Dulce como la miel (Romántica Urban Cozy 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La tormenta llegó sin avisar, como suelen llegar las de Madrid en verano: un cielo que se pone verde de golpe, un olor a tierra mojada que sube desde el asfalto antes incluso de que caiga la primera gota, y luego el diluvio.

Nagore estaba cerrando el taller cuando oyó los gritos de Roque desde la azotea, algo sobre las colmenas y el viento, y sin pensarlo dos veces subió corriendo con una lona bajo el brazo.

—¡El viento se está llevando la tapa de la número seis! —gritó él, luchando por sujetar una de las cajas mientras el cielo se abría en un aguacero repentino.

Entre los dos aseguraron las cajas contra la ráfaga, empapados hasta los huesos en menos de un minuto, riendo por la absurdidad de estar salvando abejas bajo un aguacero de julio mientras los truenos hacían temblar los cristales del edificio de enfrente.

Nagore sujetaba una esquina de la lona con todas sus fuerzas mientras Roque ataba cuerdas a toda velocidad, y en un momento dado una ráfaga más fuerte los empujó a los dos contra la barandilla, entre carcajadas que el trueno se tragó por completo.

Cuando la última colmena quedó atada, Roque se giró hacia ella y se quedó quieto, con el agua chorreándole por la cara y el pelo pegado a la frente.

—Tienes toda la cara empapada —dijo él, con una media sonrisa.

—Igual que tú.

—Me refería a esto —y le limpió con el pulgar una gota que le resbalaba desde la sien hasta la mandíbula.

Habían pasado la tarde entera juntos, sin planearlo, porque el calor pegajoso de julio los había vuelto perezosos: Roque bajó a media tarde con la excusa de un termómetro que quería prestarle a Nagore para el taller, «por si la humedad afecta a la cola», y se quedó charlando hasta que el cielo empezó a cambiar de color sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta del paso de las horas.

Habían hablado de todo y de nada, de las novelas que a ella le gustaba leer en sus escasos ratos libres, de las rutas de bicicleta que él hacía los domingos por la Casa de Campo, de una discusión absurda sobre si el gazpacho llevaba o no llevaba pan, que terminó con los dos buscando recetas en el móvil sin llegar a ningún acuerdo.

Fue esa tarde compartida, esa charla sin prisa, la que hizo que ninguno de los dos dudara en subir corriendo cuando el cielo se abrió de golpe.

El gesto se quedó a mitad de camino entre lo tierno y lo urgente.

Nagore alzó la vista hacia él, la lluvia golpeándoles a los dos sin que ninguno hiciera ademán de buscar refugio, y fue ella quien acortó la distancia, tirando del cuello empapado de su camisa hasta juntar sus bocas.

Roque respondió de inmediato, con una mano en su nuca y otra en la curva de su cintura, apretándola contra él como si llevara semanas esperando exactamente ese permiso.

El beso no tuvo nada de tentativo. Fue directo, hambriento, con la lluvia como único testigo y el trueno marcando el compás. Cuando se separaron para respirar, Roque apoyó la frente en la de ella.

—Baja conmigo —dijo Nagore, sin aliento—. No quiero seguir haciendo esto de pie, bajo la tormenta, para que nos vea todo el barrio.

Bajaron al taller empapando cada escalón, riendo entre beso y beso, y en cuanto la puerta se cerró tras ellos, Roque la levantó del suelo y la sentó sobre la mesa de trabajo —previamente despejada, por suerte, de cualquier libro antiguo— para volver a besarla sin prisa, esta vez, saboreando cada segundo.

Nagore le desabrochó la camisa empapada con dedos torpes por la urgencia, deslizando las manos por su pecho, sintiendo bajo la palma el corazón de Roque latiendo tan deprisa como el suyo propio.

Él dejó escapar un gemido bajo cuando ella le rozó con las uñas la línea del abdomen, bajando despacio hasta el cierre del pantalón, y por un instante ninguno de los dos se movió, simplemente respirando el aire cargado de humedad y deseo del taller, dejando que la anticipación se extendiera un segundo más antes de perder cualquier atisbo de paciencia.

Le desabrochó la blusa empapada botón a botón, deteniéndose a besar cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto, la clavícula, el nacimiento del pecho, el vientre que se contraía bajo su boca.

Nagore le sacó la camiseta por la cabeza y le recorrió los hombros y la espalda con las manos, notando bajo los dedos las cicatrices pequeñas de años de picaduras y trabajo manual, una geografía que ya empezaba a resultarle familiar.

—Llevo semanas pensando en esto —murmuró él contra su cuello, bajando la mano por su costado hasta la cinturilla del pantalón—. Desde el primer día. Desde que me gritaste por lo del misal.

—Qué manera más rara de ligar.

—Funcionó, ¿no?

Ella soltó una carcajada que se cortó en un gemido cuando la mano de Roque se coló bajo la tela, encontrándola ya húmeda de deseo y no solo de lluvia.

La tocó con una lentitud deliberada, estudiando cada reacción de su cuerpo con la misma atención con la que examinaba un panal, deslizando los dedos con precisión sobre el punto exacto que la hacía arquearse contra él, hasta que Nagore le clavó las uñas en los hombros y le exigió, sin palabras, que no se detuviera.

Se desnudaron del todo entre la mesa de trabajo y el sofá viejo del rincón, dejando un reguero de ropa mojada por el suelo del taller.

Roque la tumbó con cuidado sobre los cojines, recorriéndole el cuerpo entero con la boca antes de subir de nuevo hasta su rostro, sin dejar de mirarla ni un segundo, como si necesitara comprobar que aquello era real y no una fantasía de las que llevaba semanas teniendo en la azotea.

Bajó por su cuello, por el centro de su pecho, se detuvo en cada pezón el tiempo suficiente para arrancarle un gemido ronco, y siguió descendiendo por su vientre hasta quedar arrodillado entre sus piernas.

—Roque… —empezó ella, pero cualquier frase se le deshizo en la garganta en cuanto sintió su boca sobre ella, cálida y precisa, dedicándole la misma paciencia meticulosa que ponía en cada panal que abría.

Se aferró a los cojines con ambas manos, la respiración cada vez más entrecortada, hasta que el primer orgasmo la recorrió entera, arqueando la espalda contra el sofá mientras pronunciaba su nombre como si fuera lo único que sabía decir.

Roque subió de nuevo hasta su boca, dejándole probar en el beso el sabor de sí misma, y ella, todavía temblando, le buscó el cierre del pantalón con dedos impacientes.

—Tengo condones en la cartera —dijo él, con la voz ronca, la frente pegada a la de ella.

—Segundo cajón del mueble de las herramientas. Llevo uno ahí desde que me mudé, por si acaso.

—Muy previsora.

—Cállate y ven aquí.

Cuando por fin se unieron, lo hicieron despacio al principio, dejando que sus cuerpos se acostumbraran el uno al otro entre la penumbra del taller y el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

Nagore le rodeó las caderas con las piernas, atrayéndolo más hondo, y Roque dejó escapar un gemido grave contra su cuello, murmurando algo que ella no llegó a entender del todo pero que sonó a su nombre repetido dos veces.

El ritmo fue creciendo hasta borrar cualquier pensamiento que no fuera el otro, sus manos entrelazadas contra los cojines, los cuerpos empapados de sudor y de lluvia atrapada en la piel, el placer construyéndose oleada tras oleada hasta que ambos se dejaron ir casi al mismo tiempo, temblando, sin aliento, riendo después por pura descarga de tensión acumulada durante semanas.

Se quedaron abrazados en el sofá estrecho, con una manta que Nagore guardaba para las siestas de después de comer y que olía ligeramente a cola de encuadernar. Fuera, la tormenta empezaba a amainar.

No pasó mucho tiempo antes de que el deseo volviera a encenderse entre los dos, esta vez sin la urgencia de la tormenta, sino con la calma de quien ya no tiene ninguna prisa.

Roque la besó despacio en el cuello, trazando un camino descendente con los labios mientras sus manos recorrían de nuevo cada curva de su cuerpo, memorizándola con un cuidado casi reverente.

—¿Otra vez? —preguntó Nagore, con una sonrisa perezosa, aunque su propio cuerpo ya respondía a las caricias con un escalofrío que la desmentía.

—Tenemos toda la noche, y la tormenta no parece tener ninguna prisa por marcharse.

La llevó de nuevo hasta el borde del placer, esta vez con una lentitud deliberada que a ella le pareció casi insoportable, cada caricia calculada para prolongar la espera, cada beso un poco más abajo del anterior, hasta que Nagore, incapaz de aguantar más, tiró de él hacia arriba y lo guio de nuevo dentro de ella con un gemido que se perdió contra su boca.

Esta vez el ritmo fue distinto, pausado, casi ceremonioso, los dos mirándose a los ojos en la penumbra mientras el placer se construía despacio, oleada tras oleada, hasta desbordarse en un clímax que los dejó a ambos temblando, abrazados, con la respiración entrecortada y una sensación de plenitud que a Nagore le costó nombrar del todo.

—Esto complica lo de ser vecinos de azotea —dijo ella, con la cabeza apoyada en su pecho.

—Solo si dejamos que nos complique. Yo prefiero pensar que lo simplifica todo.