Dulce como la miel (Romántica Urban Cozy 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Los días posteriores a la charla en el centro cultural de Tetuán transcurrieron con una lentitud engañosa: en apariencia nada había cambiado entre ellos, seguían intercambiando comentarios ácidos sobre abejas y libros cada vez que coincidían en la escalera, pero algo en el tono de esos intercambios se había vuelto más suave, más parecido a un juego compartido que a una discusión real.

Durante las dos semanas siguientes, Roque encontró razones cada vez menos creíbles para bajar al taller.

Que si un tarro de miel de brezo se le había roto y no sabía qué hacer con el sobrante.

Que si necesitaba que alguien le firmara un papel de la comunidad, aunque el papel llevara ya tres días firmado en el buzón de Casals.

Que si había visto una avispa cerca de la ventana y quería comprobar que la lámina de silicona seguía en su sitio.

Nagore, por su parte, empezó a dejar la puerta trasera abierta las tardes de más calor, la que daba al patio y por la que se colaba, además de la brisa, el ruido metálico de las herramientas de Roque trasteando arriba.

—Esto es ridículo —le dijo un día a Perla, mientras cosía un cuaderno en blanco para una clienta que quería regalárselo a su hija por su boda—. Se inventa excusas para bajar.

—Y tú te has comprado una blusa nueva para un martes cualquiera. No sé quién de los dos está más perdido.

Nagore no lo negó. Tampoco dijo nada cuando, esa misma tarde, Roque bajó con un tarro pequeño de miel de castaño, oscura y de sabor amargo al final, y se la ofreció como si fuera un dato científico más que un regalo.

—Es buena para las manchas —dijo—. Antigua, quiero decir. Se usaba para sellar pergaminos antes de que existieran las colas modernas. Pensé que a lo mejor te servía.

—¿Has investigado sobre restauración de libros?

—He investigado sobre ti —admitió él, sin bajar la mirada, y a Nagore le sorprendió lo directo de la frase, tan distinta de las evasivas con las que solía relacionarse con los hombres que le interesaban—. Me pareció que era lo mínimo, ya que tú defendiste mis colmenas delante de todo el edificio.

Esa tarde cocinaron juntos por primera vez, casi sin planearlo: él subió unas verduras que le sobraban del reparto de los martes, ella tenía en la nevera del taller un trozo de queso curado que guardaba para las emergencias, y entre los dos montaron una cena improvisada en la mesa de trabajo, apartando con cuidado los pinceles y las láminas de papel japonés que usaba para reforzar los lomos.

—¿Por qué abejas? —preguntó ella, mientras cortaba el queso—. De todos los oficios posibles.

—Mi abuela tenía colmenas en un pueblo de Ávila.

Cuando murió, mi hermano Iker y yo heredamos la casa, pero él vive en Bilbao y no quería saber nada de las colmenas.

A mí me pareció que dejarlas morir era peor que aprender a cuidarlas mal el primer año.

Así que aprendí, con mucho error y alguna que otra picadura seria.

Ahora tengo doce colonias repartidas entre tres azoteas de Madrid y vendo lo que producen los fines de semana.

No es un negocio que vaya a hacerme rico, pero es mío.

—¿Y tu hermano qué dice de todo esto?

—Que estoy loco, básicamente. Iker es ingeniero, gana en un mes lo que yo gano en cuatro, y no entiende cómo alguien puede pasarse el verano entero sudando con un traje blanco por unos tarros de miel que apenas dan para el alquiler.

Pero viene a verme dos veces al año, y siempre se lleva más tarros de los que puede comer.

—¿Y no te da vértigo? Depender de algo tan… vivo. Que pueda irse, enfermar, no dar nada un año entero.

—Todo lo que merece la pena da vértigo. Tú restauras libros que se están deshaciendo. ¿No te da vértigo pensar que, hagas lo que hagas, algún día se van a perder de todos modos?

Nagore dejó el cuchillo sobre la tabla.

—Por eso los cuido mientras puedo.

—Pues ya tenemos algo en común.

Se quedaron mirándose más tiempo del que la conversación exigía. Roque alargó la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara, un gesto tan sencillo que a ella se le cortó la respiración un segundo entero.

—Si esto va a ser un problema para la comunidad de vecinos —dijo él, con la voz más ronca—, dímelo ahora, antes de que sea tarde.

—Ya es tarde —contestó Nagore.

No pasó nada más esa noche. Él se despidió con un beso en la mejilla que se demoró más de lo normal, rozando la comisura de los labios, y subió a su azotea dejándola con el pulso acelerado y la certeza de que aquello, fuera lo que fuera, ya no tenía marcha atrás.

Dos noches después, incapaz de dormir por el calor pegajoso de un martes de julio sin una sola brisa, Nagore subió a la azotea pasada la medianoche, con la excusa —para sí misma, porque no había nadie más a quien engañar— de comprobar que las colmenas estaban bien tras el calor extremo del día.

Encontró a Roque despierto también, sentado en una tumbona plegable junto a las cajas, con la vista perdida en las pocas estrellas que se distinguían por encima de la contaminación lumínica de la ciudad.

—No podía dormir —dijo él, sin sorprenderse de verla aparecer—. El calor no deja descansar ni a las abejas. Se quedan toda la noche abanicando la colmena con las alas para bajar la temperatura por dentro.

—¿En serio hacen eso?

—En serio. Se turnan, además, para que ninguna se agote. Todo un sistema de refrigeración colectiva, sin ningún ingeniero de por medio.

Nagore se sentó a su lado, en el suelo todavía caliente por el sol del día, y durante un rato largo no dijeron nada, escuchando el rumor lejano del tráfico y el zumbido bajo, casi imperceptible, de las colmenas trabajando en la oscuridad.

—Mi abuelo solía subir aquí las noches de verano cuando no podía dormir —dijo ella, al cabo de un rato—. Antes de que hubiera colmenas, antes incluso de que yo naciera, según cuenta mi madre. Traía una radio pequeña y escuchaba partidos de fútbol solo, porque a mi abuela no le gustaba el ruido.

—Me habría caído bien tu abuelo.

—Te habría caído bien, sí. Y creo que tú le habrías caído bien a él. Le gustaba la gente que se ensuciaba las manos por algo que le importaba.

Roque le tomó la mano en la oscuridad, entrelazando los dedos con los suyos sin decir nada más, y se quedaron así, en silencio, hasta que el calor empezó por fin a ceder un poco antes del amanecer y ambos bajaron, cada uno a su piso, con la sensación de haber compartido algo mucho más íntimo que cualquier beso.

Los días siguientes trajeron una rutina nueva que ninguno de los dos había planeado del todo.

Roque bajaba cada tarde, sobre las siete, cuando el reparto de miel ya estaba terminado, y se sentaba en el taburete alto junto a la ventana mientras Nagore terminaba las tareas del día: coser un cuadernillo, dorar un título en el lomo con el hierro caliente, aplicar cola con un pincel fino a un pliego que llevaba semanas esperando turno.

Al principio hablaban poco, solo el ruido de fondo de la radio y algún comentario suelto, pero con los días las conversaciones se fueron alargando hasta ocupar todo el espacio entre el cierre del taller y la cena.

Le contó cosas que hacía tiempo no le contaba a nadie: que su madre había querido que estudiara Derecho, que su padre nunca entendió del todo por qué había dejado un puesto fijo en una editorial para «jugar a los libros antiguos», que Donato, su abuelo, había sido el único de la familia que la animó desde el principio, diciéndole que un oficio de manos no era menos serio que uno de despacho, solo menos ruidoso.

—Yo creo que por eso me caes bien —dijo Roque una tarde, viéndola aplicar pan de oro sobre un título con una precisión hipnótica—. Porque tratas cada libro como si fuera el único que vas a hacer en la vida.

—Es la única manera de hacerlo bien.

—Lo mismo digo yo de cada colmena.

Un domingo de mediados de agosto, Roque le pidió que subiera a la azotea a una hora inusual, antes de las diez de la mañana, con una excusa vaga sobre «una visita especial».

Cuando Nagore llegó, encontró a una niña de unos ocho años con dos coletas mal hechas, vestida con un mono de apicultor tres tallas más grande del que le correspondía, inspeccionando la colmena de observación con una lupa de juguete.

—Esta es Martina, mi sobrina —la presentó Roque, con un orgullo evidente—. Martina, esta es Nagore, la del taller de los libros que te conté.

—¿La de las abejas muertas encima de los libros? —preguntó la niña, sin ningún filtro, mirándola con una curiosidad frontal que a Nagore le resultó entrañable.

—La misma —contestó Nagore, conteniendo la risa—. Aunque ahora ya no se me cuelan tantas, gracias a tu tío.

—Mi tío dice que eres la única persona del edificio que le ha defendido de verdad.

Roque puso los ojos en blanco, visiblemente avergonzado, mientras Martina seguía a lo suyo con la lupa, completamente ajena al efecto de sus palabras.

Pasaron la mañana entera los tres juntos: Roque le enseñó a la niña cómo identificar a las obreras exploradoras, las que salían primero a buscar nuevas fuentes de néctar, y Nagore, siguiendo una idea improvisada, bajó al taller a por papel y témperas para que Martina dibujara lo que veía a través del cristal de la colmena de observación.

—Le voy a regalar esto a mi profe de cole —anunció la niña, mostrando un dibujo torpe pero entusiasta de un panal lleno de manchas amarillas—. Le voy a decir que lo he hecho con una restauradora de verdad.

—No soy tan de verdad, todavía estoy aprendiendo cosas nuevas cada día.

—Mi tío dice que la gente que dice eso es la que más sabe.