de mi vida amorosa delante de todo el mercado, Encarna.
—Para eso estamos las clientas de toda la vida, para dar la lata cuando hace falta.
Nagore se rió, más relajada de lo que se había sentido en semanas, y ayudó a Roque a pesar cien gramos de miel de mil flores para la señora, que se marchó no sin antes guiñarle un ojo con una complicidad que Nagore agradeció en silencio.
Mientras esperaban la resolución del ayuntamiento, a Nagore se le ocurrió una idea que le pareció, al principio, casi ridícula: organizar una pequeña cena de vecinos en el patio interior del edificio, aprovechando que octubre todavía regalaba noches templadas en Madrid, para que quienes tuvieran dudas sobre las colmenas pudieran conocer a Roque fuera del contexto tenso de una reunión de comunidad.
—¿Una cena de vecinos? —repitió Roque, escéptico—. ¿Crees que la señora Amparo va a cambiar de opinión sobre las abejas por comer una tapa de tortilla?
—Creo que la gente vota distinto cuando conoce a las personas de quienes está votando algo. Es más fácil desconfiar de un desconocido con colmenas que de alguien con quien has compartido una cena.
La organizó un sábado, con la ayuda de Perla, que se encargó de imprimir invitaciones sencillas y de convencer a media docena de vecinos remolones de que bajaran «aunque solo fuera media hora».
Cada uno llevó algo: la señora Amparo, una tortilla de patatas que resultó sorprendentemente buena; el matrimonio joven del cuarto, una ensalada improvisada; Roque, por supuesto, varios tarros de miel para acompañar el queso que Nagore había comprado en la charcutería de siempre.
La cena se alargó hasta bien entrada la noche, entre risas y anécdotas del barrio que Nagore no conocía, y para cuando los últimos vecinos subieron a sus pisos, el ambiente respecto a las colmenas había cambiado de manera casi palpable.
—Esto ha sido buena idea —admitió Roque, mientras recogían los restos de la cena, ya de madrugada—. Aunque me sigue pareciendo una locura que una tortilla de patatas pueda cambiar tanto la opinión de la gente.
—Nunca subestimes el poder de una buena tortilla de patatas, con o sin cebolla.
El ayuntamiento resolvió a su favor a finales de mes, con la condición de instalar una valla vegetal de un metro de altura que desviara el vuelo de las abejas hacia arriba.
Roque celebró la noticia comprando un cava barato que bebieron directamente de la botella, sentados en el suelo de la azotea, entre las colmenas, viendo caer la tarde sobre los tejados de Malasaña.
—Un año más —dijo él, brindando con el cuello de la botella contra el hombro de Nagore.
—Un año más —repitió ella, y por primera vez desde la ruptura con Gonzalo se permitió imaginar, sin miedo, cómo sería seguir allí sentada, en esa misma azotea, dentro de otro verano.
Aquella noche, mientras recogían las copas y los restos de la pequeña celebración, Roque le propuso algo que llevaba días rondándole la cabeza.
—He estado pensando en algo. ¿Y si combinamos lo tuyo y lo mío? Nada grande, solo una idea: tarros de miel con etiquetas hechas por ti, en tu papel, con tu letra. Y quizás, más adelante, algún cuaderno con cera de abeja en el cierre, en vez de los broches metálicos que usas ahora.
—¿Cera de abeja como cierre? Eso podría estropear el papel a largo plazo, según la humedad de dónde se guarde.
—Pues busquemos la fórmula correcta. Tú sabes de conservación, yo sé de cera. Entre los dos seguro que encontramos algo que no se estropee.
Nagore se quedó pensativa, dándole vueltas a la idea con la misma seriedad con la que analizaba cualquier encargo nuevo.
—Podría funcionar —admitió, al cabo de un rato—. Aunque tendríamos que hacer pruebas. Muchas pruebas.
—Tenemos todo el invierno para hacerlas.
Fue la primera vez que hablaron, sin decirlo del todo en voz alta, de un futuro compartido más allá de las cenas improvisadas y las noches en el sofá del taller: un futuro con nombre propio, con un proyecto que llevara los dos apellidos —o los dos oficios, al menos— entrelazados.