Dulce como la miel (Romántica Urban Cozy 1) CAPÍTULO 3
21%

CAPÍTULO 3

El fin de semana posterior a la cena en el bar de Malasaña transcurrió más despacio de lo habitual para Nagore, que se sorprendió revisando el móvil con una frecuencia impropia de ella cada vez que un mensaje nuevo aparecía en la pantalla, casi siempre de Perla o de algún cliente, nunca de Roque, que parecía tan reacio a dar el primer paso por mensaje como lo era ella misma.

La escalera se quedó apoyada contra la fachada interior tres días, porque Roque tenía otro trabajo —del que Nagore no sabía nada, y que él tampoco explicaba con detalle: algo de repartir cajas de miel por mercados y tiendas los martes y viernes, además de dar un taller mensual de iniciación a la apicultura urbana en un centro cultural de Tetuán— y ella tenía un encargo urgente, la restauración de un breviario del siglo diecisiete que un coleccionista de Salamanca quería recuperar para una subasta antes de que acabara el mes.

Cuando por fin subió a tapar la rendija, Nagore aprovechó para acompañarlo. No se lo dijo a Perla, que la habría mirado con una ceja levantada durante el resto de la semana.

—¿Y esto? —preguntó ella, señalando un cajón con un cristal en un lateral, donde se veía un panal en movimiento constante, un tejido vivo de cuerpos amarillos y negros.

—Colmena de observación. La monté para explicarle a mi sobrina cómo funcionan por dentro sin tener que abrirla cada vez. ¿Quieres ver a la reina?

—¿Se distingue?

—Si sabes mirar, sí.

Antes de bajar del todo, Nagore se detuvo un momento frente a una caja de herramientas de madera que Roque tenía apoyada contra la pared, con las esquinas gastadas por el uso.

—¿Eso también era de tu abuela?

—Lo era. Y antes de ella, de su padre, que tenía colmenas en un pueblo de Ávila mucho antes de que existiera ninguna normativa sobre apicultura urbana. La caja ha pasado por tres generaciones de manos sucias de cera, más o menos como tu prensa de husillo habrá pasado por manos manchadas de cola.

—Nunca lo había pensado así, pero tienes razón. Las herramientas también cuentan una historia, aunque nadie las encuaderne.

—Quizás deberíamos encuadernar historias de herramientas algún día. Suena a un proyecto absurdo que solo se nos ocurriría a nosotros dos.

Nagore se rió, y por primera vez desde que había subido a la azotea aquel primer día de agosto, sintió que la conversación fluía sin ningún esfuerzo, como si llevaran conociéndose mucho más tiempo del que en realidad llevaban.

Roque le enseñó, con un cuidado que a ella le sorprendió en un hombre que hasta hacía tres días le había parecido solo terco, cómo localizar el punto exacto del panal donde la reina se movía más despacio que las demás, rodeada siempre por un círculo de obreras que la alimentaban y limpiaban.

Le habló del ciclo de la cera, de cómo las abejas la segregan de su propio cuerpo, de cómo cada panal es, en realidad, una especie de archivo: en él queda escrita la historia de toda la colonia, cuántas crías, cuánta miel, cuánto polen han guardado ese verano.

Le contó también, sin que ella lo preguntara, que cada colonia tenía su propio carácter: había cajas tranquilas, casi perezosas, y otras que se ponían nerviosas con cualquier cambio de tiempo, como si tuvieran memoria de las tormentas pasadas.

—Suena parecido a lo que yo hago —dijo Nagore, casi para sí misma.

—¿El qué?

—Los libros. Cada encuadernación cuenta algo de quién la hizo y de quién la usó después. Las manchas, los dobleces, el hilo que alguien cambió a mitad porque se le acabó el original. Yo no invento nada nuevo, solo intento que lo que ya estaba escrito no se pierda.

Roque la miró entonces de una manera distinta, sin el filo de las primeras conversaciones.

—¿Por eso te enfadaste tanto por el misal? No era por las abejas muertas. Era porque alguien te había confiado algo y sentías que se te estropeaba delante de las narices.

Nagore no esperaba que la entendiera tan rápido, y la sorpresa la dejó momentáneamente sin respuesta ácida.

—Algo así —admitió—. Cuando alguien te trae un libro para restaurar, no te está trayendo solo papel y cuero.

Te está trayendo una boda de sus abuelos, o el diario de una madre que ya no está, o una colección que ha tardado veinte años en montar.

Si lo estropeo, no estropeo un objeto. Estropeo un pedazo de la memoria de alguien.

—Entonces las dos cosas que hacemos van sobre lo mismo —dijo Roque, sentándose en el suelo de la azotea, con la espalda apoyada en una de las cajas—. Cuidar algo vivo, o algo que fue vivo, para que no desaparezca del todo.

Se quedaron un rato en silencio, cómodo por primera vez, mientras el sol de la tarde iba bajando entre las antenas de los edificios vecinos y las abejas seguían entrando y saliendo de las colmenas con un zumbido constante que ya no le pareció a Nagore tan molesto como al principio.

—Mi abuelo solía decir algo parecido —dijo ella al cabo de un rato, sorprendida de estar compartiendo un recuerdo tan íntimo con un hombre al que apenas conocía—.

Que un libro bien hecho no era el que parecía nuevo para siempre, sino el que envejecía con dignidad.

Que las manchas y los dobleces no eran defectos, sino prueba de que alguien lo había querido lo suficiente como para leerlo mil veces.

—¿Y tú qué opinas?

—Que tenía razón, aunque tardé años en entenderlo.

Cuando empecé a trabajar con él, de adolescente, quería que todo saliera perfecto, sin una sola imperfección.

Él me hacía deshacer la costura entera si la veía demasiado limpia, decía que un libro sin ninguna marca de haber sido tocado por manos humanas no era un libro, era un objeto de museo.

—Suena a un hombre que sabía lo que hacía.

—Lo sabía. Murió hace dos años, de repente, un infarto mientras dormía. Ni siquiera tuve tiempo de despedirme como es debido. Un día estaba enseñándome a dorar un lomo y a la semana siguiente estaba yo sola en el taller, sin saber si iba a ser capaz de seguir sin él.

Roque no dijo nada durante un momento, dejándole el espacio necesario para que el silencio no se sintiera incómodo.

—¿Y lo eres? ¿Capaz?

—Algunos días sí. Otros días abro el taller solo porque no sé hacer otra cosa, y a media mañana descubro que ya llevo tres horas trabajando sin haberme dado ni cuenta de que había dejado de dolerme.

—Eso también es una forma de estar preparada.

Nagore lo miró entonces con una atención distinta, como si acabara de descubrir en él algo que no esperaba encontrar en un desconocido con el que llevaba menos de dos semanas discutiendo.

Él le tendió un dedo con una gota de miel recién sacada de un panal roto por accidente.

Ella dudó un segundo y después, sin apartar la vista de él, se lo llevó a la boca.

Sabía a tomillo y a algo floral que no reconoció, y el gesto —tan simple, tan directo— le encendió la piel de un modo que no tenía nada que ver con el calor de agosto.

—Tienes gusto para las flores silvestres —dijo él, con la voz un poco más baja que antes.

—Tú tienes gusto para provocar a la del taller de abajo.

—Solo cuando merece la pena.

Antes de bajar, Roque le mostró algo más: un cuaderno de tapas gastadas donde anotaba, colonia por colonia, la producción de cada temporada, las fechas de floración de cada planta cercana, las incidencias de cada revisión.

—Esto también podría pasar por un cuaderno de los tuyos —comentó Nagore, hojeándolo con cuidado, reconociendo en la caligrafía apretada de Roque el mismo tipo de dedicación metódica que ella ponía en sus propios registros de restauración.

—Lo empecé copiando el formato de los cuadernos de campo de mi abuela.

Ella lo llevaba todo a mano, sin ordenador, con una letra que a mí me costaba media vida descifrar.

Cuando murió, tardé semanas en poder leer sus últimas anotaciones, no porque no entendiera la letra, sino porque no quería que se acabaran las páginas escritas por ella.

—Sé exactamente a qué te refieres. Yo todavía tengo el último cuaderno de encargos de mi abuelo sin terminar de rellenar. Me da no sé qué escribir en las páginas que le quedaban en blanco.

—¿Y si algún día lo llenamos juntos? No para sustituirlo, sino para continuarlo.

Nagore no supo qué contestar a eso, pero guardó la idea en algún lugar cálido de la cabeza, junto a todas las demás cosas que este hombre inesperado de la azotea había empezado a remover en ella sin proponérselo del todo.

Bajó a tapar la rendija esa misma tarde.

Lo hizo con una lámina de silicona y una regleta de aluminio, arrodillado en el suelo del taller mientras Nagore fingía ordenar carpetas a su espalda y en realidad no dejaba de mirarle la línea de la espalda, el modo en que se le tensaban los hombros al ajustar los tornillos.

Aprovechó, además, para preguntarle por el misal que le había mencionado, por qué había llamado su atención desde la ventana de la azotea, y ella terminó explicándole, sin darse cuenta de lo mucho que hablaba, todo el proceso de restauración: el desmontaje cuidadoso de los cuadernillos, la limpieza con gomas especiales, la reconstrucción del lomo con papel japonés y cola reversible, para que cualquier restaurador futuro pudiera deshacer su trabajo sin dañar el original.

—Todo lo que haces es reversible —dijo Roque, pensativo—. Como si dejaras siempre una puerta abierta para que alguien lo corrija si te equivocas.

—O para que el tiempo lo corrija. A veces basta con esperar cincuenta años a que aparezca una técnica mejor.

—Yo no sé hacer nada reversible. Cuando abro una colmena y algo sale mal, sale mal para siempre.

—Por eso vas con tanto cuidado.

—Por eso, sí.

Cuando terminó de instalar la lámina, se quedó un momento de pie, demasiado cerca.

—Ya no entrará ninguna más —dijo.

—Gracias.

—De nada.

Ninguno de los dos se movió durante tres segundos que a ella le parecieron mucho más largos.

Fue Perla quien rompió el momento, entrando con una pila de cajas para el correo y preguntando en voz alta si alguien pensaba ayudarla o si iba a tener que llamar a un servicio de mensajería con superpoderes.

Roque se despidió con un gesto de cabeza y subió de nuevo a sus colmenas.

Antes de irse del todo, se detuvo un momento en la puerta.

—Por cierto —dijo, como si acabara de recordarlo—, el sábado hay una charla en el centro cultural de Tetuán sobre polinizadores urbanos.

La doy yo. Seguramente sea muy aburrida para alguien que no sepa nada de abejas, pero si te apetece vas a poder verme quedar en ridículo delante de veinte desconocidos, que también tiene su gracia.

—¿Me estás invitando a una charla sobre abejas?

—Te estoy invitando a verme sudar delante de un público que hace preguntas incómodas. Es lo más parecido a una cita que se me ha ocurrido en las últimas dos semanas.

Nagore se rió, sorprendida por lo directo del comentario.

—Puede que me pase.

—Puede que te guarde sitio en primera fila, entonces.

Se pasó el resto de la tarde diciéndose que no iría, que tenía demasiado trabajo, que no tenía ningún sentido complicarse la vida con el apicultor de la azotea.

El sábado, sin embargo, a las seis en punto, se encontró sentada en la tercera fila del centro cultural de Tetuán, entre un grupo de jubilados con mucho interés en la polinización y dos estudiantes de biología que tomaban notas con devoción.

Roque, con una camisa que ella no le había visto nunca, más nervioso de lo que jamás lo había visto en la azotea, dio una charla amena sobre la importancia de las abejas en el ecosistema urbano, ilustrada con fotografías de sus propias colmenas, y en un momento dado, al buscar entre el público a alguien que pudiera resolver una duda sobre polen, sus ojos se encontraron con los de ella y perdió el hilo durante un segundo entero, lo suficiente para que los jubilados de la primera fila intercambiaran miradas cómplices.

Al terminar, mientras recogía el proyector, ella se acercó con una sonrisa que no se molestó en disimular.

—Has perdido el hilo al verme.

—No he perdido el hilo. Simplemente he decidido hacer una pausa dramática.

—Ya, claro. Una pausa dramática de ocho segundos completos.

—Los conté yo también. Fueron nueve, en realidad.

Tardó un buen rato en volver a concentrarse en el breviario, y cuando Perla le preguntó, ya de noche, qué tal había ido la tarde, ella solo contestó que la rendija estaba arreglada, sin mencionar que llevaba media hora sonriendo sola frente al breviario sin coser una sola puntada.