CAPÍTULO 6
La lluvia de la noche anterior había dejado el aire limpio y fresco, con esa claridad especial que Madrid solo consigue después de una buena tormenta de verano, cuando la contaminación se asienta por unas horas y hasta el cielo parece un color distinto sobre los tejados del centro.
La mañana siguiente trajo un cielo lavado de tormenta y una incomodidad que Nagore no esperaba.
Se despertó sola en el sofá del taller, con la manta bien remetida a su alrededor —un gesto de Roque, sin duda, antes de subir a revisar las colmenas tras la tempestad— y una nota escrita a mano sobre un trozo de papel de estraza: «Las colmenas han aguantado.
Té en la nevera, por si te apetece, ya sé que el café te sienta mal después de las tres. R.»
Sonrió a su pesar, sorprendida de que se hubiera fijado en un detalle tan pequeño en tan poco tiempo, pero la sonrisa se le fue apagando según avanzaba la mañana.
Perla llegó a las nueve y media, se paró en seco al ver el reguero de ropa que Nagore aún no había recogido del todo, y no dijo nada, aunque la ceja levantada habló por ella durante todo el turno.
—No pienso contarte nada —le advirtió Nagore.
—No hace falta. Tienes marca de cojín en la mejilla y una sonrisa que no te había visto desde que Gonzalo te dejó de la manera más rastrera del mundo. Con eso me sobra.
Mencionar a Gonzalo fue suficiente para que a Nagore se le encogiera el estómago.
Habían estado juntos cuatro años, los mismos en los que ella había decidido dejar su trabajo en una editorial para dedicarse por completo al taller de su abuelo, y él le había repetido, cada vez con menos paciencia, que aquello no era un negocio serio, que encuadernar libros a mano en pleno siglo veintiuno era un capricho romántico que no daría para vivir, mucho menos para mantener una familia.
Recordaba con precisión dolorosa la última discusión, en la cocina del piso que habían compartido, cuando él le había dicho que estaba cansado de explicar a sus amigos a qué se dedicaba ella, que sonaba a hobby de jubilada y no a una profesión de verdad.
La ruptura había llegado el mismo mes en que Nagore facturó, por primera vez, más con el taller que con cualquier trabajo anterior, y aun así se había sentido como un fracaso durante meses, incapaz de disfrutar del éxito porque llevaba la voz de Gonzalo metida en la cabeza, repitiéndole que aquello no era serio.
No quería que aquello se repitiera. No quería enamorarse de otro hombre que, tarde o temprano, le pidiera elegir entre él y lo que había heredado de su abuelo.
Roque bajó a mediodía, con las manos aún oliendo a humo de ahumador, y se paró en la puerta del taller al notar la tensión en el aire.
—¿Va todo bien?
—Sí. No. No lo sé —admitió Nagore, dejando a un lado el punzón con el que estaba perforando unas guardas—.
Anoche fue… mucho. Y no me arrepiento, pero necesito que sepas algo antes de que esto vaya más lejos: este taller no es un hobby.
No pienso cerrarlo nunca, ni reducirlo, ni convertirlo en otra cosa por nadie, por muy bien que bese bajo la lluvia.
Roque se apoyó en el marco de la puerta, pensativo.
—¿Alguien te pidió eso alguna vez?
—Alguien me lo insinuó durante cuatro años, hasta que dejó de insinuarlo y me lo dijo directamente.
—Yo tengo doce colmenas repartidas por azoteas ajenas, un contrato de alquiler mes a mes con este edificio y ni una sola intención de pedirte que dejes de hacer lo que amas para hacerme un hueco a mí. Si eso es lo que esperas de esta conversación, te has equivocado de apicultor.
La respuesta, tan directa y sin rodeos, desmontó buena parte de la coraza con la que Nagore había bajado esa mañana.
—Perdona. Es que anoche…
—Anoche pasó algo que llevaba semanas queriendo que pasara, y esta mañana te has despertado con miedo. Lo entiendo. Pero no me confundas con quien te hizo daño antes.
Nagore asintió, sin saber muy bien qué decir. Roque se acercó, le apartó el punzón de la mano con cuidado y le dio un beso corto, casi casto, en los labios.
—Vamos a ir despacio —dijo—. Pero vamos a ir.
Ella sonrió, esta vez sin reservas.
—Vale.
—Vale.
La tregua duró poco tiempo en calma total. Esa misma tarde, mientras Roque subía a revisar las colmenas, el teléfono de Nagore vibró con un número que no tenía guardado, pero que reconoció al segundo tono de voz.
—Hola, Nagore. Soy yo. Gonzalo.
Se quedó paralizada un instante, el punzón suspendido en el aire sobre una guarda a medio perforar.
—¿Qué quieres?
—Nada grave, tranquila. Verás, mi madre tiene un libro de familia, uno antiguo, de mi bisabuelo, que se le está cayendo a pedazos. Me ha pedido que le busque a alguien de confianza para restaurarlo, y he pensado en ti. Sé que es raro que te llame, pero…
—Es raro, sí.
—Podríamos quedar para que le eches un vistazo. Un café, nada más, hablamos del libro y ya está.
Nagore respiró hondo, notando cómo el estómago se le encogía con esa mezcla tan familiar de rabia antigua y una especie de curiosidad morbosa por saber cómo le habría ido en los dos años que llevaban sin hablar.
—Mándame fotos del libro por correo. Si es un trabajo que puedo hacer, te paso presupuesto como a cualquier otro cliente. Pero no voy a quedar contigo para un café, Gonzalo.
—Vale. Lo entiendo. Solo quería decirte también que… me alegro de que el taller te vaya bien. Lo he visto en Instagram. Tenías razón, ya ves.
Colgó sin darle tiempo a contestar, con las manos temblándole ligeramente, no de tristeza sino de una especie de alivio inesperado: la voz de Gonzalo, que durante meses había sido capaz de hundirla con una sola frase, ya no tenía ningún poder sobre ella.
Cuando Roque bajó, media hora después, la encontró sonriendo frente al ordenador, terminando de anotar el presupuesto para un cliente cualquiera con nombre de ex.
—¿Buenas noticias? —preguntó él, dejando un tarro de miel sobre el mostrador.
—Las mejores. Acabo de descubrir que ya no me duele nada que antes me dolía muchísimo.
No le explicó más, y Roque no preguntó, aunque se quedó un rato más de lo habitual esa noche, sentado a su lado mientras ella terminaba el presupuesto, sin necesidad de decir nada para que ella supiera que, pasara lo que pasara con esa llamada, él seguía allí.
El libro de la familia de Gonzalo llegó al taller dos semanas después, traído por un mensajero y no por él mismo, lo cual a Nagore le pareció, en el fondo, un alivio.
Era un devocionario de finales del siglo diecinueve, con las tapas de piel resquebrajadas y varias páginas sueltas que alguien había intentado pegar en algún momento con cinta adhesiva, dañando aún más el papel original.
Se pasó una tarde entera desmontándolo con el mismo cuidado que ponía en cualquier otro encargo, sin permitir que el nombre en la nota adjunta —«De parte de la familia de Gonzalo, muchas gracias por el favor»— le hiciera sentir nada distinto a lo que sentía con cualquier otro cliente.
Cuando terminó, semanas más tarde, el devocionario había recuperado su lomo original, con las páginas sueltas reintegradas una a una con papel japonés casi invisible al tacto.
Envió el trabajo terminado junto con una factura detallada, sin ninguna nota personal añadida, y cuando la madre de Gonzalo la llamó, emocionada, para agradecerle el resultado, Nagore sintió una satisfacción limpia, profesional, completamente desligada de cualquier resto de la relación que había tenido con su hijo.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Roque esa noche, cuando ella le contó cómo había ido la entrega.
—Bien. Rara, casi. Esperaba sentir algo más al ver su apellido en el paquete, y no he sentido nada más que orgullo por el trabajo bien hecho.
—Eso es que ya has pasado página del todo.
—Será eso.
Esa tarde, mientras Roque volvía a subir a comprobar el estado de las colmenas tras la tormenta, Nagore se sorprendió tarareando mientras cosía, algo que Perla no dejó pasar sin comentario, y por primera vez en meses no le importó lo más mínimo que se le notara.
Los días siguientes trajeron una normalidad nueva, distinta a la rutina de antes de la tormenta pero igual de reconfortante.
Roque seguía bajando cada tarde, aunque ahora sin necesidad de excusas, y a veces se quedaba a dormir en el piso pequeño de Nagore, encima del taller, un ático con vistas parciales a la misma azotea donde todo había empezado.
Ella descubrió que roncaba un poco cuando dormía bocarriba, que hacía café —o té, cuando se acordaba— cada mañana sin que nadie se lo pidiera, y que tenía la costumbre de dejar siempre una nota si se marchaba antes de que ella despertara, por pequeño que fuera el motivo.
—Vas a acabar sin papel de estraza si sigues así —le dijo ella una mañana, encontrando la enésima nota pegada a la nevera.
—Tengo un proveedor de miel que también vende papel de embalaje. Nunca me va a faltar.
—Qué previsor.
—Aprendí de la mejor.
Un domingo de finales de agosto, Roque le propuso, con más nervios de los que intentaba disimular, que lo acompañara a comer a casa de sus padres, en un piso de Carabanchel donde había crecido junto a Iker.
Nagore aceptó, aunque pasó la mañana entera cambiándose de ropa tres veces, incapaz de decidir si un vestido de flores resultaba demasiado informal o si unos pantalones la hacían parecer que iba a una entrevista de trabajo.
—Vas perfecta con cualquiera de las dos cosas —le dijo Roque, esperándola en el portal, cuando ella bajó por fin con el vestido de flores—. Mis padres no muerden, te lo prometo. Bueno, mi padre a veces sí, pero solo verbalmente y solo sobre política.
La comida transcurrió mejor de lo que Nagore había temido: la madre de Roque, una mujer menuda y de risa fácil, se pasó buena parte de la comida contándole anécdotas vergonzosas de la infancia de su hijo, incluida una memorable historia sobre una picadura de abeja en un lugar que Roque se negó rotundamente a que su madre detallara delante de una invitada.
El padre, más callado, la observó con curiosidad discreta durante buena parte de la comida, hasta que, ya con el café servido, le hizo una pregunta directa que pilló a Nagore desprevenida.
—¿Y tú qué opinas de que mi hijo se pase la vida entera cuidando abejas en lugar de buscarse un trabajo con nómina fija?
—Opino que hace algo que le importa de verdad, con sus propias manos, y que eso vale más que cualquier nómina fija —contestó ella, sin dudar—.
Yo hago lo mismo con libros viejos. Nadie de mi familia lo entendió del todo hasta que empecé a ganarme bien la vida con ello, y para entonces ya llevaba años necesitando que alguien confiara en mí sin pruebas.
El padre de Roque se quedó callado un momento, asintiendo despacio, y no volvió a sacar el tema en toda la tarde. De camino de vuelta al metro, Roque le apretó la mano con una sonrisa que no necesitaba palabras.
—Le has caído mejor de lo que le cae yo mismo, creo.
—Imposible. Soy la novia nueva, siempre cae mejor la novia nueva.
—Dale tiempo. Ya verás cómo también acaba discutiendo contigo de política, como hace conmigo.
Perla, por su parte, había empezado a llamarloPerla, por su parte, había empezado a llamarlo «el vecino de arriba» con un tono que dejaba claro que ya no lo consideraba, en absoluto, un simple vecino, y aprovechaba cualquier ocasión para pedirle tarros de miel «a precio de amiga», que Roque le regalaba siempre con una sonrisa resignada.
La cita de Perla con Teo, el chico de la tienda de vinilos, había ido mejor de lo que ella misma esperaba: el concierto había sido en una sala pequeña de Malasaña, con una banda de versiones de soul que ninguno de los dos conocía, y habían terminado la noche sentados en las escaleras de la plaza del Dos de Mayo, compartiendo auriculares para escucharse mutuamente sus canciones favoritas hasta las tres de la madrugada.
—Creo que me gusta de verdad —le confesó a Nagore, con una mezcla de ilusión y pánico que a esta le resultó entrañablemente familiar—. Y eso me aterra, porque la última vez que me gustó alguien de verdad acabé llorando en el baño de un bar durante dos meses seguidos.
—Bienvenida al club —dijo Nagore, sin poder evitar una sonrisa cómplice—. Aunque, si te sirve de consuelo, a veces merece la pena arriesgarse otra vez.
—Mira quién habla, la reina de la cautela con el vecino de arriba.
—Yo no soy la reina de nada.
—Ya, claro. Por eso lleváis dos semanas comportándoos como una pareja de casados de toda la vida, con notas en la nevera incluidas.
Nagore no tuvo respuesta para eso, y las dos se rieron, cómplices, mientras el taller se llenaba de la luz cálida de la tarde y de un futuro que, por primera vez en mucho tiempo, a ninguna de las dos le daba miedo imaginar.