Capítulo 26 Señales En El Cielo
Nadie nunca me enseñó que improvisar podría hacer mi Maghkia crecer, pero mi interior me exigía crear un hechizo que me perteneciera solo a mí. Tal vez era la combinación de los poderes que tomé de Edora entrelazándose con los míos y exigiendo autonomía.
De todas mis ideas locas, esta prometía ser la peor. Como último recurso, mi instinto de conservación se encendió, retumbando salvajemente como una alarma de incendios.
Si era afortunada, las páginas que tenía en mi bolsillo contenían el hechizo que Edora tanto buscaba.
Podía usarlo para vengarme de ella. Pero mis entrañas me exigían ignorar esas páginas sueltas y darle rienda suelta a mi imaginación.
A fin de cuentas, tenía que abrazar mis poderes de bruja y hoy era un buen día para comenzar.
Mis sensaciones actuales eran descaradas y desinhibidas, poco comunes en alguien como yo, que siempre solía contenerse.
Solo quería pensar en todos los deliciosos pastelillos y tortas que hornearía a mi regreso a casa -si podía regresar.
Suspiré profundamente gracias al nacimiento de un involuntario pensamiento. El rostro de satisfacción de Sam, probando las delicias que puedo inventar solo para él, se coló en mi mente como un rayito de sol que se filtra sin permiso en mi ventana.
El pensar en mis ricos panes y bizcochos en sus lindos labios, fue suficiente para que el poder girara fuerte e indómito como torbellino. Tal vez la Maghkia maligna de Edora era mucho más poderosa que mi Maghkia regular, pero estaba más que dispuesta a tratar de manejarla.
Edora se retorció en el suelo a mis pies, una advertencia de que la inconsciencia no dura para siempre.
Sam también estaba entre mareado y adormilado.
Pronto el hechizo de aturdimiento se desvanecería igual que la oscuridad.
El piar de las aves predecía el nuevo amanecer que se avecinaba lentamente con suaves trazos de color haciéndose paso en el cielo y acariciando las nubes.
Cerrando los ojos podía distinguir sonidos provenientes de lo lejano, los autos, aburridos reportes noticiosos, la música distante. Algunas voces también, aunque ninguna que pudiera reconocer.
Improvisé un altar rodeando a Edora. Me rehusé a implorar a lo oscuro, así que aparecí cirios blancos, los que encendí con un soplo de mi Maghkia.
El papel estaba tan arrugado como una pasa, pero las palabras eran legibles aun.
Las marcas en mis brazos brillaron como luciérnagas absorbiendo las letras del papel.
¿A dónde se habían ido? ¿Qué hechizo usaría ahora?
Traté de conectarme con todo a mi alrededor. Cerré los ojos. Respiré profundo. Palabras comenzaron a bailar frente a mis ojos.
Esta vez no sentí miedo.
“Hazme la dama de la noche
que no sea de nadie presa.
Mis poderes lograrán florecer
y robar su Maghkia bajo la luna obesa.
Borra su alma insoportable, es mi petición,
y convierte en niebla su mente briosa.
Concédeme el deseo de conquistar las vidas
aunque jamás de nadie pueda ser esposa.
Confíame el aliento de esos que ansían,
para ser la fuerza en sus desaciertos.
Abre los cielos sobre mi cabeza
con justos hechizos para los muertos.
Haz a mi Maghkia triunfar con pasión,
permíteme ser despiadada, sin compasión.
Absorbe los poderes de Edora y entrégamelos,
que la Maghkia se alinee en mi corazón.
Aparta las nubes, el sol y la luna,
para ganar respeto, que nada quede impune.
Si fuese necesario, entregaré mi presente,
para ser respetada por brujas y comunes.”
El cielo se abrió en estridentes retumbos.
Incesantes truenos hicieron temblar de miedo el suelo bajo mis pies.
Mi piel se erizó mientras un brillante pentáculo –verde y blanco translúcido como un cristal- brillaba entre la maleza, extendiéndose al cielo.
Las nubes se tornaron verdes y blancas, como infectadas por algún humo venenoso, y rastros de Maghkia fueron expulsados a todas partes.
La marca grabada en el grisáceo mantel del cielo era un signo que podía delatar mi posición. Lo último que necesitaba era otro viaje a la estación de policía con cargos de intento de homicidio, secuestro de un agente y también de un hombre de familia, practicar brujería, entre otras cosas.
La Maghkia comenzó a volar, pero en reversa.
Como si el tiempo corriera hacia atrás, pero solo afectaba una parte de Edora.
El poder de Edora era absorbido, arrancado de ella con dolorosa fuerza.
Yacía indefensa en el verde manto del bosque.
Sus ojos semiabiertos mostraban el vacío que quedaba por dentro.
Su cuerpo se contorsionaba mientras llamas de su Maghkia la abandonaban como fantasmas succionando su alma.
Podía verlo todo. Pequeños rostros que en realidad no existían. Males y demonios traídos a la vida desde mis peores pesadillas. Poder más allá del control, robado de sueños de hombres ambiciosos. Deseos y anhelos fracturados por la vergüenza.
El Ang Max Yawa rondó a mi alrededor, como invocado por mi poder. Me encogí con un súbito susto, pero no me lastimó. Su temeroso e intangible rostro se detuvo a pulgadas del mío.
Jamás había presenciado algo como él. Temeroso y majestuoso en igual medida.
Entendí que era un reto; estaba probando mis poderes y mi fuerza. Mantuve la mirada fija en sus ojos de sombra, esos cuencos vacíos capaces de romper almas y atrapar mentes en un infierno delirante sin retorno. El tiempo transcurrió y el desafío se mantenía.
¿Qué esperaba? ¿Qué debía hacer yo? ¿Debía inclinarme… debía combatir?
No. Nunca volvería a inclinarme ante nadie. Nunca permitiría a otros gobernar sobre mí. Escogí ser yo, tal cual soy.
Mis manos se abrieron, flotando a mis costados a la altura de mis hombros.
Maghkia emanó de mí, creciendo como un campo de energía.
El Max Yawa se retiró algunos pasos. Exhalé y reuní toda la Maghkia sobre mi cabeza.
El impacto envió un grueso rayo de Maghkia a través del cielo.
Primero brillante e invisible, reflejaba luz como un espejo bajo el sol.
Luego vívido verde luminoso, de la Maghkia tomada de Edora.
Tan solo un segundo tardó, y un espectáculo de color alborotó todo.
El viento soplaba una fría brisa, arrastrando hojas y flores sueltas. El aleteo intenso y los graznidos anunciaban el vuelo de los pájaros como si se prepararan para migrar.
El suelo tembló pero no se partió. Los árboles hicieron sonidos que jamás había escuchado, canciones, rezos, historias en su idioma perfecto.
Dorados brillos corrieron entre las malezas, como luciérnagas gigantes que protegen el bosque. Lavender vino a mi mente por alguna razón inexplicable y esos hermosos seres luminosos me llenaron de más curiosidad.
Auroras boreales danzaban por las nubes y entre los árboles en una magnífica gala de esplendor.
El demonio invisible se inclinó ante mí, disolviéndose entre las páginas en blanco que aún estaban en una de mis manos, arrastrándose sigilosamente en el viejo papel hasta adentrarse en los abultados tatuajes brillando en mis brazos.
Cerré mis ojos cuando tanto poder me pareció más grande de lo que yo podía manejar. Solo unas palabras faltaban para cerrar el conjuro:
“Así será.”
El viento sopló salvaje e impaciente, enredando mi pelo por toda mi cara.
Las hojas caídas de un temprano otoño bailaban como algodones y semillas de dientes de león.
Pequeñas piedrecillas se levantaban centímetros del suelo, siendo arrastradas por el inclemente viento.
Toda la Maghkia esparcida se abalanzó contra mí en un ataque aceptado.
Entonces me atreví a abrir los ojos. Las marcas en el cielo se desvanecían al igual que los tatuajes en mi cuerpo.
Todo se disolvía como el mal sabor del peor de los sueños.
El dolor también me abandonaba y un fuego ardía en mis ojos sin dañarme.
Desaparece la imitación de mi daga utilizando mi Maghkia.
No tenía ni la más mínima curiosidad de tocarla.
Recogí la daga cubierta en sangre y lodo y me aproximé a Sam.
Un ruido a mis espaldas me advirtió de la compañía.
¿Y si el hechizo no había funcionado? ¿Qué tal que Edora estuviese parada detrás de mí, esperando que me diera la vuelta para matarme y robarme mi Maghkia ilimitada?
Mis manos se movieron con voluntad propia, furiosamente levantando la daga al nivel de la cabeza de mi nuevo acompañante. Tras un segundo, me di la vuelta.
“Está bien. Solo soy yo, Viktor. Nos conocimos en la boda. ¿Me recuerdas?” -Viktor preguntó con sus manos en alto. Su presencia me consternó. Moví levemente la daga, que yacía exprimiendo su yugular con suficiente presión como para detener el paso de la sangre.
“¿Qué haces aquí?” -Pregunté con desconfianza.
“Vi tu van cerca y comencé a buscarte. Escuché ruidos y los seguí. Necesitaba saber que estás bien.” -Su aparición me obligó a considerarlo como un testigo potencial del que debía deshacerme. -“No tienes que preocuparte por mí. No diré una palabra. Se más de lo que piensas.”
Consideré creerle pero mi confianza en las personas era demasiado grande. Nadie había sido leal a mí, ni siquiera a sus propias promesas.
“¡El agente Whilhey!” -Dijo Viktor en tono de sorpresa mientras revisaba el pulso de Sam. -“Hay que llevarlo al hospital. Vamos a tu van.”
Sé que no debía hacer esto pero Lavender era mi única familia.
Necesitaba saber qué había en su mente. Necesitaba saber quién era realmente mi prima.
Cuando subí los escalones de su casa, no dejaba de repetirme que era una mala idea.
Debí haber solo desaparecido de sus vidas, pero mi corazón era tan débil que disfrutaba lastimándome de la peor manera.
Sam estaba en el hospital y el agente Evo lo vigilaba.
Me disculpé con ellos con la excusa de que Lavender necesitaba mi ayuda y la familia siempre está primero.
Aguardé unos minutos. Toqué la puerta pero nadie abrió.
Golpeé otra vez solo para ir con la conciencia tranquila de que había intentado hacer las paces con ella.
Para mi desagrado, Gregor -el mensajero- respondió a mi llamado. Se quedó parado en el umbral mirándome con expresión de disgusto, como si alguna vez lo hubiese pateado en su hombría.
“¿Está Lavender?” -Le pregunté cuando me cansé de su mirada y su silencio.
“Nope.” -Contestó con tono de falsedad. -“Está haciendo algunas compras.”
Gregor se quedó quieto, mirándome fijo con sus cejas tan frondosas que parecían una.
“¿Comprando? Pero si acaba de amanecer.” -Dije preocupada. Lavender no es de las que disfruten levantarse temprano.
“¿Y?” -Preguntó él como si yo fuera torpe.
Necesitaba matar la curiosidad.
“Perdona que me entrometa pero… ¿Qué haces en su casa? ¿Jerome regresó?” -Pregunté intentando sonar amable.
“No es problema tuyo, coja.” -Respondió resacando la puerta en mi cara.
Eso es lo que recibo por no matarlo cuando debí.