Dulce como la miel (Romántica Urban Cozy 1) CAPÍTULO 1
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Dulce como la miel (Romántica Urban Cozy 1)

Dulce como la miel (Romántica Urban Cozy 1)

Por Kella Foster

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Nagore Ibarra descubrió la primera abeja muerta sobre el tomo de piel que llevaba tres semanas restaurando.

Estaba bocarriba, con las patas encogidas, justo encima del lomo que acababa de coser a mano hilo por hilo.

La apartó con la punta de un pincel, como quien retira una miga, y siguió trabajando.

Era agosto y en Madrid entraba de todo por las ventanas del taller: polen, calor, el ruido de la Fuentelarreina que tocaba salsa los sábados. Una abeja no era motivo de alarma.

El barrio a su alrededor había cambiado mucho desde que ella era niña.

Recordaba la mercería de la señora Pilar, cerrada hacía años tras su jubilación; la ferretería de los hermanos Osuna, convertida ahora en una tienda de ropa vintage con precios que a Nagore le parecían un chiste; el bar de Fermín, donde su abuelo tomaba el vermú de los domingos, ahora un local de alquiler de bicicletas eléctricas con paredes de ladrillo visto y una decoración que a ella le resultaba fría, calculada, como sacada de un catálogo de tendencias.

El taller de encuadernación era, en cierto modo, uno de los últimos reductos de un Malasaña que ya casi no existía, y Nagore sentía, sin necesidad de decírselo a nadie, el peso silencioso de esa responsabilidad cada vez que un cliente nuevo entraba fascinado, como quien descubre una reliquia, ante la prensa de husillo y los cajones de papel.

Su rutina apenas variaba de un día para otro: abría el taller a las nueve, dedicaba las mañanas a los trabajos más delicados —cuando la luz entraba mejor y las manos estaban más firmes—, comía algo rápido en el mostrador mientras revisaba pedidos, y por las tardes atendía a los clientes que iban pasando, entre encargos nuevos y recogidas de trabajos terminados.

Los sábados solía quedarse hasta tarde, aprovechando el silencio del barrio para avanzar en los proyectos más largos, y los domingos, casi siempre, los pasaba sola, releyendo alguna novela o paseando sin rumbo fijo por las calles cercanas, echando de menos, sin saber muy bien cómo llenar ese hueco, la compañía de su abuelo en las tardes de domingo que antes pasaban juntos en el taller.

La segunda abeja apareció el martes. La tercera, el jueves, flotando bocarriba en el cubilete donde disolvía la cola de conejo. Para el viernes había contado once, todas en el mismo rincón del taller, cerca de la ventana que daba al patio interior.

—Algo está pasando en esa azotea —le dijo a Perla, que llevaba el mostrador y las redes sociales del negocio desde hacía año y medio, una chica de veintipocos con más piercings que paciencia para la burocracia de Hacienda, que era justo lo que Nagore necesitaba a su lado.

—Pues sube y averígualo. Yo tengo que fotografiar los cuadernos nuevos antes de que se vaya la luz, que si no salen con ese tono amarillento tan feo.

Nagore subió. La escalera de servicio del edificio llevaba a una azotea que ella recordaba vacía desde niña, un rectángulo de grava y antenas donde su abuelo la dejaba jugar mientras él fumaba a escondidas de la abuela, contándole historias sobre libros que habían sobrevivido guerras, incendios e inundaciones solo porque alguien se había tomado la molestia de cuidarlos.

Ahora había ocho cajas de madera pintadas de blanco, alineadas como un pequeño poblado, y un hombre agachado junto a la más cercana, sin camiseta, con una rejilla metálica en la mano y un hilo de humo saliendo de un cilindro que sujetaba entre los dientes.

—¿Esto es tuyo? —preguntó ella, sin preámbulos, señalando las cajas.

El hombre levantó la vista. Tenía el pelo oscuro pegado a la frente por el sudor y una picadura hinchándose ya en el antebrazo izquierdo.

Debía de rondar la treintena, como ella, con los hombros anchos de quien carga cajas a diario y unas manos que, a pesar del calor, se movían con una precisión casi quirúrgica sobre el panal que estaba revisando.

—Las colmenas son mías, sí. ¿Y tú quién eres, la del taller de abajo?

—Tengo un cliente que me ha pagado cuatrocientos euros por restaurar un misal del siglo diecinueve y llevo dos semanas sacando abejas muertas de encima. ¿Te suena de algo?

Él se puso de pie despacio, sin prisa, y dejó el ahumador sobre una piedra.

—Las abejas no entran a morir en sitios ajenos por gusto. Si se te cuelan es porque hay algo dulce cerca, o porque tu ventana no cierra bien. ¿Cuál de las dos?

—Las dos, probablemente. Pero el problema lo has traído tú.

—El problema lo tenía el tejado antes que yo, que llevaba quince años sin usarse. Yo solo le he dado trabajo.

Nagore cruzó los brazos. El sol le daba de lleno y notaba el sudor pegándosele a la nuca, bajo el pelo recogido con un lápiz que había cogido del taller sin pensar. El hombre —que aún no le había dicho su nombre— la miraba con una calma que le pareció más provocadora que cualquier grito.

—Me llamo Roque —dijo al fin, tendiéndole una mano que olía a humo y a cera—.

Y antes de que sigas discutiendo conmigo, deberías saber que esas mismas abejas que tanto te molestan son las que están polinizando los geranios del patio, los almendros de la Casa de Campo y, probablemente, algo de lo que comes en este barrio desde hace dos veranos.

—Me alegro por los almendros. Yo necesito que mi taller no huela a colmena ni tenga cadáveres de insecto sobre libros de época.

—Tápame esa rendija de la ventana y no volverás a ver una sola. Es gratis el consejo.

Nagore no le estrechó la mano. Se quedó un instante más de lo necesario mirando las cajas blancas, el movimiento constante de entrada y salida de las abejas, el modo en que Roque volvió a agacharse junto a la colmena sin darle más importancia a la conversación, como si estuviera acostumbrado a que la gente subiera enfadada y bajara sin saber muy bien por qué se había enfadado tanto.

—Por cierto —añadió él, sin levantar la vista—. El misal del siglo diecinueve. ¿Es el de tapas granate, con el escudo repujado?

Nagore se detuvo a mitad de la escalera.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque lo vi por la ventana de tu taller hace un par de semanas, antes de que llegaran las abejas. Me llamó la atención. No suelo ver a nadie coser un libro a mano.

—¿Y eso te da derecho a colonizar mi ventana con tu colmena?

—No. Pero explica por qué no me sabe mal tanto que te hayas enfadado.

Ella bajó las escaleras con la sensación de haber perdido una discusión sin haberla empezado del todo, y esa noche, mientras cerraba el taller, se sorprendió mirando hacia arriba, hacia la azotea, preguntándose si las cajas blancas seguirían allí al día siguiente.

Seguían. Y también él.

Durante el resto de la semana, Nagore se descubrió subiendo el volumen de la radio del taller cada vez que oía pasos en la azotea, como si el ruido de fondo pudiera disimular lo mucho que le interesaba saber si Roque estaba trabajando arriba o si había bajado a repartir sus cajas de miel.

Se decía a sí misma que era simple curiosidad de vecina, la misma que sentiría por cualquiera que hubiera aparecido de pronto con ocho colmenas sobre su cabeza, pero Perla, que la conocía desde hacía año y medio y sabía distinguir sus silencios, no se dejó engañar tan fácilmente.

—Llevas tres días mirando el techo como si esperases que se abriera un agujero y cayera alguien —le dijo el miércoles, mientras clasificaba unas guardas de papel jaspeado por tonalidades—. ¿Va todo bien ahí arriba?

—Va todo bien. Tengo curiosidad profesional por saber cuánto tiempo van a seguir molestándome esas abejas.

—Ya. Curiosidad profesional. Como la que sentiste el otro día cuando te asomaste a la ventana trasera con la excusa de «comprobar si llovía».

Nagore no contestó, concentrada de pronto con una atención desproporcionada en el hilo de coser que tenía entre los dedos, y Perla, satisfecha con su pequeña victoria, volvió a las guardas de papel sin insistir más.

—Por cierto —añadió Perla al cabo de un rato, sin levantar la vista de la guillotina—, ¿sabes ese chico del bar de Malasaña que me pidió el teléfono la semana pasada?

Me ha escrito. Se llama Teo, trabaja en una tienda de discos de vinilo cerca de la plaza del Dos de Mayo.

Me ha invitado a un concierto el sábado.

—¿Y vas a ir?

—No lo sé. La última vez que quedé con alguien de una app acabé hablando dos horas de su ex sin que me lo pidiera. Prefiero que me lo cuentes tú, que pareces tener mejor suerte últimamente con los desconocidos de azotea.

—Roque no es un desconocido de azotea. Es el apicultor con el que llevo dos semanas de guerra fría por culpa de once abejas muertas.

—Ajá. La guerra fría que te ha hecho comprar protector solar.

Nagore le lanzó un ovillo de hilo, que Perla esquivó entre risas, y la conversación se disolvió en la rutina de la tarde: clientes que entraban a preguntar precios, un pedido de cuadernos personalizados para una empresa de diseño, la radio anunciando que el fin de semana llegaría el calor más fuerte del verano.

Aquella noche, sola ya en el taller después de que Perla se marchara, Nagore se sentó un momento frente a la fotografía de su abuelo que colgaba junto a la prensa de husillo: Donato con guantes de trabajo, sonriendo a la cámara con un libro recién encuadernado en las manos, tomada el año en que ella cumplió diez años y él le regaló su primer punzón.

Recordó las tardes de verano en las que la sentaba en un taburete alto para enseñarle a coser cuadernillos, repitiéndole siempre la misma frase, como una letanía: «Lo que se cose bien, dura.

Lo que se cose con prisa, se deshace la primera vez que alguien lo abre con cariño.

» Se preguntó, sin poder evitarlo, qué habría pensado su abuelo del hombre de la azotea, y por qué la pregunta le pareció, de pronto, más importante de lo que debería.