CAPÍTULO 4 #2
Roque, que fingía estar concentrado revisando una colmena cercana, no pudo evitar una sonrisa al oír a su sobrina repetir, casi palabra por palabra, algo que él le había dicho la semana anterior sobre Nagore.
Cuando la madre de Martina vino a recogerla a mediodía, la niña se despidió de Nagore con un abrazo espontáneo y la promesa de volver «la próxima vez que haya miel nueva», y Nagore se quedó un rato en la azotea, extrañamente conmovida por lo natural que le había resultado encajar en esa mañana familiar improvisada.
—Le has caído genial —dijo Roque, cuando se quedaron solos—. Y eso que Martina no le cae bien a casi nadie a la primera. Tiene un radar infalible para detectar a los adultos que le hablan como si fuera tonta.
—Yo tampoco le hablo así a nadie, ni siquiera a los adultos.
—Ya lo he notado. Es una de las cosas que más me gustan de ti.
Dos semanas después, Roque insistió en llevarla a cenar fuera «como Dios manda», harto, según dijo, de que todas sus citas se redujeran a cenas improvisadas sobre la mesa de trabajo del taller.
Reservó mesa en un restaurante pequeño de La Latina, especializado en cocina de mercado, y se presentó en el taller con una camisa planchada y un ramo modesto de flores silvestres que, confesó avergonzado, había cogido de un descampado cercano a una de sus colmenas porque «las floristerías de verdad le parecían una estafa para una primera cita de verdad».
—¿Esto cuenta como nuestra primera cita de verdad? Porque yo ya te he visto sudando bajo una tormenta y comiendo tortilla de patatas con cebolla a las tantas de la noche.
—Esto cuenta como la primera cita en la que llevo camisa planchada, que para mí ya es un hito histórico.
La cena transcurrió entre risas y una conversación que fluía con una facilidad que a ninguno de los dos dejaba de sorprender: hablaron de los planes de futuro de cada uno, de si algún día a Roque le gustaría tener una tienda física además del puesto del mercado, de si Nagore alguna vez había pensado en dar clases de encuadernación a principiantes.
Fue la primera vez que hablaron abiertamente de un futuro más allá de las próximas semanas, sin ningún miedo aparente a comprometerse con la conversación.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de todo esto? —dijo Roque, ya con los postres servidos—. Que contigo no tengo que fingir que mi trabajo es más importante o más «serio» de lo que es. Tú entiendes perfectamente por qué me paso el fin de semana entero sudando por unos tarros de miel.
—Y tú entiendes por qué yo me paso semanas enteras cosiendo un solo libro sin que nadie me pague lo que realmente vale mi tiempo.
—Los dos somos un poco absurdos, la verdad.
—Los dos somos un poco absurdos juntos, que es mucho mejor que serlo por separado.
Terminaron la noche paseando de vuelta hacia Malasaña, cogidos de la mano por primera vez en público, sin ninguna prisa por llegar a ningún sitio, deteniéndose en cada escaparate iluminado como si tuvieran todo el tiempo del mundo por delante.
Entre semana, la rutina de las cenas compartidas se fue afianzando con pequeños rituales que ninguno de los dos había planeado del todo: Roque siempre ponía la mesa mientras Nagore terminaba el último detalle de su trabajo del día, y ella, a cambio, se encargaba de elegir la música que sonaba de fondo, casi siempre algo de jazz suave que a él, según confesó entre risas la segunda semana, le costaba distinguir de los anuncios de radio de los años cuarenta.
—Es Ella Fitzgerald, no un anuncio de jabón de los años cuarenta —protestó Nagore, fingiendo indignación.
—Para mis oídos de apicultor sin cultura musical, suena parecido.
—Voy a educarte, aunque sea lo último que haga.
—Prefiero que me eduques en otras cosas, la verdad, pero acepto la propuesta de la música también.
Fueron esas pequeñas rutinas compartidas, más que cualquier gran gesto romántico, las que a Nagore le hicieron sentir, semana tras semana, que aquello que habían empezado casi por accidente en una azotea llena de abejas se estaba convirtiendo en algo con raíces propias, algo que no dependía únicamente de la intensidad de un beso bajo la lluvia sino de la solidez tranquila de las tardes compartidas.
Un sábado, Roque insistió en que lo acompañara al reparto de la mañana, prometiéndole un café decente en una cafetería de Chamberí que, según él, «merecía la pena aunque tuvieras que cerrar el taller una hora».
Nagore accedió, más por curiosidad que por el café, y pasó la mañana entera viéndolo entrar y salir de tiendas pequeñas —una charcutería de toda la vida, una tienda de productos ecológicos recién abierta, un bar de tapas con solera— cargando cajas de tarros que dejaba con la misma familiaridad de quien conoce a cada tendero desde hace años.
—¿Conoces a todo Madrid? —le preguntó ella, mientras esperaban a que el dueño de la charcutería les preparara dos bocadillos de improviso, invitación de la casa.
—Conozco a la gente que me compra miel dos veces por semana desde hace tres años. Es distinto.
—No parece tan distinto desde donde yo lo veo.
Roque se encogió de hombros, sin darle mayor importancia, pero a Nagore no se le escapó el gesto de orgullo discreto que se le dibujaba en la cara cada vez que alguien le preguntaba por una nueva variedad, o le pedía consejo sobre cómo conservar mejor un tarro ya abierto.
Entendió, en algún momento de esa mañana, que aquel hombre que discutía con ella por unas abejas muertas sobre un misal llevaba años construyendo algo silencioso y sólido, tarro a tarro, tienda a tienda, sin necesidad de que nadie se lo reconociera en voz alta.
De vuelta en el taller, encontró a Perla nerviosa, cambiándose de camiseta detrás del mostrador y preguntándole, por tercera vez en diez minutos, si el color verde le sentaba bien o la hacía parecer «recién salida de una excursión escolar».
—¿Es por el chico de los vinilos? —preguntó Nagore, divertida.
—Teo. Se llama Teo. Y sí, hemos quedado esta noche, y no, no necesito que me des ánimos, necesito que me digas la verdad sobre esta camiseta.
—Te queda genial. Y respira, que no vas a un examen.
—Es peor que un examen. En un examen, si suspendes, repites en septiembre. Si esto sale mal, tengo que seguir viendo su tienda de discos cada vez que voy a comprar vinilos para mi padre.
Nagore la abrazó con cariño, sorprendida de lo bien que le sentaba, por una vez, ser ella quien daba consejos de corazón en lugar de recibirlos, y le prometió, medio en broma, que si la cosa salía bien le regalaría un cuaderno hecho a mano para que anotara la fecha del primer beso, «para la posteridad».
—Qué cursi eres cuando estás enamorada —le dijo Perla, ya en la puerta, antes de salir corriendo hacia el metro.
—Yo no he dicho que esté enamorada.
—No hacía falta que lo dijeras.