Dulce Amenaza Capítulo 27 Bésame Hasta Nunca
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Capítulo 27 Bésame Hasta Nunca

Cuando los cielos se tornaron de colores por causa de mi hechizo, supe que no había marcha atrás. El poder en mí sobrepasaba todo lo que pude haber imaginado.

No me arrepiento de lo que le hice a Edora. Se merecía peor de lo que recibió. Si lo pienso con detenimiento, le hice un favor.

Su alma estaba libre de maldiciones, libre de la perdición.

Libre de Maghkia.

Sam estaba de vuelta en el hospital. Rasguños superficiales, algunas mordidas de animales, heridas insignificantes y deshidratación eran los daños mayores. Después que atendieran su deshidratación, Sam se recuperaría en un parpadeo.

Cargar su cuerpo semiinconsciente por la oscuridad fue lo más difícil de la noche. En silencio me sentí agradecida de la ayuda de Viktor para compartir el peso.

Sam, por otro lado, sintió su ego herido cuando entró en consciencia y vio a Viktor ayudándolo a moverse en el hospital.

Prefirió sentarse en una esquina a esperar por un sillón de ruedas que ser escoltado por Viktor.

El cruce de miradas llenas de disgusto y desafío eran una pista escandalosa de que no se soportaban.

Algo me decía que estos dos hombres nunca podrían entablar una conversación o llevarse bien. Al menos no en esta vida.

Esta mañana al volver a casa, volvería a estar sola.

Mamá y Lilly habían sido llevadas al apartamento de Sam, donde Elizabeth las cuidaba.

Jerome estaba suelto pero dudaba que se convirtiera en una molestia nuevamente.

La condena que el Max Yawa había impuesto sobre él lo mantendría ocupado por el momento.

Yo sabía lo que sucedería. Tendría que volver a mudarme. Otro pueblo. Más burlas que soportar. Un nuevo deseo de venganza.

Sam y yo… Eso nunca hubiese funcionado sin importar cuánto esfuerzo dedicara.

Cuando el sol apareció en lo alto del cielo, yo ya estaba vestida con una larga falda color terracota, un cami blanco y un corset negro. Una bufanda negra estaba atada en mi cuello. Uggs negros abrazaban mis pies, calentando mis frígidos dedos.

Toda mi ropa estaba empacada y todo lo que necesitaba estaba dentro de mi van.

Mi hermosa guagua de edición especial tendría que desaparecer también. Un carro de bajo perfil era apropiado ahora. Una minivan importada como la mía llamaba mucho la atención y era más fácil de rastrear.

Di un último recorrido por mi casa intentando absorber cada momento vivido en ella. Cada pared, desnuda de fotos o arte, estaba inundada de recuerdos e imágenes que se movían en mi mente. Tan vívidas eran sus caras que no llorar y extrañarlos se sentía inaudito.

Lavender y yo jugamos en esos pasillos. Esos cuartos eran una fortaleza en la que intercambiábamos secretos por bizcochos de manzana y garbanzo.

Me enamoré justo en esta casa. Mis sábanas fueron mudos testigos de cuán desinteresado y paciente es un hombre que realmente ama.

No solo manifesté mi pasión entre estas paredes, descubrí cuan semidulce puede llegar a ser el amor.

Decirle adiós a mi casa, mi paz, mi bunker a prueba de pueblerinos zombi, mi cielo privado, era inútil. Nunca estaría preparada para decirle adiós a lo único que conozco sobre mí.

“¿Empacas para ir a casa?”

Salté del susto. Dándome la vuelta descubrí que la mujer que me liberó anoche estaba sentada en mi cocina. A pesar de todo mi poder, todavía me asustaba con facilidad.

Yo era un pequeño pajarito empujado de la seguridad de su nido… cayendo al vacío… gritando en su interior… La boca sofocada por el exceso de aire… el aliento ausente por culpa del miedo… el terror de una muerte inminente de la que huía…

Eso era yo. Una pequeña cosita asustadiza.

“¿Qué haces aquí?” -Pregunté evitando responderle. Había esperado que todo lo relacionado a ella fuera solo una pesadilla. Ni siquiera sabía su nombre, y ya estaba en mi casa. La historia se repetía.

“Asumo que no te has dado cuenta que tu casa está reparada. Técnicamente nada pasó aquí.”

Miré a mi alrededor para corroborar lo que ella decía. Ni una sola pared quemada. Las tuberías del baño no estaban rotas.

Absorta por los eventos recientes, vagué por mi casa sin notar que el fuego y todo el daño habían sido deshechos.

Quise agradecerle, quise celebrar, pero mi preocupación y mi desconfianza eran mayores. Esta mujer me perseguía. El mismo modus operandi de Edora antes de intentar matarme. Al parecer Edora no mintió cuando dijo que otros vendrían tras de mí.

Me paré altaneramente en la puerta de la cocina, mis cejas arqueadas con reservada curiosidad. Su presencia me hacía creer que el mundo confabulaba en mi contra; como si tuviera que pedir permiso para continuar con mi vida.

Háganse a un lado todos, yo creo mi propio destino.

“Soy Guineverè. No tienes que temerme.” -Dijo la mujer de platinados cabellos. ¿Guineverè? Edora había mencionado ese nombre. La había llamado abuela. ¿Tenía que temerle? No. ¿Por qué no? ¿Por qué ella lo decía? -“¿Has escuchado de Camelot o Avalon?”

“En historias, claro. Son lugares de fantasía, irreales.” -Respondí inteligentemente.

“Su nombre real es Witch’s Hearth. Casa de todos los aquelarres de brujas y hechiceros.

” -Guineverè se levantó de la silla y caminó por mi cocina, tocando los utensilios.

Su rostro reflejaba algo comparado con ternura y aprecio.

-“Vine a buscarte pero Edora te encontró primero. Cuando te encontré estabas en problemas, pero usando a la niñita lograste manejar a tu hermana perfectamente bien. Un trabajo digno de mi corona real. La heredera que he buscado desde…”

“Yo no hice nada. Lilly tiene casi todo el crédito.” -Me atreví a interrumpir su mensaje de sucesión al trono. -“No soy tu heredera, si eso es lo que crees. Y nunca lo seré.”

“No puedes negar la sangre que corre por tus venas, Morgan. Tu madre cometió el mismo error.” -Dijo Guineverè acariciando mi mezcladora roja.

“Si, lo hizo. Y tú la mataste por eso.” -La interrumpí con mi conocimiento.

“Parece que tu hermana te mal informó demasiado.” -Ella caminó hacia mí. Pena empañaba el amarillento color de sus ojos. -“Ven conmigo a casa. Allí te lo contaré todo.”

Consideré su propuesta, pero era sabio adherirme a mi plan original.

Viajar el mundo. Establecerme en un lugar nuevo y mejor.

Una ciudad tal vez. Empezar una nueva vida.

Sanar mi alma y dejar que mi espíritu vomitara todo el dolor acumulado.

Alejarme de todo lo que me mantenía inmersa en el dolor y la amargura.

Ya había tenido demasiado de mi pasado en solo unos días. Una historia familiar de dolor, tormento y trauma. Tronos que no deseo y una vida de más sacrificios.

“Quizá en otro momento. Tengo negocios por terminar.”

Guineverè se rió como si hubiese estado esperando que dijera eso.

“¿Qué asuntos? ¿Tu romance con el cazador?” -Intenté protestar, buscar opciones para mantenerlo conmigo, pero tenía que ser realista.

Sam no es algo que pueda guardar. No es un objeto o una mascota, o un molde de silicón que sencillamente pueda esconder en mis gabinetes.

No es una botella de vino que pudiera reservar hasta el día que estuviera lista para celebrar.

-“No tiene futuro. No puedes convertirlo y ya. Es un hombre real, un humano. No un ficticio vampiro u hombre lobo. Somos brujas, Morgan. Es lo que somos. Por terrible que parezca, no podemos cambiar la Maghkia que llevamos dentro. Así como él no podrá dejar de ser un cazador jamás.”

Me invadía el coraje. La frustración de hasta hace unos días ya no significaba nada. Mi sed de venganza parecía tan inutil ahora. Todo lo que había querido en la vida era respeto, respuestas y vivir en paz.

La vida tiene formas crueles de negarme lo que manifiesto.

“Sé que tengo que dejarlo ir. Saldré adelante en otro lugar. Mi corazón está lleno de ira y necesito descargar este sentimiento.” -Confesé aunque no estaba segura de si le mentía a ella o me mentía a mí.

“Más venganzas no te llevarán a ningún lado. Tu padre y ambos abuelos cometieron ese error. No permitiré que vuelva a repetirse la historia.” -Guineverè se detuvo frente a mí, yo aún pequeña a su lado.

Me miró con una ternura extraña. -“Eres lo único que me queda de tu madre. Ven a casa. Allí podrás despejar la mente, podrás sanar y empezar de nuevo. Tendrás todo lo que necesitas para conocer tu Maghkia y utilizarla al cien por ciento.”

“Ya veremos.” -La desafié mientras arrastraba mi última maleta hasta la puerta de entrada. Me quedé parada frente a la puerta cerrada y la miré nuevamente. Ella debía ser mi abuela, pero no sentía nada por ella. La única familia que había tenido había intentado lastimarme.

Lavender, a quien amaba como una hermana, había destruido mi corazón. ¿Y qué hacía ella con Guineverè anoche? Estoy casi convencida de que era ella aunque su apariencia resplandeciente era distinta. Mi propia hermana, Edora, había tratado de matarme en varias ocasiones.

No necesitaba más familiares.

Mi mano sujetó el pomo de la puerta con determinación, lista para caminar en un mundo de nuevas oportunidades.

“¿Qué tiene que ver Lavender en todo esto? ¿Por qué estaba contigo?”

Guineverè pensó por algunos segundos mientras inspeccionaba mis adorados hornos con aprobación.

“Creo que deberás preguntarle a ella.” -Respondió la reina de las brujas, encogiéndose de hombros.

“Adiós entonces, Guineverè.”

La fresca brisa acarició mi cabello, soplando una fina llovizna en mi rostro tan pronto abrí la puerta. Cerré los ojos, inhalando profundamente mientras daba la bienvenida a mi libertad. No más odio. No más planes asesinos. De hoy en adelante seré yo. Libre al fin.

“¿Vas a algún lado?” -Sam estaba parado en mi balcón, sus manos agarrando sus caderas en posición demandante. La banda de identificación de emergencias aún estaba atada a su muñeca. Mi equipaje obstruía la puerta.

“Bueno... Olvidé decirte.” -Guineverè susurró desde detrás de la puerta. -“No recuerdan las últimas cuarenta y ocho horas. Ni él, ni su familia de cazadores. Casi nadie en este pueblo.”