CAPÍTULO 2
El aviso llegó un lunes, metido en el buzón junto con la factura del gas: la comunidad de propietarios se reunía el jueves para tratar, entre otros puntos, «la actividad apícola no autorizada en cubierta y su posible incompatibilidad con el uso residencial y comercial del inmueble».
Lo había redactado el administrador, un hombre llamado Casals que llevaba treinta años sin pisar la azotea pero que de pronto tenía mucho que decir sobre ella.
Nagore leyó el papel dos veces, dobló las gafas sobre el mostrador y pensó, con una punzada de sorpresa, que no quería que le quitaran las colmenas a Roque. Quería que le tapara la rendija de la ventana, eso sí, pero no que perdiera el tejado.
—¿Vas a ir a la reunión? —le preguntó Perla, mientras cortaba con la guillotina unas guardas de papel marmolado.
—Supongo que sí. Aunque no sé muy bien de qué lado voy a hablar.
—Del lado del chico de las abejas, por lo que veo en tu cara desde hace una semana.
—No tengo ninguna cara. Tengo un problema de insectos en el taller.
—Ya, ya. Un problema de insectos que te ha hecho comprarte protector solar nuevo para «subir a comprobar la rendija».
Nagore no contestó, aunque el protector solar seguía sin abrir, sin usar, en el cajón del mostrador, comprado el mismo día en que Roque le tapó la rendija con silicona.
Los días previos a la reunión, Nagore se cruzó varias veces con distintos vecinos en el portal, y descubrió, para su sorpresa, que las opiniones sobre las colmenas estaban mucho más repartidas de lo que Casals daba a entender en sus notas oficiales.
La vecina del bajo derecha, una mujer mayor que apenas salía de casa, le confesó que las abejas le recordaban a las que tenía su padre en el pueblo, y que le parecía «una lástima» que se pensara en quitarlas.
El chico del ático, en cambio, se quejó de que el zumbido le llegaba hasta la ventana de su habitación por las mañanas, aunque reconoció, cuando Nagore le preguntó con más detalle, que probablemente confundía el sonido de las colmenas con el de un aparato de aire acondicionado del edificio de enfrente.
—La gente opina de oídas mucho más de lo que cree —le comentó a Perla esa noche, mientras cerraban el taller—. Casi nadie ha subido siquiera a ver las colmenas de cerca.
—Pues invita a la gente a subir. A ver las abejas de verdad, no la idea que tienen de ellas.
La sugerencia de Perla, casual como sonaba, terminaría convirtiéndose meses después en la semilla de la cena de vecinos que organizarían en octubre, aunque en ese momento ninguna de las dos supiera todavía hasta qué punto aquella idea acabaría siendo decisiva.
El jueves, la sala de la comunidad —el trastero grande del portal, con seis sillas plegables y un ventilador que apenas movía el aire— se llenó de vecinos que nunca subían más allá del segundo piso.
Estaba la señora Amparo, del tercero, que llevaba un abanico y se quejaba de todo desde hacía dos décadas; estaba el matrimonio joven del cuarto, que acababa de tener un bebé y parecía dormir de pie; estaba Casals, con su carpeta de cuero y su gesto de funcionario contrariado.
Roque llegó el último, con una camisa que por una vez tenía mangas, y se sentó al fondo, junto a la puerta, como quien calcula la salida más rápida.
—El problema —empezó Casals— es el riesgo de picaduras, el ruido de las reuniones, digo, de los enjambres, y la falta de un seguro específico.
—Llevo cubierto por un seguro de responsabilidad civil desde que instalé la primera colmena —dijo Roque, sin levantarse—. Puedo traer el documento mañana mismo. También tengo el certificado de sanidad animal que exige el ayuntamiento para actividad apícola urbana, actualizado en abril.
—Y el ruido —insistió Amparo, agitando el abanico como si la mera mención le diera calor— no es solo el zumbido. Es que ya no puedo tender la ropa sin encontrarme una en las sábanas. Y mi sobrina es alérgica.
—¿Vive aquí su sobrina? —preguntó Roque, con una calma que a Nagore le pareció admirable, dado que llevaba diez minutos siendo el centro de un juicio improvisado.
—Viene los domingos.
—Entonces le puedo dejar un folleto sobre distancias de seguridad y protocolos de picadura. Los domingos, además, las abejas están mucho menos activas: salen a media mañana y vuelven antes de que caiga el sol.
El matrimonio joven del cuarto intercambió una mirada antes de que el padre añadiera, con el bebé todavía adormilado contra su hombro, un comentario que nadie esperaba.
—Nosotros llevamos aquí solo dos años, pero desde que nos mudamos ha habido dos locales cerrados y uno reconvertido en algo para turistas. Si las abejas son lo único nuevo que ha llegado al edificio que no sea para sacarle dinero rápido a alguien, a mí me parece motivo suficiente para dejarlas.
Nagore, que había ido a defender su propio interés —una azotea sin abejas, un taller sin cadáveres sobre pergaminos—, se descubrió levantando la mano.
—Yo tengo el taller justo debajo de las colmenas —dijo, y notó que Roque giraba la cabeza hacia ella con una expresión que no supo leer del todo—.
Y sí, se me han colado abejas. Pero llevo un año oyendo hablar de este barrio como si se estuviera vaciando de todo lo que no da beneficio rápido.
Primero cerró la mercería de la esquina, luego la ferretería, ahora el bar de Fermín es un local de bicicletas de alquiler.
Las colmenas de Roque son lo único que ha traído algo vivo a esta azotea en quince años.
Antes de echarlas, yo al menos pediría que arreglara el acceso y que instale una red que evite que se metan en los pisos de abajo. Eso sí lo pediría.
Se hizo un silencio raro, el de una sala que no esperaba que la restauradora del bajo defendiera al apicultor con el que, según los rumores del portal, llevaba dos semanas discutiendo a gritos en la azotea.
—A mí me da igual lo que hagan arriba, con tal de que no me suba el seguro del edificio —dijo el padre joven del cuarto, meciendo al bebé sin darse cuenta contra su hombro—. Y de paso, si algún día sobra miel, que se anote mi piso.
Alguien rió, y el ambiente de la sala se destensó lo suficiente como para que Casals, contrariado, propusiera aplazar la votación hasta que Roque presentara toda la documentación y un plan de contención concreto, que incluyera una red de vuelo y una revisión trimestral por un veterinario colegiado.
Antes de que Casals diera por cerrada la sesión, la señora Amparo pidió la palabra una última vez, agitando el abanico con más energía de la que había mostrado en toda la reunión.
—Yo lo único que digo —anunció, mirando alrededor con la autoridad de quien lleva veinte años presidiendo comunidades vecinales de facto, aunque nunca haya ocupado el cargo oficialmente— es que como me traiga un tarro de esa miel para la sobrina, con receta y todo, a lo mejor hasta cambio de opinión sobre lo de la alergia.
Roque, que hasta entonces había mantenido una compostura casi profesional, no pudo evitar una sonrisa.
—Le prometo un tarro esta misma semana, señora Amparo. Y le explico cómo distinguir si a su sobrina le sienta mal la miel en concreto o el polen en general, que no es lo mismo.
—Con que me lo explique con dibujitos, para mí ya vale.
La votación quedó en empate técnico, pospuesta hasta la siguiente reunión. Cuando salieron del trastero, él la alcanzó en el portal.
—No hacía falta que dijeras eso —le dijo, y no sonaba a reproche, sino a otra cosa que ella tampoco supo nombrar.
—No lo he dicho por ti. Lo he dicho porque es verdad.
—Aun así. Gracias.
Se quedaron un momento en el portal, sin saber muy bien cómo despedirse, hasta que Casals bajó las escaleras refunfuñando algo sobre «vecinos que complican reuniones que podrían durar diez minutos» y rompió el momento sin darse cuenta.
—¿Te apetece dar una vuelta? —preguntó Roque, de pronto, con una naturalidad que a él mismo pareció sorprenderle—. No sé, para bajar la adrenalina de la reunión. Conozco un sitio en Malasaña que hace una tortilla de patatas decente, si es que existe tal cosa fuera de la cocina de mi madre.
Nagore dudó un segundo, calculando mentalmente el trabajo que le quedaba en el taller, y decidió, por una vez, que el breviario podía esperar hasta el día siguiente.
—Con una condición: si la tortilla lleva cebolla, tienes que reconocer en voz alta que es la única opción correcta.
—Eso es una encerrona.
—Es una condición innegociable.
Caminaron hasta el bar, un local pequeño con las paredes llenas de fotos antiguas del barrio, y se sentaron en la barra a compartir una tortilla —con cebolla, como Nagore había exigido, aunque Roque tardó un buen rato en admitirlo en voz alta— y dos cañas que ninguno de los dos necesitaba pero que pidieron de todos modos, solo por alargar la excusa de seguir hablando.
Hablaron de política municipal, de si merecía la pena votar en las elecciones de distrito, de series que ambos habían visto y odiado por razones completamente distintas, y en algún momento de la noche, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado, dejaron de sentirse como dos desconocidos que habían discutido por unas abejas y empezaron a sentirse, simplemente, como dos personas que disfrutaban de la compañía del otro.
—Tápame la rendija de la ventana y estaremos en paz —dijo ella al fin, cuando ya caminaban de vuelta hacia el edificio, la noche cálida de agosto envolviéndolos con ese olor particular de Madrid en verano, mezcla de asfalto caliente y jazmines de algún patio cercano.
Él sonrió por primera vez desde que se conocían, una sonrisa torcida que le cambiaba toda la cara.
—Súbeme esta tarde una escalera de mano y te la tapo yo mismo.
La reunión terminó pasadas las nueve, y cuando Nagore bajó al portal se encontró con Casals recogiendo sus papeles, todavía visiblemente contrariado por cómo había derivado la votación.
—No sé qué gana usted metiéndose en esto —le dijo el administrador, sin mala intención pero con el cansancio de quien lleva media vida gestionando quejas ajenas—. El chico de las abejas no es asunto suyo.
—El chico de las abejas tiene el taller de mi abuelo justo debajo de sus colmenas —contestó ella—. Eso lo convierte un poco en asunto mío, ¿no cree?
Casals no supo qué responder a eso, y se limitó a despedirse con un gesto seco antes de subir hacia su piso.
Nagore se quedó un momento en el portal, pensando en lo fácil que había sido, al final, tomar partido por un desconocido, y en lo poco que le había costado hacerlo delante de todo un edificio.
Esa noche, ya en su piso de Argüelles, Nagore le contó por teléfono a su madre una versión resumida y muy edulcorada de la reunión, omitiendo cualquier detalle sobre el apicultor de la azotea.
Su madre, que llevaba años insistiendo en que debería «salir más, conocer gente, no pasarse la vida entre libros viejos», habría hecho demasiadas preguntas si hubiera intuido que existía un hombre de por medio, y Nagore no estaba preparada todavía para explicar algo que ni ella misma entendía del todo.
—¿Y el taller, cómo va? —preguntó su madre, en cambio, con esa mezcla de orgullo y preocupación que llevaba dos años sin resolver del todo.
—Va bien. Tengo trabajo hasta noviembre, por lo menos.
—Me alegro, cariño. Tu abuelo estaría contento.
Colgó con esa frase todavía resonándole en la cabeza, y por primera vez en mucho tiempo, la pensó no como un consuelo automático, sino como algo que quizás, después de todo, fuera literalmente cierto.
Esa misma noche, todavía dándole vueltas al encuentro con Roque, Nagore le escribió un mensaje a Sole, su amiga de la universidad, con la que solía compartir cualquier novedad importante desde hacía años, aunque vivieran a seiscientos kilómetros de distancia.
«Hay un hombre nuevo en mi vida», escribió, y borró el mensaje antes de enviarlo, sustituyéndolo por uno más comedido: «Hay un apicultor en mi azotea y no sé qué pensar de él todavía.»
Sole respondió casi al instante, como si hubiera estado esperando el mensaje: «Cuéntamelo todo, con pelos y señales. Empieza por si es guapo, que es lo importante.»
Nagore sonrió, sola en su piso, y durante la siguiente media hora le describió a Roque con un detalle que ella misma no esperaba tener tan fresco en la memoria: el pelo oscuro pegado a la frente por el sudor, la calma exasperante con la que hablaba, el modo en que se había arrodillado junto a la colmena sin prestarle mayor atención a su enfado inicial.
«Suena como alguien que te va a complicar la vida», escribió Sole, al final. «En el buen sentido, creo.»
«Eso espero», contestó Nagore, y por primera vez en mucho tiempo, lo dijo en serio.
El miércoles siguiente, antes de la reunión de la comunidad, Nagore se sorprendió a sí misma investigando en internet sobre normativa municipal de apicultura urbana, comparando ordenanzas de otros distritos, anotando en un cuaderno —de fabricación propia, claro, con tapas de tela azul que había cosido meses atrás sin saber para qué las usaría— los argumentos que podrían servir para defender la permanencia de las colmenas.
Se dijo que lo hacía por el bien del edificio, por el barrio, por el recuerdo de su abuelo y su cariño por todo lo que tuviera raíces, pero cuando Perla la encontró a las diez de la noche todavía con el ordenador abierto, no hizo falta que dijera nada para que ambas supieran que aquello ya no tenía nada que ver con argumentos técnicos.
—Vete a dormir —le dijo Perla, apagándole la pantalla del portátil con un gesto cariñoso—. Mañana defiendes a las abejas mejor si no llegas con ojeras.
—No estoy defendiendo a las abejas.
—Ya. Estás defendiendo la ordenanza municipal de distancias mínimas de vuelo por puro placer intelectual. Lo que tú digas.